Mientras dura la mala racha pierdo todo. Se me caen las cosas de los bolsillos y de la memoria: pierdo llaves. lapiceras, dinero, documentos, nombres, caras, palabras. Yo no se si será gualicho de alguien que me quiere mal y me piensa peor, o pura casualidad, pero a veces el bajón demora en irse y yo ando de pérdida en pérdida, pierdo lo que encuentro, no encuentro lo que busco, y siento mucho miedo de que se me caiga la vida en alguna distracción.
Cuando las poesías asaltan el alma, susurra una voz que dice "un poema o la vida". Un espacio donde habitan los consagrados y los enamorados de la escritura. Si tenés poesías o cuentos propios envíalos junto a una reseña de tus datos personales y tendrás un lugar permanente en este blog, para que los visitantes puedan conocer y leer tus obras.
Quinquela Martín
sábado, 5 de noviembre de 2022
domingo, 10 de octubre de 2021
“Paradojas” de Eduardo Galeano
Un Cerro Chato. Un Arroyo Seco.
Un país que tiene tres millones de críticos de cine y muy pocos creadores de
cine. Un país que tiene tres millones de directores técnicos de fútbol y cada
vez tiene menos jugadores. Un país que tiene tres canales privados de
televisión y los tres trasmiten los mismos partidos y los mismos informativos a
la misma hora.
O una ciudad, como Montevideo,
que tiene pocos taxis, y los taxis hacen el cambio de turno a la misma hora,
también, de modo que la palabra sintaxis ha revelado, Mariano, su origen. Yo te
lo quería decir antes de que entráramos, porque me parece importante para la
lingüística nacional e internacional. ¿De dónde viene la palabra sintaxis, que
algunos dicen que viene del griego? Viene de Montevideo, y alude a los
problemas del transporte. Entonces, yo digo: éste es un país de paradojas. El
Uruguay es el reino de la paradoja. Y a primera vista resulta paradójico el
hecho de que un periodista, Samuel Blixen, haya escrito un libro que tiene alto
nivel literario. Y que es, además, un libro de historia, aunque él no sea
historiador. Y aquí discrepo un poquito con mis dos compañeros presentadores;
creo que de algún modo éste es también un libro de historia, un libro muy
revelador de lo que es la historia del Uruguay en la segunda mitad del siglo
xx. Y no está hecho por un historiador; y está escrito con alto nivel
literario, a pesar de que el autor no es escritor. O quizás es escritor y no
sabe que lo es, como monsieur Jourdain, el personaje de Molière, hablaba prosa
y no sabía que hablaba prosa.
Pero yo digo: ¿será ésta una
paradoja en el país de Carlos Quijano? ¿O será que el periodismo, entre
nosotros, encuentra a veces expresiones que confirman que la calidad literaria
no depende del formato en el que se ofrece? Yo creo que el libro de Samuel es
un libro muy bien hecho, muy bien armado, muy ilustrativo, con una enorme
cantidad de información que se brinda al lector sin abrumarlo, y que tiene por
tema central otra paradoja del país de las paradojas: el símbolo de la dignidad
civil en Uruguay es un militar, que se llama Liber Seregni. Quizás sea, como la
otra, la del periodismo y la literatura, una paradoja nada más que aparente,
porque al fin y al cabo es una paradoja puesta al servicio de la superación de
otras paradojas que enferman al país. Como por ejemplo, el hecho de que siendo
un país que vive del campo, la población rural quepa en un estadio; como por
ejemplo el hecho de que siendo un país que tiene más tierras cultivables que el
Japón, sea incapaz de dar de comer a una población 40 veces menor que la
japonesa; o el de que teniendo, como tenemos, una población cinco veces menor
que la holandesa y un territorio cinco veces más extenso, expulsemos a nuestros
jóvenes, y los obliguemos a buscar trabajo y destino en otros suelos, bajo
otros cielos; y como si fuera poco, después les neguemos el derecho al voto si
no tienen la plata y la posibilidad de venir aquí.
País de paradojas, digo, que tuvo
ley de trabajo de ocho horas antes que Estados Unidos. Y hoy, ¿qué uruguayo
puede ganarse la vida trabajando nada más que ocho horas? País de paradojas,
que tuvo voto femenino antes que Francia. La mujer uruguaya votó por primera
vez 14 años antes de que por primera vez votaran las mujeres en Francia. Y hoy
las mujeres tienen en la vida política nacional un valor simbólico: la
izquierda, el centro y la derecha, en eso estamos todos más o menos igual,
ofrecemos el espectáculo de alguna que otra ministra, alguna que otra
legisladora, como el antise-mita presenta, para disculparse, a su amigo judío.
País de paradojas, digo, donde
los asesinos de Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz pueden pasearse
tranquilamente, impunemente, por calles que llevan el nombre de Zelmar
Michelini y de Héctor Gutiérrez Ruiz. País de paradojas donde muchos políticos
denuncian, en los más airados términos, la ineficiencia del Estado, después de
que esos mismos políticos, o por lo menos sus partidos, han hinchado al Estado
de parásitos y de burócratas inútiles que ejercen la viveza criolla a costa del
país.
País de paradojas donde muchos
políticos también convocaron al golpe de Estado, y hasta lo hicieron, y después
se quejaron de sus propios actos. Un golpe de Estado que no sólo tuvo por
víctimas a los civiles, sino también a unos cuantos militares. No sólo al
general Liber Seregni, sino a muchos militares a los que yo quiero rendir
homenaje esta noche, porque tuvieron y tienen, como el general Seregni, sentido
del honor y amor al país. Y por amor al país, amor a esta tierra y a su gente,
se negaron a obedecer los dictados de la llamada doctrina de la seguridad
nacional, que los obligaba a convertirse en verdugos de su propia tierra y de
su propia gente.
La verdad es que el libro abunda
en historias útiles para entender un poco mejor y en profundidad el proceso de
todos esos años que tuvo, que encontró
en Seregni un símbolo de dignidad democrática. El libro es de algún modo la
historia de un militar que fue considerado traidor por sus pares, cuando sus
pares estaban traicionando al país; y que fue degradado por ellos al mismo
tiempo que el pueblo lo consagraba, porque en los años del terror él encarnó a
un sector importante del ejército nacional, civilista, legalista y respetuoso
de la Constitución y de la ley.
Yo digo: esa energía y esa
voluntad democrática y ese sentido de la dignidad civil, que han convertido a
Seregni y a la vida de Seregni en un símbolo nacional, tienen mucho que ver con
la voluntad de cambio. Querer al país para cambiarlo; querer al país para que
el país pueda ser lo que el país quiso ser en los tiempos lejanos en que fue
fundado: una casa de todos y no una cárcel de barrotes invisibles para la
mayoría de sus habitantes que viven, de alguna manera, presos de la necesidad o
de la desesperanza.
Por amor, necesidad de cambiar
las cosas a partir de una certeza de amor. Como en un brevísimo poema de un
poeta alemán, que leí en estos días y que copié para leérselos a ustedes. El
poeta, que se llama Reinner Kuntze, dice que vive en su país encerrado entre
paredes. Siente opresivo su país, como muchas veces nosotros sentimos opresivo
el nuestro, tal como está organizado, o mal organizado, tan paradójico, tan
patas arriba que camina y tan condenado a las rutinas sucesivas, a la
mediocridad sin remedio. Muchas veces nosotros también lo sentimos como una
especie de prisión. Y este poeta alemán lo dice muy bien, dice: "Encerrado
entre estas paredes, entre estas palabras, en esta cárcel, donde -dice- una y
otra vez volvería a nacer". Me pareció bellísimo, porque yo soy de los que
creen que sí, que como decía Mariano recién, en el 71 nació algo más que un
movimiento político, nació de algún modo otro país, otro país que está dentro
de éste, que está en la barriga de éste, un país verde que está en la barriga
del país gris. Y en aquellos tiempos muy difíciles, cuando el miedo era mucho,
y mucha la violencia, en los tiempos en que el Frente nació, el libro recoge
una frase que una muchacha escribió en un pizarrón y que me parece estupenda, y
que creo que tiene toda la vigencia del mundo. La muchacha escribió: "Mil
miedos juntos hacen un solo gran coraje". Y yo creo que éste era el
sentido que el Frente tenía cuando nació, y éste es el sentido que el Frente
tiene: un solo gran coraje que resulta de la unión de muchos mieditos dispuestos
a luchar contra el miedo de ser, contra el miedo de recordar, contra el miedo
de cambiar, y que así van formando un solo coraje grande, destinado a hacer
posible que el parto por fin ocurra, que ese país generado dentro del otro país
pueda por fin dar sus primeros pasos.
Cuando volví del exilio vi en la
calle Rodó un graffiti de mano anónima, como todos los graffitis, que decía:
"Hay un país distinto en algún lugar". Pensé, y lo pienso todavía:
sí, hay un país distinto en algún lugar y ese lugar es aquí, y es aquí gracias
a las muchas mujeres y a los muchos hombres que tienen en hombres como Seregni
su más certero símbolo.
Yo le quiero decir a él, como
Gerardo: gracias. Y le quiero decir también gracias a Samuel Blixen por
habernos ofrecido, de tan linda manera, sus trabajos y sus días.
domingo, 22 de agosto de 2021
«COMO UNOS PUERCOS HAMBRIENTOS ANSÍAN EL ORO» de Eduardo Galeano
A tiros de arcabuz, golpes de espada y soplos de peste,
avanzaban los
implacables y escasos conquistadores de América. Lo contaron
las
voces de los vencidos. Después de la matanza de Cholula,
Moctezuma
envió nuevos emisarios al encuentro de Hernán Cortés, quien
avanzó
rumbo al valle de México. Los enviados regalaron a los
españoles
collares de oro y banderas de plumas de quetzal. Los
españoles «estaban
deleitándose. Como si fueran monos levantaban el oro, como
que se sentaban en ademán de gusto, como que se les renovaba
y se
les iluminaba el corazón. Como que cierto es que eso anhelan
con
gran sed. Se les ensancha el cuerpo por eso, tienen hambre
furiosa de
eso. Como unos puercos hambrientos ansían el oro», dice el
texto
náhuatl preservado en el Códice Florentino. Más adelante,
cuando
Cortés llegó a Tenochtitlán, la espléndida capital azteca,
los españoles
entraron en la casa del tesoro, «y luego hicieron una gran
bola de oro,
y dieron fuego, encendieron, prendieron llama a todo lo que
restaba,
por valioso que fuera: con lo cual todo ardió. Y en cuanto
al oro, los
españoles lo redujeron a barras...».
Hubo guerra, y finalmente Cortés, que había perdido
Tenochtitlán,
la reconquistó en 1521. «Y ya no teníamos escudos, ya no
teníamos
macanas, y nada teníamos que comer, ya nada comimos.» La
ciudad,
devastada, incendiada y cubierta de cadáveres, cayó. «Y toda
la noche
llovió sobre nosotros.» La horca y el tormento no fueron
suficientes:
los tesoros arrebatados no colmaban nunca las exigencias de
la imaginación,
y durante largos años excavaron los españoles el fondo del
lago de México en busca del oro y los objetos preciosos
presuntamente
escondidos por los indios.
Pedro de Alvarado y sus hombres se abatieron sobre Guatemala
y «eran tantos los indios que mataron, que se hizo un río de
sangre,
que viene a ser el Olimtepeque», y también «el día se volvió
colorado
por la mucha sangre que hubo aquel día». Antes de la batalla
decisiva, «y vístose los indios atormentados, les dijeron a
los españoles
que no les atormentaran más, que allí les tenían mucho oro,
plata, diamantes y esmeraldas que les tenían los capitanes
Nehaib
Ixquín, Nehaib hecho águila y león. Y luego se dieron a los
españoles
y se quedaron con ellos...».
Antes de que Francisco Pizarro degollara al inca Atahualpa,
le
arrancó un rescate en «andas de oro y plata que pesaban más
de
veinte mil marcos de plata fina, un millón y trescientos
veintiséis mil
escudos de oro finísimo...». Después se lanzó sobre el
Cuzco. Sus
soldados creían que estaban entrando en la Ciudad de los
Césares,
tan deslumbrante era la capital del imperio incaico, pero no
demoraron
en salir del estupor y se pusieron a saquear el Templo del
Sol:
«Forcejeando, luchando entre ellos, cada cual procurando
llevarse
del tesoro la parte del león, los soldados, con cota de
malla, pisoteaban
joyas e imágenes, golpeaban los utensilios de oro o les
daban
martillazos para reducirlos a un formato más fácil y
manuable... Arrojaban
al crisol, para convertir el metal en barras, todo el tesoro
del
templo: las placas que habían cubierto los muros, los
asombrosos
árboles forjados, pájaros y otros objetos del jardín».
Hoy día, en el Zócalo, la inmensa plaza desnuda del centro
de la
capital de México, la catedral católica se alza sobre las
ruinas del
templo más importante de Tenochtitlán, y el palacio de
gobierno está
emplazado sobre la residencia de Cuauhtémoc, el jefe azteca
ahorcado
por Cortés. Tenochtitlán fue arrasada. El Cuzco corrió, en
el Perú,
suerte semejante, pero los conquistadores no pudieron abatir
del
todo sus muros gigantescos y hoy puede verse, al pie de los
edificios
coloniales, el testimonio de piedra de la colosal
arquitectura incaica.
viernes, 16 de julio de 2021
“Retornaban los dioses con las armas secretas” de Eduardo Galeano
A su paso por Tenerife, durante su primer viaje, había presenciado
Colón una formidable erupción volcánica. Fue como un
presagio de
todo lo que vendría después en las inmensas tierras nuevas
que iban
a interrumpir la ruta occidental hacia el Asia. América
estaba allí,
adivinada desde sus costas infinitas; la conquista se
extendió, en oleadas,
como una marea furiosa. Los adelantados sucedían a los
almirantes
y las tripulaciones se convertían en huestes invasoras. Las
bulas
del Papa habían hecho apostólica concesión del África a la
corona
de Portugal, y a la corona de Castilla habían otorgado las
tierras
«desconocidas como las hasta aquí descubiertas por vuestros
enviados
y las que se han de descubrir en lo futuro...»: América
había sido
donada a la reina Isabel. En 1508, una nueva bula concedió a
la corona
española, a perpetuidad, todos los diezmos recaudados en
América:
el codiciado patronato universal sobre la Iglesia del Nuevo
Mundo
incluía el derecho de presentación real de todos los
beneficios
eclesiásticos8.
El Tratado de Tordesillas, suscrito en 1494, permitió a
Portugal
ocupar territorios americanos más allá de la línea divisoria
trazada
por el Papa, y en 1530 Martim Alfonso de Sousa fundó las
primeras
poblaciones portuguesas en Brasil, expulsando a los
franceses. Ya para
entonces los españoles, atravesando selvas infernales y
desiertos infinitos,
habían avanzado mucho en el proceso de la exploración y la
conquista. En 1513, el Pacífico resplandecía ante los ojos
de Vasco
Núñez de Balboa; en el otoño de 1522, retornaban a España
los sobrevivientes
de la expedición de Hernando de Magallanes que habían
unido por vez primera ambos océanos y habían verificado que
el
mundo era redondo al darle la vuelta completa; tres años
antes hablan
partido de la isla de Cuba, en dirección a México, las diez
naves
de Hernán Cortés, y en 1523 Pedro de Alvarado se lanzó a la
conquista
de Centroamérica; Francisco Pizarro entró triunfante en el
Cuzco, en 1533, apoderándose del corazón del imperio de los
incas;
en 1540, Pedro de Valdivia atravesaba el desierto de Atacama
y fundaba
Santiago de Chile. Los conquistadores penetraban el Chaco y
revelaban el Nuevo Mundo desde el Perú hasta las bocas del río más
caudaloso del planeta.
Había de todo entre los indígenas de América: astrónomos y
caníbales,
ingenieros y salvajes de la Edad de Piedra. Pero ninguna de
las culturas nativas conocía el hierro ni el arado, ni el
vidrio ni la
pólvora, ni empleaba la rueda. La civilización que se abatió
sobre
estas tierras desde el otro lado del mar vivía la explosión
creadora del
Renacimiento: América aparecía como una invención más,
incorporada
junto con la pólvora, la imprenta, el papel y la brújula al
bullente
nacimiento de la Edad Moderna. El desnivel de desarrollo de
ambos
mundos explica en gran medida la relativa facilidad con que
sucumbieron
las civilizaciones nativas. Hernán Cortés desembarcó en
Veracruz acompañado por no más de cien marineros y 508
soldados;
traía 16 caballos, 32 ballestas, diez cañones de bronce y
algunos
arcabuces, mosquetes y pistolones. Y sin embargo, la capital
de los
aztecas, Tenochtitlán, era por entonces cinco veces mayor
que Madrid
y duplicaba la población de Sevilla, la mayor de las
ciudades
españolas. Francisco Pizarro entró en Cajamarca con 180
soldados y
37 caballos.
Los indígenas fueron, al principio, derrotados por el
asombro. El
emperador Moctezuma recibió, en su palacio, las primeras
noticias:
un cerro grande andaba moviéndose por el mar. Otros mensajeros
llegaron después: «...mucho espanto le causó el oír cómo
estalla el
cañón, cómo retumba su estrépito, y cómo se desmaya uno; se
le
aturden a uno los oídos. Y cuando cae el tiro, una como bola
de piedra
sale de sus entrañas: va lloviendo fuego...». Los
extranjeros traían
«venados» que los soportaban «tan alto como los techos». Por
todas
partes venían envueltos sus cuerpos, «solamente aparecen sus
caras.
Son blancas, son como si fueran de cal. Tienen el cabello
amarillo,
aunque algunos lo tienen negro. Larga su barba es ...»9.
Moctezuma
creyó que era el dios Quetzalcóatl quien volvía. Ocho
presagios habían
anunciado, poco antes, su retorno. Los cazadores le habían
traído
un ave que tenía en la cabeza una diadema redonda con la
forma
de un espejo, donde se reflejaba el cielo con el sol hacia
el poniente.
En ese espejo Moctezuma vio marchar sobre México los
escuadrones de los guerreros. El dios Quetzalcóatl había venido por el este y
por el este se había ido: era blanco y barbudo. También
blanco y
barbudo era Huiracocha, el dios bisexual de los incas. Y el
oriente era
la cuna de los antepasados heroicos de los mayas10.
Los dioses vengativos que ahora regresaban para saldar
cuentas
con sus pueblos traían armaduras y cotas de malla, lustrosos
caparazones
que devolvían los dardos y las piedras; sus armas despedían
rayos mortíferos y oscurecían la atmósfera con humos
irrespirables.
Los conquistadores practicaban también, con habilidad
política, la
técnica de la traición y la intriga. Supieron explotar, por ejemplo,
el
rencor de los pueblos sometidos al dominio imperial de los
aztecas y
las divisiones que desgarraban el poder de los incas. Los
tlaxcaltecas
fueron aliados de Cortés, y Pizarro usó en su provecho la
guerra
entre los herederos del imperio incaico, Huáscar y
Atahualpa, los
hermanos enemigos. Los conquistadores ganaron cómplices
entre
las castas dominantes intermedias, sacerdotes, funcionarios,
militares,
una vez abatidas, por el crimen, las jefaturas indígenas más
altas.
Pero además usaron otras armas o, si se prefiere, otros
factores trabajaron
objetivamente por la victoria de los invasores. Los caballos
y
las bacterias, por ejemplo.
Los caballos habían sido, como los camellos, originarios de
América11,
pero se habían extinguido en estas tierras. Introducidos en
Europa por los jinetes árabes, habían prestado en el Viejo
Mundo una
inmensa utilidad militar y económica. Cuando reaparecieron
en América
a través de la conquista, contribuyeron a dar fuerzas
mágicas a
los invasores ante los ojos atónitos de los indígenas. Según
una versión,
cuando el inca Atahualpa vio llegar a los primeros soldados
españoles, montados en briosos caballos ornamentados con
cascabeles
y penachos, que corrían desencadenando truenos y polvaredas
con sus cascos veloces, se cayó de espaldas12. El cacique
Tecum, al frente de los herederos de los mayas, descabezó con su lanza el
caballo
de Pedro de Alvarado, convencido de que formaba parte del
conquistador:
Alvarado se levantó y lo mató13. Contados caballos,
cubiertos
con arreos de guerra, dispersaban las masas indígenas y
sembraban
el terror y la muerte. «Los curas y misioneros esparcieron
ante la fantasía vernácula», durante el proceso colonizador,
«que los
caballos eran de origen sagrado, ya que Santiago, el Patrón
de España,
montaba en un potro blanco, que había ganado valiosas
batallas
contra los moros y judíos, con ayuda de la Divina
Providencia»14.
Las bacterias y los virus fueron los aliados más eficaces.
Los europeos
traían consigo, como plagas bíblicas, la viruela y el tétanos,
varias
enfermedades pulmonares, intestinales y venéreas, el
tracoma, el
tifus, la lepra, la fiebre amarilla, las caries que pudrían
las bocas. La
viruela fue la primera en aparecer. ¿No sería un castigo
sobrenatural
aquella epidemia desconocida y repugnante que encendía la
fiebre y
descomponía las carnes? «Ya se fueron a meter en Tlaxcala.
Entonces
se difundió la epidemia: tos, granos ardientes, que queman»,
dice un
testimonio indígena, y otro: «A muchos dio muerte la
pegajosa,
apelmazada, dura enfermedad de granos»15. Los indios morían
como
moscas; sus organismos no oponían defensas ante las
enfermedades
nuevas. Y los que sobrevivían quedaban debilitados e
inútiles. El
antropólogo brasileño Darcy Ribeiro estima16 que más de la
mitad de
la población aborigen de América, Australia y las islas
oceánicas murió
contaminada luego del primer contacto con los hombres
blancos.
8 Guillermo Vázquez Franco, La conquista justificada,
Montevideo, 1968, y J.
H. Elliott, op. cit.
9 Según los informantes indígenas de fray Bernardino de
Sahagún, en el Códice
Florentino. Miguel León-Portilla, Visión de los vencidos,
México, 1967.
10 Estas asombrosas coincidencias han estimulado la
hipótesis de que los dioses
de las religiones indígenas habían sido en realidad europeos
llegados a
estas tierras mucho antes que Colón. Rafael Pineda Yáñez, La
isla y Colón,
Buenos Aires, 1955.
11 Jacquetta Hawkes, Prehistoria, en la Historia de la
Humanidad, de la UNESCO,
Buenos Aires, 1966.
12 Miguel León-Portilla, El reverso de la conquista. Relaciones
aztecas, Mayas e
Incas, México, 1964.
sábado, 5 de junio de 2021
“Las trampas del tiempo” de Eduardo Galeano
Sentada de cuclillas en la cama,
ella lo miró largamente, le recorrió el
cuerpo desnudo de la cabeza a los pies, como estudiándole las pecas y los
poros, y dijo:
-Lo único que te cambiaría es el
domicilio.
Y desde entonces vivieron juntos,
fueron juntos, y se divertían peleando
por el diario a la hora del desayuno, y cocinaban inventando y dormían
anudados.
Ahora este hombre, mutilado de
ella, quisiera recordarla como era.
Como era cualquiera de las que ella
era, cada una con su propia gracia y poderío, porque esa mujer tenía la
asombrosa costumbre de nacer con frecuencia.
Pero no. La memoria se niega. La
memoria no quiere devolverle nada más que ese cuerpo helado donde ella no
estaba, ese cuerpo vacío de las muchas mujeres que fue.
domingo, 16 de mayo de 2021
"Las venas abiertas de América Latina" de Eduardo Galeano
PRIMERA PARTE LA POBREZA DEL HOMBRE COMO RESULTADO DE LA RIQUEZA DE LA TIERRA
EL SIGNO DE LA CRUZ EN LAS EMPUÑADURAS DE LAS ESPADAS
Cuando Cristóbal Colón se lanzó a atravesar los grandes espacios
vacíos al oeste de la Ecúmene, había aceptado el desafío de las leyendas.
Tempestades terribles jugarían con sus naves, como si fueran
cáscaras de nuez, y las arrojarían a las bocas de los monstruos; la gran
serpiente de los mares tenebrosos, hambrienta de carne humana,
estaría al acecho. Sólo faltaban mil años para que los fuegos
purificadores del Juicio Final arrasaran el mundo, según creían los
hombres del siglo xv, y el mundo era entonces el mar Mediterráneo
con sus costas de ambigua proyección hacia el África y Oriente. Los
navegantes portugueses aseguraban que el viento del oeste traía cadáveres
extraños y a veces arrastraba leños curiosamente tallados,
pero nadie sospechaba que el mundo sería, pronto, asombrosamente
multiplicado.
América no sólo carecía de nombre. Los noruegos no sabían que
la habían descubierto hacía largo tiempo, y el propio Colón murió,
después de sus viajes, todavía convencido de que había llegado al Asia
por la espalda. En 1492, cuando la bota española se clavó por primera
vez en las arenas de las Bahamas, el Almirante creyó que estas islas
eran una avanzada del Japón. Colón llevaba consigo un ejemplar del
libro de Marco Polo, cubierto de anotaciones en los márgenes de las
páginas. Los habitantes de Cipango, decía Marco Polo, «poseen oro
en enorme abundancia y las minas donde lo encuentran no se agotan
jamás... También hay en esta isla perlas del más puro oriente en gran
cantidad. Son rosadas, redondas y de gran tamaño y sobrepasan en
valor a las perlas blancas». La riqueza de Cipango había llegado a
oídos del Gran Khan Kublai, había despertado en su pecho el deseo
de conquistarla: él había fracasado. De las fulgurantes páginas de
Marco Polo se echaban al vuelo todos los bienes de la creación; había
casi trece mil islas en el mar de la India con montañas de oro y perlas,
y doce clases de especias en cantidades inmensas, además de la pimienta
blanca y negra. La pimienta, el jengibre, el clavo de olor, la
nuez moscada y la canela eran tan codiciados como la sal para conservar
la carne en invierno sin que se pudriera ni perdiera sabor. Los
Reyes Católicos de España decidieron financiar la aventura del acceso
directo a las fuentes, para liberarse de la onerosa cadena de intermediarios
y revendedores que acaparaban el comercio de las especias
y las plantas tropicales, las muselinas y las armas blancas que
provenían de las misteriosas regiones del oriente. El afán de metales
preciosos, medio de pago para el tráfico comercial, impulsó también
la travesía de los mares malditos. Europa entera necesitaba plata; ya
casi estaban exhaustos los filones de Bohemia, Sajonia y el Tirol.
España vivía el tiempo de la reconquista. 1492 no fue sólo el año del
descubrimiento de América, el nuevo mundo nacido de aquella equivocación
de consecuencias grandiosas. Fue también el año de la recuperación
de Granada. Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, que
habían superado con su matrimonio el desgarramiento de sus dominios,
abatieron a comienzos de 1492 el último reducto de la religión
musulmana en suelo español. Había costado casi ocho siglos recobrar
lo que se había perdido en siete años1, y la guerra de reconquista había
agotado el tesoro real. Pero ésta era una guerra santa, la guerra cristiana
contra el Islam, y no es casual, además, que en ese mismo año 1492,
ciento cincuenta mil judíos declarados fueran expulsados del país. España
adquiría realidad como nación alzando espadas cuyas empuñaduras
dibujaban el signo de la cruz. La reina Isabel se hizo madrina de
la Santa Inquisición. La hazaña del descubrimiento de América no
podría explicarse sin la tradición militar de guerra de cruzadas que
imperaba en la Castilla medieval, y la Iglesia no se hizo rogar para dar
carácter sagrado a la conquista de las tierras incógnitas del otro lado
del mar. El papa Alejandro VI, que era valenciano, convirtió a la reina
Isabel en dueña y señora del Nuevo Mundo. La expansión del reino de
Castilla ampliaba el reino de Dios sobre la tierra.
Tres años después del descubrimiento, Cristóbal Colón dirigió en
persona la campaña militar contra los indígenas de la Dominicana.
Un puñado de caballeros, doscientos infantes y unos cuantos perros
especialmente adiestrados para el ataque diezmaron a los indios. Más
de quinientos, enviados a España, fueron vendidos como esclavos en
Sevilla y murieron miserablemente2. Pero algunos teólogos protestaron
y la esclavización de los indios fue formalmente prohibida al
nacer el siglo XVI. En realidad, no fue prohibida sino bendita: antes de
cada entrada militar, los capitanes de conquista debían leer a los indios,
ante escribano público, un extenso y retórico Requerimiento que
los exhortaba a convertirse a la santa fe católica: «Si no lo hiciéreis, o
en ello dilación maliciosamente pusiéreis, certifícoos que con la ayuda
de Dios yo entraré poderosamente contra vosotros y vos haré
guerra por todas las partes y manera que yo pudiere, y os sujetaré al
yugo y obediencia de la Iglesia y de Su Majestad y tomaré vuestras
mujeres y hijos y los haré esclavos, y como tales los venderé, y dispondré
de ellos como Su Majestad mandare, y os tomaré vuestros
bienes y os haré todos los males y daños que pudiere...»3.
América era el vasto imperio del Diablo, de redención imposible
o dudosa, pero la fanática misión contra la herejía de los nativos se
confundía con la fiebre que desataba, en las huestes de la conquista,
el brillo de los tesoros del Nuevo Mundo. Bernal Díaz del Castillo,
soldado de Hernán Cortés en la conquista de México, escribe que
han llegado a América «por servir a Dios y a Su Majestad y también
por haber riquezas».
Colón quedó deslumbrado, cuando alcanzó el atolón de San Salvador,
por la colorida transparencia del Caribe, el paisaje verde, la
dulzura y la limpieza del aire, los pájaros espléndidos y los mancebos
«de buena estatura, gente muy hermosa» y «harto mansa» que allí
habitaba. Regaló a los indígenas «unos bonetes colorados y unas cuentas
de vidrio que se ponían al pescuezo, y otras cosas muchas de poco
valor con que hubieron mucho placer y quedaron tanto nuestros que
era maravilla». Les mostró las espadas. Ellos no las conocían, las tomaban
por el filo, se cortaban. Mientras tanto, cuenta el Almirante en su
diario de navegación, «yo estaba atento y trabajaba de saber si había
oro, y vide que algunos de ellos traían un pedazuelo colgando en un
agujero que tenían a la nariz, y por señas pude entender que yendo al
Sur o volviendo la isla por el Sur, que estaba allí un Rey que tenía
grandes vasos dello, y tenía muy mucho». Porque «del oro se hace
tesoro, y con él quien lo tiene hace cuanto quiere en el mundo y llega a
que echa las ánimas al Paraíso». En su tercer viaje Colón seguía creyendo
que andaba por el mar de la China cuando entró en las costas de
Venezuela; ello no le impidió informar que desde allí se extendía una
tierra infinita que subía hacia el Paraíso Terrenal. También Américo
Vespucio, explorador del litoral de Brasil mientras nacía el siglo XVI,
relataría a Lorenzo de Médicis: «Los árboles son de tanta belleza y
tanta blandura que nos sentíamos estar en el Paraíso Terrenal...»4. Con
despecho escribía Colón a los reyes, desde Jamaica, en 1503: «Cuando
yo descubrí las Indias, dije que eran el mayor señorío rico que hay en el
mundo. Yo dije del oro, perlas, piedras preciosas, especierías...».
Una sola bolsa de pimienta valía, en el medievo, más que la vida de
un hombre, pero el oro y la plata eran las llaves que el Renacimiento
empleaba para abrir las puertas del Paraíso en el cielo y las puertas del
mercantilismo capitalista en la tierra. La epopeya de los españoles y
los portugueses en América combinó la propagación de la fe cristiana
con la usurpación y el saqueo de las riquezas nativas. El poder
europeo se extendía para abrazar el mundo. Las tierras vírgenes,
densas de selvas y de peligros, encendían la codicia de los capitanes,
los hidalgos caballeros y los soldados en harapos lanzados a la conquista
de los espectaculares botines de guerra: creían en la gloria, «el
sol de los muertos», y en la audacia. «A los osados ayuda fortuna»,
decía Cortés. El propio Cortés había hipotecado todos sus bienes
personales para equipar la expedición a México. Salvo contadas excepciones
como fue el caso de Colón o Magallanes, las aventuras no
eran costeadas por el Estado, sino por los conquistadores mismos, o
por los mercaderes y banqueros que los financiaban5.
Nació el mito de Eldorado, el monarca bañado en oro que los
indígenas inventaron para alejar a los intrusos: desde Gonzalo Pizarro
hasta Walter Raleigh, muchos lo persiguieron en vano por las
selvas y las aguas del Amazonas y el Orinoco. El espejismo del «cerro
que manaba plata» se hizo realidad en 1545, con el descubrimiento
de Potosí, pero antes habían muerto, vencidos por el hambre y por la
enfermedad o atravesados a flechazos por los indígenas, muchos de
los expedicionarios que intentaron, infructuosamente, dar alcance al
manantial de la plata remontando el río Paraná.
Había, sí, oro y plata en grandes cantidades, acumulados en la
meseta de México y en el altiplano andino. Hernán Cortés reveló para
España, en 1519, la fabulosa magnitud del tesoro azteca de
Moctezuma, y quince años después llegó a Sevilla el gigantesco rescate,
un aposento lleno de oro y dos de plata, que Francisco Pizarro
hizo pagar al inca Atahualpa antes de estrangularlo. Años antes, con
el oro arrancado de las Antillas había pagado la Corona los servicios
de los marinos que habían acompañado a Colón en su primer viaje6.
Finalmente, la población de las islas del Caribe dejó de pagar tributos,
porque desapareció: los indígenas fueron completamente exterminados
en los lavaderos de oro, en la terrible tarea de revolver las
arenas auríferas con el cuerpo a medias sumergido en el agua, o
roturando los campos hasta más allá de la extenuación, con la espalda
doblada sobre los pesados instrumentos de labranza traídos desde
España. Muchos indígenas de la Dominicana se anticipaban al destino
impuesto por sus nuevos opresores blancos: mataban a sus hijos y
se suicidaban en masa. El cronista oficial Fernández de Oviedo interpretaba
así, a mediados del siglo XVI, el holocausto de los antillanos:
«Muchos de ellos, por su pasatiempo, se mataron con ponzoña por no
trabajar, y otros se ahorcaron por sus manos propias»7.
1 J. H. Elliott, La España imperial, Barcelona, 1965.
2 L. Capitán y Henri Lorin, El trabajo en América, antes y después de Colón,
Buenos Aires, 1948.
3 Daniel Vidart, Ideología y realidad de América, Montevideo, 1968.
4 Luis Nicolau D’Olwer, Cronistas de las culturas precolombinas, México, 1963.
El abogado Antonio de León Pinelo dedicó dos tomos enteros a demostrar
que el Edén estaba en América. En El Paraíso en el Nuevo Mundo (Madrid,
1656), incluyó un mapa de América del Sur en el que puede verse, al centro,
el jardín del Edén regado por el Amazonas, el Río de la Plata, el Orinoco y el
Magdalena. El fruto prohibido era el plátano. El mapa indicaba el lugar
exacto de donde había partido el Arca de Noé, cuando el Diluvio Universal.
5 J. M. Ots Capdequí, El Estado español en las Indias, México, 1941.
6 Earl J. Hamilton, American Treasure and the Price Revolution in Spain (1501-
1650), Massachusetts, 1934.
7 Gonzalo Fernández de Oviedo, Historia general y natural de las Indias, Madrid,
1959. La interpretación hizo escuela. Me asombra leer, en el último
libro del técnico francés René Dumont, Cuba, est-il socialiste?, París, 1970:
«Los indios no fueron totalmente exterminados. Sus genes subsisten en los
cromosomas cubanos. Ellos sentían una tal aversión por la tensión que exige
el trabajo continuo, que algunos se suicidaron antes que aceptar el trabajo
forzado...».
domingo, 25 de abril de 2021
"LAS VENAS ABIERTAS DE AMÉRICA LATINA" de Eduardo Galeano
CIENTO VEINTE MILLONES DE NIÑOS EN EL CENTRO DE LA TORMENTA
La división internacional del trabajo consiste en que unos países se
especializan en ganar y otros en perder. Nuestra comarca del mundo,
que hoy llamamos América Latina, fue precoz: se especializó en perder
desde los remotos tiempos en que los europeos del Renacimiento
se abalanzaron a través del mar y le hundieron los dientes en la garganta.
Pasaron los siglos y América Latina perfeccionó sus funciones.
Éste ya no es el reino de las maravillas donde la realidad derrotaba a la
fábula y la imaginación era humillada por los trofeos de la conquista,
los yacimientos de oro y las montañas de plata. Pero la región sigue
trabajando de sirvienta. Continúa existiendo al servicio de las necesidades
ajenas, como fuente y reserva del petróleo y el hierro, el cobre
y la carne, las frutas y el café, las materias primas y los alimentos con
destino a los países ricos que ganan, consumiéndolos, mucho más de
lo que América Latina gana produciéndolos. Son mucho más altos
los impuestos que cobran los compradores que los precios que reciben
los vendedores; y al fin y al cabo, como declaró en julio de 1968
Covey T. Oliver, coordinador de la Alianza para el Progreso, «hablar
de precios justos en la actualidad es un concepto medieval. Estamos
en plena época de la libre comercialización...».
Cuanta más libertad se otorga a los negocios, más cárceles se
hace necesario construir para quienes padecen los negocios. Nuestros
sistemas de inquisidores y verdugos no sólo funcionan para el
mercado externo dominante; proporcionan también caudalosos manantiales
de ganancias que fluyen de los empréstitos y las inversiones
extranjeras en los mercados internos dominados. «Se ha oído hablar
de concesiones hechas por América Latina al capital extranjero, pero no de concesiones hechas por los Estados Unidos al capital de otros
países... Es que nosotros no damos concesiones», advertía, allá por
1913, el presidente norteamericano Woodrow Wilson. Él estaba seguro:
«Un país –decía– es poseído y dominado por el capital que en él
se haya invertido». Y tenía razón. Por el camino hasta perdimos el
derecho de llamarnos americanos, aunque los haitianos y los cubanos
ya habían asomado a la historia, como pueblos nuevos, un siglo antes
de que los peregrinos del Mayflower se establecieran en las costas de
Plymouth. Ahora América es, para el mundo, nada más que los Estados
Unidos: nosotros habitamos, a lo sumo, una sub América, una
América de segunda clase, de nebulosa identificación.
Es América Latina, la región de las venas abiertas. Desde el descubrimiento
hasta nuestros días, todo se ha trasmutado siempre en
capital europeo o, más tarde, norteamericano, y como tal se ha acumulado
y se acumula en los lejanos centros de poder. Todo: la tierra,
sus frutos y sus profundidades ricas en minerales, los hombres y su
capacidad de trabajo y de consumo, los recursos naturales y los recursos
humanos. El modo de producción y la estructura de clases de
cada lugar han sido sucesivamente determinados, desde fuera, por su
incorporación al engranaje universal del capitalismo. A cada cual se
le ha asignado una función, siempre en beneficio del desarrollo de la
metrópoli extranjera de turno, y se ha hecho infinita la cadena de las
dependencias sucesivas, que tiene mucho más de dos eslabones, y
que por cierto también comprende, dentro de América Latina, la
opresión de los países pequeños por sus vecinos mayores y, fronteras
adentro de cada país, la explotación que las grandes ciudades y los
puertos ejercen sobre sus fuentes internas de víveres y mano de obra.
(Hace cuatro siglos, ya habían nacido dieciséis de las veinte ciudades
latinoamericanas más pobladas de la actualidad.)
Para quienes conciben la historia como una competencia, el atraso
y la miseria de América Latina no son otra cosa que el resultado de
su fracaso. Perdimos; otros ganaron. Pero ocurre que quienes ganaron,
ganaron gracias a que nosotros perdimos: la historia del subdesarrollo
de América Latina integra, como se ha dicho, la historia del
desarrollo del capitalismo mundial. Nuestra derrota estuvo siempre
implícita en la victoria ajena; nuestra riqueza ha generado siempre nuestra
pobreza para alimentar la prosperidad de otros: los imperios y sus caporales
nativos. En la alquimia colonial y neocolonial, el oro se transfigura en chatarra, y los alimentos se convierten en veneno. Potosí, Zacatecas y
Ouro Preto cayeron en picada desde la cumbre de los esplendores de
los metales preciosos al profundo agujero de los socavones vacíos, y
la ruina fue el destino de la pampa chilena del salitre y de la selva
amazónica del caucho; el nordeste azucarero de Brasil, los bosques
argentinos del quebracho o ciertos pueblos petroleros del lago de
Maracaibo tienen dolorosas razones para creer en la mortalidad de
las fortunas que la naturaleza otorga y el imperialismo usurpa. La
lluvia que irriga a los centros del poder imperialista ahoga los vastos
suburbios del sistema. Del mismo modo, y simétricamente, el bienestar
de nuestras clases dominantes –dominantes hacia dentro, dominadas
desde fuera– es la maldición de nuestras multitudes condenadas a una
vida de bestias de carga.
La brecha se extiende. Hacia mediados del siglo anterior, el nivel
de vida de los países ricos del mundo excedía en un cincuenta por
ciento el nivel de los países pobres. El desarrollo desarrolla la desigualdad:
Richard Nixon anunció, en abril de 1969, en su discurso
ante la OEA, que a fines del siglo veinte el ingreso per cápita en
Estados Unidos será quince veces más alto que el ingreso en América
Latina. La fuerza del conjunto del sistema imperialista descansa en la
necesaria desigualdad de las partes que lo forman, y esa desigualdad
asume magnitudes cada vez más dramáticas. Los países opresores se
hacen cada vez más ricos en términos absolutos, pero mucho más en
términos relativos, por el dinamismo de la disparidad creciente. El
capitalismo central puede darse el lujo de crear y creer sus propios
mitos de opulencia, pero los mitos no se comen, y bien lo saben los
países pobres que constituyen el vasto capitalismo periférico. El ingreso
promedio de un ciudadano norteamericano es siete veces mayor
que el de un latinoamericano y aumenta a un ritmo diez veces
más intenso. Y los promedios engañan, por los insondables abismos
que se abren, al sur del río Bravo, entre los muchos pobres y los pocos
ricos de la región. En la cúspide, en efecto, seis millones de latinoamericanos
acaparan, según las Naciones Unidas, el mismo ingreso
que ciento cuarenta millones de personas ubicadas en la base de la
pirámide social. Hay sesenta millones de campesinos cuya fortuna
asciende a veinticinco centavos de dólar por día; en el otro extremo
los proxenetas de la desdicha se dan el lujo de acumular cinco mil
millones de dólares en sus cuentas privadas de Suiza o Estados Unidos, y derrochan en la ostentación y el lujo estéril –ofensa y desafío–
y en las inversiones improductivas, que constituyen nada menos que
la mitad de la inversión total, los capitales que América Latina podría
destinar a la reposición, ampliación y creación de fuentes de producción
y de trabajo. Incorporadas desde siempre a la constelación del
poder imperialista, nuestras clases dominantes no tienen el menor
interés en averiguar si el patriotismo podría resultar más rentable que
la traición o si la mendicidad es la única forma posible de la política
internacional. Se hipoteca la soberanía porque «no hay otro camino»;
las coartadas de la oligarquía confunden interesadamente la impotencia
de una clase social con el presunto vacío de destino de cada
nación.
Josué de Castro declara: «Yo, que he recibido un premio internacional
de la paz, pienso que, infelizmente, no hay otra solución que la
violencia para América Latina». Ciento veinte millones de niños se
agitan en el centro de esta tormenta. La población de América Latina
crece como ninguna otra; en medio siglo se triplicó con creces. Cada
minuto muere un niño de enfermedad o de hambre, pero en el año
2000 habrá seiscientos cincuenta millones de latinoamericanos, y la
mitad tendrá menos de quince años de edad: una bomba de tiempo.
Entre los doscientos ochenta millones de latinoamericanos hay, a fines
de 1970, cincuenta millones de desocupados o subocupados y cerca
de cien millones de analfabetos; la mitad de los latinoamericanos vive
apiñada en viviendas insalubres. Los tres mayores mercados de América
Latina –Argentina, Brasil y México– no alcanzan a igualar, sumados,
la capacidad de consumo de Francia o de Alemania occidental,
aunque la población reunida de nuestros tres grandes excede largamente
a la de cualquier país europeo. América Latina produce hoy día,
en relación con la población, menos alimentos que antes de la última
guerra mundial, y sus exportaciones per cápita han disminuido tres
veces, a precios constantes, desde la víspera de la crisis de 1929.
El sistema es muy racional desde el punto de vista de sus dueños
extranjeros y de nuestra burguesía de comisionistas, que ha vendido
el alma al Diablo a un precio que hubiera avergonzado a Fausto. Pero
el sistema es tan irracional para todos los demás, que cuanto más se
desarrolla más agudiza sus desequilibrios y sus tensiones, sus contradicciones
ardientes. Hasta la industrialización, dependiente y tardía,
que cómodamente coexiste con el latifundio y las estructuras de la desigualdad, contribuye a sembrar la desocupación en vez de ayudar
a resolverla; se extiende la pobreza y se concentra la riqueza en esta
región que cuenta con inmensas legiones de brazos caídos que se
multiplican sin descanso. Nuevas fábricas se instalan en los polos
privilegiados de desarrollo –San Pablo, Buenos Aires, Ciudad de
México– pero menos mano de obra se necesita cada vez.
El sistema no ha previsto esta pequeña molestia: lo que sobra es
gente. Y la gente se reproduce. Se hace el amor con entusiasmo y sin
precauciones. Cada vez queda más gente a la vera del camino, sin
trabajo en el campo, donde el latifundio reina con sus gigantescos
eriales, y sin trabajo en la ciudad, donde reinan las máquinas: el sistema
vomita hombres. Las misiones norteamericanas esterilizan masivamente
mujeres y siembran píldoras, diafragmas, espirales, preservativos
y almanaques marcados, pero cosechan niños; porfiadamente,
los niños latinoamericanos continúan naciendo, reivindicando su derecho
natural a obtener un sitio bajo el sol en estas tierras espléndidas
que podrían brindar a todos lo que a casi todos niegan.
A principios de noviembre de 1968, Richard Nixon comprobó en
voz alta que la Alianza para el Progreso había cumplido siete años de
vida y, sin embargo, se habían agravado la desnutrición y la escasez
de alimentos en América Latina. Pocos meses antes, en abril, George
W. Ball escribía en Life: «Por lo menos durante las próximas décadas,
el descontento de las naciones más pobres no significará una amenaza
de destrucción del mundo. Por vergonzoso que sea, el mundo ha
vivido, durante generaciones, dos tercios pobre y un tercio rico. Por
injusto que sea, es limitado el poder de los países pobres». Ball había
encabezado la delegación de los Estados Unidos a la Primera Conferencia
de Comercio y Desarrollo en Ginebra, y había votado contra
nueve de los doce principios generales aprobados por la conferencia
con el fin de aliviar las desventajas de los países subdesarrollados en el
comercio internacional.
Son secretas las matanzas de la miseria en América Latina; cada
año estallan, silenciosamente, sin estrépito alguno, tres bombas de
Hiroshima sobre estos pueblos que tienen la costumbre de sufrir con
los dientes apretados. Esta violencia sistemática, no aparente pero
real, va en aumento: sus crímenes no se difunden en la crónica roja,
sino en las estadísticas de la FAO. Ball dice que la impunidad es todavía
posible, porque los pobres no pueden desencadenar la guerra mundial, pero el Imperio se preocupa: incapaz de multiplicar los panes,
hace lo posible por suprimir a los comensales. «Combata la pobreza,
¡mate a un mendigo!», garabateó un maestro del humor negro
sobre un muro de la ciudad de La Paz. ¿Qué se proponen los
herederos de Malthus sino matar a todos los próximos mendigos
antes de que nazcan? Robert McNamara, el presidente del Banco
Mundial que había sido presidente de la Ford y secretario de Defensa,
afirma que la explosión demográfica constituye el mayor obstáculo
para el progreso de América Latina y anuncia que el Banco Mundial
otorgará prioridad, en sus préstamos, a los países que apliquen planes
para el control de la natalidad. McNamara comprueba con lástima
que los cerebros de los pobres piensan un veinticinco por ciento
menos, y los tecnócratas del Banco Mundial (que ya nacieron) hacen
zumbar las computadoras y generan complicadísimos trabalenguas
sobre las ventajas de no nacer: «Si un país en desarrollo que tiene una
renta media per cápita de 150 a 200 dólares anuales logra reducir su
fertilidad en un 50 por ciento en un período de 25 años, al cabo de 30
años su renta per cápita será superior por lo menos en un 40 por
ciento al nivel que hubiera alcanzado de lo contrario, y dos veces más
elevada al cabo de 60 años», asegura uno de los documentos del
organismo. Se ha hecho célebre la frase de Lyndon Johnson: «Cinco
dólares invertidos contra el crecimiento de la población son más eficaces
que cien dólares invertidos en el crecimiento económico».
Dwight Eisenhower pronosticó que si los habitantes de la tierra seguían
multiplicándose al mismo ritmo no sólo se agudizaría el peligro
de la revolución, sino que además se produciría «una degradación del
nivel de vida de todos los pueblos, el nuestro inclusive».
Los Estados Unidos no sufren, fronteras adentro, el problema de
la explosión de la natalidad, pero se preocupan como nadie por difundir
e imponer, en los cuatro puntos cardinales, la planificación
familiar. No sólo el gobierno; también Rockefeller y la Fundación
Ford padecen pesadillas con millones de niños que avanzan, como
langostas, desde los horizontes del Tercer Mundo. Platón y Aristóteles
se habían ocupado del tema antes que Malthus y McNamara; sin
embargo, en nuestros tiempos, toda esta ofensiva universal cumple
una función bien definida: se propone justificar la muy desigual distribución
de la renta entre los países y entre las clases sociales, convencer
a los pobres de que la pobreza es el resultado de los hijos que no se evitan y poner un dique al avance de la furia de las masas en
movimiento y rebelión. Los dispositivos intrauterinos compiten con
las bombas y la metralla, en el sudeste asiático, en el esfuerzo por
detener el crecimiento de la población de Vietnam. En América Latina
resulta más higiénico y eficaz matar a los guerrilleros en los úteros que
en las sierras o en las calles. Diversas misiones norteamericanas han
esterilizado a millares de mujeres en la Amazonia, pese a que ésta es
la zona habitable más desierta del planeta. En la mayor parte de los
países latinoamericanos, la gente no sobra: falta. Brasil tiene 38 veces
menos habitantes por kilómetro cuadrado que Bélgica; Paraguay, 49
veces menos que Inglaterra; Perú, 32 veces menos que Japón. Haití y
El Salvador, hormigueros humanos de América Latina, tienen una
densidad de población menor que la de Italia. Los pretextos invocados
ofenden la inteligencia; las intenciones reales encienden la indignación.
Al fin y al cabo, no menos de la mitad de los territorios de
Bolivia, Brasil, Chile, Ecuador, Paraguay y Venezuela está habitada por
nadie. Ninguna población latinoamericana crece menos que la del
Uruguay, país de viejos, y sin embargo ninguna otra nación ha sido
tan castigada, en los años recientes, por una crisis que parece arrastrarla
al último círculo de los infiernos. Uruguay está vacío y sus
praderas fértiles podrían dar de comer a una población infinitamente
mayor que la que hoy padece, sobre su suelo, tantas penurias.
Hace más de un siglo, un canciller de Guatemala había sentenciado
proféticamente: «Sería curioso que del seno mismo de los Estados
Unidos, de donde nos viene el mal, naciese también el remedio».
Muerta y enterrada la Alianza para el Progreso, el Imperio propone
ahora, con más pánico que generosidad, resolver los problemas de
América Latina eliminando de antemano a los latinoamericanos. En
Washington tienen ya motivos para sospechar que los pueblos pobres
no prefieren ser pobres. Pero no se puede querer el fin sin querer
los medios: quienes niegan la liberación de América Latina, niegan
también nuestro único renacimiento posible, y de paso absuelven a
las estructuras en vigencia. Los jóvenes se multiplican, se levantan,
escuchan: ¿qué les ofrece la voz del sistema? El sistema habla un
lenguaje surrealista: propone evitar los nacimientos en estas tierras
vacías; opina que faltan capitales en países donde los capitales sobran
pero se desperdician; denomina ayuda a la ortopedia deformante de
los empréstitos y al drenaje de riquezas que las inversiones extranjeras provocan; convoca a los latifundistas a realizar la reforma agraria
y a la oligarquía a poner en práctica la justicia social. La lucha de
clases no existe –se decreta– más que por culpa de los agentes foráneos
que la encienden, pero en cambio existen las clases sociales, y a la
opresión de unas por otras se la denomina el estilo occidental de vida.
Las expediciones criminales de los marines tienen por objeto restablecer
el orden y la paz social, y las dictaduras adictas a Washington
fundan en las cárceles el estado de derecho y prohíben las huelgas y
aniquilan los sindicatos para proteger la libertad de trabajo.
¿Tenemos todo prohibido, salvo cruzarnos de brazos? La pobreza
no está escrita en los astros; el subdesarrollo no es el fruto de un
oscuro designio de Dios. Corren años de revolución, tiempos de redención.
Las clases dominantes ponen las barbas en remojo, y a la vez
anuncian el infierno para todos. En cierto modo, la derecha tiene
razón cuando se identifica a sí misma con la tranquilidad y el orden:
es el orden, en efecto, de la cotidiana humillación de las mayorías,
pero orden al fin: la tranquilidad de que la injusticia siga siendo injusta
y el hambre hambrienta. Si el futuro se transforma en una caja de
sorpresas, el conservador grita, con toda razón: «Me han traicionado
». Y los ideólogos de la impotencia, los esclavos que se miran a sí
mismos con los ojos del amo, no demoran en hacer escuchar sus
clamores. El águila de bronce del Maine, derribada el día de la victoria
de la revolución cubana, yace ahora abandonada, con las alas rotas,
bajo un portal del barrio viejo de La Habana. Desde Cuba en adelante,
también otros países han iniciado por distintas vías y con distintos
medios la experiencia del cambio: la perpetuación del actual orden de
cosas es la perpetuación del crimen.
Los fantasmas de todas las revoluciones estranguladas o traicionadas
a lo largo de la torturada historia latinoamericana se asoman
en las nuevas experiencias, así como los tiempos presentes habían
sido presentidos y engendrados por las contradicciones del pasado.
La historia es un profeta con la mirada vuelta hacia atrás: por lo que fue,
y contra lo que fue, anuncia lo que será. Por eso en este libro, que quiere
ofrecer una historia del saqueo y a la vez contar cómo funcionan los
mecanismos actuales del despojo, aparecen los conquistadores en las
carabelas y, cerca, los tecnócratas en los jets, Hernán Cortés y los
infantes de marina, los corregidores del reino y las misiones del Fondo
Monetario Internacional, los dividendos de los traficantes de esclavos y las ganancias de la General Motors. También los héroes derrotados
y las revoluciones de nuestros días, las infamias y las esperanzas
muertas y resurrectas: los sacrificios fecundos. Cuando
Alexander von Humboldt investigó las costumbres de los antiguos
habitantes indígenas de las mesetas de Bogotá, supo que los indios
llamaban quihica a las víctimas de las ceremonias rituales. Quihica
significaba puerta: la muerte de cada elegido abría un nuevo ciclo de
ciento ochenta y cinco lunas.