Quinquela Martín
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sábado, 5 de noviembre de 2022

“La mala racha" de Eduardo Galeano

Mientras dura la mala racha pierdo todo. Se me caen las cosas de los bolsillos y de la memoria: pierdo llaves. lapiceras, dinero, documentos, nombres, caras, palabras. Yo no se si será gualicho de alguien que me quiere mal y me piensa peor, o pura casualidad, pero a veces el bajón demora en irse y yo ando de pérdida en pérdida, pierdo lo que encuentro, no encuentro lo que busco, y siento mucho miedo de que se me caiga la vida en alguna distracción.

domingo, 10 de octubre de 2021

“Paradojas” de Eduardo Galeano

 

Un Cerro Chato. Un Arroyo Seco. Un país que tiene tres millones de críticos de cine y muy pocos creadores de cine. Un país que tiene tres millones de directores técnicos de fútbol y cada vez tiene menos jugadores. Un país que tiene tres canales privados de televisión y los tres trasmiten los mismos partidos y los mismos informativos a la misma hora.

O una ciudad, como Montevideo, que tiene pocos taxis, y los taxis hacen el cambio de turno a la misma hora, también, de modo que la palabra sintaxis ha revelado, Mariano, su origen. Yo te lo quería decir antes de que entráramos, porque me parece importante para la lingüística nacional e internacional. ¿De dónde viene la palabra sintaxis, que algunos dicen que viene del griego? Viene de Montevideo, y alude a los problemas del transporte. Entonces, yo digo: éste es un país de paradojas. El Uruguay es el reino de la paradoja. Y a primera vista resulta paradójico el hecho de que un periodista, Samuel Blixen, haya escrito un libro que tiene alto nivel literario. Y que es, además, un libro de historia, aunque él no sea historiador. Y aquí discrepo un poquito con mis dos compañeros presentadores; creo que de algún modo éste es también un libro de historia, un libro muy revelador de lo que es la historia del Uruguay en la segunda mitad del siglo xx. Y no está hecho por un historiador; y está escrito con alto nivel literario, a pesar de que el autor no es escritor. O quizás es escritor y no sabe que lo es, como monsieur Jourdain, el personaje de Molière, hablaba prosa y no sabía que hablaba prosa.

Pero yo digo: ¿será ésta una paradoja en el país de Carlos Quijano? ¿O será que el periodismo, entre nosotros, encuentra a veces expresiones que confirman que la calidad literaria no depende del formato en el que se ofrece? Yo creo que el libro de Samuel es un libro muy bien hecho, muy bien armado, muy ilustrativo, con una enorme cantidad de información que se brinda al lector sin abrumarlo, y que tiene por tema central otra paradoja del país de las paradojas: el símbolo de la dignidad civil en Uruguay es un militar, que se llama Liber Seregni. Quizás sea, como la otra, la del periodismo y la literatura, una paradoja nada más que aparente, porque al fin y al cabo es una paradoja puesta al servicio de la superación de otras paradojas que enferman al país. Como por ejemplo, el hecho de que siendo un país que vive del campo, la población rural quepa en un estadio; como por ejemplo el hecho de que siendo un país que tiene más tierras cultivables que el Japón, sea incapaz de dar de comer a una población 40 veces menor que la japonesa; o el de que teniendo, como tenemos, una población cinco veces menor que la holandesa y un territorio cinco veces más extenso, expulsemos a nuestros jóvenes, y los obliguemos a buscar trabajo y destino en otros suelos, bajo otros cielos; y como si fuera poco, después les neguemos el derecho al voto si no tienen la plata y la posibilidad de venir aquí.

País de paradojas, digo, que tuvo ley de trabajo de ocho horas antes que Estados Unidos. Y hoy, ¿qué uruguayo puede ganarse la vida trabajando nada más que ocho horas? País de paradojas, que tuvo voto femenino antes que Francia. La mujer uruguaya votó por primera vez 14 años antes de que por primera vez votaran las mujeres en Francia. Y hoy las mujeres tienen en la vida política nacional un valor simbólico: la izquierda, el centro y la derecha, en eso estamos todos más o menos igual, ofrecemos el espectáculo de alguna que otra ministra, alguna que otra legisladora, como el antise-mita presenta, para disculparse, a su amigo judío.

País de paradojas, digo, donde los asesinos de Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz pueden pasearse tranquilamente, impunemente, por calles que llevan el nombre de Zelmar Michelini y de Héctor Gutiérrez Ruiz. País de paradojas donde muchos políticos denuncian, en los más airados términos, la ineficiencia del Estado, después de que esos mismos políticos, o por lo menos sus partidos, han hinchado al Estado de parásitos y de burócratas inútiles que ejercen la viveza criolla a costa del país.

País de paradojas donde muchos políticos también convocaron al golpe de Estado, y hasta lo hicieron, y después se quejaron de sus propios actos. Un golpe de Estado que no sólo tuvo por víctimas a los civiles, sino también a unos cuantos militares. No sólo al general Liber Seregni, sino a muchos militares a los que yo quiero rendir homenaje esta noche, porque tuvieron y tienen, como el general Seregni, sentido del honor y amor al país. Y por amor al país, amor a esta tierra y a su gente, se negaron a obedecer los dictados de la llamada doctrina de la seguridad nacional, que los obligaba a convertirse en verdugos de su propia tierra y de su propia gente.

La verdad es que el libro abunda en historias útiles para entender un poco mejor y en profundidad el proceso de todos esos años que  tuvo, que encontró en Seregni un símbolo de dignidad democrática. El libro es de algún modo la historia de un militar que fue considerado traidor por sus pares, cuando sus pares estaban traicionando al país; y que fue degradado por ellos al mismo tiempo que el pueblo lo consagraba, porque en los años del terror él encarnó a un sector importante del ejército nacional, civilista, legalista y respetuoso de la Constitución y de la ley.

Yo digo: esa energía y esa voluntad democrática y ese sentido de la dignidad civil, que han convertido a Seregni y a la vida de Seregni en un símbolo nacional, tienen mucho que ver con la voluntad de cambio. Querer al país para cambiarlo; querer al país para que el país pueda ser lo que el país quiso ser en los tiempos lejanos en que fue fundado: una casa de todos y no una cárcel de barrotes invisibles para la mayoría de sus habitantes que viven, de alguna manera, presos de la necesidad o de la desesperanza.

Por amor, necesidad de cambiar las cosas a partir de una certeza de amor. Como en un brevísimo poema de un poeta alemán, que leí en estos días y que copié para leérselos a ustedes. El poeta, que se llama Reinner Kuntze, dice que vive en su país encerrado entre paredes. Siente opresivo su país, como muchas veces nosotros sentimos opresivo el nuestro, tal como está organizado, o mal organizado, tan paradójico, tan patas arriba que camina y tan condenado a las rutinas sucesivas, a la mediocridad sin remedio. Muchas veces nosotros también lo sentimos como una especie de prisión. Y este poeta alemán lo dice muy bien, dice: "Encerrado entre estas paredes, entre estas palabras, en esta cárcel, donde -dice- una y otra vez volvería a nacer". Me pareció bellísimo, porque yo soy de los que creen que sí, que como decía Mariano recién, en el 71 nació algo más que un movimiento político, nació de algún modo otro país, otro país que está dentro de éste, que está en la barriga de éste, un país verde que está en la barriga del país gris. Y en aquellos tiempos muy difíciles, cuando el miedo era mucho, y mucha la violencia, en los tiempos en que el Frente nació, el libro recoge una frase que una muchacha escribió en un pizarrón y que me parece estupenda, y que creo que tiene toda la vigencia del mundo. La muchacha escribió: "Mil miedos juntos hacen un solo gran coraje". Y yo creo que éste era el sentido que el Frente tenía cuando nació, y éste es el sentido que el Frente tiene: un solo gran coraje que resulta de la unión de muchos mieditos dispuestos a luchar contra el miedo de ser, contra el miedo de recordar, contra el miedo de cambiar, y que así van formando un solo coraje grande, destinado a hacer posible que el parto por fin ocurra, que ese país generado dentro del otro país pueda por fin dar sus primeros pasos.

Cuando volví del exilio vi en la calle Rodó un graffiti de mano anónima, como todos los graffitis, que decía: "Hay un país distinto en algún lugar". Pensé, y lo pienso todavía: sí, hay un país distinto en algún lugar y ese lugar es aquí, y es aquí gracias a las muchas mujeres y a los muchos hombres que tienen en hombres como Seregni su más certero símbolo.

Yo le quiero decir a él, como Gerardo: gracias. Y le quiero decir también gracias a Samuel Blixen por habernos ofrecido, de tan linda manera, sus trabajos y sus días.

domingo, 22 de agosto de 2021

«COMO UNOS PUERCOS HAMBRIENTOS ANSÍAN EL ORO» de Eduardo Galeano

 

A tiros de arcabuz, golpes de espada y soplos de peste, avanzaban los

implacables y escasos conquistadores de América. Lo contaron las

voces de los vencidos. Después de la matanza de Cholula, Moctezuma

envió nuevos emisarios al encuentro de Hernán Cortés, quien avanzó

rumbo al valle de México. Los enviados regalaron a los españoles

collares de oro y banderas de plumas de quetzal. Los españoles «estaban

deleitándose. Como si fueran monos levantaban el oro, como

que se sentaban en ademán de gusto, como que se les renovaba y se

les iluminaba el corazón. Como que cierto es que eso anhelan con

gran sed. Se les ensancha el cuerpo por eso, tienen hambre furiosa de

eso. Como unos puercos hambrientos ansían el oro», dice el texto

náhuatl preservado en el Códice Florentino. Más adelante, cuando

Cortés llegó a Tenochtitlán, la espléndida capital azteca, los españoles

entraron en la casa del tesoro, «y luego hicieron una gran bola de oro,

y dieron fuego, encendieron, prendieron llama a todo lo que restaba,

por valioso que fuera: con lo cual todo ardió. Y en cuanto al oro, los

españoles lo redujeron a barras...».

Hubo guerra, y finalmente Cortés, que había perdido Tenochtitlán,

la reconquistó en 1521. «Y ya no teníamos escudos, ya no teníamos

macanas, y nada teníamos que comer, ya nada comimos.» La ciudad,

devastada, incendiada y cubierta de cadáveres, cayó. «Y toda la noche

llovió sobre nosotros.» La horca y el tormento no fueron suficientes:

los tesoros arrebatados no colmaban nunca las exigencias de la imaginación,

y durante largos años excavaron los españoles el fondo del

lago de México en busca del oro y los objetos preciosos presuntamente

escondidos por los indios.

Pedro de Alvarado y sus hombres se abatieron sobre Guatemala

y «eran tantos los indios que mataron, que se hizo un río de sangre,

que viene a ser el Olimtepeque», y también «el día se volvió colorado

por la mucha sangre que hubo aquel día». Antes de la batalla

decisiva, «y vístose los indios atormentados, les dijeron a los españoles

que no les atormentaran más, que allí les tenían mucho oro,

plata, diamantes y esmeraldas que les tenían los capitanes Nehaib

Ixquín, Nehaib hecho águila y león. Y luego se dieron a los españoles

y se quedaron con ellos...».

Antes de que Francisco Pizarro degollara al inca Atahualpa, le

arrancó un rescate en «andas de oro y plata que pesaban más de

veinte mil marcos de plata fina, un millón y trescientos veintiséis mil

escudos de oro finísimo...». Después se lanzó sobre el Cuzco. Sus

soldados creían que estaban entrando en la Ciudad de los Césares,

tan deslumbrante era la capital del imperio incaico, pero no demoraron

en salir del estupor y se pusieron a saquear el Templo del Sol:

«Forcejeando, luchando entre ellos, cada cual procurando llevarse

del tesoro la parte del león, los soldados, con cota de malla, pisoteaban

joyas e imágenes, golpeaban los utensilios de oro o les daban

martillazos para reducirlos a un formato más fácil y manuable... Arrojaban

al crisol, para convertir el metal en barras, todo el tesoro del

templo: las placas que habían cubierto los muros, los asombrosos

árboles forjados, pájaros y otros objetos del jardín».

Hoy día, en el Zócalo, la inmensa plaza desnuda del centro de la

capital de México, la catedral católica se alza sobre las ruinas del

templo más importante de Tenochtitlán, y el palacio de gobierno está

emplazado sobre la residencia de Cuauhtémoc, el jefe azteca ahorcado

por Cortés. Tenochtitlán fue arrasada. El Cuzco corrió, en el Perú,

suerte semejante, pero los conquistadores no pudieron abatir del

todo sus muros gigantescos y hoy puede verse, al pie de los edificios

coloniales, el testimonio de piedra de la colosal arquitectura incaica.

viernes, 16 de julio de 2021

“Retornaban los dioses con las armas secretas” de Eduardo Galeano

 

A su paso por Tenerife, durante su primer viaje, había presenciado

Colón una formidable erupción volcánica. Fue como un presagio de

todo lo que vendría después en las inmensas tierras nuevas que iban

a interrumpir la ruta occidental hacia el Asia. América estaba allí,

adivinada desde sus costas infinitas; la conquista se extendió, en oleadas,

como una marea furiosa. Los adelantados sucedían a los almirantes

y las tripulaciones se convertían en huestes invasoras. Las bulas

del Papa habían hecho apostólica concesión del África a la corona

de Portugal, y a la corona de Castilla habían otorgado las tierras

«desconocidas como las hasta aquí descubiertas por vuestros enviados

y las que se han de descubrir en lo futuro...»: América había sido

donada a la reina Isabel. En 1508, una nueva bula concedió a la corona

española, a perpetuidad, todos los diezmos recaudados en América:

el codiciado patronato universal sobre la Iglesia del Nuevo Mundo

incluía el derecho de presentación real de todos los beneficios

eclesiásticos8.

El Tratado de Tordesillas, suscrito en 1494, permitió a Portugal

ocupar territorios americanos más allá de la línea divisoria trazada

por el Papa, y en 1530 Martim Alfonso de Sousa fundó las primeras

poblaciones portuguesas en Brasil, expulsando a los franceses. Ya para

entonces los españoles, atravesando selvas infernales y desiertos infinitos,

habían avanzado mucho en el proceso de la exploración y la

conquista. En 1513, el Pacífico resplandecía ante los ojos de Vasco

Núñez de Balboa; en el otoño de 1522, retornaban a España los sobrevivientes

de la expedición de Hernando de Magallanes que habían

unido por vez primera ambos océanos y habían verificado que el

mundo era redondo al darle la vuelta completa; tres años antes hablan

partido de la isla de Cuba, en dirección a México, las diez naves

de Hernán Cortés, y en 1523 Pedro de Alvarado se lanzó a la conquista

de Centroamérica; Francisco Pizarro entró triunfante en el

Cuzco, en 1533, apoderándose del corazón del imperio de los incas;

en 1540, Pedro de Valdivia atravesaba el desierto de Atacama y fundaba

Santiago de Chile. Los conquistadores penetraban el Chaco y revelaban el Nuevo Mundo desde el Perú hasta las bocas del río más

caudaloso del planeta.

Había de todo entre los indígenas de América: astrónomos y caníbales,

ingenieros y salvajes de la Edad de Piedra. Pero ninguna de

las culturas nativas conocía el hierro ni el arado, ni el vidrio ni la

pólvora, ni empleaba la rueda. La civilización que se abatió sobre

estas tierras desde el otro lado del mar vivía la explosión creadora del

Renacimiento: América aparecía como una invención más, incorporada

junto con la pólvora, la imprenta, el papel y la brújula al bullente

nacimiento de la Edad Moderna. El desnivel de desarrollo de ambos

mundos explica en gran medida la relativa facilidad con que sucumbieron

las civilizaciones nativas. Hernán Cortés desembarcó en

Veracruz acompañado por no más de cien marineros y 508 soldados;

traía 16 caballos, 32 ballestas, diez cañones de bronce y algunos

arcabuces, mosquetes y pistolones. Y sin embargo, la capital de los

aztecas, Tenochtitlán, era por entonces cinco veces mayor que Madrid

y duplicaba la población de Sevilla, la mayor de las ciudades

españolas. Francisco Pizarro entró en Cajamarca con 180 soldados y

37 caballos.

Los indígenas fueron, al principio, derrotados por el asombro. El

emperador Moctezuma recibió, en su palacio, las primeras noticias:

un cerro grande andaba moviéndose por el mar. Otros mensajeros

llegaron después: «...mucho espanto le causó el oír cómo estalla el

cañón, cómo retumba su estrépito, y cómo se desmaya uno; se le

aturden a uno los oídos. Y cuando cae el tiro, una como bola de piedra

sale de sus entrañas: va lloviendo fuego...». Los extranjeros traían

«venados» que los soportaban «tan alto como los techos». Por todas

partes venían envueltos sus cuerpos, «solamente aparecen sus caras.

Son blancas, son como si fueran de cal. Tienen el cabello amarillo,

aunque algunos lo tienen negro. Larga su barba es ...»9. Moctezuma

creyó que era el dios Quetzalcóatl quien volvía. Ocho presagios habían

anunciado, poco antes, su retorno. Los cazadores le habían traído

un ave que tenía en la cabeza una diadema redonda con la forma

de un espejo, donde se reflejaba el cielo con el sol hacia el poniente.

En ese espejo Moctezuma vio marchar sobre México los escuadrones de los guerreros. El dios Quetzalcóatl había venido por el este y

por el este se había ido: era blanco y barbudo. También blanco y

barbudo era Huiracocha, el dios bisexual de los incas. Y el oriente era

la cuna de los antepasados heroicos de los mayas10.

Los dioses vengativos que ahora regresaban para saldar cuentas

con sus pueblos traían armaduras y cotas de malla, lustrosos caparazones

que devolvían los dardos y las piedras; sus armas despedían

rayos mortíferos y oscurecían la atmósfera con humos irrespirables.

Los conquistadores practicaban también, con habilidad política, la

técnica de la traición y la intriga. Supieron explotar, por ejemplo, el

rencor de los pueblos sometidos al dominio imperial de los aztecas y

las divisiones que desgarraban el poder de los incas. Los tlaxcaltecas

fueron aliados de Cortés, y Pizarro usó en su provecho la guerra

entre los herederos del imperio incaico, Huáscar y Atahualpa, los

hermanos enemigos. Los conquistadores ganaron cómplices entre

las castas dominantes intermedias, sacerdotes, funcionarios, militares,

una vez abatidas, por el crimen, las jefaturas indígenas más altas.

Pero además usaron otras armas o, si se prefiere, otros factores trabajaron

objetivamente por la victoria de los invasores. Los caballos y

las bacterias, por ejemplo.

Los caballos habían sido, como los camellos, originarios de América11,

pero se habían extinguido en estas tierras. Introducidos en

Europa por los jinetes árabes, habían prestado en el Viejo Mundo una

inmensa utilidad militar y económica. Cuando reaparecieron en América

a través de la conquista, contribuyeron a dar fuerzas mágicas a

los invasores ante los ojos atónitos de los indígenas. Según una versión,

cuando el inca Atahualpa vio llegar a los primeros soldados

españoles, montados en briosos caballos ornamentados con cascabeles

y penachos, que corrían desencadenando truenos y polvaredas

con sus cascos veloces, se cayó de espaldas12. El cacique Tecum, al frente de los herederos de los mayas, descabezó con su lanza el caballo

de Pedro de Alvarado, convencido de que formaba parte del conquistador:

Alvarado se levantó y lo mató13. Contados caballos, cubiertos

con arreos de guerra, dispersaban las masas indígenas y sembraban

el terror y la muerte. «Los curas y misioneros esparcieron

ante la fantasía vernácula», durante el proceso colonizador, «que los

caballos eran de origen sagrado, ya que Santiago, el Patrón de España,

montaba en un potro blanco, que había ganado valiosas batallas

contra los moros y judíos, con ayuda de la Divina Providencia»14.

Las bacterias y los virus fueron los aliados más eficaces. Los europeos

traían consigo, como plagas bíblicas, la viruela y el tétanos, varias

enfermedades pulmonares, intestinales y venéreas, el tracoma, el

tifus, la lepra, la fiebre amarilla, las caries que pudrían las bocas. La

viruela fue la primera en aparecer. ¿No sería un castigo sobrenatural

aquella epidemia desconocida y repugnante que encendía la fiebre y

descomponía las carnes? «Ya se fueron a meter en Tlaxcala. Entonces

se difundió la epidemia: tos, granos ardientes, que queman», dice un

testimonio indígena, y otro: «A muchos dio muerte la pegajosa,

apelmazada, dura enfermedad de granos»15. Los indios morían como

moscas; sus organismos no oponían defensas ante las enfermedades

nuevas. Y los que sobrevivían quedaban debilitados e inútiles. El

antropólogo brasileño Darcy Ribeiro estima16 que más de la mitad de

la población aborigen de América, Australia y las islas oceánicas murió

contaminada luego del primer contacto con los hombres blancos.

 

8 Guillermo Vázquez Franco, La conquista justificada, Montevideo, 1968, y J.

H. Elliott, op. cit.

9 Según los informantes indígenas de fray Bernardino de Sahagún, en el Códice

Florentino. Miguel León-Portilla, Visión de los vencidos, México, 1967.

10 Estas asombrosas coincidencias han estimulado la hipótesis de que los dioses

de las religiones indígenas habían sido en realidad europeos llegados a

estas tierras mucho antes que Colón. Rafael Pineda Yáñez, La isla y Colón,

Buenos Aires, 1955.

11 Jacquetta Hawkes, Prehistoria, en la Historia de la Humanidad, de la UNESCO,

Buenos Aires, 1966.

12 Miguel León-Portilla, El reverso de la conquista. Relaciones aztecas, Mayas e

Incas, México, 1964.

 


sábado, 5 de junio de 2021

“Las trampas del tiempo” de Eduardo Galeano

 

Sentada de cuclillas en la cama, ella lo miró largamente, le recorrió  el cuerpo desnudo de la cabeza a los pies, como estudiándole las pecas y los poros, y dijo:

-Lo único que te cambiaría es el domicilio.

Y desde entonces vivieron juntos, fueron juntos, y se divertían  peleando por el diario a la hora del desayuno, y cocinaban inventando y dormían anudados.

Ahora este hombre, mutilado de ella, quisiera recordarla como era.

Como era cualquiera de las que ella era, cada una con su propia gracia y poderío, porque esa mujer tenía la asombrosa costumbre de nacer con frecuencia.

Pero no. La memoria se niega. La memoria no quiere devolverle nada más que ese cuerpo helado donde ella no estaba, ese cuerpo vacío de las muchas mujeres que fue.


domingo, 16 de mayo de 2021

"Las venas abiertas de América Latina" de Eduardo Galeano

 

PRIMERA PARTE LA POBREZA DEL HOMBRE COMO RESULTADO DE LA RIQUEZA DE LA TIERRA

EL SIGNO DE LA CRUZ EN LAS EMPUÑADURAS DE LAS ESPADAS

Cuando Cristóbal Colón se lanzó a atravesar los grandes espacios

vacíos al oeste de la Ecúmene, había aceptado el desafío de las leyendas.

Tempestades terribles jugarían con sus naves, como si fueran

cáscaras de nuez, y las arrojarían a las bocas de los monstruos; la gran

serpiente de los mares tenebrosos, hambrienta de carne humana,

estaría al acecho. Sólo faltaban mil años para que los fuegos

purificadores del Juicio Final arrasaran el mundo, según creían los

hombres del siglo xv, y el mundo era entonces el mar Mediterráneo

con sus costas de ambigua proyección hacia el África y Oriente. Los

navegantes portugueses aseguraban que el viento del oeste traía cadáveres

extraños y a veces arrastraba leños curiosamente tallados,

pero nadie sospechaba que el mundo sería, pronto, asombrosamente

multiplicado.

América no sólo carecía de nombre. Los noruegos no sabían que

la habían descubierto hacía largo tiempo, y el propio Colón murió,

después de sus viajes, todavía convencido de que había llegado al Asia

por la espalda. En 1492, cuando la bota española se clavó por primera

vez en las arenas de las Bahamas, el Almirante creyó que estas islas

eran una avanzada del Japón. Colón llevaba consigo un ejemplar del

libro de Marco Polo, cubierto de anotaciones en los márgenes de las

páginas. Los habitantes de Cipango, decía Marco Polo, «poseen oro

en enorme abundancia y las minas donde lo encuentran no se agotan

jamás... También hay en esta isla perlas del más puro oriente en gran

cantidad. Son rosadas, redondas y de gran tamaño y sobrepasan en

valor a las perlas blancas». La riqueza de Cipango había llegado a

oídos del Gran Khan Kublai, había despertado en su pecho el deseo

de conquistarla: él había fracasado. De las fulgurantes páginas de

Marco Polo se echaban al vuelo todos los bienes de la creación; había

casi trece mil islas en el mar de la India con montañas de oro y perlas,

y doce clases de especias en cantidades inmensas, además de la pimienta

blanca y negra. La pimienta, el jengibre, el clavo de olor, la

nuez moscada y la canela eran tan codiciados como la sal para conservar

la carne en invierno sin que se pudriera ni perdiera sabor. Los

Reyes Católicos de España decidieron financiar la aventura del acceso

directo a las fuentes, para liberarse de la onerosa cadena de intermediarios

y revendedores que acaparaban el comercio de las especias

y las plantas tropicales, las muselinas y las armas blancas que

provenían de las misteriosas regiones del oriente. El afán de metales

preciosos, medio de pago para el tráfico comercial, impulsó también

la travesía de los mares malditos. Europa entera necesitaba plata; ya

casi estaban exhaustos los filones de Bohemia, Sajonia y el Tirol.

España vivía el tiempo de la reconquista. 1492 no fue sólo el año del

descubrimiento de América, el nuevo mundo nacido de aquella equivocación

de consecuencias grandiosas. Fue también el año de la recuperación

de Granada. Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, que

habían superado con su matrimonio el desgarramiento de sus dominios,

abatieron a comienzos de 1492 el último reducto de la religión

musulmana en suelo español. Había costado casi ocho siglos recobrar

lo que se había perdido en siete años1, y la guerra de reconquista había

agotado el tesoro real. Pero ésta era una guerra santa, la guerra cristiana

contra el Islam, y no es casual, además, que en ese mismo año 1492,

ciento cincuenta mil judíos declarados fueran expulsados del país. España

adquiría realidad como nación alzando espadas cuyas empuñaduras

dibujaban el signo de la cruz. La reina Isabel se hizo madrina de

la Santa Inquisición. La hazaña del descubrimiento de América no

podría explicarse sin la tradición militar de guerra de cruzadas que

imperaba en la Castilla medieval, y la Iglesia no se hizo rogar para dar

carácter sagrado a la conquista de las tierras incógnitas del otro lado

del mar. El papa Alejandro VI, que era valenciano, convirtió a la reina

Isabel en dueña y señora del Nuevo Mundo. La expansión del reino de

Castilla ampliaba el reino de Dios sobre la tierra.

Tres años después del descubrimiento, Cristóbal Colón dirigió en

persona la campaña militar contra los indígenas de la Dominicana.

Un puñado de caballeros, doscientos infantes y unos cuantos perros

especialmente adiestrados para el ataque diezmaron a los indios. Más

de quinientos, enviados a España, fueron vendidos como esclavos en

Sevilla y murieron miserablemente2. Pero algunos teólogos protestaron

y la esclavización de los indios fue formalmente prohibida al

nacer el siglo XVI. En realidad, no fue prohibida sino bendita: antes de

cada entrada militar, los capitanes de conquista debían leer a los indios,

ante escribano público, un extenso y retórico Requerimiento que

los exhortaba a convertirse a la santa fe católica: «Si no lo hiciéreis, o

en ello dilación maliciosamente pusiéreis, certifícoos que con la ayuda

de Dios yo entraré poderosamente contra vosotros y vos haré

guerra por todas las partes y manera que yo pudiere, y os sujetaré al

yugo y obediencia de la Iglesia y de Su Majestad y tomaré vuestras

mujeres y hijos y los haré esclavos, y como tales los venderé, y dispondré

de ellos como Su Majestad mandare, y os tomaré vuestros

bienes y os haré todos los males y daños que pudiere...»3.

América era el vasto imperio del Diablo, de redención imposible

o dudosa, pero la fanática misión contra la herejía de los nativos se

confundía con la fiebre que desataba, en las huestes de la conquista,

el brillo de los tesoros del Nuevo Mundo. Bernal Díaz del Castillo,

soldado de Hernán Cortés en la conquista de México, escribe que

han llegado a América «por servir a Dios y a Su Majestad y también

por haber riquezas».

Colón quedó deslumbrado, cuando alcanzó el atolón de San Salvador,

por la colorida transparencia del Caribe, el paisaje verde, la

dulzura y la limpieza del aire, los pájaros espléndidos y los mancebos

«de buena estatura, gente muy hermosa» y «harto mansa» que allí

habitaba. Regaló a los indígenas «unos bonetes colorados y unas cuentas

de vidrio que se ponían al pescuezo, y otras cosas muchas de poco

valor con que hubieron mucho placer y quedaron tanto nuestros que

era maravilla». Les mostró las espadas. Ellos no las conocían, las tomaban

por el filo, se cortaban. Mientras tanto, cuenta el Almirante en su

diario de navegación, «yo estaba atento y trabajaba de saber si había

oro, y vide que algunos de ellos traían un pedazuelo colgando en un 

agujero que tenían a la nariz, y por señas pude entender que yendo al

Sur o volviendo la isla por el Sur, que estaba allí un Rey que tenía

grandes vasos dello, y tenía muy mucho». Porque «del oro se hace

tesoro, y con él quien lo tiene hace cuanto quiere en el mundo y llega a

que echa las ánimas al Paraíso». En su tercer viaje Colón seguía creyendo

que andaba por el mar de la China cuando entró en las costas de

Venezuela; ello no le impidió informar que desde allí se extendía una

tierra infinita que subía hacia el Paraíso Terrenal. También Américo

Vespucio, explorador del litoral de Brasil mientras nacía el siglo XVI,

relataría a Lorenzo de Médicis: «Los árboles son de tanta belleza y

tanta blandura que nos sentíamos estar en el Paraíso Terrenal...»4. Con

despecho escribía Colón a los reyes, desde Jamaica, en 1503: «Cuando

yo descubrí las Indias, dije que eran el mayor señorío rico que hay en el

mundo. Yo dije del oro, perlas, piedras preciosas, especierías...».

Una sola bolsa de pimienta valía, en el medievo, más que la vida de

un hombre, pero el oro y la plata eran las llaves que el Renacimiento

empleaba para abrir las puertas del Paraíso en el cielo y las puertas del

mercantilismo capitalista en la tierra. La epopeya de los españoles y

los portugueses en América combinó la propagación de la fe cristiana

con la usurpación y el saqueo de las riquezas nativas. El poder

europeo se extendía para abrazar el mundo. Las tierras vírgenes,

densas de selvas y de peligros, encendían la codicia de los capitanes,

los hidalgos caballeros y los soldados en harapos lanzados a la conquista

de los espectaculares botines de guerra: creían en la gloria, «el

sol de los muertos», y en la audacia. «A los osados ayuda fortuna»,

decía Cortés. El propio Cortés había hipotecado todos sus bienes

personales para equipar la expedición a México. Salvo contadas excepciones

como fue el caso de Colón o Magallanes, las aventuras no

eran costeadas por el Estado, sino por los conquistadores mismos, o

por los mercaderes y banqueros que los financiaban5.

Nació el mito de Eldorado, el monarca bañado en oro que los

indígenas inventaron para alejar a los intrusos: desde Gonzalo Pizarro

hasta Walter Raleigh, muchos lo persiguieron en vano por las

selvas y las aguas del Amazonas y el Orinoco. El espejismo del «cerro

que manaba plata» se hizo realidad en 1545, con el descubrimiento

de Potosí, pero antes habían muerto, vencidos por el hambre y por la

enfermedad o atravesados a flechazos por los indígenas, muchos de

los expedicionarios que intentaron, infructuosamente, dar alcance al

manantial de la plata remontando el río Paraná.

Había, sí, oro y plata en grandes cantidades, acumulados en la

meseta de México y en el altiplano andino. Hernán Cortés reveló para

España, en 1519, la fabulosa magnitud del tesoro azteca de

Moctezuma, y quince años después llegó a Sevilla el gigantesco rescate,

un aposento lleno de oro y dos de plata, que Francisco Pizarro

hizo pagar al inca Atahualpa antes de estrangularlo. Años antes, con

el oro arrancado de las Antillas había pagado la Corona los servicios

de los marinos que habían acompañado a Colón en su primer viaje6.

Finalmente, la población de las islas del Caribe dejó de pagar tributos,

porque desapareció: los indígenas fueron completamente exterminados

en los lavaderos de oro, en la terrible tarea de revolver las

arenas auríferas con el cuerpo a medias sumergido en el agua, o

roturando los campos hasta más allá de la extenuación, con la espalda

doblada sobre los pesados instrumentos de labranza traídos desde

España. Muchos indígenas de la Dominicana se anticipaban al destino

impuesto por sus nuevos opresores blancos: mataban a sus hijos y

se suicidaban en masa. El cronista oficial Fernández de Oviedo interpretaba

así, a mediados del siglo XVI, el holocausto de los antillanos:

«Muchos de ellos, por su pasatiempo, se mataron con ponzoña por no

trabajar, y otros se ahorcaron por sus manos propias»7. 


1 J. H. Elliott, La España imperial, Barcelona, 1965.

2 L. Capitán y Henri Lorin, El trabajo en América, antes y después de Colón,

Buenos Aires, 1948.

3 Daniel Vidart, Ideología y realidad de América, Montevideo, 1968.

4 Luis Nicolau D’Olwer, Cronistas de las culturas precolombinas, México, 1963.

El abogado Antonio de León Pinelo dedicó dos tomos enteros a demostrar

que el Edén estaba en América. En El Paraíso en el Nuevo Mundo (Madrid,

1656), incluyó un mapa de América del Sur en el que puede verse, al centro,

el jardín del Edén regado por el Amazonas, el Río de la Plata, el Orinoco y el

Magdalena. El fruto prohibido era el plátano. El mapa indicaba el lugar

exacto de donde había partido el Arca de Noé, cuando el Diluvio Universal.

5 J. M. Ots Capdequí, El Estado español en las Indias, México, 1941.

6 Earl J. Hamilton, American Treasure and the Price Revolution in Spain (1501-

1650), Massachusetts, 1934.

7 Gonzalo Fernández de Oviedo, Historia general y natural de las Indias, Madrid,

1959. La interpretación hizo escuela. Me asombra leer, en el último

libro del técnico francés René Dumont, Cuba, est-il socialiste?, París, 1970:

«Los indios no fueron totalmente exterminados. Sus genes subsisten en los

cromosomas cubanos. Ellos sentían una tal aversión por la tensión que exige

el trabajo continuo, que algunos se suicidaron antes que aceptar el trabajo

forzado...».


domingo, 25 de abril de 2021

"LAS VENAS ABIERTAS DE AMÉRICA LATINA" de Eduardo Galeano

 CIENTO VEINTE MILLONES DE NIÑOS EN EL CENTRO DE LA TORMENTA


La división internacional del trabajo consiste en que unos países se

especializan en ganar y otros en perder. Nuestra comarca del mundo,

que hoy llamamos América Latina, fue precoz: se especializó en perder

desde los remotos tiempos en que los europeos del Renacimiento

se abalanzaron a través del mar y le hundieron los dientes en la garganta.

Pasaron los siglos y América Latina perfeccionó sus funciones.

Éste ya no es el reino de las maravillas donde la realidad derrotaba a la

fábula y la imaginación era humillada por los trofeos de la conquista,

los yacimientos de oro y las montañas de plata. Pero la región sigue

trabajando de sirvienta. Continúa existiendo al servicio de las necesidades

ajenas, como fuente y reserva del petróleo y el hierro, el cobre

y la carne, las frutas y el café, las materias primas y los alimentos con

destino a los países ricos que ganan, consumiéndolos, mucho más de

lo que América Latina gana produciéndolos. Son mucho más altos

los impuestos que cobran los compradores que los precios que reciben

los vendedores; y al fin y al cabo, como declaró en julio de 1968

Covey T. Oliver, coordinador de la Alianza para el Progreso, «hablar

de precios justos en la actualidad es un concepto medieval. Estamos

en plena época de la libre comercialización...».

Cuanta más libertad se otorga a los negocios, más cárceles se

hace necesario construir para quienes padecen los negocios. Nuestros

sistemas de inquisidores y verdugos no sólo funcionan para el

mercado externo dominante; proporcionan también caudalosos manantiales

de ganancias que fluyen de los empréstitos y las inversiones

extranjeras en los mercados internos dominados. «Se ha oído hablar

de concesiones hechas por América Latina al capital extranjero, pero no de concesiones hechas por los Estados Unidos al capital de otros

países... Es que nosotros no damos concesiones», advertía, allá por

1913, el presidente norteamericano Woodrow Wilson. Él estaba seguro:

«Un país –decía– es poseído y dominado por el capital que en él

se haya invertido». Y tenía razón. Por el camino hasta perdimos el

derecho de llamarnos americanos, aunque los haitianos y los cubanos

ya habían asomado a la historia, como pueblos nuevos, un siglo antes

de que los peregrinos del Mayflower se establecieran en las costas de

Plymouth. Ahora América es, para el mundo, nada más que los Estados

Unidos: nosotros habitamos, a lo sumo, una sub América, una

América de segunda clase, de nebulosa identificación.

Es América Latina, la región de las venas abiertas. Desde el descubrimiento

hasta nuestros días, todo se ha trasmutado siempre en

capital europeo o, más tarde, norteamericano, y como tal se ha acumulado

y se acumula en los lejanos centros de poder. Todo: la tierra,

sus frutos y sus profundidades ricas en minerales, los hombres y su

capacidad de trabajo y de consumo, los recursos naturales y los recursos

humanos. El modo de producción y la estructura de clases de

cada lugar han sido sucesivamente determinados, desde fuera, por su

incorporación al engranaje universal del capitalismo. A cada cual se

le ha asignado una función, siempre en beneficio del desarrollo de la

metrópoli extranjera de turno, y se ha hecho infinita la cadena de las

dependencias sucesivas, que tiene mucho más de dos eslabones, y

que por cierto también comprende, dentro de América Latina, la

opresión de los países pequeños por sus vecinos mayores y, fronteras

adentro de cada país, la explotación que las grandes ciudades y los

puertos ejercen sobre sus fuentes internas de víveres y mano de obra.

(Hace cuatro siglos, ya habían nacido dieciséis de las veinte ciudades

latinoamericanas más pobladas de la actualidad.)

Para quienes conciben la historia como una competencia, el atraso

y la miseria de América Latina no son otra cosa que el resultado de

su fracaso. Perdimos; otros ganaron. Pero ocurre que quienes ganaron,

ganaron gracias a que nosotros perdimos: la historia del subdesarrollo

de América Latina integra, como se ha dicho, la historia del

desarrollo del capitalismo mundial. Nuestra derrota estuvo siempre

implícita en la victoria ajena; nuestra riqueza ha generado siempre nuestra

pobreza para alimentar la prosperidad de otros: los imperios y sus caporales

nativos. En la alquimia colonial y neocolonial, el oro se transfigura en chatarra, y los alimentos se convierten en veneno. Potosí, Zacatecas y

Ouro Preto cayeron en picada desde la cumbre de los esplendores de

los metales preciosos al profundo agujero de los socavones vacíos, y

la ruina fue el destino de la pampa chilena del salitre y de la selva

amazónica del caucho; el nordeste azucarero de Brasil, los bosques

argentinos del quebracho o ciertos pueblos petroleros del lago de

Maracaibo tienen dolorosas razones para creer en la mortalidad de

las fortunas que la naturaleza otorga y el imperialismo usurpa. La

lluvia que irriga a los centros del poder imperialista ahoga los vastos

suburbios del sistema. Del mismo modo, y simétricamente, el bienestar

de nuestras clases dominantes –dominantes hacia dentro, dominadas

desde fuera– es la maldición de nuestras multitudes condenadas a una

vida de bestias de carga.

La brecha se extiende. Hacia mediados del siglo anterior, el nivel

de vida de los países ricos del mundo excedía en un cincuenta por

ciento el nivel de los países pobres. El desarrollo desarrolla la desigualdad:

Richard Nixon anunció, en abril de 1969, en su discurso

ante la OEA, que a fines del siglo veinte el ingreso per cápita en

Estados Unidos será quince veces más alto que el ingreso en América

Latina. La fuerza del conjunto del sistema imperialista descansa en la

necesaria desigualdad de las partes que lo forman, y esa desigualdad

asume magnitudes cada vez más dramáticas. Los países opresores se

hacen cada vez más ricos en términos absolutos, pero mucho más en

términos relativos, por el dinamismo de la disparidad creciente. El

capitalismo central puede darse el lujo de crear y creer sus propios

mitos de opulencia, pero los mitos no se comen, y bien lo saben los

países pobres que constituyen el vasto capitalismo periférico. El ingreso

promedio de un ciudadano norteamericano es siete veces mayor

que el de un latinoamericano y aumenta a un ritmo diez veces

más intenso. Y los promedios engañan, por los insondables abismos

que se abren, al sur del río Bravo, entre los muchos pobres y los pocos

ricos de la región. En la cúspide, en efecto, seis millones de latinoamericanos

acaparan, según las Naciones Unidas, el mismo ingreso

que ciento cuarenta millones de personas ubicadas en la base de la

pirámide social. Hay sesenta millones de campesinos cuya fortuna

asciende a veinticinco centavos de dólar por día; en el otro extremo

los proxenetas de la desdicha se dan el lujo de acumular cinco mil

millones de dólares en sus cuentas privadas de Suiza o Estados Unidos, y derrochan en la ostentación y el lujo estéril –ofensa y desafío–

y en las inversiones improductivas, que constituyen nada menos que

la mitad de la inversión total, los capitales que América Latina podría

destinar a la reposición, ampliación y creación de fuentes de producción

y de trabajo. Incorporadas desde siempre a la constelación del

poder imperialista, nuestras clases dominantes no tienen el menor

interés en averiguar si el patriotismo podría resultar más rentable que

la traición o si la mendicidad es la única forma posible de la política

internacional. Se hipoteca la soberanía porque «no hay otro camino»;

las coartadas de la oligarquía confunden interesadamente la impotencia

de una clase social con el presunto vacío de destino de cada

nación.

Josué de Castro declara: «Yo, que he recibido un premio internacional

de la paz, pienso que, infelizmente, no hay otra solución que la

violencia para América Latina». Ciento veinte millones de niños se

agitan en el centro de esta tormenta. La población de América Latina

crece como ninguna otra; en medio siglo se triplicó con creces. Cada

minuto muere un niño de enfermedad o de hambre, pero en el año

2000 habrá seiscientos cincuenta millones de latinoamericanos, y la

mitad tendrá menos de quince años de edad: una bomba de tiempo.

Entre los doscientos ochenta millones de latinoamericanos hay, a fines

de 1970, cincuenta millones de desocupados o subocupados y cerca

de cien millones de analfabetos; la mitad de los latinoamericanos vive

apiñada en viviendas insalubres. Los tres mayores mercados de América

Latina –Argentina, Brasil y México– no alcanzan a igualar, sumados,

la capacidad de consumo de Francia o de Alemania occidental,

aunque la población reunida de nuestros tres grandes excede largamente

a la de cualquier país europeo. América Latina produce hoy día,

en relación con la población, menos alimentos que antes de la última

guerra mundial, y sus exportaciones per cápita han disminuido tres

veces, a precios constantes, desde la víspera de la crisis de 1929.

El sistema es muy racional desde el punto de vista de sus dueños

extranjeros y de nuestra burguesía de comisionistas, que ha vendido

el alma al Diablo a un precio que hubiera avergonzado a Fausto. Pero

el sistema es tan irracional para todos los demás, que cuanto más se

desarrolla más agudiza sus desequilibrios y sus tensiones, sus contradicciones

ardientes. Hasta la industrialización, dependiente y tardía,

que cómodamente coexiste con el latifundio y las estructuras de la desigualdad, contribuye a sembrar la desocupación en vez de ayudar

a resolverla; se extiende la pobreza y se concentra la riqueza en esta

región que cuenta con inmensas legiones de brazos caídos que se

multiplican sin descanso. Nuevas fábricas se instalan en los polos

privilegiados de desarrollo –San Pablo, Buenos Aires, Ciudad de

México– pero menos mano de obra se necesita cada vez.

El sistema no ha previsto esta pequeña molestia: lo que sobra es

gente. Y la gente se reproduce. Se hace el amor con entusiasmo y sin

precauciones. Cada vez queda más gente a la vera del camino, sin

trabajo en el campo, donde el latifundio reina con sus gigantescos

eriales, y sin trabajo en la ciudad, donde reinan las máquinas: el sistema

vomita hombres. Las misiones norteamericanas esterilizan masivamente

mujeres y siembran píldoras, diafragmas, espirales, preservativos

y almanaques marcados, pero cosechan niños; porfiadamente,

los niños latinoamericanos continúan naciendo, reivindicando su derecho

natural a obtener un sitio bajo el sol en estas tierras espléndidas

que podrían brindar a todos lo que a casi todos niegan.

A principios de noviembre de 1968, Richard Nixon comprobó en

voz alta que la Alianza para el Progreso había cumplido siete años de

vida y, sin embargo, se habían agravado la desnutrición y la escasez

de alimentos en América Latina. Pocos meses antes, en abril, George

W. Ball escribía en Life: «Por lo menos durante las próximas décadas,

el descontento de las naciones más pobres no significará una amenaza

de destrucción del mundo. Por vergonzoso que sea, el mundo ha

vivido, durante generaciones, dos tercios pobre y un tercio rico. Por

injusto que sea, es limitado el poder de los países pobres». Ball había

encabezado la delegación de los Estados Unidos a la Primera Conferencia

de Comercio y Desarrollo en Ginebra, y había votado contra

nueve de los doce principios generales aprobados por la conferencia

con el fin de aliviar las desventajas de los países subdesarrollados en el

comercio internacional.

Son secretas las matanzas de la miseria en América Latina; cada

año estallan, silenciosamente, sin estrépito alguno, tres bombas de

Hiroshima sobre estos pueblos que tienen la costumbre de sufrir con

los dientes apretados. Esta violencia sistemática, no aparente pero

real, va en aumento: sus crímenes no se difunden en la crónica roja,

sino en las estadísticas de la FAO. Ball dice que la impunidad es todavía

posible, porque los pobres no pueden desencadenar la guerra mundial, pero el Imperio se preocupa: incapaz de multiplicar los panes,

hace lo posible por suprimir a los comensales. «Combata la pobreza,

¡mate a un mendigo!», garabateó un maestro del humor negro

sobre un muro de la ciudad de La Paz. ¿Qué se proponen los

herederos de Malthus sino matar a todos los próximos mendigos

antes de que nazcan? Robert McNamara, el presidente del Banco

Mundial que había sido presidente de la Ford y secretario de Defensa,

afirma que la explosión demográfica constituye el mayor obstáculo

para el progreso de América Latina y anuncia que el Banco Mundial

otorgará prioridad, en sus préstamos, a los países que apliquen planes

para el control de la natalidad. McNamara comprueba con lástima

que los cerebros de los pobres piensan un veinticinco por ciento

menos, y los tecnócratas del Banco Mundial (que ya nacieron) hacen

zumbar las computadoras y generan complicadísimos trabalenguas

sobre las ventajas de no nacer: «Si un país en desarrollo que tiene una

renta media per cápita de 150 a 200 dólares anuales logra reducir su

fertilidad en un 50 por ciento en un período de 25 años, al cabo de 30

años su renta per cápita será superior por lo menos en un 40 por

ciento al nivel que hubiera alcanzado de lo contrario, y dos veces más

elevada al cabo de 60 años», asegura uno de los documentos del

organismo. Se ha hecho célebre la frase de Lyndon Johnson: «Cinco

dólares invertidos contra el crecimiento de la población son más eficaces

que cien dólares invertidos en el crecimiento económico».

Dwight Eisenhower pronosticó que si los habitantes de la tierra seguían

multiplicándose al mismo ritmo no sólo se agudizaría el peligro

de la revolución, sino que además se produciría «una degradación del

nivel de vida de todos los pueblos, el nuestro inclusive».

Los Estados Unidos no sufren, fronteras adentro, el problema de

la explosión de la natalidad, pero se preocupan como nadie por difundir

e imponer, en los cuatro puntos cardinales, la planificación

familiar. No sólo el gobierno; también Rockefeller y la Fundación

Ford padecen pesadillas con millones de niños que avanzan, como

langostas, desde los horizontes del Tercer Mundo. Platón y Aristóteles

se habían ocupado del tema antes que Malthus y McNamara; sin

embargo, en nuestros tiempos, toda esta ofensiva universal cumple

una función bien definida: se propone justificar la muy desigual distribución

de la renta entre los países y entre las clases sociales, convencer

a los pobres de que la pobreza es el resultado de los hijos que no se evitan y poner un dique al avance de la furia de las masas en

movimiento y rebelión. Los dispositivos intrauterinos compiten con

las bombas y la metralla, en el sudeste asiático, en el esfuerzo por

detener el crecimiento de la población de Vietnam. En América Latina

resulta más higiénico y eficaz matar a los guerrilleros en los úteros que

en las sierras o en las calles. Diversas misiones norteamericanas han

esterilizado a millares de mujeres en la Amazonia, pese a que ésta es

la zona habitable más desierta del planeta. En la mayor parte de los

países latinoamericanos, la gente no sobra: falta. Brasil tiene 38 veces

menos habitantes por kilómetro cuadrado que Bélgica; Paraguay, 49

veces menos que Inglaterra; Perú, 32 veces menos que Japón. Haití y

El Salvador, hormigueros humanos de América Latina, tienen una

densidad de población menor que la de Italia. Los pretextos invocados

ofenden la inteligencia; las intenciones reales encienden la indignación.

Al fin y al cabo, no menos de la mitad de los territorios de

Bolivia, Brasil, Chile, Ecuador, Paraguay y Venezuela está habitada por

nadie. Ninguna población latinoamericana crece menos que la del

Uruguay, país de viejos, y sin embargo ninguna otra nación ha sido

tan castigada, en los años recientes, por una crisis que parece arrastrarla

al último círculo de los infiernos. Uruguay está vacío y sus

praderas fértiles podrían dar de comer a una población infinitamente

mayor que la que hoy padece, sobre su suelo, tantas penurias.

Hace más de un siglo, un canciller de Guatemala había sentenciado

proféticamente: «Sería curioso que del seno mismo de los Estados

Unidos, de donde nos viene el mal, naciese también el remedio».

Muerta y enterrada la Alianza para el Progreso, el Imperio propone

ahora, con más pánico que generosidad, resolver los problemas de

América Latina eliminando de antemano a los latinoamericanos. En

Washington tienen ya motivos para sospechar que los pueblos pobres

no prefieren ser pobres. Pero no se puede querer el fin sin querer

los medios: quienes niegan la liberación de América Latina, niegan

también nuestro único renacimiento posible, y de paso absuelven a

las estructuras en vigencia. Los jóvenes se multiplican, se levantan,

escuchan: ¿qué les ofrece la voz del sistema? El sistema habla un

lenguaje surrealista: propone evitar los nacimientos en estas tierras

vacías; opina que faltan capitales en países donde los capitales sobran

pero se desperdician; denomina ayuda a la ortopedia deformante de

los empréstitos y al drenaje de riquezas que las inversiones extranjeras provocan; convoca a los latifundistas a realizar la reforma agraria

y a la oligarquía a poner en práctica la justicia social. La lucha de

clases no existe –se decreta– más que por culpa de los agentes foráneos

que la encienden, pero en cambio existen las clases sociales, y a la

opresión de unas por otras se la denomina el estilo occidental de vida.

Las expediciones criminales de los marines tienen por objeto restablecer

el orden y la paz social, y las dictaduras adictas a Washington

fundan en las cárceles el estado de derecho y prohíben las huelgas y

aniquilan los sindicatos para proteger la libertad de trabajo.

¿Tenemos todo prohibido, salvo cruzarnos de brazos? La pobreza

no está escrita en los astros; el subdesarrollo no es el fruto de un

oscuro designio de Dios. Corren años de revolución, tiempos de redención.

Las clases dominantes ponen las barbas en remojo, y a la vez

anuncian el infierno para todos. En cierto modo, la derecha tiene

razón cuando se identifica a sí misma con la tranquilidad y el orden:

es el orden, en efecto, de la cotidiana humillación de las mayorías,

pero orden al fin: la tranquilidad de que la injusticia siga siendo injusta

y el hambre hambrienta. Si el futuro se transforma en una caja de

sorpresas, el conservador grita, con toda razón: «Me han traicionado

». Y los ideólogos de la impotencia, los esclavos que se miran a sí

mismos con los ojos del amo, no demoran en hacer escuchar sus

clamores. El águila de bronce del Maine, derribada el día de la victoria

de la revolución cubana, yace ahora abandonada, con las alas rotas,

bajo un portal del barrio viejo de La Habana. Desde Cuba en adelante,

también otros países han iniciado por distintas vías y con distintos

medios la experiencia del cambio: la perpetuación del actual orden de

cosas es la perpetuación del crimen.

Los fantasmas de todas las revoluciones estranguladas o traicionadas

a lo largo de la torturada historia latinoamericana se asoman

en las nuevas experiencias, así como los tiempos presentes habían

sido presentidos y engendrados por las contradicciones del pasado.

La historia es un profeta con la mirada vuelta hacia atrás: por lo que fue,

y contra lo que fue, anuncia lo que será. Por eso en este libro, que quiere

ofrecer una historia del saqueo y a la vez contar cómo funcionan los

mecanismos actuales del despojo, aparecen los conquistadores en las

carabelas y, cerca, los tecnócratas en los jets, Hernán Cortés y los

infantes de marina, los corregidores del reino y las misiones del Fondo

Monetario Internacional, los dividendos de los traficantes de esclavos y las ganancias de la General Motors. También los héroes derrotados

y las revoluciones de nuestros días, las infamias y las esperanzas

muertas y resurrectas: los sacrificios fecundos. Cuando

Alexander von Humboldt investigó las costumbres de los antiguos

habitantes indígenas de las mesetas de Bogotá, supo que los indios

llamaban quihica a las víctimas de las ceremonias rituales. Quihica

significaba puerta: la muerte de cada elegido abría un nuevo ciclo de

ciento ochenta y cinco lunas.