Quinquela Martín
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sábado, 13 de noviembre de 2021

“Rayuela” de Julio Cortázar

 

9.

Por la rue de Varennes entraron en la rue Vaneau. Lloviznaba, y la Maga se

colgó todavía más del brazo de Oliveira, se apretó contra su impermeable que

olía a sopa fría. Etienne y Perico discutían una posible explicación del mundo por

la pintura y la palabra. Aburrido, Oliveira pasó el brazo por la cintura de la

Maga. También eso podía ser una explicación, un brazo apretando una pintura

fina y caliente, al caminar se sentía el juego leve de los músculos como un

lenguaje monótono y persistente, una Berlitz obstinada, te quie-ro te quie-ro te

quie-ro. No una explicación: verbo puro, que-rer, que-rer. «Y después siempre, la

cópula», pensó gramaticalmente Oliveira. Si la Maga hubiera podido

comprender cómo de pronto la obediencia al deseo lo exasperaba, inútil

obediencia solitaria había dicho un poeta, tan tibia la cintura, ese pelo mojado

contra su mejilla, el aire Toulouse Lautrec de la Maga para caminar arrinconada

contra él. En el principio fue la cópula, violar es explicar pero no siempre

viceversa. Descubrir el método antiexplicatorio, que ese te quie-ro te quie-ro

fuese el cubo de la rueda. ¿Y el Tiempo? Todo recomienza, no hay un absoluto.

Después hay que comer o descomer, todo vuelve a entrar en crisis. El deseo cada

tantas horas, nunca demasiado diferente y cada vez otra cosa: trampa del tiempo

para crear las ilusiones. «Un amor como el fuego, arder eternamente en la

contemplación del Todo. Pero en seguida se cae en un lenguaje desaforado.»

—Explicar, explicar —gruñía Etienne—. Ustedes si no nombran las cosas ni

siquiera las ven. Y esto se llama perro y esto se llama casa, como decía el de

Duino. Perico, hay que mostrar, no explicar. Pinto, ergo soy.

—¿Mostrar qué? —dijo Perico Romero.

—Las únicas justificaciones de que estemos vivos.

—Este animal cree que no hay más sentido que la vista y sus consecuencias —

dijo Perico.

—La pintura es otra cosa que un producto visual –dijo Etienne—. Yo pinto

con todo el cuerpo, en ese sentido no soy tan diferente de tu Cervantes o tu Tirso

de no sé cuánto. Lo que me revienta es la manía de las explicaciones, el Logos

entendido exclusivamente como verbo.

—Etcétera —dijo Oliveira, malhumorado—. Hablando de los sentidos, el de

ustedes parece un diálogo de sordos. La Maga se apretó todavía más contra él.

«Ahora ésta va a decir alguna de sus burradas», pensó Oliveira. «Necesita

frotarse primero, decidirse epidérmicamente.» Sintió una especie de ternura

rencorosa, algo tan contradictorio que debía ser la verdad misma. «Había que

inventar la bofetada dulce, el puntapié de abejas. Pero en este mundo las síntesis

últimas están por descubrirse. Perico tiene razón, el gran Logos vela. Lástima,

haría falta el amoricidio, por ejemplo, la verdadera luz negra, la antimateria que

tanto da que pensar a Gregorovius.»

—Che, ¿Gregorovius va a venir a la discada? —preguntó Oliveira.

Perico creía que sí, y Etienne creía que Mondrian.

—Fijate un poco en Mondrian —decía Etienne—. Frente a él se acaban los

signos mágicos de un Klee. Klee jugaba con el azar, los beneficios de la cultura.

La sensibilidad pura puede quedar satisfecha con Mondrian, mientras que para

Klee hace falta un fárrago de otras cosas. Un refinado para refinados. Un chino,

realmente. En cambio Mondrian pinta absoluto. Te ponés delante, bien desnudo,

y entonces una de dos: ves o no ves. El placer, las cosquillas, las alusiones, los

terrores o las delicias están completamente de más.

—¿Vos entendés lo que dice? —preguntó la Maga—. A mí me parece que es

injusto con Klee.

—La justicia o la injusticia no tienen nada que ver con esto —dijo Oliveira,

aburrido—. Lo que está tratando de decir es otra cosa. No hagas en seguida una

cuestión personal.

—Pero por qué dice que todas esas cosas tan hermosas no sirven para

Mondrian.

—Quiere decir que en el fondo una pintura como la de Klee te reclama un

diploma ès lettres, o por lo menos ès poésie, en tanto que Mondrian se conforma

con que uno se mondrianice y se acabó.

—No es eso —dijo Etienne.

—Claro que es eso —dijo Oliveira—. Según vos una tela de Mondrian se basta

a sí misma. Ergo, necesita de tu inocencia más que de tu experiencia. Hablo de

inocencia edénica, no de estupidez. Fijate que hasta tu metáfora sobre estar

desnudo delante del cuadro huele a preadamismo. Paradójicamente Klee es

mucho más modesto porque exige la múltiple complicidad del espectador, no se

basta a sí mismo. En el fondo Klee es historia y Mondrian atemporalidad. Y vos

te morís por lo absoluto. ¿Te explico?

—No —dijo Etienne—. C’est vache comme il pleut.

—Tu parles, coño —dijo Perico—. Y el Ronald de la puñeta, que vive por el

demonio.

—Apretemos el paso —lo remedó Oliveira—, cosa de hurtarle el cuerpo a la

cellisca.

—Ya empiezas. Casi prefiero tu yuvia y tu gayina, coño. Cómo yueve en

Buenos Aires. El tal Pedro de Mendoza, mira que ir a colonizaros a vosotros.

—Lo absoluto —decía la Maga, pateando una piedrita de charco en charco—.

¿Qué es un absoluto, Horacio?

—Mirá —dijo Oliveira—, viene a ser ese momento en que algo logra su

máxima profundidad, su máximo alcance, su máximo sentido, y deja por

completo de ser interesante.

—Ahí viene Wong —dijo Perico—. El chino está hecho una sopa de algas.

Casi al mismo tiempo vieron a Gregorovius que desembocaba en la esquina

de la rue de Babylone, cargando como de costumbre con un portafolios

atiborrado de libros. Wong y Gregorovius se detuvieron bajo el farol (y parecían

estar tomando una ducha juntos), saludándose con cierta solemnidad. En el

portal de la casa de Ronald hubo un interludio de cierraparaguas comment ça va

a ver si alguien enciende un fósforo está rota la minuterie qué noche inmunda ah

oui c’est vache, y una ascensión más bien confusa interrumpida en el primer

rellano por una pareja sentada en un peldaño y sumida profundamente en el

acto de besarse.

—Allez, c’ést pas une heure pour faire les cons —dijo Etienne.

—Ta gueule —contestó una voz ahogada—. Montez, montez, ne vous gênez

pas. Ta bouche, mon trésor.

—Salaud, va —dijo Etienne—. Es Guy Monod, un gran amigo mío.

En el quinto piso los esperaban Ronald y Babs, cada uno con una vela en la

mano y oliendo a vodka barato. Wong hizo una seña, todo el mundo se detuvo

en la escalera, y brotó a capella el himno profano del Club de la Serpiente.

Después entraron corriendo en el departamento, antes de que empezaran a

asomarse los vecinos.

Ronald se apoyó contra la puerta. Pelirrojamente en camisa a cuadros.

—La casa está rodeada de catalejos, damn it. A las diez de la noche se instala

aquí el dios Silencio, y guay del que lo sacrilegue. Ayer subió a increparnos un

funcionario. Babs, ¿qué nos dice el digno señor?

—Nos dice: «Quejas reiteradas.»

—¿Y qué hacemos nosotros? —dijo Ronald, entreabriendo la puerta para que

entrara Guy Monod.

—Nosotros hacemos esto —dijo Babs, con un perfecto corte de mangas y un

violento pedo oral.

—¿Y tu chica? —preguntó Ronald.

—No sé, se confundió de camino —dijo Guy—. Yo creo que se ha ido,

estábamos lo más bien en la escalera, y de golpe. Más arriba no estaba. Bah, qué

importa, es Suiza.


domingo, 22 de agosto de 2021

"Una idea" de Julio Cortázar


Una idea incandescente se me vino esta mañana
una antorcha que flameaba en lo alto de mi mente
pero sola y sin refuerzos talvez pierda la batalla
ya librada de hace tiempo por tu brillo y un cobarde

un cobarde que vacila entre el olvido y tras la nada
que vacila tras tus pasos y tu melódica mirada
que se pierde encandilado tras el grito de tus ojos
que se aturde enceguecido tras el brillo de tu nombre

que se esconde tras las letras de algún otro nombre
y aún así no se atreve a gritar de quien se esconde
que hace frente tan valiente a enredadas tempestades
y se escapa como un niño al descubrirse a tu lado

que amanece al medio día y se duerme al despedirte
que susurra tan potente y que grita tan despacio
que camina tan de prisa y con los ojos bien cerrados
sin valor por la cornisa que conduce a tu palacio

Una idea de coraje se me vino esta mañana
de sentarnos frente a frente y quitarme el camuflaje
de soplar mis emociones y transformarlas en palabras
en palabras que te expliquen como cae el agua helada

Una idea tan sublime como tantas que me diste
tan tardía y predecible como tantas he tenido
pero sola y sin refuerzos de valor y otros aliados
ha perdido la batalla
ya es de noche
ya te fuiste.

viernes, 16 de julio de 2021

“Rayuela” de Julio Cortázar

 

Íbamos por las tardes a ver los peces del Quai de la Mégisserie, en marzo del

mes leopardo, el agazapado pero ya con un sol amarillo donde el rojo entraba un

poco más cada día. Desde la acera que daba al río, indiferentes a los bouquinistes

que nada iban a darnos sin dinero, esperábamos el momento en que veríamos las

peceras (andábamos despacio, demorando el encuentro), todas las peceras al sol,

y como suspendidos en el aire cientos de peces rosa y negro, pájaros quietos en

su aire redondo. Una alegría absurda nos tomaba de la cintura, y vos cantabas

arrastrándome a cruzar la calle, a entrar en el mundo de los peces colgados del

aire.

Sacan las peceras, los grandes bocales a la calle, y entre turistas y niños

ansiosos y señoras que coleccionan variedades exóticas están las

peceras bajo el sol con sus cubos, sus esferas de agua que el sol mezcla con el

aire, y los pájaros rosa y negro giran danzando dulcemente en una pequeña

porción de aire, lentos pájaros fríos. Los mirábamos, jugando a acercar los ojos al

vidrio, pegando la nariz, encolerizando a las viejas vendedoras armadas de redes

de cazar mariposas acuáticas, y comprendíamos cada vez peor lo que es un pez,

por ese camino de no comprender nos íbamos acercando a ellos que no se

comprenden, franqueábamos las peceras y estábamos tan cerca como nuestra

amiga, la vendedora de la segunda tienda viniendo del Pont-Neuf, que te dijo:

«El agua fría los mata, es triste el agua fría...» Y yo pensaba en la mucama del

hotel que me daba consejos sobre un helecho: «No lo riegue, ponga un plato con

agua debajo de la maceta, entonces cuando él quiere beber, bebe, y cuando no

quiere no bebe...» Y pensábamos en esa cosa increíble que habíamos leído, que

un pez solo en su pecera se entristece y entonces basta ponerle un espejo y el pez

vuelve a estar contento...

Entrábamos en las tiendas donde las variedades más delicadas tenían peceras

especiales con termómetro y gusanitos rojos. Descubríamos entre exclamaciones

que enfurecían a las vendedoras —tan seguras de que no les compraríamos nada

a 550 fr. pièce— los comportamientos, los amores, las formas. Era el tiempo

delicuescente, algo como chocolate muy fino o pasta de naranja martiniquesa, en

que nos emborrachábamos de metáforas y analogías, buscando siempre entrar. Y

ese pez era perfectamente Giotto, te acordás, y esos dos jugaban como perros de

jade, o un pez era la exacta sombra de una nube violeta... Descubríamos cómo la

vida se instala en formas privadas de tercera dimensión, que desaparecen si se

ponen de filo o dejan apenas una rayita rosada inmóvil vertical en el agua. Un

golpe de aleta y monstruosamente está de nuevo ahí con ojos bigotes aletas y del

vientre a veces saliéndole y flotando una transparente cinta de excremento que

no acaba de soltarse, un lastre que de golpe los pone entre nosotros, los arranca a

su perfección de imágenes puras, los compromete, por decirlo con una de las

grandes palabras que tanto empleábamos por ahí y en esos días.

sábado, 5 de junio de 2021

“Rayuela” de Julio Cortázar

 

Capítulo 7

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si

saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta

cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca

que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida

entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en

tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu

boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al

cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan

entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas

se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas

la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene

con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu

pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como

si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de

fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un

breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella.

Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar

contra mí como una luna en el agua.


domingo, 16 de mayo de 2021

"Rayuela" de Julio Cortázar

 Capítulo 6

La técnica consistía en citarse vagamente en un barrio a cierta hora. Les

gustaba desafiar el peligro de no encontrarse, de pasar el día solos, enfurruñados

en un café o en un banco de plaza, leyendo-un-libro-más. La teoría del libro-más

era de Oliveira, y la Maga la había aceptado por pura ósmosis. En realidad para

ella casi todos los libros eran libro-menos, hubiese querido llenarse de una

inmensa sed y durante un tiempo infinito (calculable entre tres y cinco años) leer

la ópera omnia de Goethe, Homero, Dylan Thomas, Mauriac, Faulkner,

Baudelaire, Roberto Arlt, San Agustín y otros autores cuyos nombres la

sobresaltaban en las conversaciones del Club. A eso Oliveira respondía con un

desdeñoso encogerse de hombros, y hablaba de las deformaciones rioplatenses,

de una raza de lectores a fulltime, de bibliotecas pululantes de marisabidillas

infieles al sol y al amor, de casas donde el olor a la tinta de imprenta acaba con la

alegría del ajo. En esos tiempos leía poco, ocupadísimo en mirar los árboles, los

piolines que encontraba por el suelo, las amarillas películas de la Cinemateca y

las mujeres del barrio latino. Sus vagas tendencias intelectuales se resolvían en

meditaciones sin provecho y cuando la Maga le pedía ayuda, una fecha o una

explicación, las proporcionaba sin ganas, como algo inútil. Pero es que vos ya lo

sabés, decía la Maga, resentida. Entonces él se tomaba el trabajo de señalarle la

diferencia entre conocer y saber, y le proponía ejercicios de indagación

individual que la Maga no cumplía y que la desesperaban.

De acuerdo en que en ese terreno no lo estarían nunca, se citaban por ahí y

casi siempre se encontraban. Los encuentros eran a veces tan increíbles que

Oliveira se planteaba una vez más el problema de las probabilidades y le daba

vuelta por todos lados, desconfiadamente. No podía ser que la Maga decidiera

doblar en esa esquina de la rue de Vaugirard exactamente en el momento en que

él, cinco cuadras más abajo, renunciaba a subir por la rue de Buci y se orientaba

hacia la rue Monsieur le Prince sin razón alguna, dejándose llevar hasta

distinguirla de golpe, parada delante de una vidriera, absorta en la

contemplación de un mono embalsamado. Sentados en un café reconstruían

minuciosamente los itinerarios, los bruscos cambios, procurando explicarlos

telepáticamente, fracasando siempre, y sin embargo se habían encontrado en

pleno laberinto de calles, casi siempre acababan por encontrarse y se reían como

locos, seguros de un poder que los enriquecía. A Oliveira lo fascinaban las

sinrazones de la Maga, su tranquilo desprecio por los cálculos más elementales.

Lo que para él había sido análisis de probabilidades, elección o simplemente

confianza en la rabdomancia ambulatoria, se volvía para ella simple fatalidad.

«¿Y si no me hubieras encontrado?», le preguntaba. «No sé, ya ves que estás

aquí...» Inexplicablemente la respuesta invalidaba la pregunta, mostraba sus

adocenados resortes lógicos. Después de eso Oliveira se sentía más capaz de

luchar contra sus prejuicios bibliotecarios, y paradójicamente la Maga se rebelaba

contra su desprecio hacia los conocimientos escolares. Así andaban, Punch and

Judy, atrayéndose y rechazándose como hace falta si no se quiere que el amor

termine en cromo o en romanza sin palabras. Pero el amor, esa palabra...


domingo, 25 de abril de 2021

"Rayuela" de Julio Cortázar

 Capítulo 5


La primera vez había sido un hotel de la rue Valette, andaban por ahí

vagando y parándose en los portales, la llovizna después del almuerzo es

siempre amarga y había que hacer algo contra ese polvo helado, contra esos

impermeables que olían a goma, de golpe la Maga se apretó contra Oliveira y se

miraron como tontos, HOTEL, la vieja detrás del roñoso escritorio los saludó

comprensivamente y qué otra cosa se podía hacer con ese sucio tiempo.

Arrastraba una pierna, era angustioso verla subir parándose en cada escalón

para remontar la pierna enferma mucho más gruesa que la otra, repetir la

maniobra hasta el cuarto piso. Olía a blando, a sopa, en la alfombra del pasillo

alguien había tirado un líquido azul que dibujaba como un par de alas. La pieza

tenía dos ventanas con cortinas rojas, zurcidas y llenas de retazos; una luz

húmeda se filtraba como un ángel hasta la cama de acolchado amarillo.

La Maga había pretendido inocentemente hacer literatura, quedarse al lado de

la ventana fingiendo mirar la calle mientras Oliveira verificaba la falleba de la

puerta. Debía tener un esquema prefabricado de esas cosas, o quizá le sucedían

siempre de la misma manera, primero se dejaba la cartera en la mesa, se

buscaban los cigarrillos, se miraba la calle, se fumaba aspirando a fondo el humo,

se hacía un comentario sobre el empapelado, se esperaba, evidentemente se

esperaba, se cumplían todos los gestos necesarios para darle al hombre su mejor

papel, dejarle todo el tiempo necesario la iniciativa. En algún momento se habían puesto a reír, era demasiado tonto. Tirado en un rincón, el acolchado amarillo

quedó como un muñeco informe contra la pared.

Se acostumbraron a comparar los acolchados, las puertas, las lámparas, las

cortinas; las piezas de los hoteles del cinquième arrondissement eran mejores que

las del sixième para ellos, en el septième no tenían suerte, siempre pasaba algo,

golpes en la pieza de al lado o los caños hacían un ruido lúgubre, ya por entonces

Oliveira le había contado a la Maga la historia de Troppmann, la Maga

escuchaba pegándose contra él, tendría que leer el relato de Turguéniev, era

increíble todo lo que tendría que leer en esos dos años (no se sabía por qué eran

dos), otro día fue Petiot, otra vez Weidmann, otra vez Christie, el hotel acababa

casi siempre por darles ganas de hablar de crímenes, pero también a la Maga la

invadía de golpe una marea de seriedad, preguntaba con los ojos fijos en el cielo

raso si la pintura sienesa era tan enorme como afirmaba Etienne, si no sería

necesario hacer economías para comprarse un tocadiscos y las obras de Hugo

Wolf, que a veces canturreaba interrumpiéndose a la mitad, olvidada y furiosa. A

Oliveira le gustaba hacer el amor con la Maga porque nada podía ser más

importante para ella y al mismo tiempo, de una manera difícilmente

comprensible, estaba como por debajo de su placer, se alcanzaba en él un

momento y por eso se adhería desesperadamente y lo prolongaba, era como un

despertarse y conocer su verdadero nombre, y después recaía en una zona

siempre un poco crepuscular que encantaba a Oliveira temeroso de perfecciones,

pero la Maga sufría de verdad cuando regresaba a sus recuerdos y a todo lo que

oscuramente necesitaba pensar y no podía pensar, entonces había que besarla

profundamente, incitarla a nuevos juegos, y la otra, la reconciliada, crecía debajo

de él y lo arrebataba, se daba entonces como una bestia frenética, los ojos

perdidos y las manos torcidas hacia adentro, mítica y atroz como una estatua

rodando por una montaña, arrancando el tiempo con las uñas, entre hipos y un

ronquido quejumbroso que duraba interminablemente. Una noche le clavó los

dientes, le mordió el hombro hasta sacarle sangre porque él se dejaba ir de lado, un poco perdido ya, y hubo un confuso pacto sin palabras, Oliveira sintió como

si la Maga esperara de él la muerte, algo en ella que no era su yo despierto, una

oscura forma reclamando una aniquilación, la lenta cuchillada boca arriba que

rompe las estrellas de la noche y devuelve el espacio a las preguntas y a los

terrores. Sólo esa vez, excentrado como un matador mítico para quien matar es

devolver el toro al mar y el mar al cielo, vejó a la Maga en una larga noche de la

que poco hablaron luego, la hizo Pasifae, la dobló y la usó como a un

adolescente, la conoció y le exigió las servidumbres de la más triste puta, la

magnificó a constelación, la tuvo entre los brazos oliendo a sangre, le hizo beber

el semen que corre por la boca como el desafío al Logos, le chupó la sombra del

vientre y de la grupa y se la alzó hasta la cara para untarla de sí misma en esa

última operación de conocimiento que sólo el hombre puede dar a la mujer, la

exasperó con piel y pelo y baba y quejas, la vació hasta lo último de su fuerza

magnífica, la tiró contra una almohada y una sábana y la sintió llorar de felicidad

contra su cara que un nuevo cigarrillo devolvía a la noche del cuarto y del hotel.

Más tarde a Oliveira le preocupó que ella se creyera colmada, que los juegos

buscaran ascender a sacrificio. Temía sobre todo la forma más sutil de la gratitud

que se vuelve cariño canino, no quería que la libertad, única ropa que le caía bien

a la Maga, se perdiera en una feminidad diligente. Se tranquilizó porque la

vuelta de la Maga al plano del café negro y la visita al bidé se vio señalada por

una recaída en la peor de las confusiones. Maltratada de absoluto durante esa

noche, abierta a una porosidad de espacio que late y se expande, sus primeras

palabras de este lado tenían que azotarla como látigos, y su vuelta al borde de la

cama, imagen de una consternación progresiva que busca neutralizarse con

sonrisas y una vaga esperanza, dejó particularmente satisfecho a Oliveira. Puesto

que no la amaba, puesto que el deseo cesaría (porque no la amaba, y el deseo

cesaría), evitar como la peste toda sacralización de los juegos. Durante días,

durante semanas, durante algunos meses, cada cuarto de hotel y cada plaza, cada

postura amorosa y cada amanecer en un café de los mercados: circo feroz, operación sutil y balance lúcido. Se llegó así a saber que la Maga esperaba

verdaderamente que Horacio la matara, y que esa muerte debía ser de fénix, el

ingreso al concilio de los filósofos, es decir a las charlas del Club de la Serpiente:

la Maga quería aprender, quería ins-truir-se. Horacio era exaltado, concitado a la

función del sacrificador lustral, y puesto que casi nunca se alcanzaban porque en

pleno diálogo eran tan distintos y andaban por tan opuestas cosas (y eso ella lo

sabía, lo comprendía muy bien), entonces la única posibilidad de encuentro

estaba en que Horacio la matara en el amor donde ella podía conseguir

encontrarse con él, en el cielo de los cuartos de hotel se enfrentaban iguales y

desnudos y allí podía consumarse la resurrección del fénix después que él la

hubiera estrangulado deliciosamente, dejándole caer un hilo de baba en la boca

abierta, mirándola extático como si empezara a reconocerla, a hacerla de verdad

suya, a traerla de su lado.

domingo, 4 de abril de 2021

"Rayuela" Julio Cortázar

 Capítulo 4

Así habían empezado a andar por un París fabuloso, dejándose llevar por los

signos de la noche, acatando itinerarios nacidos de una frase de clochard, de una

bohardilla iluminada en el fondo de una calle negra, deteniéndose en las placitas

confidenciales para besarse en los bancos o mirar las rayuelas, los ritos infantiles

del guijarro y el salto sobre un pie para entrar en el Cielo. La Maga hablaba de

sus amigas de Montevideo, de años de infancia, de un tal Ledesma, de su padre.

Oliveira escuchaba sin ganas, lamentando un poco no poder interesarse;

Montevideo era lo mismo que Buenos Aires y él necesitaba consolidar una

ruptura precaria (¿qué estaría haciendo Traveler, ese gran vago, en qué líos

majestuosos se habría metido desde su partida? Y la pobre boba de Gekrepten, y

los cafés del centro), por eso escuchaba displicente y hacía dibujos en el

pedregullo con una ramita mientras la Maga explicaba por qué Chempe y

Graciela eran buenas chicas, y cuánto le había dolido que Luciana no fuera a

despedirla al barco, Luciana era una snob, eso no lo podía aguantar en nadie.

—¿Qué entendés por snob? —preguntó Oliveira, más interesado.

—Bueno —dijo la Maga, agachando la cabeza con el aire de quien presiente

que va a decir una burrada— yo me vine en tercera clase, pero creo que si

hubiera venido en segunda Luciana hubiera ido a despedirme.

—La mejor definición que he oído nunca —dijo Oliveira.

—Y además estaba Rocamadour —dijo la Maga.

Así fue como Oliveira se enteró de la existencia de Rocamadour, que en

Montevideo se llamaba modestamente Carlos Francisco. La Maga no parecía

dispuesta a proporcionar demasiados detalles sobre la génesis de Rocamadour,

aparte de que se había negado a un aborto y ahora empezaba a lamentarlo.

—Pero en el fondo no lo lamento, el problema es cómo voy a vivir, Madame

Irène me cobra mucho, tengo que tomar lecciones de canto, todo eso cuesta.

La Maga no sabía demasiado bien por qué había venido a París, y Oliveira se

fue dando cuenta de que con una ligera confusión en materia de pasajes,

agencias de turismo y visados, lo mismo hubiera podido recalar en Singapur que

en Ciudad del Cabo; lo único importante era haber salido de Montevideo,

ponerse frente a frente con eso que ella llamaba modestamente «la vida». La gran

ventaja de París era que sabía bastante francés (more Pitman) y que se podían ver

los mejores cuadros, las mejores películas, la Kultur en sus formas más preclaras.

A Oliveira lo enternecía este panorama (aunque Rocamadour había sido un

sosegate bastante desagradable, no sabía por qué), y pensaba en algunas de sus

brillantes amigas de Buenos Aires, incapaces de ir más allá de Mar del Plata a

pesar de tantas metafísicas ansiedades de experiencia planetaria. Esta mocosa,

con un hijo en los brazos para colmo, se metía en una tercera de barco y se

largaba a estudiar canto a París sin un vintén en el bolsillo. Por si fuera poco ya le

daba lecciones sobre la manera de mirar y de ver; lecciones que ella no

sospechaba, solamente su manera de pararse de golpe en la calle para espiar un

zaguán donde no había nada, pero más allá un vislumbre verde, un resplandor,

y entonces colarse furtivamente para que la portera no se enojara, asomarse al

gran patio con a veces una vieja estatua o un brocal con hiedra, o nada,

solamente el gastado pavimento de redondos adoquines, verdín en las paredes,

una muestra de relojero, un viejito tomando sombra en un rincón, y los gatos,

siempre inevitablemente los minouche morrongos miaumiau kitten kat chat cat

gatoo grises y blancos y negros y de albañal, dueños del tiempo y de las baldosas

tibias, invariables amigos de la Maga que sabía hacerles cosquillas en la barriga y

les hablaba un lenguaje entre tonto y misterioso, con citas a plazo fijo, consejos y

advertencias. De golpe Oliveira se extrañaba andando con la Maga, de nada le

servía irritarse porque a la Maga se le volcaban casi siempre los vasos de cerveza

o sacaba el pie de debajo de una mesa justo para que el mozo tropezara y se

pusiera a maldecir; era feliz a pesar de estar todo el tiempo exasperado por esa

manera de no hacer las cosas como hay que hacerlas, de ignorar resueltamente

las grandes cifras de la cuenta y quedarse en cambio arrobada delante de la cola

de un modesto 3, o parada en medio de la calle (el Renault negro frenaba a dos

metros y el conductor sacaba la cabeza y puteaba con el acento de Picardía),

parada como si tal cosa para mirar desde el medio de la calle una vista del

Panteón a lo lejos, siempre mucho mejor que la vista que se tenía desde la

vereda. Y cosas por el estilo.

Oliveira ya conocía a Perico y a Ronald. La Maga le presentó a Etienne y

Etienne les hizo conocer a Gregorovius; el Club de la Serpiente se fue formando

en las noches de Saint-Germain-des-Prés. Todo el mundo aceptaba en seguida a

la Maga como una presencia inevitable y natural, aunque se irritaran por tener

que explicarle casi todo lo que se estaba hablando, o porque ella hacía volar un

cuarto kilo de papas fritas por el aire simplemente porque era incapaz de

manejar decentemente un tenedor y las papas fritas acababan casi siempre en el

pelo de los tipos de la otra mesa, y había que disculparse o decirle a la Maga que

era una inconsciente. Dentro del grupo la Maga funcionaba muy mal, Oliveira se

daba cuenta de que prefería ver por separado a todos los del Club, irse por la

calle con Etienne o con Babs, meterlos en su mundo sin pretender nunca meterlos

en su mundo pero metiéndolos porque era gente que no estaba esperando otra

cosa que salirse del recorrido ordinario de los autobuses y de la historia, y así de

una manera o de otra todos los del Club le estaban agradecidos a la Maga

aunque la cubrieran de insultos a la menor ocasión. Etienne, seguro de sí mismo

como un perro o un buzón, se quedaba lívido cuando la Maga le soltaba una de

las suyas delante de su último cuadro, y hasta Perico Romero condescendía a 

admitir que-para-ser-hembra-la-Maga-se-las-traía. Durante semanas o meses (la

cuenta de los días le resultaba difícil a Oliveira, feliz, ergo sin futuro) anduvieron

y anduvieron por París mirando cosas, dejando que ocurriera lo que tenía que

ocurrir, queriéndose y peleándose y todo esto al margen de las noticias de los

diarios, de las obligaciones de familia y de cualquier forma de gravamen fiscal o

moral.

Toc, toc.

—Despertémonos —decía Oliveira alguna que otra vez.

—Para qué —contestaba la Maga, mirando correr las péniches desde el Pont

Neuf—. Toc, toc, tenés un pajarito en la cabeza. Toc, toc, te picotea todo el

tiempo, quiere que le des de comer comida argentina. Toc, toc.

—Está bien —rezongaba Oliveira—. No me confundás con Rocamadour.

Vamos a acabar hablándole en glíglico al almacenero o a la portera, se va a armar

un lío espantoso. Mirá ese tipo que anda siguiendo a la negrita.

—A ella la conozco, trabaja en un café de la rue de Provence. Le gustan las

mujeres, el pobre tipo está sonado.

—¿Se tiró un lance con vos, la negrita?

—Por supuesto. Pero lo mismo nos hicimos amigas, le regalé mi rouge y ella

me dio un librito de un tal Retef, no... esperá, Retif...

—Ya entiendo, ya. ¿De verdad no te acostaste con ella? Debe ser curioso para

una mujer como vos.

—¿Vos te acostaste con un hombre, Horacio?

—Claro. La experiencia, entendés.

La Maga lo miraba de reojo, sospechando que le tomaba el pelo, que todo

venía porque estaba rabioso a causa del pajarito en la cabeza toc, toc, del pajarito

que le pedía comida argentina. Entonces se tiraba contra él con gran sorpresa de

un matrimonio que paseaba por la rue Saint-Sulpice, lo despeinaba riendo,

Oliveira tenía que sujetarle los brazos, empezaban a reírse, el matrimonio los

miraba y el hombre se animaba apenas a sonreír, su mujer estaba demasiado

escandalizada por esa conducta.

—Tenés razón —acababa confesando Oliveira—. Soy un incurable, che.

Hablar de despertarse cuando por fin se está tan bien así dormido.

Se paraban delante de una vidriera para leer los títulos de los libros. La Maga

se ponía a preguntar, guiándose por los colores y las formas. Había que situarle a

Flaubert, decirle que Montesquieu, explicarle cómo Raymond Radiguet,

informarla sobre cuándo Théophile Gautier. La Maga escuchaba, dibujando con

el dedo en la vidriera. «Un pajarito en la cabeza, quiere que le des de comer

comida argentina», pensaba Oliveira, oyéndose hablar. «Pobre de mí, madre

mía.»

—¿Pero no te das cuenta que así no se aprende nada? —acababa por decirle—.

Vos pretendés cultivarte en la calle, querida, no puede ser. Para eso abonate al

Reader’s Digest.

—Oh, no, esa porquería.

Un pajarito en la cabeza, se decía Oliveira. No ella, sino él. ¿Pero qué tenía ella

en la cabeza? Aire o gofio, algo poco receptivo. No era en la cabeza donde tenía

el centro. «Cierra los ojos y da en el blanco», pensaba Oliveira. «Exactamente el

sistema Zen de tirar al arco. Pero da en el blanco simplemente porque no sabe

que ése es el sistema. Yo en cambio... Toc toc. Y así vamos.»

Cuando la Maga preguntaba por cuestiones como la filosofía Zen (eran cosas

que podían ocurrir en el Club, donde se hablaba siempre de nostalgias, de

sapiencias tan lejanas como para que se las creyera fundamentales, de anversos

de medallas, del otro lado de la luna siempre), Gregorovius se esforzaba por

explicarle los rudimentos de la metafísica mientras Oliveira sorbía su pernod y

los miraba gozándolos. Era insensato querer explicarle algo a la Maga.

Fauconnier tenía razón, para gentes como ella el misterio empezaba

precisamente con la explicación. La Maga oía hablar de inmanencia y

trascendencia y abría unos ojos preciosos que le cortaban la metafísica a

Gregorovius. Al final llegaba a convencerse de que había comprendido el Zen, y

suspiraba fatigada. Solamente Oliveira se daba cuenta de que la Maga se

asomaba a cada rato a esas grandes terrazas sin tiempo que todos ellos buscaban

dialécticamente.

—No aprendas datos idiotas —le aconsejaba—. Por qué te vas a poner

anteojos si no los necesitas.

La Maga desconfiaba un poco. Admiraba terriblemente a Oliveira y a Etienne,

capaces de discutir tres horas sin parar. En torno a Etienne y Oliveira había como

un círculo de tiza, ella quería entrar en el círculo, comprender por qué el

principio de indeterminación era tan importante en la literatura, por qué Morelli,

del que tanto hablaban, al que tanto admiraban, pretendía hacer de su libro una

bola de cristal donde el micro y el macrocosmo se unieran en una visión

aniquilante.

—Imposible explicarte —decía Etienne—. Esto es el Meccano número 7 y vos

apenas estás en el 2.

La Maga se quedaba triste, juntaba una hojita al borde de la vereda y hablaba

con ella un rato, se la paseaba por la palma de la mano, la acostaba de espaldas o

boca abajo, la peinaba, terminaba por quitarle la pulpa y dejar al descubierto las

nervaduras, un delicado fantasma verde se iba dibujando contra su piel. Etienne

se la arrebataba con un movimiento brusco y la ponía contra la luz. Por cosas así

la admiraban, un poco avergonzados de haber sido tan brutos con ella, y la Maga

aprovechaba para pedir otro medio litro y si era posible algunas papas fritas.

sábado, 6 de marzo de 2021

"Rayuela" de Julio Cortázar

 Capítulo 3

El tercer cigarrillo del insomnio se quemaba en la boca de Horacio Oliveira

sentado en la cama; una o dos veces había pasado levemente la mano por el pelo

de la Maga dormida contra él. Era la madrugada del lunes, habían dejado irse la

tarde y la noche del domingo, leyendo, escuchando discos, levantándose

alternativamente para calentar café o cebar mate. Al final de un cuarteto de

Haydn la Maga se había dormido y Oliveira, sin ganas de seguir escuchando,

desenchufó el tocadiscos desde la cama; el disco siguió girando unas pocas

vueltas, ya sin que ningún sonido brotara del parlante. No sabía por qué pero esa

inercia estúpida lo había hecho pensar en los movimientos aparentemente

inútiles de algunos insectos, de algunos niños. No podía dormir, fumaba

mirando la ventana abierta, la bohardilla donde a veces un violinista con joroba

estudiaba hasta muy tarde. No hacía calor, pero el cuerpo de la Maga le

calentaba la pierna y el flanco derecho; se apartó poco a poco, pensó que la noche

iba a ser larga.

Se sentía muy bien, como siempre que la Maga y él habían conseguido llegar

al final de un encuentro sin chocar y sin exasperarse. Le importaba muy poco la

carta de su hermano, rotundo abogado rosarino que producía cuatro pliegos de

papel avión acerca de los deberes filiales y ciudadanos malbaratados por

Oliveira. La carta era una verdadera delicia y ya la había fijado con scotch tape

en la pared para que la saborearan sus amigos. Lo único importante era la

confirmación de un envío de dinero por la bolsa negra, que su hermano llamaba

delicadamente «el comisionista». Oliveira pensó que podría comprar unos libros

que andaba queriendo leer, y que le daría tres mil francos a la Maga para que

hiciese lo que le diera la gana, probablemente comprar un elefante de felpa de

tamaño casi natural para estupefacción de Rocamadour. Por la mañana tendría

que ir a lo del viejo Trouille y ponerle al día la correspondencia con

Latinoamérica. Salir, hacer, poner al día, no eran cosas que ayudaran a dormirse.

Poner al día, vaya expresión. Hacer. Hacer algo, hacer el bien, hacer pis, hacer

tiempo, la acción en todas sus barajas. Pero detrás de toda acción había una

protesta, porque todo hacer significaba salir de para llegar a, o mover algo para

que estuviera aquí y no allí, o entrar en esa casa en vez de no entrar o entrar en la

de al lado, es decir que en todo acto había la admisión de una carencia, de algo

no hecho todavía y que era posible hacer, la protesta tácita frente a la continua

evidencia de la falta, de la merma, de la parvedad del presente. Creer que la

acción podía colmar, o que la suma de las acciones podía realmente equivaler a

una vida digna de este nombre, era una ilusión de moralista. Valía más

renunciar, porque la renuncia a la acción era la protesta misma y no su máscara.

Oliveira encendió otro cigarrillo, y su mínimo hacer lo obligó a sonreírse

irónicamente y a tomarse el pelo en el acto mismo. Poco le importaban los

análisis superficiales, casi siempre viciados por la distracción y las trampas

filológicas. Lo único cierto era el peso en la boca del estómago, la sospecha física

de que algo no andaba bien, de que casi nunca había andado bien. No era ni

siquiera un problema, sino haberse negado desde temprano a las mentiras

colectivas o a la soledad rencorosa del que se pone a estudiar los isótopos

radiactivos o la presidencia de Bartolomé Mitre. Si algo había elegido desde

joven era no defenderse mediante la rápida y ansiosa acumulación de una

«cultura», truco por excelencia de la clase media argentina para hurtar el cuerpo

a la realidad nacional y a cualquier otra, y creerse a salvo del vacío que la

rodeaba. Tal vez gracias a esa especie de fiaca sistemática, como la definía su

camarada Traveler, se había librado de ingresar en ese orden fariseo 

(en el que militaban muchos amigos suyos, en general de buena fe porque la cosa era

posible, había ejemplos), que esquivaba el fondo de los problemas mediante una

especialización de cualquier orden, cuyo ejercicio confería irónicamente las más

altas ejecutorias de argentinidad. Por lo demás le parecía tramposo y fácil

mezclar problemas históricos como el ser argentino o esquimal, con problemas

como el de la acción o la renuncia. Había vivido lo suficiente para sospechar eso

que, pegado a las narices de cualquiera, se le escapa con la mayor frecuencia: el

peso del sujeto en la noción del objeto. La Maga era de las pocas que no

olvidaban jamás que la cara de un tipo influía siempre en la idea que pudiera

hacerse del comunismo o la civilización cretomicénica, y que la forma de sus

manos estaba presente en lo que su dueño pudiera sentir frente a Ghirlandaio o

Dostoievski. Por eso Oliveira tendía a admitir que su grupo sanguíneo, el hecho

de haber pasado la infancia rodeado de tíos majestuosos, unos amores

contrariados en la adolescencia y una facilidad para la astenia podían ser factores

de primer orden en su cosmovisión. Era clase media, era porteño, era colegio

nacional, y esas cosas no se arreglan así nomás. Lo malo estaba en que a fuerza

de temer la excesiva localización de los puntos de vista, había terminado por

pesar y hasta aceptar demasiado el sí y el no de todo, a mirar desde el fiel los

platillos de la balanza. En París todo le era Buenos Aires y viceversa; en lo más

ahincado del amor padecía y acataba la pérdida y el olvido. Actitud

perniciosamente cómoda y hasta fácil a poco que se volviera un reflejo y una

técnica; la lucidez terrible del paralítico, la ceguera del atleta perfectamente

estúpido. Se empieza a andar por la vida con el paso pachorriento del filósofo y

del clochard, reduciendo cada vez más los gestos vitales al mero instinto de

conservación, al ejercicio de una conciencia más atenta a no dejarse engañar que

a aprehender la verdad. Quietismo laico, ataraxia moderada, atenta desatención.

Lo importante para Oliveira era asistir sin desmayo al espectáculo de esa

parcelación Tupac-Amarú, no incurrir en el pobre egocentrismo (criollicentrismo,

suburcentrismo, cultucentrismo, folklocentrismo) que cotidianamente 

se proclamaba en torno a él bajo todas las formas posibles. A los diez años, una

tarde de tíos y pontificantes homilías histórico-políticas a la sombra de unos

paraísos, había manifestado tímidamente su primera reacción contra el tan

hispanoítalo-argentino «¡Se lo digo yo!», acompañado de un puñetazo rotundo

que debía servir de ratificación iracunda. Glielo dico io! ¡Se lo digo yo, carajo! Ese

yo, había alcanzado a pensar Oliveira, ¿qué valor probatorio tenía? El yo de los

grandes, ¿qué omnisciencia conjugaba? A los quince años se había enterado del

«sólo sé que no sé nada»; la cicuta concomitante le había parecido inevitable, no

se desafía a la gente en esa forma, se lo digo yo. Más tarde le hizo gracia

comprobar cómo en las formas superiores de cultura el peso de las autoridades y

las influencias, la confianza que dan las buenas lecturas y la inteligencia,

producían también su «se lo digo yo» finamente disimulado, incluso para el que

lo profería: ahora se sucedían los «siempre he creído», «si de algo estoy seguro»,

«es evidente que», casi nunca compensado por una apreciación desapasionada

del punto de vista opuesto. Como si la especie velara en el individuo para no

dejarlo avanzar demasiado por el camino de la tolerancia, la duda inteligente, el

vaivén sentimental. En un punto dado nacía el callo, la esclerosis, la definición: o

negro o blanco, radical o conservador, homosexual o heterosexual, figurativo o

abstracto, San Lorenzo o Boca Juniors, carne o verduras, los negocios o la poesía.

Y estaba bien, porque la especie no podía fiarse de tipos como Oliveira; la carta

de su hermano era exactamente la expresión de esa repulsa.

«Lo malo de todo esto», pensó, «es que desemboca inevitablemente en el

animula vagula blandula. ¿Qué hacer? Con esta pregunta empecé a no dormir.

Oblomov, cosa facciamo? Las grandes voces de la Historia instan a la acción:

Hamlet, revenge! ¿Nos vengamos, Hamlet, o tranquilamente Chippendale y

zapatillas y un buen fuego? El sirio, después de todo, elogió escandalosamente a

Marta, es sabido. ¿Das la batalla, Aduna? No podés negar los valores, rey

indeciso. La lucha por la lucha misma, vivir peligrosamente, pensá en Mario el

Epicúreo, en Richard Hillary, en Kyo, en T.E. Lawrence... Felices los que eligen,

los que aceptan ser elegidos, los hermosos héroes, los hermosos santos, los

escapistas perfectos».

Quizá. ¿Por qué no? Pero también podía ser que su punto de vista fuera el de

la zorra mirando las uvas. Y también podía ser que tuviese razón, pero una razón

mezquina y lamentable, una razón de hormiga contra cigarra. Si la lucidez

desembocaba en la inacción, ¿no se volvía sospechosa, no encubría una forma

particularmente diabólica de ceguera? La estupidez del héroe militar que salta

con el polvorín, Cabral soldado heroico cubriéndose de gloria, insinuaban quizá

una supervisión, un instantáneo asomarse a algo absoluto, por fuera de toda

conciencia (no se le pide eso a un sargento), frente a lo cual la clarividencia

ordinaria, la lucidez de gabinete, de tres de la mañana en la cama y en mitad de

un cigarrillo, eran menos eficaces que las de un topo.

Le habló de todo eso a la Maga, que se había despertado y se acurrucaba

contra él maullando soñolienta. La Maga abrió los ojos, se quedó pensando.

—Vos no podrías —dijo—. Vos pensás demasiado antes de hacer nada.

—Parto del principio de que la reflexión debe preceder a la acción, bobalina.

—Partís del principio —dijo la Maga—. Qué complicado. Vos sos como un

testigo, sos el que va al museo y mira los cuadros. Quiero decir que los cuadros

están ahí y vos en el museo, cerca y lejos al mismo tiempo. Yo soy un cuadro,

Rocamadour es un cuadro. Etienne es un cuadro, esta pieza es un cuadro. Vos

creés que estás en esta pieza pero no estás. Vos estás mirando la pieza, no estás

en la pieza.

—Esta chica lo dejaría verde a Santo Tomás —dijo Oliveira.

—¿Por qué Santo Tomás? —dijo la Maga—. ¿Ese idiota que quería ver para

creer?

—Sí, querida —dijo Oliveira, pensando que en el fondo la Maga había

embocado el verdadero santo. Feliz de ella que podía creer sin ver, que formaba

cuerpo con la duración, el continuo de la vida. Feliz de ella que estaba dentro de

la pieza, que tenía derecho de ciudad en todo lo que tocaba y convivía, pez río abajo, 

hoja en el árbol, nube en el cielo, imagen en el poema. Pez, hoja, nube,

imagen: exactamente eso, a menos que...