Quinquela Martín
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sábado, 13 de noviembre de 2021

“Geneviève” de Osvaldo Soriano

  

Dejábamos de rechinar los dientes, el Flaco Martínez, que era el profesor más querido

del colegio, tiraba la tiza sobre el escritorio descalabrado y decía: "Y ahora, a visitar la

materia". Los alumnos sabíamos lo que quería decir. Los primeros aplausos y vivas venían de

los bancos de atrás, de los mayores que repetían por tercera vez el año y estaban en edad de

conscripción.

Guardábamos carpetas y libros y el Flaco Martínez levantaba las manos pidiendo

silencio para que el director y el celador no nos oyeran. El director era un tipo bien trajeado

que sabía manejar la sonrisa y el rigor; estaba al tanto, pero toleraba las escapadas porque

temía el desgano de los mejores jugadores de fútbol en la gran final intercolegial de

noviembre.

Era sabido que cada año apostaba su aguinaldo completo a favor de "sus muchachos".

Con la llegada de la primavera florería también su carácter jovial, tolerante, y la disciplina se

relajaba y los exámenes eran menos imperativos y aquellos que nos sabíamos ya integrantes

del equipo nos sentíamos con derecho a olvidar las matemáticas y la química para entrenar en

la cancha vecina. Entonces salíamos caminando despacio, casi arrastrando los pies para no

darles envidia a los pibes de primer año que tenían matemáticas en el aula del zaguán, la

puerta entreabierta porque ya no soplaba el viento del oeste y el silencio calmaba los nervios

como un puñado de aspirinas. Por entonces las calles no estaban pavimentadas y un viejo

camión regador pasaba dos veces por día para aquietar el polvo. Cuando el viento callaba,

como aquella tarde, el pueblo chato y gris parecía cubrirse de ruidos que no conocíamos. El

Flaco Martínez caminaba adelante, el pucho entre los labios, su pálida cara de tuberculoso

afrontando un sol dañino. Era, creo, tan pobre como nosotros: llevaba siempre el mismo traje

azul lustroso que planchaba extendiéndolo bajo el colchón de la pensión y se ponía cualquier

corbata cortita a la que nunca le deshacía el nudo. Se decía que era timbero y mujeriego y que

por eso lo habían transferido de un respetable colegio de Bahía Blanca a nuestro remoto

establecimiento de varones solos, adonde sólo se llegaba por castigo o por aventura.

Éramos más de veinte en el curso, pero la asistencia nunca pasaba de doce o catorce;

los mejores alumnos, serios y bien vestidos, y nosotros, los que teníamos el boletín lleno de

amonestaciones, pero jugábamos bien al fútbol.

No era fácil seguir al Flaco Martínez que tenía las piernas largas como mástiles. Subía

la cuesta y encaraba por la ruta asfaltada que separaba a los malos de los buenos ciudadanos

del pueblo. Al sol, su pelo largo al estilo de un bohemio pasado de moda se ponía rojo y todos

nos dábamos cuenta de que la física le importaba tanto como a nosotros. Pero nadie, nunca, se animó a tutearlo. En los momentos más dramáticos de una partida de billar se le alcanzaba la

tiza acompañándola de un "señor" que jamás sonó socarrón.

Aquélla no era su tierra y estaba claro que despreciaba cada grano de arena que

respiraba o se le metía en los zapatos. Pero se había resignado a ella como los hombres solos

se resignan a las noches interminables.

Bajando la cuesta, al otro lado de la ruta, se veían esparcidas las primeras casas

cuadradas y el café con billares y barajas del turco Saúl Asir. A esa hora, las calles del barrio

estaban desiertas y sólo los camiones cargados de manzanas pasaban dejando una polvareda

que se quedaba flotando hasta que una brisa nos la apartaba del camino y el sol volvía a

cocinar las acequias y los espinillos. En el bar, el Flaco Martínez se tomaba una sola ginebra y

nos hacía vaciar los bolsillos. Como siempre, el Rengo Mores tenía apenas lo justo para

pagarse la vuelta en ómnibus hasta Centenario, que quedaba entre las bardas, a cuarenta

kilómetros. Casi todos vivíamos lejos y atravesábamos el río en colectivo, o en bicicleta, o

colados en algún camión. Los que faltaban a clase se habían quedado pescando cerca del

puente porque todavía no era tiempo de sacarse la ropa y tirarse a nadar. Juntábamos el

primer viernes de cada mes lo que ganábamos al truco, o en trabajos de ocasión. El Flaco

Martínez reunía los billetes y hasta alguna moneda, agregaba lo suyo, que no era mucho, y se

iba a parlamentar con la Gorda Zulema que era nuestra virgen protectora. La Zulema era

dulce y sabia, paciente y comprensiva, y amaba su profesión como jamás he visto que otra

mujer la amara. No conocía el egoísmo ni las pequeñas miserias que otros toman por

virtudes. Su orgullo era la heladera eléctrica, la única de ese costado maldecido de la ribera,

que había hecho traer en un vagón de encomiendas desde Buenos Aires. No es que alardeara

de ella, ni que la mezquinara, pero nadie tenía derecho a abrirla sin su presencia y

consentimiento.

Una noche de sopor en la que todos estuvimos de acuerdo en que llovería, la abrió

delante de mí y del Negro Orellana. Aparte de una botella de refresco y una pechuga de

pollo, había un largo collar de perlas de imitación y un paquete de cartas envueltas en una

cinta rosa. Eran fantasmas del pasado y la Gorda Zulema quería que se conservaran frescos e

intactos como un postre de chocolate.

Hubo otra noche en que yo estaba triste, un poco borracho e impotente, y ella me

pasó la mano por la cabeza y me acarició los párpados y no me dijo las estúpidas palabras

que tenían preparadas las otras mujeres del barrio. Me hizo sentar al borde de la cama, qué

era grande como una pista de baile, apoyó su cabeza contra mi espalda para que no nos

viéramos las caras me contó alguna cosa de su vida que nos hizo llorar a los dos mientras los

otros clientes esperaban en el vestíbulo Supe esa noche que se llamaba Geneviéve, que era

francesa de verdad y no como otras, que arrastraban la erre para darse corte. Buscó las cartas

en la heladera. Los sobres desteñidos de tinta violeta estaban escritos con una caligrafía

varonil e imperativa. Un detalle añadía a la distancia un reproche velado: no conforme con

escribir Neuquén, Argentine, el hombre agregaba inútilmente Patagonie, Amérique du Sud. El

sobre traía ya una sospecha de selvas o desiertos. De fin del mundo.

Geneviéve se había ocultado detrás de Zulema en Buenos Aires, donde había pasado

algunos años de gloria mientras Europa se desangraba. Su contribución al esfuerzo de guerra

de sus compatriotas había sido firme y decidida: hasta la liberación de París ningún hombre

de nacionalidad alemana se tendió sobre sus sábanas. 

La decadencia y las arrugas la trajeron a nuestro pueblo y secretamente sabía que su

tierra ya estaba tan lejana como su juventud. Barajó los sobres como si fuera a repartir las

cartas y en ellas estuviera escrito el destino, el de ella —que soñaba en vano con volver a ver

el Mediterráneo— y el mío, que alguna vez me llevaría a su Francia natal.

No habló del hombre que se quedó en el puerto de Marsella: cuando la

correspondencia dejó de llegar empaquetó el pasado y lo guardó en la heladera, como otras

mujeres lo conservan en el rictus amargo de los labios. Pero aquella tarde de primavera en

que llegamos con el Flaco Martínez, todavía no habíamos mirado la heladera por dentro ni

habíamos llorado juntos. Zulema era gorda y opulenta y Federico Fellini hubiera gustado de

ella. A su lado, el Flaco Martínez parecía una escoba abandonada junto a un camión cisterna.

Hablaron un rato sin manosear dinero ni levantar la voz. Al otro lado de la calle nosotros

esperábamos, ansiosos como si el Flaco estuviera por tirar un penal. Un movimiento de

cabeza, una risa comprensiva de la Gorda Zulema y empezamos a saltar como si el Flaco

hubiera hecho el gol.

Tirábamos los turnos a la suerte, revoleando dos monedas a la vez y el sistema era

complicado porque la empresa era seria. Si alguien reclamaba prioridad por su dinero, el

Flaco prometía hacerle explicar la fusión de ya no sé qué materia y el egoísta se calmaba.

Después, al caer la tarde, con la lengua desatada por la emoción, íbamos a jugar al billar a lo

del Turco y teníamos un hambre feroz y ni una moneda para un sandwich.

Cuando recuerdo aquellos años, cuando reviven las imágenes del Flaco Martínez y de

la Gorda Zulema imagino que el corresponsal de Marsella escribiría sus cartas temiendo que

el corazón de su Geneviéve sé endureciera en aquel desierto hostil. Pues no. Es hora de que

ese hombre obstinado, si vive todavía, lo sepa. Valía la pena esperarla. Aun esperarla en

vano. En aquel paisaje en el que éramos extranjeros (es decir, inocentes), todo era irrealidad:

no había elefantes que rodearan el valle, ni el avión negro de Perón llegó nunca. Las

manzanas y las vidas florecían pero las ilusiones, como los relojes baratos que llevábamos en

la muñeca, se entorpecían y luchaban por abrirse paso entre la arenisca que volaba desde el

desierto.

Hace unos años, cuando fui por última vez, mis amigos de entonces me habían

enterrado: corrió la noticia que me daba como descabezado en un accidente de tránsito. Fue

curioso ver las caras azoradas frente a una aparición de ultratumba. Por fin, cuando hicimos

el recuento de vidas y muertes, de hazañas y cobardías, de sueños realizados y matrimonios

hechos y deshechos, pregunté por el Flaco Martínez. "El Flaco también se murió —dijo

alguien—; se fue al sur, a Santa Cruz, y lo agarró la pulmonía, pobre Flaco."

La Zulema era un recuerdo que se nombraba en voz baja. Muchos se habían

construido un edificio personal que los abrigaba de un pasado de pobreza y la Gorda Zulema

estaba sepultada en los cimientos. ¿Qué importancia podía tener entonces aquel primer

viernes de cada mes, cuando era primavera y el viento se calmaba y todos dejábamos de

rechinar los dientes?

viernes, 8 de octubre de 2021

“Encuentros” de Osvaldo Soriano

 

Pronto el recuerdo de aquel pequeño funcionario que fue mi padre será un legajo

amarillento en el fondo de un cajón. Todo irá a parar al fuego mientras los recuerdos pasan y

huelen como las pestilentes cloacas que él ayudó a instalar. Todo está bajo tierra: mi padre en

el cementerio de Morón, los caños de agua, las Obras Sanitarias que construyó Sarmiento,

aquellas ilusiones del tiempo de Gardel.

Me queda una tarde de 1956 en que vamos trepando las bardas en una vieja

camioneta con un predicador durmiendo a mi lado. Llueve tan fuerte que avanzamos a los

coletazos, el motor a fondo y el limpiaparabrisas que no funciona. Mi padre está de un humor

terrible porque se le ha mojado el paquete de Saratoga y lleva horas sin fumar. El pastor ha

subido a la salida de Cinco Saltos y va para donde lo lleven porque predica en el desierto.

Aspira a llegar hasta los glaciares de Tierra del Fuego porque allí lo espera el último de los

onas para abrazar su Evangelio redentor. Para todos tiene una verdad revelada. Les habla a

los mapuches católicos, a los alemanes protestantes y si es preciso a los judíos extraviados en

las orillas del Limay. Cuando lo vio a lo lejos, borroneado por la lluvia, mi padre detuvo la

camioneta y le hizo señas para que dejara el equipaje en la caja y se viniera con nosotros

adelante.

—Si me perdona, hermano —gritó el tipo mientras mostraba la Biblia y me empujaba

con el maletín—; no quisiera que se nos moje la palabra del Señor.

Ahí no más mi padre le preguntó si llevaba cigarrillos. Para hacer tiempo el tipo

entreabrió la tapa de cartón prensado y mientras arrancábamos deslizó los dedos por los

recovecos del maletín. A través de la ranura adiviné un crucifijo y un par de libros viejos.

—Me los robaron, hermano —dijo con una voz tronante y pesarosa—. Siempre me

roban algo, que el Cielo los perdone.

Lo que me divertía era el tic que le arrugaba la nariz y le arrastraba el bigote hasta el

medio de la mejilla. Vestía un traje color borra de vino y una corbata verde, como se usaba en

aquellos tiempos de Elvis Presley. Íbamos tan apretados que el pastor debía sostener la

maleta de canto, entre el parabrisas y la nariz arrugada. —¿Cuál es su gracia? —le preguntó

mi padre mientras pasaba un trapo por el vidrio empañado.

En lugar de contestar, el hombre se limpió la nariz con un resoplido que tapó el ruido

de la lluvia.

—Con su permiso, hermano, me voy a echar un sueñito. Si se le ofrece algo me avisa.

Y enseguida se durmió apoyado contra la ventanilla. Mi padre me contó entonces que

él también había andado a solas por el campo antes de conocer a mi madre. En ese tiempo

gobernaba Uriburu y los muchachos de la Liga Patriótica le habían dado una paliza en la calle

Pasteur, cuando rondaba la casa de una belleza judía. Unos días después, descangallado por

los garrotazos, se enteró de que la chica salía con otro y ahí no más se largó al campo.

Me contó esa mentira como antes me había contado otras, pero a mí no me importaba

porque me gustaban sus relatos dichos con voz muy baja, casi inaudible. Recuerdo que en sus

cuentos él siempre caía mal parado. A los fascistas de Uriburu no atinó a devolverles ni un

solo golpe y la chica del Once se quedó con otro. A Gardel lo encontró en un bar de

Corrientes y lo llevó a su casa en un coche prestado, pero no se atrevió a pedirle autógrafo.

Estaba acercándose a la mesa cuando el Zorzal apagó la sonrisa, se levantó de golpe y los

mandó al carajo a Razzano y a una mujer de pelo amarillo. Mientras todos lo miraban

alejarse, mi padre salió por otra puerta, subió al coche y oyó que Gardel lo llamaba. "Haceme

la gauchada, pibe, tírame en casa", le dijo. En el trayecto lo convidó con un Camel importado

y sacó los anteojos para leer algo que la rubia había escrito en una servilleta manchada de

rouge. Después se puso a silbar y a tamborilear con los dedos sobre el tablero del coche. Nada

más. Ni una palmada, ni una de esas eternas sonrisas. Carlitos arrugó la servilleta, la tiró por

la ventanilla y en el cruce de Lavalle con Jean Jaurés desapareció para siempre de la vida de

mi padre.

—¡Eso no es verdad! —gritó el predicador entre sueños—. Gardel nunca compuso

nada. ¡Si no sabía ni silbar...!

Mi padre lo miró, azorado, como si el otro le discutiera su propio pasado. Bastó esa

distracción para que la camioneta se saliera de la huella y resbalara cuesta abajo por el

lodazal. Caímos de lado, uno encima del otro, hasta que la pick-up de Obras Sanitarias quedó

inclinada contra un alambrado. El primero en salir fue el pastor, con la valija sobre la cabeza;

después mi padre me pidió que le sostuviera el volante para apoyar un pie y alcanzar el

hueco de la puerta. Una vez que todos estuvimos afuera, el predicador abrió su maletín a

hurtadillas y sacó un piloto de esos que usaba Humphrey Bogart. Se lo puso y señaló la

Biblia.

—Oremos, hermano. Porque le mientes a tu hijo y adoras a falsos ídolos.

—Se puso los anteojos y silbaba —insistió mi padre—. Me parece que era Golondrinas.

Pero el otro ya se había metido bajo el chasis ladeado y sermoneaba con ojos de

poseído. Pedía perdón para mi padre y el infierno para el Zorzal. La lluvia le achataba el

sombrero y el tic le hacía bailotear el bigote por toda la cara. Yo no sabía qué decir mientras

mi viejo me estrechaba entre sus brazos y me decía, con voz de ruego, que él siempre hablaba

la verdad, que nunca le había mentido a nadie y que yo tenía que seguir su ejemplo. "¡Oh,

Jesús de la tormenta!" —gritaba el pastor—. "¡Jesús de los desiertos, rey del universo", y

condenaba a Gardel a los terremotos de Sodoma y Gomorra. Entonces un trueno terrible

sacudió las alturas y a mí me pareció que entre los grises de las nubes se dibujaba un Carlitos

apesadumbrado y de anteojos que silbaba mientras leía aquella servilleta manchada de rouge.

Con el tiempo he vuelto a imaginarlo así, de espaldas a su inmenso destino de padre celestial.

Sentado en calzoncillos en un cuarto de hotel, con la barriga tan blanca como la de mi viejo,

plegando las patillas de los anteojos, rasgando trabajosamente la guitarra.

Pero aquel día el predicador se ensañó con Gardel para que yo lo imaginara tan torvo,

ambiguo y tramposo como cualquier ventajero de pacotilla. Le dije a mi padre que yo le creía

a él y dejamos que el pastor se extenuara nombrando los tangos que no hizo y las mujeres que

no tuvo. Al anochecer se quedó dormido con la nariz fruncida y nosotros nos acurrucamos al lado a esperar que parara el diluvio. Mi padre le abrió el maletín y entre unos folletos de

profecías impresos a mimeógrafo encontró una partitura de Cuesta abajo. Al margen, con letra

temblorosa, el predicador había anotado como una dedicatoria: "Querido mío, esto lo hice yo

para que vos fueras famoso".

—No entiendo —dije, y de verdad no entendía.

—Es jodida la envidia —murmuró mi padre—. ¡Silbaba tan lindo el hijo de puta!

—¿Silbaba cosas de él?

—De nosotros. De aquel tiempo cuando me dieron una paliza y mi novia se fue con

otro.

Cerró el maletín del predicador y se quedó un rato pensativo.

—¡Qué puteada le mandó a Razzano!

—Y vos lo acercaste a su casa.

—En un Pontiac. Se puso los anteojos y me convidó un Camel.

Paró la lluvia y empezaba a hacer frío.

—Papá, ¿van a venir a buscarnos?

—Claro que sí, van a traer comida y cigarrillos —señaló al predicador—; y así como a

Carlitos lo llevaba todo el mundo, éste se va a quedar a pie para toda la vida.

miércoles, 1 de septiembre de 2021

“Caídas” de Osvaldo Soriano

 

Mi padre tuvo tantas caídas que al final no recordaba la primera. Lo vi

despeñarse con una motoneta camino de Plaza Huincul y años más tarde se dio vuelta

con el Gordini, cerca de Cañuelas. Mi madre me contó que una vez, cuando yo era

muy chico, se cayó sin mayores daños de un poste de teléfonos y como era bastante

distraído solía tropezarse con los juguetes que yo dejaba tirados en el suelo.

Una tarde de diciembre de 1960 alguien vino a avisarme que lo había

atropellado un auto. Llegué sin aliento en una bicicleta prestada y lo encontré estirado

en la calle. Estaba un poco despeinado, con los ojos abiertos y la cara muy blanca.

Sobre el asfalto había un poco de sangre manchada por las huellas de unos zapatos. La

gente se apartó para dejarme pasar y un tipo me dijo ya estaba por venir la

ambulancia. Alguien que le había puesto un pulóver bajo la nuca me alcanzó los

anteojos que se habían roto con la caída.

Nadie hablaba y yo no sabía qué decir. Me arrodillé a su lado y le hablé al oído

tratando de que la voz no me saliera muy asustada. Le pregunté si podía escucharme y

alguna tontería más, pero no abrió la boca. Entonces fui pedir que me ayudaran a

llevarlo al hospital pero me dijeron que no convenía moverlo porque debía estar muy

estropeado. El paisano de sombrero negro que lo había atropellado estaba llorando dentro

del coche y tampoco me hizo caso. Volví a sentarme en la vereda y le tomé una mano.

Estaba fría y blanda como la panza de un pescado. No llevaba más que el anillo de

casamiento y el Omega con la correa de cuero. Me pregunté qué haría allí, en la otra punta

del pueblo, cruzando la calle como un chico atolondrado. En esos días había cumplido los

cincuenta y recién ahora me doy cuenta de que corría contra el tiempo. No había hecho

nada que le sirviera a él y la única vez que salió en los diarios fue después del accidente,

entre un cuatrero detenido en General Roca y un incendio en la usina de Arroyito.

Con los primeros calores de aquel verano había tomado la decisión de abandonar

Obras Sanitarias y montar un taller de tornería. Mi madre se oponía porque no creía en su

suerte. Entonces me llamó a su escritorio para que le dijera con toda sinceridad si yo le

veía futuro en los negocios. De verdad, visto como lo vi entonces, con el chaleco de lana

gastado y el pantalón lustroso, no me animé a apostar por él. Me convidó un cigarrillo,

dejó que le explicara un complicado asunto de polleras y ya pasada la medianoche, en voz

muy baja, me explicó que estaba cansado de esperar, de correr de un desierto a otro

mientras se le iban los años y se le arrugaban los cueros. Dijo no estar arrepentido de nada pero se le leía la culpa en los ojos. ¿Culpa de qué? Nunca lo sabré. Aquella noche intentó

darme otro de sus consejos, pero no servía para eso. Palabras más o menos, me dijo: "Por

mejor que uno se explique y justifique, nada cambia. Siempre se cometen los mismos

errores. Una caída dibuja la próxima y por eso creemos en un Dios, en alguien que haya

aprendido a no quemarse dos veces con la misma leche". Cosas así eran las que solía

recitarme a la medianoche mientras limpiaba compases y tiralíneas frente al tablero de

dibujo.

Le dije que no se calentara, que cualquiera hacía plata si eso era lo único que se

proponía y que él estaba para otra cosa. Lo suyo era correr por ahí, andar a la deriva para

no llegar a ninguna parte. A él y a mí nos daba lo mismo un lugar u otro siempre que

tuviera una estación y algunas leguas por delante.

Ese día salimos a caminar por los andurriales, yo estornudando por el polen y él

tosiendo su tabaco. Me hablaba de lo que haría cuando tuviera un taller con seis tornos y

no sé cuántas máquinas para fabricar herramientas. De a ratos lo situaba en Córdoba y

después lo ponía en Mendoza para abastecer también a los chilenos. Sin darnos cuenta

llegamos al río y de pronto se jactó de haber sido muy buen nadador en su juventud, allá

en Campana. Señaló la isla bajo el puente y me desafió a ganarle a contracorriente.

Cambié de conversación porque el Limay es profundo y temí que se ahogara. Yo tenía

menos de veinte años y me parecía imposible que mi padre pudiera ganarme en algo.

Insistió y puse como excusa una contractura del fútbol o algo parecido. No me oyó o no

quiso oírme y empezó a quitarse la ropa ahí mismo, abajo de la luna, hasta que sólo se

quedó con unos ridículos calzoncillos celestes que le llegaban hasta las rodillas.

Bravuconeaba, supongo. Tenía todo el pelo blanco pero ahora estaba de nuevo en el Delta

junto a sus amigos y con toda la vida por delante. No sé qué pensé mientras lo miraba

alejarse tirando brazadas. Creo que me daba pena verlo pelear contra su propia sombra.

Me toreaba a mí pero la bronca, como el agua, venía de lejos y nos mojaba a los dos.

En un momento lo perdí de vista hasta que al rato me gritó desde la isla. Yo no

quería seguirle el juego. Tampoco estaba seguro de animarme a atravesar el río. Le

contesté que se dejara de joder, que volviera, y me senté a esperarlo. Calculé que no iba a

tardar porque no podía estar mucho tiempo sin fumar. Pero también esa vez me

equivoqué. Me pidió que escondiera su ropa y que me fuera a casa porque tenía ganas de

dar un paseo por la isla. A dos pasos había un muelle con botes pero ninguno de los dos

quería ridiculizarse. Llamé al barquero y le di la poca plata que tenía para que le

alcanzara el paquete de cigarrillos e intentara traerlo de vuelta. Pero no volvió. Se quedó

pitando en silencio en la otra orilla hasta que me cansé de su juego y me fui a dormir.

Creo que fue ese episodio el que lo alejó por un tiempo de mí y del taller de

tornería. La tarde en que lo encontré tirado en la calle temí que se muriera con la

impresión de que yo lo había abandonado. La ambulancia tardó siglos en llegar y lo llevó

a un hospital donde me dijeron que tenía el cráneo roto. Mi madre se quedaba a su lado

durante la mañana y a la tarde iba yo. Cuando pudo mover los labios me dijo que se había

gastado el aguinaldo completo en la primera cuota del torno y no se animaba a decírselo a

mi madre.

Era otro de sus juguetes tardíos pero todavía no estaba seguro de poder

disfrutarlo. "¿Me voy a morir?", me preguntó cuando se dio cuenta de que tenía una bolsa

de hielo sobre la cabeza. Le dije que no, aunque no era seguro, y le pregunté dónde estaba

su famoso torno. "Llega de Buenos Aires en el tren de la semana que viene; es una

hermosura, no te imaginas", me contestó muy serio. Una enfermera había puesto las cosas

que llevaba sobre la mesa de luz. El pañuelo, el encendedor, la billetera vacía, unas

monedas y el folleto del torno que era italiano y parecía una nave espacial. "¿Te duele?",

dije y me senté cerca de la ventana a mirar a las chicas que atravesaban el jardín. "Sí,

desde hace mucho", murmuró. "¿Qué me pasó ahora?" Le conté que lo había agarrado un

auto y se había golpeado la cabeza contra el pavimento. Pareció sorprenderse, como si le

dijera que se había caído de la calesita: "Y a tu madre, ¿qué le vamos a decir?". Se refería al

aguinaldo y a todo lo que otra vez no podríamos comprar. Cerró los ojos y se durmió. O

tal vez en su confusión de huesos rotos y sesos desbaratados pensaba en lo buena que

hubiera sido su vida sin mi madre y sin mí. Me incliné para decirle al oído que no siempre

se puede ganar, que a veces hay que saber quedarse de este lado de la orilla. Hizo una

mueca de disgusto y entornó los párpados: "Eso es de cobardes; los ríos están para que

uno los cruce". Como siempre, del infortunio sacaba alguna lección que lo disculpaba ante

los demás.

Después de hablar con el médico tuve miedo de que aquella fuera su última

metáfora. A mi madre le dije que la plata del aguinaldo se la habían robado en la calle

mientras estaba caído y que de todos modos para nosotros no habría fiestas ese fin de año.

Antes de Navidad lo trasladaron a casa, flaco y vendado como un faquir. Ocultaba el

folleto del torno abajo de la almohada. No sé si mi madre se creyó el cuento del aguinaldo

robado, pero en Nochebuena no tuvimos festejos ni palabras bonitas. Mi padre pasaba las

horas inmóvil, con la mirada puesta en el techo. Un día me hizo una seña para que me

inclinara a escucharlo: "Véndelo", susurró, "cuando llegue véndelo por lo que te den". Me

partió que contenía un lagrimón y le dije que no, que ahora estaba en medio de la

corriente y tenía que nadar. Después de todo, eso era lo que había querido enseñarme.

Hizo un gesto de alivio, me pasó un brazo alrededor del cuello, y dijo: "Está bien, pero no

te olvides de mandarme un bote con los cigarrillos".

viernes, 16 de julio de 2021

“Trenes” de Osvaldo Soriano

 

Siempre me vuelven a la memoria aquellos viajes en tren que cambiaron mi vida.

Eran viajes largos y rumorosos, con sándwiches de milanesa y limonadas caseras. Ahí vamos,

mi madre y yo vestidos de Domingo en el vagón de segunda. Mamá lleva un pañuelo azul al

cuello y la mirada puesta en la ventanilla sucia. Yo voy de pantalón corto y es posible que

lleve un pulóver marrón con los codos zurcidos. No sé a qué le temo ni en qué piensa mi

madre.

Cae la tarde y el sol se esconde en el horizonte. Mi padre ha partido meses antes a

ocupar su cargo en una oficina de Río Cuarto. Muchos años después, al escribir estas líneas,

releo una carta que le mandé a los nueve años: "Querido papá: a mami ya le sacaron la benda

y yo me estoy haciendo una onda, la goma me la trajo del regimiento el señor Limina. Ya

tenernos camionero, es Jamelo, mandá plata. Como estás por allá? Asfaltan calles? acá no,

Fernandino viene siempre entre las 10 o 10 y media. Voy al cine cuando quiero y me levanto a

las 10. Esperamos ir con vos, termina la casa. Besos chau". Y al margen, como posdata: "El

gatito está atado".

Algunos errores de sintaxis, la be de benda y los acentos que faltan. Una caligrafía

rumbosa que mi padre conservó hasta el final entre sus papeles. El chico de la carta es el que

viaja con su madre en un tren que culebrea y se detiene de tanto en tanto a reponer agua y

carbón. Una locomotora negra, con humo negro, igual que esa a pilas con la que ahora juega

mi hijo. Perón la ha pagado como si fuera nueva y lleva el escudo nacional. Me pregunto:

¿por qué está atado el gatito? ¿Qué venda le han sacado a mi madre? ¿Quién es Jamelo? ¿Por

qué me preocupa tanto el asfalto de las calles?

Mi madre ya no se acuerda del gatito. Con más de ochenta años se le confunden los

trenes. Había tomado el primero en Pamplona, cuando era chica, y siguió aquí, en esta tierra

inmensa, detrás de mi padre. Al Norte, al Sur, a la sierra, al mar, mamá subió a todos los

trenes. Me dice, escondida en una montaña de recuerdos difusos, que Jamelo era el de la

mudanza y se lleva la mano a la frente donde todavía tiene la marca de aquella herida. Un

barquinazo con el jeep de Obras Sanitarias, de eso me acuerdo bien. Mi padre siempre

agarraba los pozos más grandes y en aquel de San Luis mi madre dejó la lozanía de su cara

española. Sangraba y no podía entender qué le había pasado. Mi viejo la cubrió con un

pañuelo y manejó kilómetros y kilómetros maldiciendo todos los pozos que Dios ponía en su

camino. En un hospital le colocaron esa venda que ya le han sacado en mi carta.

Manejaba mal, mi viejo, pero él nunca lo admitió. Una vez me atreví a decírselo en

una curva, camino de Rauch. Frenó el coche en un pastizal y me dijo que bajara a pelear. Era

así. Se enfrascaba en sus pensamientos y olvidaba la ruta. Entonces mi madre se sentía feliz

de subir al tren justicialista. No le importaba que pasáramos días y días en aquellas butacas

de madera durmiendo sobre una frazada. A la noche, cuando el tren se paraba en cualquier

parte y los señaleros caminaban junto a la vía sin dar explicaciones, abría un paquete hecho

con una caja de zapatos y todos los pasajeros se daban vuelta para sentir el aroma de nuestro

pollo relleno. Tenía que durar hasta el final del viaje y lo administraba con un rigor de

campesina. Mientras comíamos me contaba escenas de Lo que el viento se llevó y de postre las

películas del Gordo y el Flaco. Entonces reía y los hacía correr perseguidos por un fantasma o

subir un piano inútil a un segundo piso equivocado. El tren arrancaba a los tirones y después

se paraba en una estación de mala muerte. Recuerdo que en ese viaje, o en otro, subieron a un

boxeador noqueado y con los guantes todavía puestos, que mientras dormía narraba su

propia derrota. Mi madre le mojó los labios con un pañuelo. El entrenador llevaba sombrero,

tiradores y una boquilla, pero se le habían acabado los cigarrillos. Cada vez que mamá se

inclinaba a auxiliar a su amigo el tipo se sacaba el sombrero y rogaba a Dios que se despertara

para la próxima pelea.

Una vez que hicimos noche en un hotel de Bahía Blanca tardé en dormirme y entreví

la desnudez de mi madre bajo la ducha. Al día siguiente, en el expreso a Neuquén, le

pregunté qué era esa cosa negra que tenía ahí. Me miró y durante un rato movió los labios sin

hablar. Por fin dijo: "Un hormiguero", y ésa es la única cosa textual que recuerdo de nuestra

charla. Yo tenía cuatro o cinco años y ella todavía no llevaba la huella en la frente. Una vez le

escuché decir que querían adoptar un hermanito para mí. La odié y odié a mi padre hasta que

me preguntó si quería un hermano de regalo y yo me puse a llorar. Pero eso fue mucho más

tarde, entre el rápido a Río Cuarto y el expreso a Cipolletti.

Ahora creo que vamos rumbo a San Luis y en un lugar penumbroso suben dos

mellizos vestidos de azul, con una valija inmensa. Al rato uno abre la valija y de adentro sale

un enano. No necesitan boleto. Los tres son, le informan al guarda, electores de Perón. Los

que el pueblo votó para que votaran por Perón. En casa, el General era mala palabra pero ahí,

de noche y a los cimbronazos, estallan aplausos y el enano levanta los brazos subido a un

asiento. Alguien, atrás, empieza a vociferar "aquí están/éstos son/los muchachos de Perón".

Uno de los mellizos se sienta al lado de mi madre y enseguida le saca un piropeo de versos

floridos. Ella se levanta en silencio, indignada, con la cicatriz que le cruza la frente, y me

arrastra al pasillo. "Éste es mi hijo", le dice al guarda mientras me pone la mano sobre un

hombro, "y en este tren, como manda el General, los únicos privilegiados son los niños". Me

parece mentira que lo diga ella, pero el de uniforme se pone duro como un mástil y el enano

deja de gritar. Después todo pasa muy rápido. En la siguiente estación sube la policía y se

lleva a los electores a empujones. Un gordo engominado se acerca a mi madre y se disculpa

en nombre del ferrocarril: los privilegios de los niños alcanzan a las madres, dice y suda a

mares mientras su mano grasienta me acaricia la cabeza. Parece asustado y nos ofrece pasar al

vagón de primera.

Esa fue la única vez que viajamos en asientos mullidos. Mi madre se recuesta y cierra

los ojos. Ahora veo: el gatito está atado a una silla, enredado en un ovillo de lana. Dormía en

mi cama como ahora otro duerme junto a mi hijo. A veces yo era el Corsario Negro y él el

Corsario Rojo que iba a morir en el cadalso. Era negro y blanco con un morro fino y una

paciencia infinita. Una noche no volvió, la siguiente tampoco y a la tercera empezamos a

llorarlo. Nos había acompañado en otros trenes, aterrado por el encierro y el ruido. Venía del

asfalto de Mar del Plata y tal vez sufría los calientes desiertos puntanos. ¿Sueña con eso

mamá cuando duerme esa noche en el tren? ¿Sueña con su aldea de Navarra? ¿Con la voz de

Magaldi? ¿Con los bailes en Barracas cuando era joven y trabajaba en la fábrica de medias? En

la larga espera de una estación desconocida, esta vez rumbo a Tandil, habla de ella: años atrás

un tal Fermín Estrella Gutiérrez le ha escrito versos de amor, dice. Era elegante y gentil aquel

poeta de sonoro apellido. Qué más, me pregunto ahora: ¿qué otros sueños? ¿Más praderas y

distancias? Tal vez la pensión de la calle Brasil, a una cuadra de donde vivía el Peludo

Yrigoyen. La estación Constitución donde desembarcamos por primera vez, yo intimidado

por la inmensa avenida y ella feliz con su sombrero de paja bajo el sol.

Trenes de madera, de fierro, de juguete. Resaca inglesa y vivezas criollas. Van peones

deportados, viajantes medrosos, boxeadores noqueados, antiguos electores de Yrigoyen y

Perón. Ahí va Gardel que todavía no es Gardel. Viene Eva, que todavía no es Evita. Sube su

moto un chico que todavía no es el Che. Todos duermen, igual que mi madre. Van a la deriva

del destino. A cara o cruz. Aunque nunca hablemos de los sueños, es en ellos donde alguna

vez somos enteramente felices. Mientras ruge la locomotora y crujen las maderas de aquel vagón justicialista.