Quinquela Martín
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sábado, 5 de noviembre de 2022

"El Hablador" de Mario Vargas LLosa

 II

SAÚL ZURATAS tenía un lunar morado oscuro, vino vinagre, que le cubría todo el lado

derecho de la cara y unos pelos rojos y despeinados como las cerdas de un escobillón.

El lunar no respetaba la oreja ni los labios ni la nariz a los que también erupcionaba de una

tumefacción venosa. Era el muchacho más feo del mundo; también, simpático y buenísimo.

No he conocido a nadie que diera de entrada, como él, esa impresión de persona tan abierta,

sin repliegues, desprendida y de buenos instintos, nadie que mostrara una sencillez y un

corazón semejantes en cualquier circunstancia. Lo conocí cuando dábamos los exámenes

de ingreso a la Universidad y fuimos bastante amigos –en la medida en que se puede ser

amigo de un arcángel– sobre todo los dos primeros años, que cursamos juntos en la Facultad

de Letras. El día en que lo conocí me advirtió, muerto de risa, señalándose el lunar:

–Me dicen Mascarita, compadre. A que no adivinas por qué.

Con este apodo lo llamábamos también nosotros, en San Marcos.

Había nacido en Talara y compadreaba a todo el mundo. Palabras y dichos de la jerga

callejera brotaban en cada frase que decía, dando incluso a sus conversaciones íntimas un 

aire de chacota. Su problema, decía, era que su padre había ganado demasiado con el almacén

allá en el pueblo, tanto que un buen día decidió trasladarse a Lima. Y desde que se

habían venido a la capital al viejo le había dado por el judaísmo. No era muy religioso allá en

el puerto piurano, que Saúl recordara. Alguna vez lo había visto leyendo la Biblia, sí, pero

nunca se preocupó de inculcarle a Mascarita que pertenecía a otra raza y a otra religión que

las de los muchachos del pueblo. Aquí en Lima, en cambio, sí. ¡Qué vaina! A la vejez viruelas.

O, mejor dicho, la religión de Abraham y Moisés. ¡Pucha! Nosotros éramos unos suertudos

siendo católicos. La religión católica era un pan con mantequilla de simple, una misita

de media hora cada domingo y unas comuniones cada primer viernes de mes que se pasaban

al vuelo. Él, en cambio, tenía que zambullirse los sábados en la sinagoga, horas y

horas, aguantando los bostezos y fingiendo interesarse por los sermones del rabino –que no

entendía ni jota– para no decepcionar a su padre, quien, después de todo, era viejón y buenísima

gente. Si Mascarita le hubiera dicho que hacía tiempo había dejado de creer en Dios

y que, en resumidas cuentas, eso de pertenecer al pueblo elegido a él le importaba un comino,

al pobre Don Salomón le hubiera dado un patatús.

Conocí a Don Salomón no mucho después que a Saúl, un domingo. Éste me había invitado

a almorzar. La casa estaba en Breña, a la espalda del Colegio La Salle, en una transversal

alicaída de la avenida Arica. Era una vivienda profunda, repleta de muebles viejos, y

con un lorito hablador de nombre y apellidos kafkianos que repetía todo el tiempo el apodo

de Saúl: «¡Mascarita! –¡Mascar¡ta!» Padre e hijo vivían solos, con una sirvienta que se había

venido con ellos de Talara y que, además de hacerles la cocina, ayudaba a Don Salomón en

la tienda de abarrotes que había abierto en Lima. «Ésa, la de la tela metálica con una estrella

de seis puntas, compadre. Se llama La Estrella por la estrella de David, ¿te das cuenta?»

Me impresionaron el afecto y las atenciones que Mascarita prodigaba a su padre, un

anciano curvo, sin afeitar, que arrastraba unos pies deformados por los juanetes en unos

zapatones que parecían coturnos romanos. Hablaba español con fuerte acento ruso o polaco,

y eso que, me dijo, llevaba ya más de veinte años en el Perú. Tenía un aire socarrón y

simpático: «Yo, de chico, quería ser trapecista de circo, pero la vida acabó metiéndome de

mercachifle, vea usted qué decepción.» ¿Era Saúl su único hijo? Sí, lo era.

¿Y la madre de Mascarita? Había muerto a los dos años de trasladarse la familia a Lima.

Hombre, qué pena, a juzgar por esa foto tu mamá debía ser muy joven ¿no, Saúl? Sí, lo

era. Bueno, por una parte claro que a Mascarita lo apenaba su muerte. Pero, por otra, tal

vez hubiera sido mejor para ella cambiar de vida. Porque su pobre vieja sufría muchísimo en

Lima. Me hizo señas de que me acercara y bajó la voz (precaución inútil porque habíamos

dejado a Don Salomón profundamente dormido en una mecedora del comedor y nosotros

conversábamos en su cuarto) para decirme:

–Mi mamá era una criollita de Talara que el viejo se levantó al poco tiempo de llegar

como refugiado. Parece que la tuvo arrejuntada nomás, hasta que nací yo. Sólo entonces se

casaron. ¿Te imaginas lo que es para un judío casarse con una cristiana, con lo que llamamos

una goie? No, no te lo imaginas.

Allá en Talara la cosa no había tenido la menor importancia porque las dos familias judías

del lugar estaban medio disueltas en la sociedad local. Pero, al instalarse en Lima, la

madre de Saúl tuvo múltiples problemas. Extrañaba mucho su tierra, desde el calorcito y el

cielo sin nubes, de sol radiante todo el año, hasta sus parientes y amistades. Por otra parte,

la comunidad judía de Lima nunca la aceptó, por más que ella, para darle gusto a Don Salomón,

se había dado el baño lustral y se había hecho instruir por el rabino a fin de cumplir

con todos los ritos de la conversión. En realidad –y Saúl me guiñó un ojo travieso– la comunidad

no la aceptaba no tanto por ser una goie como por ser una criollita de Talara, una mujer

sencilla, sin educación, que apenas sabía leer. Porque los judíos de Lima se habían vuelto

unos burgueses, compadre.

Me decía todo esto sin asomo de rencor ni dramatismo, con una aceptación tranquila

de algo que, por lo visto, no hubiera podido ocurrir de otra manera. «Yo y mi vieja nos llevábamos

como uña y carne. Ella también se aburría como ostra en la sinagoga y, sin que Don

Salomón se diera cuenta, para que esos sábados religiosos se pasaran más rápido, jugábamos

disimuladamente al Yan–Ken–Po. A la distancia. Ella se sentaba en la primera fila de

la galería y yo abajo, con los hombres. Movíamos las manos al mismo tiempo y a veces nos

venían ataques de risa que espantaban a los piadosos.» Se la había llevado un cáncer fulminante,

en pocas semanas. Y, desde su muerte, a Don Salomón se le vino el mundo abajo.

–Ese viejito que has visto ahí, durmiendo la siesta, era hace un par de años un hombre

entero, lleno de energía y amor a la vida. La muerte de mi vieja lo demolió.

Saúl había entrado a San Marcos, a seguir abogacía, para dar gusto a Don Salomón.

Por él, se hubiera puesto más bien a ayudarlo en La Estrella, que le daba muchos dolores

de cabeza a su padre y le exigía más esfuerzo de los que se merecía, a sus años. Pero Don

Salomón fue terminante. Saúl no pondría los pies detrás de ese mostrador. Saúl jamás

atendería a un cliente. Saúl no sería un comerciante como él.

–Pero ¿por qué, viejito? ¿Tienes miedo de que con esta cara te ahuyente a la clientela?

–Me decía esto entre carcajadas–. La verdad es que, ahora que ha podido ahorrar unos

solcitos, Don Salomón quiere que la familia se vuelva importante. Ya me ve llevando el apellido

Zuratas a la diplomacia o a la Cámara de Diputados. ¡Pa su diablo!

Volver ilustre el apellido familiar ejerciendo una profesión liberal, era algo que a Saúl

tampoco le ilusionaba mucho. ¿Qué le interesaba en la vida? No lo sabía aún, sin duda. Lo

fue descubriendo en esos meses y años que fueron los de nuestra amistad, en la década de

los cincuenta, en ese Perú que iba pasando –mientras Mascarita, yo, nuestra generación,

nos volvíamos adultos de la mentirosa tranquilidad de la dictadura del general Odría a las

incertidumbres y novedades del régimen democrático, que renació en 1956, cuando Saúl y

yo estábamos en el tercer año.

Para entonces, sin la menor duda, ya había descubierto lo que le interesaba en la vida.

No de manera relampagueante, ni con la seguridad que después, pero, en todo caso, el

extraordinario mecanismo estaba ya en marcha y, pasito a paso, empujándolo un día acá,

otro allá, iba trazando ese laberinto en el que Mascarita entraría para no salir jamás. En

1956 estudiaba Etnología al mismo tiempo que Derecho y había estado varias veces en la

selva. ¿Sentía ya esa fascinación de embrujado por los hombres del bosque y la Naturaleza

sin hollar, por las culturas primitivas, minúsculas, desperdigadas en las colinas montuosas

de la ceja de montaña y la llanura de la Amazonía? ¿Ardía ya en él ese fuego solidario brotado

oscuramente de lo más hondo de su personalidad por esos compatriotas nuestros que

desde tiempos inmemoriales vivían allá, acosados y lastimados, entre los anchos y lentos

ríos, con taparrabos y tatuajes, adorando los espíritus del árbol, la serpiente, la nube y el

relámpago? Sí, ya había comenzado todo eso. Y yo me di cuenta de ello a raíz de aquel incidente

en el billar, ocurrido a los dos o tres años de conocernos.

Íbamos, de cuando en cuando, entre dos clases universitarias, a jugar una partida en

una desvencijada sala de billar, que era también cantina, en el Jirón Azángaro. Andando por

la calle con Saúl se descubría lo molesta que tenía que ser su vida, por la insolencia y la

maldad de la gente. Se volvían o se plantaban a su paso, para mirarlo mejor, y abrían mucho

los ojos, sin disimular el asombro o la repulsión que les inspiraba su cara, y no era raro

que, los chiquillos sobre todo, le dijeran majaderías. A él no parecía molestarle; reaccionaba

siempre a las impertinencias con alguna salida chistosa.

El incidente, al entrar al billar, no lo provocó él, sino yo, que nada tengo de arcángel.

El borracho estaba bebiendo en el mostrador. Apenas nos vio, vino a nuestro encuentro,

tambaleándose, y se plantó ante Saúl, con los brazos en jarras:

–¡Puta, qué monstruo! ¿De qué zoológico te escapaste, oye?

–De cuál va a ser, pues, compadre, del único que hay, del de Barranco –le respondió

Mascarita–. Si vas corriendo, encontrarás mi jaula abierta.

Y trató de pasar. Pero el borracho alargó las manos hacia él, haciendo contra con los

dedos, como los niños cuando les mentan la madre.

–Tú no entras, monstruo. –Se había enfurecido súbitamente–. Con esa cara, no debías

salir a la calle, asustas a la gente...

sábado, 11 de diciembre de 2021

"El Hablador" de Mario Vargas Llosa

 I

Vine a Firenze para olvidarme por un tiempo del Perú y de los peruanos y he aquí que

el malhadado país me salió al encuentro esta mañana de la manera más inesperada. Había

visitado la reconstruida casa de Dante, la iglesita de San Martino del Vescovo y la callejuela

donde la leyenda dice que aquél vio por primera vez a Beatrice, cuando, en el pasaje de

Santa Margherita, una vitrina me paró en seco: arcos, flechas, un remo labrado, un cántaro

con dibujos geométricos y un maniquí embutido en una cushma de algodón silvestre. Pero

fueron tres o cuatro fotografías las que me devolvieron, de golpe, el sabor de la selva peruana.

Los anchos ríos, los corpulentos árboles, las frágiles canoas, las endebles cabañas sobre

pilotes y los almácigos de hombres y mujeres, semidesnudos y pintarrajeados, contemplándome

fijamente desde sus cartulinas brillantes.

Naturalmente, entré. Con un extraño cosquilleo y el presentimiento de estar haciendo

una estupidez, arriesgándome por una curiosidad trivial a frustrar de algún modo el proyecto

tan bien planeado y ejecutado hasta ahora –leer a Dante y Machiavelli y ver pintura renacentista

durante un par de meses, en irreductible soledad–, a provocar una de esas discretas

hecatombes que, de tanto en tanto, ponen mi vida de cabeza. Pero, naturalmente, entré.

La galería era minúscula. Un solo cuarto de techo bajo en el que, para poder exhibir

todas las fotografías, habían añadido dos paneles, atiborrados también de imágenes por

ambos lados. Una muchacha flaca, de anteojos, sentada detrás de una mesita, me miró.

¿Se podía visitar la exposición «I nativi della foresta amazónica»?

–Ceno. Avanti, avanti.

No había objetos en el interior de la galería, sólo fotos, lo menos una cincuentena, la

mayoría bastante grandes. Carecían de leyendas, pero alguien, acaso el mismo Gabriele

Malfatti, había escrito un par de cuartillas indicando que las fotografías fueron tomadas en el

curso de un viaje de dos semanas por la región amazónica de los departamentos del Cusco

y de Madre de Dios, en el Oriente peruano. El artista se había propuesto describir, «sin demagogia

ni esteticismo», la existencia cotidiana de una tribu que, hasta hacía pocos años,

vivía casi sin contacto con la civilización, diseminada en unidades de una o dos familias. Sólo

en nuestros días comenzaba a agruparse en esos lugares documentados por la muestra,

pero muchos permanecían aún en los bosques. El nombre de la tribu estaba castellanizado

sin errores: los machiguengas.

Las fotos materializaban bastante bien el propósito de Malfatti. Allí estaban los machiguengas

lanzando el arpón desde la orilla del río, o, semiocultos en la maleza, preparando el

arco en pos del ronsoco o la huangana; allí estaban, recolectando yucas en los diminutos

sembríos desparramados en torno a sus flamantes aldeas –acaso las primeras de su larga

historia–, rozando el monte a machetazos y entreverando las hojas de las palmeras para

techar sus viviendas. Una ronda de mujeres tejía esteras y canastas: otra preparaba coronas,

engarzando vistosas plumas de loros y guacamayos en aros de madera. Allí estaban,

decorando minuciosamente sus caras y sus cuerpos con tintura de achiote, haciendo fogatas,

secando unos cueros, fermentando la yuca para el masato en recipientes en forma de

canoa. Las fotos mostraban con elocuencia cuán pocos eran en esa inmensidad de cielo,

agua y vegetación que los rodeaba, su vida frágil y frugal, su aislamiento, su arcaísmo, su

indefensión. Era verdad: sin demagogia ni esteticismo.

Esto que voy a decir no es una invención a posteriori ni un falso recuerdo. Estoy seguro

de que pasaba de una foto a la siguiente con una emoción que, en un momento dado, se

volvió angustia. ¿Qué te pasa? ¿Qué podrías encontrar en estas imágenes que justifique

semejante ansiedad?

Desde las primeras fotos había reconocido los claros donde se alzan Nueva Luz y

Nuevo Mundo –no hacía tres años que había estado en ellos– e, incluso, al ver una panorámica

del último de estos lugares, la memoria me resucitó en el acto la sensación de catástrofe

con que viví el aterrizaje acrobático que hicimos allí, aquella mañana, en el Cessna del

Instituto Lingüístico, esquivando niños machiguengas. También me había parecido reconocer

algunas caras de los hombres y mujeres con quienes, ayudado por Mr. Schneil, conversé.

Y esto fue una certidumbre cuando, en otra de las fotografías, vi, con la misma barriguita

hinchada y los mismos ojos vivos que conservaba en mi recuerdo, al niño de boca y nariz

comidas por la uta. Mostraba a la cámara, con la misma inocencia y naturalidad con que nos

lo había mostrado a nosotros, ese hueco con colmillos, paladar y amígdalas que le daba un

aire de fiera misteriosa.

La fotografía que esperaba desde que entré a la galería, apareció entre las últimas. Al

primer golpe de vista se advertía que aquella comunidad de hombres y mujeres sentados en

círculo, a la manera amazónica –parecida a la oriental: las piernas en cruz, flexionadas horizontalmente,

el tronco muy erguido–, y bañados por una luz que comenzaba a ceder, de

crepúsculo tornándose noche, estaba hipnóticamente concentrada. Su inmovilidad era absoluta.

Todas las caras se orientaban, como los radios de una circunferencia, hacia el punto

central, una silueta masculina que, de pie en el corazón de la ronda de machiguengas imantados

por ella, hablaba, moviendo los brazos. Sentí frió en la espalda. Pensé: «¿Cómo consiguió

este Malfatti que le permitieran, cómo hizo para...?» Bajé, acerqué mucho la cara a la

fotografía. Estuve viéndola, oliéndola, perforándola con los ojos y la imaginación hasta que

noté que la muchacha de la galería se levantaba de su mesita y venía hacia mí, inquieta.

Haciendo un esfuerzo por serenarme le pregunté si las fotografías se vendían. No,

creía que no. Eran de la Editorial Rizzoli. Iba a publicar un libro con ellas, parecía. Le pedí

que me pusiera en contacto con el fotógrafo. No iba a ser posible, desgraciadamente:

–II signore Gabriele Malfatti é morto.

¿Muerto? Sí. De unas fiebres. Un virus contraído en aquellas selvas, forse. ¡El pobre!

Era un fotógrafo de modas, había trabajado para Vogue, para Uomo, revistas así, fotografiando

modelos, muebles, joyas, vestidos. Se había pasado la vida soñando con hacer algo

distinto, más personal, como este viaje a la Amazonía. Y cuando al fin pudo hacerlo y le iban

a publicar un libro con su trabajo ¡se moría! Y, ahora, le dispiaceva, pero era la hora del

pranzo y tenía que cerrar.

Le agradecí. Antes de salir a enfrentarme una vez más con las maravillas y las hordas

de turistas de Firenze, todavía alcancé a echar una última ojeada a la fotografía. Sí. Sin la

menor duda. Un hablador.

jueves, 23 de septiembre de 2021

“Los cachorros” de Mario Vargas Llosa

 

IV

Pero él ni de a vainas, de perdido, nuestras fiestas lo aburrían,

de sobrado avejentado, no 

iba porque tenía otras mejores donde me divierto más. Lo que pasa

es que no te gustan las chicas decentes, decían ellas, y él como amigas

claro que sí, y ellas sólo las cholas, las medio pelo, las bandidas

y, de pronto, Pichulita, sssí le gggggustabbbban, comenzaba, las

chicccas decenttttes, a tartamudear, sssólo qqqque la flaccca Gamio

nnno, ellas ya te muñequeaste y él addddemás no habbbía tiempo

por los exámmmenes y ellos déjenlo en paz, salíamos en su defensa,

no lo van a convencer, él tenía sus plancitos, sus secretitos, apúrate

hermano, mira qué sol, La Herradura debe estar que arde, hunde la

pata, hazlo volar al poderoso Ford. Nos bañábamos frente a Las Gaviotas

y, mientras las cuatro parejas se asoleaban en la arena, Cuéllar

se lucia corriendo olas. A ver esa que se está formando, decía

Chabuca, esa tan grandaza ¿podrás? Pichulita se paraba de un salto,

le había dado en la yema del gusto, en eso al menos podía ganarnos:

lo iba a intentar, Chabuquita, mira. Se precipitaba corría sacando pecho,

echando la cabeza atrás se zambullía, avanzaba braceando lindo,

pataleando parejito, qué bien nada decía Pusy, alcanzaba el tumbo

cuando iba a reventar, fíjate la va a correr, se atrevió decía la

China, se ponía a flote y metiendo apenas la cabeza, un brazo tieso y

el otro golpeando, jalando el agua como un campeón, lo veíamos subir

hasta la cresta de la ola, caer con ella, desaparecer en un estruendo

de espuma, fíjense fíjense, en una de ésas lo va a revolcar

decía Fina, y lo veían reaparecer y venir arrastrado por la ola, el

cuerpo arqueado, la cabeza afuera, los pies cruzados en el aire, y lo

veíamos llegar hasta la orilla suavecito, empujadito por los rumbos.

Qué bien las corre, decían ellas mientras Cuéllar se revolvía contra la

resaca, nos hacía adiós y de nuevo se arreaba al mar, era tan simpático,

y también pintón, ¿por qué no tenia enamorada? Ellos se miraban

de reojo, Lalo se reía, Fina qué les pasa, a qué venían esas

carcajadas, cuenten. Choto enrojecía, venían porque sí, de nada y

además de qué hablas, qué carcajadas, ella no te hagas y él no, si no

se hacía, palabra. No tenía porque es tímido, decía Chingolo, y Pusy

no era, que iba a ser, más bien un fresco, y Chabuca ¿entonces por

qué? Está buscando pero no encuentra, decía Lalo, ya le caerá a alguna,

y la China falso, no estaba buscando, no iba nunca a fiestas, y

Chabuca ¿entonces por qué? Sabe, decía Lalo, se cortaba la cabeza

que si, sabían y se hacían las que no, ¿para qué?, para sonsacarles,

si no supieran por qué tantos por qué, tanta mirada rarita, tanta malicia

en la voz. Y Choto: no, te equivocas, no sabían, eran preguntas

inocentes, las muchachas se compadecían de que no tuviera hembrita

a su edad, les da pena que ande solo, lo querían ayudar. Tal vez

no saben pero cualquier día van a saber, decía Chingolo, y será su

culpa ¿que le costaba caerle a alguna aunque fuera sólo para despistar?,

y Chabuca ¿entonces por qué?, y Mañuco qué te importa, no lo

fundas tanto, el día menos pensado se enamoraría, ya vería, y ahora

cállense que ahí está. A medida que pasaban los días,

Cuéllar se volvía más huraño con las

muchachas, más lacónico y esquivo. También más loco: aguó la fiesta

de cumpleaños de Pusy arrojando una sarta de cuetes por la ventana,

ella se echó a llorar y Mañuco se enojó. fue a buscarlo, se

trompearon, Pichulita le pegó. Tardamos una semana en hacerlos

amistar, perdón Mañuco, caray, no sé qué me pasó, hermano, nada,

más bien yo te pido perdón, Pichulita, por haberme calentado, ven

ven, también Pusy te perdonó y quiere verte; se presentó borracho

en la Misa de Gallo y Lalo y Choto tuvieron que sacarlo en peso al

Parque, suéltenme, delirando, le importaba un pito, buitreando, quisiera

tener un revólver, ¿para qué, hermanito?, con diablos azules,

¿para matarnos?, sí y lo mismo a ese que pasa pam pam y a ti y a mí

también pam pam; un domingo invadió la Pelouse del Hipódromo y

con su Ford ffffuum embestía a la gente ffffuum que chillaba y saltaba

las barreras, aterrada, ffffuum. En los Carnavales, las chicas le

huían: las bombardeaba con proyectiles hediondos, cascarones, frutas

podridas, globos inflados con pipí y las refregaba con barro, tinta,

harina, jabón (de lavar ollas) y betún; ¡salvaje!, le decían, cochino,

bruto, animal, y se aparecía en la fiesta del Terrazas, en el Infantil

del Parque de Barranca, en el baile del Lawn Tennis, sin disfraz, un

chisguete de éter en cada mano, píquiti píquiti juas, le di, le di en los

ojos. ja ja, píquiti píquiti juas, la dejé ciega, ja ja, o armado con un

bastón para enredarlo en los pies de las parejas y echarlas al suelo:

bandangán. Se trompeaba, le pegaban, a veces lo defendíamos pero

no escarmienta con nada, decíamos, en una de éstas lo van a matar.

Sus locuras le dieron mala fama y Chingolo, hermano, tienes que

cambiar, Choto, Pichulita, te estás volviendo antipático, Mañuco, las

chicas ya no querían juntarse con él, te creían un bandido, un sobrado

y un pesado. El, a veces tristón, era la última vez, cambiaría, palabra

de honor, y a veces matón, bandido, ¿ah sí?, ¿eso decían de mí

las rajonas?, no le importaba, las pituquitas se las pasaba, le resbalaban,

por aquí.

En la fiesta de promoción -de etiqueta, dos orquestas, en el Country

Club-, el único ausente de la clase fue Cuéllar. No seas tonto, le decíamos,

tienes que venir, nosotros te buscamos una hembrita, Pusy ya

le habló a Margot, Fina a Ilse, la China a Elena, Chabuca a Flora, todas

querían, se morían por ser tu pareja, escoge y ven a la fiesta.

Pero él no, qué ridículo ponerse smoking, no iría, que más bien nos

juntáramos después. Bueno Pichulita, como quisiera, que no fuera,

eres contra el tren, que nos esperara en El chasqui a las dos,

dejaríamos a las muchachas en sus casas, lo recogeríamos y nos iríamos a

tomar unos tragos, a dar unas vueltas por ahí, y él tristoncito eso sí.

domingo, 8 de agosto de 2021

“Los cachorros” de Mario Vargas Llosa

 III

El primero en tener enamorada fue Lalo, cuando andábamos en Tercero

de Media. Entró una noche al Cream Rica, muy risueño, ellos

qué te pasa y él, radiante, sobrado como un pavo real: le caí a Chabuca

Molina, me dijo que sí. Fuimos a festejarlo al Chasqui y, al segundo

vaso de cerveza, Lalo, qué le dijiste en tu declaración, Cuéllar

comenzó a ponerse nerviosito, ¿le había agarrado la mano?, pesadito,

qué había hecho Chabuca, Lalo, y preguntón ¿la besaste, di?

El nos contaba, contento, y ahora les tocaba a ellos, salud, hecho un

caramelo de felicidad, a ver si nos apurábamos a tener enamorada y

Cuéllar, golpeando la mesa con su vaso, cómo fue, qué dijo, qué le

dijiste, qué hiciste. Pareces un cura, Pichulita, decía Lalo, me estás

confesando y Cuéllar cuenta, cuenta, qué más. Se tomaron tres Cristales

y, a medianoche, Pichulita se zampó. Recostado contra un poste,

en plena Avenida Larco, frente a la Asistencia Pública, vomitó: cabeza

de pollo, le decíamos, y también qué desperdicio, botar así la

cerveza con lo que costó, qué derroche. Pero él, nos traicionaste, no

estaba con ganas de bromear, Lalo traidor, echando espuma, te adelantaste,

buitreándose la camisa, caerle a una chica, el pantalón, y ni

siquiera contarnos que la siriaba, Pichulita, agáchate un poco, te

estás manchando hasta el alma, pero él nada, eso no se hacía, qué te

importa que me manche, mal amigo, traidor. Después, mientras lo

limpiábamos, se le fue la furia y se puso sentimental: ya nunca más

te veríamos, Lalo. Se pasaría los domingos con Chabuca y nunca más

nos buscarás, maricón. Y Lalo qué ocurrencia, hermano, la hembrita

y los amigos eran dos cosas distintas pero no se oponen, no había

que ser celoso, Pichulita, tranquilízate, y ellos dense la mano pero

Cuéllar no quería, que Chabuca le diera la mano, yo no se la doy. Lo

acompañamos hasta su casa y todo el camino estuvo murmurando

cállate viejo y requintando, ya llegamos, entra despacito, despacito,

pasito a paso como un ladrón, cuidadito, si haces bulla tus papis se

despertarán y te pescarán. Pero él comenzó a gritar, a ver, a patear

la puerta de su casa, que se despertaran y lo pescaran y qué iba a

pasar, cobardes, que no nos fuéramos, él no les tenía miedo a sus

viejos, que nos quedáramos y viéramos. Se ha picado, decía Mañuco,

mientras corríamos hacia la Diagonal, dijiste le caí a Chabuca y mi

cumpa cambió de cara y de humor, y Choto era envidia, por eso se

emborrachó y Chingolo sus viejos lo iban a matar. Pero no le hicieron

nada. ¿Quién te abrió la puerta?, mi mamá y ¿qué pasó?, le decíamos,

¿te pegó? No, se echó a llorar, corazón, cómo era posible,

cómo iba a tomar licor a su edad, y también vino mi viejo y lo riñó,

nomás, ¿no se repetiría nunca?, no papá, ¿le daba vergüenza lo que

había hecho?, sí. Lo bañaron, lo acostaron y a la mañana siguiente

les pidió perdón. También a Lalo, hermano, lo siento, ¿la cerveza se

me subió, no?, ¿te insulté, te estuve fundiendo, no? No, qué adefesio,

cosa de tragos, choca esos cinco y amigos. Pichulita, como antes,

no pasó nada.

Pero pasó algo: Cuéllar comenzó a hacer locuras para llamar la atención.

Lo festejaban y le seguíamos la cuerda, ¿a que me robo el carro

del viejo y nos íbamos a dar curvas a la Costanera, muchachos?, a

que no hermano, y él se sacaba el Chevrolet de su papá y se iban a

la Costanera; ¿a que bato el récord de Boby Lozano?, a que no hermano,

y él vsssst por el Malecón vsssst desde Benavides hasta la

Quebrada vsssst en dos minutos cincuenta, ¿lo batí?, si y Mañuco se

persignó, lo batiste, y tú qué miedo tuviste, rosquetón; ¿a que nos

invitaba al Oh, qué bueno y hacíamos perro muerto?, a que no hermano,

y ellos iban al Oh, qué bueno, nos atragantábamos de hamburguers

y de milkshakes, partían uno por uno y desde la Iglesia del

Santa María veíamos a Cuéllar hacerle un quite al mozo y escapar

¿qué les dije? ; ¿a que me vuelo todos los vidrios de esa casa con la

escopeta de perdigones de mi viejo?, a que no, Pichulita, y él se los

volaba. Se hacía el loco para impresionar, pero también para viste,

viste? sacarle cachita a Lalo, tú no te atreviste y yo sí me atreví. No

le perdona lo de Chabuca, decíamos, qué odio le tiene. En Cuarto de

Media, Choto le cayó a Fina Salas y le dijo que sí, y Mañuco a Pusy

Lañas y también que sí. Cuéllar se encerró en su casa un mes y en el

Colegio apenas si los saludaba, oye, qué te pasa, nada, ¿por qué no

nos buscaba, por qué no salía con ellos?, no le provocaba salir. Se

hace el misterioso, decían, el interesante, el torcido, el resentido. Pero

poco a poco se conformó y volvió al grupo. Los domingos, Chingolo

y él se iban solos a la matiné (solteritos, les decíamos, viuditos), y

después mataban el tiempo de cualquier manera, aplanando calles,

sin hablar o apenas vamos por aquí, por allá, las manos en los bolsillos,

oyendo discos en casa de Cuéllar, leyendo chistes o jugando

naipes, y a las nueve se caían por el Parque Salazar a buscar a los

otros, que a esa hora ya estábamos despidiendo a las enamoradas.

¿Tiraron buen plan?, decía Cuéllar, mientras nos quitábamos los sacos,

se aflojaban las corbatas y nos remangábamos los puños en el

Billar de la Alameda Ricardo Palma, ¿un plancito firme, muchachos?,

la voz enferma de pica, envidia y malhumor, y ellos cállate, juguemos,

¿mano, lengua?, pestañeando como si el humo y la luz de los

focos le hincaran los ojos, y nosotros ¿le daba cólera, Pichulita?,

¿por qué en vez de picarse no se conseguía una hembrita y paraba

de fregar?, y él ¿se chupetearon?, tosiendo y escupiendo como un

borracho, ¿hasta atorarse?, taconeando, ¿les levantaron la falda, les

metimos el dedito?, y ellos la envidia lo corroía, Pichulita, ¿bien riquito,

bien bonito?, lo enloquecía, mejor se callaba y empezaba. Pero él

seguía, incansable, ya, ahora en serio, ¿qué les habíamos hecho?,

¿las muchachas se dejaban besar cuánto tiempo?, ¿otra vez, hermano?,

cállate, ya se ponía pesado, y una vez Lalo se enojó: mierda, iba

a partirle la jeta, hablaba como si las enamoradas fueran cholitas de

plan. Los separamos y los hicieron amistar, pero Cuéllar no podía,

era más fuerte que él, cada domingo con la misma vaina: a ver

¿cómo les fue?, que contáramos, ¿rico el plan?

En Quinto de Media, Chingolo le cayó a la Bebe Romero y le dijo que

no, a la Tula Ramírez y que no, a la China Saldivar y que sí: a la tercera

va la vencida, decía, el que la sigue la consigue, feliz. Lo festejamos

en el barcito de los cachascanistas de la calle San Martín. Mudo, encogido, triste en su silla del rincón, Cuéllar se aventaba capitán

tras capitán: no pongas esa cara, hermano, ahora le tocaba a él. Que

se escogiera una hembrita y le cayera, le decíamos, te haremos el

bajo, lo ayudaríamos y nuestras enamoradas también. Si., sí, ya escogería,

capitán tras capitán, y de repente, chau, se paró: estaba

cansado, me voy a dormir. Si se quedaba iba a llorar, decía Mañuco;

y Choto estaba que se aguantaba las ganas, y Chingolo si no lloraba

le daba una pataleta como la otra vez. Y Lalo: había que ayudarlo, lo

decía en serio, le conseguiríamos una hembrita aunque fuera feíta, y

se le quitaría el complejo. Sí, sí, lo ayudaríamos, era buena gente, un

poco fregado a veces pero en su caso cualquiera, se le comprendía,

se le perdonaba, se le extrañaba, se le quería, tomemos a su salud,

Pichulita, choquen los vasos, por ti.

Desde entonces, Cuéllar se iba solo a la matiné los domingos y días

feriados lo veíamos en la oscuridad de la platea, sentadito en las filas

de atrás, encendiendo pucho tras pucho, espiando a la disimulada a

las parejas que tiraban plan, y se reunía con ellos nada más que en

las noches, en el Billar, en el Bransa, en el Cream Rica, la cara amarga,

¿qué tal domingo?, y la voz ácida, él muy bien y ustedes me imagino

que requetebién ¿no? Pero en el verano ya se le había pasado el

colerón; íbamos juntos a la playa -a La Herradura, ya no a Miraflores-

, en el auto que sus viejos le habían regalado por Navidad, un Ford

convertible que tenía el escape abierto, no respetaba los semáforos y

ensordecía, asustaba a los transeúntes. Mal que mal, se había hecho

amigo de las chicas y se llevaba bien con ellas, a pesar de que siempre,

Cuéllar, lo andaban fundiendo con la misma cosa: ¿por qué no le

caes a alguna muchacha de una vez? Así serían cinco parejas y

saldríamos en patota todo el tiempo y estarían para arriba y para

abajo juntos ¿por qué no lo haces? Cuéllar se defendía bromeando,

no porque entonces ya no cabrían todos en el poderoso Ford y una de

ustedes sería la sacrificada, despistando, ¿acaso nueve no íbamos

apachurrados? En serio, decía Pusy, todos tenían enamorada y él no,

¿no te cansas de tocar violín? Que le cayera a la flaca Gamio, se

muere por ti, se los había confesado el otro día, donde la China, jugando

a la berlina, ¿no te gusta? Cáele, le haríamos corralito, lo

aceptaría, decídete. Pero él no quería tener enamorada y ponía cara

de forajido, prefiero mi libertad, y de conquistador, solterito se estaba

mejor. Tu libertad, para qué, decía la China, ¿para hacer barbaridades?,

y Chabuca ¿para irse de plancito y Pusy ¿con huachafitas?, y

él cara de misterioso, a lo mejor, de cafiche, a lo mejor y de vicioso:

podía ser, ¿Por qué ya nunca vienes a nuestras fiestas?, decía Fina,

antes venías a todas y eras tan alegre y bailabas tan bien, ¿qué te

pasó, Cuéllar? y Chabuca que no fuera aguado, ven y así un día encontrarás

una chica que te guste y le caerás.

sábado, 26 de junio de 2021

“Los cachorros” Mario Vargas Llosa

 

II

Sólo volvió al Colegio después de Fiestas Patrias y, cosa rara, en vez

de haber escarmentado con el fútbol (¿no era por el fútbol, en cierta

forma, que lo mordió Judas? ) vino más deportista que nunca. En

cambio, los estudios comenzaron a importarle menos. Y se comprendía,

ni tonto que fuera, ya no le hacía falta chancar: se presentaba

a los exámenes con promedios muy bajos y los Hermanos lo pasaban,

malos ejercicios y óptimo, pésimas tareas y aprobado. Desde

el accidente te soban, le decíamos, no sabías nada de quebrados y,

qué tal raza, te pusieron dieciséis. Además, lo hacían ayudar misa,

Cuéllar lea el catecismo, llevar el gallardete del año en las procesiones,

borre la pizarra, cantar en el coro, reparta las libretas, y los primeros

viernes entraba al desayuno aunque no comulgara. Quién como

tú, decía Choto, te das la gran vida, lástima que Judas no nos

mordiera también a nosotros, y él no era por eso: los Hermanos lo

sobaban de miedo a su viejo. Bandidos, qué le han hecho a mi hijo,

les cierro el Colegio, los mando a la cárcel, no saben quién soy, iba a

matar a esa maldita fiera y al Hermano Director, calma, cálmese señor,

lo sacudió del babero. Fue así, palabra, decía Cuéllar, su viejo se

lo había contado a su vieja y aunque se secreteaban, él, desde mi

cama de la clínica, los oyó: era por eso que lo sobaban, nomás. ¿Del

babero?, qué truquero, decía Lalo, y Chingolo a lo mejor era cierto,

por algo había desaparecido el maldito animal. Lo habrán vendido,

decíamos, se habrá escapado; se lo regalarían a alguien, y Cuéllar

no, no, seguro que su viejo vino y lo mató, él siempre cumplía lo que

prometía. Porque una mañana la jaula amaneció vacía y una semana

después, en lugar de Judas, ¡cuatro conejitos blancos! Cuéllar, lléveles

lechugas, ah compañerito, deles zanahorias, cómo te sobaban,

cámbieles el agua y él feliz. Pero no sólo los Hermanos se habían

puesto a mimarlo, también a sus viejos les dio por ahí. Ahora Cuéllar

venía todas las tardes con nosotros al Terrazas a jugar fulbito (¿tu

viejo ya no se enoja?, ya no, al contrario, siempre le preguntaba

quién ganó el match, mi equipo, cuántos goles metiste, ¿tres?, ¡bravo!,

y él no te molestes, mamá, se me rasgó la camisa jugando, fue

casualidad, y ella sonsito, qué importaba, corazoncito, la muchacha

se la cosería y te serviría para dentro de casa, que le diera un beso)

y después nos íbamos a la cazuela del Excélsior, del Ricardo Palma o

del Leuro a ver seriales, dramas impropios para señoritas, películas

de Cantinflas y Tin Tan. A cada rato le aumentaban las propinas y me

compran lo que quiero, nos decía, se los había metido al bolsillo a

mis papás, me dan gusto en todo, los tenía aquí, se mueren por mí.

El fue el primero de los cinco en tener patines, bicicleta, motocicleta

y ellos Cuéllar que mi viejo nos regale una Copa para el Campeonato,

que los llevara a la piscina del Estadio a ver nadar a Merino y al Conejo

Villarán y que nos recogiera en su auto a la salida de la vermuth,

y su viejo nos la regalaba y los llevaba y nos recogía en su auto:

sí, lo tenía aquí. Por ese tiempo, no mucho después del accidente,

comenzaron a decirle Pichulita. El apodo nació en la clase, ¿fue el sabido

de Gumucio el que lo inventó?, claro, quién iba a ser, y al principio

Cuéllar, Hermano, lloraba, me están diciendo una mala palabra,

como un marica, ¿quién?, ¿qué te dicen?, una cosa fea, Hermano, le

daba vergüenza repetírsela, tartamudeando y las lágrimas que se le

saltaban, y después en los recreos los alumnos de otros años Pichulita

qué hubo, y los mocos que se le salían, cómo estás, y él Hermano,

fíjese, corría donde Leoncio, Lucio, Agustín o el profesor Cañón Paredes:

ése fue. Se quejaba y también se enfurecía, qué has dicho, Pichulita

he dicho, blanco de cólera, maricón, temblándole las manos y

la voz, a ver repite si te atreves, Pichulita, ya me atreví y qué pasaba

y él entonces cerraba los ojos y, tal como le había aconsejado su

papá, no te dejes muchacho, se lanzaba, rómpeles la jeta, y los desafiaba,

le pisas el pie y bandangán, y se trompeaba, un sopapo, un

cabezazo, un patadón, donde fuera, en la fila o en la cancha, lo mandas

al sucio y se acabó, en la clase, en la capilla, no te fregarán más.

Pero más se calentaba y más lo fastidiaban y una vez, era un escándalo,

Hermano, vino su padre echando chispas a la Dirección,

martirizaban a su hijo y él no lo iba a permitir. Que tuviera pantalones,

que castigara a esos mocosos o lo haría él, pondría a todo el

mundo en su sitio, qué insolencia, un manotazo en la mesa, era el

colmo, no faltaba más. Pero le habían pegado el apodo como una estampilla

y, a pesar de los castigos de los Hermanos, de los sean más

humanos, ténganle un poco de piedad del Director, y a pesar de los

llantos y las pataletas y las amenazas y golpes de Cuéllar, el apodo

salió a la calle y poquito a poco fue corriendo por los barrios de Miraflores

y nunca más pudo sacárselo de encima, pobre. Pichulita pasa

la pelota, no seas angurriento, ¿cuánto te sacaste en álgebra, Pichulita?,

te cambio una fruna, Pichulita, por una melcocha, y no dejes de

venir mañana al paseo a Chosica, Pichulita, se bañarían en el río, los

Hermanos llevarían guantes y podrás boxear con Gumucio y vengarte,

Pichulita, ¿tienes botas?, porque habría que trepar al cerro, Pichulita,

y al regreso todavía alcanzarían la vermuth, Pichulita, ¿te gustaba el plan? 

También a ellos, Cuéllar, que al comienzo nos

cuidábamos, cumpa, comenzó a salírseles, viejo, contra nuestra voluntad,

hermano, hincha, de repente Pichulita y él, colorado, ¿qué?, o

pálido ¿tú también, Chingolo?, abriendo mucho los ojos, hombre,

perdón, no había sido con mala intención, ¿él también, su amigo

también?, hombre, Cuéllar, que no se pusiera así, si todos se lo decían

a uno se le contagiaba, ¿tú también, Choto?, y se le venia a la

boca sin querer, ¿él también, Mañuco?, ¿así le decíamos por la espalda?,

¿se daba media vuelta y ellos Pichulita, cierto? No, qué ocurrencia,

lo abrazábamos, palabra que nunca más y además por qué

te enojas, hermanito, era un apodo como cualquier otro y por último

¿al cojito Pérez no le dices tú Cojinoba y al bizco Rodríguez Virolo o

Mirada Fatal y Pico de Oro al tartamudo Rivera? ¿Y no le decían a él

Choto y a él Chingolo y a él Mañuco y a él Lalo? No te enojes, hermanón,

sigue jugando, anda, te toca. Poco a poco fue resignándose a

su apodo y en Sexto año ya no lloraba ni se ponía matón, se hacía el

desentendido y a veces hasta bromeaba, Pichulita no ¡Pichulaza ja

ja!, y en Primero de Media se había acostumbrado tanto que, más

bien, cuando le decían Cuéllar se ponía serio y miraba con desconfianza,

como dudando, ¿no sería burla? Hasta estiraba la mano a los

nuevos amigos diciendo mucho gusto, Pichula Cuéllar a tus órdenes. 

No a las muchachas, claro, sólo a los hombres. Porque en esa época,

además de los deportes, ya se interesaban por las chicas. Habíamos

comenzado a hacer bromas, en las clases, oye, ayer lo vi a Pirulo

Martinez con su enamorada, en los recreos, se paseaban de la mano

por el Malecón y de repente ¡pum, un chupete!, y a las salidas ¿en la

boca?, sí, y se habían demorado un montón de rato besándose. Al

poco tiempo, ése fue el tema principal de sus conversaciones. Quique

Rojas tenía una hembrita mayor que él, rubia, de ojazos azules y el

domingo Mañuco los vio entrar juntos a la matiné del Ricardo Palma y

a la salida ella estaba despeinadísima, seguro habían tirado plan, y el

otro día en la noche Choto lo pescó al venezolano de Quinto, ese que

le dicen Múcura por la bocaza, viejo, en un auto, con una mujer muy

pintada y, por supuesto, estaban tirando plan, y tú, Lalo, ¿ya tiraste

plan?, y tú, Pichulita, ja ja, y a Mañuco le gustaba la hermana de Perico

Sáenz, y Choto iba a pagar un helado y la cartera se le cayó y

tenía una foto de una Caperucita Roja en una fiesta infantil, ja ja, no

te muñequees, Lalo, ya sabemos que te mueres por la flaca Rojas, y

tú Pichulita ¿te mueres por alguien?, y él no, colorado, todavía, o

pálido, no se moría por nadie, y tú y tú, ja ja. Si salíamos a las cinco

en punto y corríamos por la Avenida Pardo como alma que lleva el

diablo, alcanzaban justito la salida de las chicas del Colegio La Reparación.

Nos parábamos en la esquina y fíjate, ahí estaban los ómnibus,

eran las de Tercero y la de la segunda ventana es la hermana del cholo Cánepa, 

chau, chau, y ésa, mira, háganle adiós, se rió, se

rió, y la chiquita nos contestó, adiós, adiós, pero no era para ti, mocosa,

y ésa y ésa. A veces les llevábamos papelitos escritos y se los

lanzaban a la volada, qué bonita eres, me gustan tus trenzas, el uniforme

te queda mejor que a ninguna, tu amigo Lalo, cuidado, hombre,

ya te vio la monja, las va a castigar, ¿cómo te llamas?, yo Mañuco,

¿vamos el domingo al cine?, que le contestara mañana con un

papelito igual o haciéndome a la pasada del ómnibus con la cabeza

que sí. Y tú Cuéllar, ¿no le gustaba ninguna?, sí, esa que se sienta

atrás, ¿la cuatrojos?, no no, la de al ladito, por qué no le escribía entonces,

y él qué le ponía, a ver, a ver, ¿quieres ser mi amiga?, no,

qué bobada, quería ser su amigo y le mandaba un beso, sí, eso estaba

mejor, pero era corto, algo más conchudo, quiero ser tu amigo y

le mandaba un beso y te adoro, ella sería la vaca y yo seré el toro, ja

ja. Y ahora firma tu nombre y tu apellido y que le hiciera un dibujo,

¿por ejemplo cuál?, cualquiera, un torito, una florecita, una pichulita,

y así se nos pasaban las tardes, correteando tras los ómnibus del Colegio

La Reparación y, a veces, íbamos hasta la Avenida Arequipa a

ver a las chicas de uniformes blancos del Villa María, ¿acababan de

hacer la primera comunión? les gritábamos, e incluso tomaban el

Expreso y nos bajábamos en San Isidro para espiar a las del Santa

Ursula y a las del Sagrado Corazón. Ya no jugábamos tanto fulbito

como antes.

Cuando las fiestas de cumpleaños se convirtieron en fiestas mixtas,

ellos se quedaban en los jardines, simulando que jugaban a la pega

tú la llevas, la berlina adivina quién te dijo o matagente ¡te toqué!,

mientras que éramos puro ojos, puro oídos, ¿qué pasaba en el

salón?, ¿qué hacían las chicas con esos agrandados, qué envidia, que

ya sabían bailar? Hasta que un día se decidieron a aprender ellos

también y entonces nos pasábamos sábados, domingos íntegros, bailando

entre hombres, en casa de Lalo, no, en la mía que es más

grande era mejor, pero Choto tenia más discos, y Mañuco pero yo

tengo a mi hermana que puede enseñarnos y Cuéllar no, en la de él,

sus viejas ya sabían y un día toma, su mamá, corazón, le regalaba

ese picup, ¿para él solito?, sí, ¿no quería aprender a bailar? Lo

pondría en su cuarto y llamaría a sus amiguitos y se encerraría con

ellos cuanto quisiera y también cómprate discos, corazón, anda a

Discocentro, y ellos fueron y escogimos huarachas, mambos, boleros

y valses y la cuenta la mandaban a su viejo, nomás, el señor Cuéllar,

dos ocho cinco Mariscal Castilla. El vals y el bolero eran fáciles, había

que tener memoria y contar, uno aquí, uno allá, la música no importaba

tanto. Lo difícil eran la huaracha, tenemos que aprender figuras,

decía Cuéllar, el mambo, y a dar vueltas y soltar a la pareja y lucirnos.

Casi al mismo tiempo aprendimos a bailar y a fumar, tropezán donos, 

atorándose con el humo de los “Lucky”y “Viceroy”, brincando

hasta que de repente ya hermano, lo agarraste, salía, no lo pierdas,

muévete más, mareándonos, tosiendo y escupiendo, ¿a ver, se lo

había pasado?, mentira, tenía el humo bajo la lengua, y Pichulita yo,

que le contáramos a él, ¿habíamos visto?, ocho, nueve, diez, y ahora

lo botaba: ¿sabía o no sabía golpear? Y también echarlo por la nariz

y agacharse y dar una vueltecita y levantarse sin perder el ritmo. Antes,

lo que más nos gustaba en el mundo eran los deportes y el cine,

y daban cualquier cosa por un match de fútbol, y ahora en cambio lo

que más eran las chicas y el baile y por lo que dábamos cualquier cosa

era una fiesta con discos de Pérez Prado y permiso de la dueña de

la casa para fumar. Tenían fiestas casi todos los sábados y cuando no

íbamos de invitados nos zampábamos y, antes de entrar, se metían a

la bodega de la esquina y le pedíamos al chino, golpeando el mostrador

con el puño: ¡cinco capitanes! Seco y volteado, decía Pichulita,

así, glu glu, como hombres, como yo.

Cuando Pérez Prado llegó a Lima con su orquesta, fuimos a esperarlo

a la Córpac, y Cuéllar, a ver quién se aventaba como yo, consiguió

abrirse paso entre la multitud, llegó hasta él, lo cogió del saco y le

gritó “Rey del mambo”. Pérez Prado le sonrió y también me dio la

mano, les juro, y le firmó su álbum de autógrafos, miren. Lo siguieron,

confundidos en la caravana de hinchas, en el auto de Boby Lozano,

hasta la Plaza San Martín y, a pesar de la prohibición del Arzobispo

y de las advertencias de los Hermanos del Colegio Champagnat,

fuimos a la Plaza de Acho, a Tribuna de Sol, a ver el campeonato

nacional de mambo. Cada noche, en casa de Cuéllar, ponían Radio

«El Sol”y escuchábamos, frenéticos, qué trompeta, hermano, qué

ritmo, la audición de Pérez Prado, qué piano. Ya usaban pantalones

largos entonces, nos peinábamos con gomina y habían desarrollado,

sobre todo Cuéllar, que de ser el más chiquito y el más enclenque de

los cinco pasó a ser el más alto y el más fuerte. Te has vuelto un

Tarzán, Pichulita, le decíamos, qué cuerpazo te echas al diario.