Quinquela Martín
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domingo, 8 de agosto de 2021

“Sur viejo” por Dalmiro Sáenz

 

Me lo contó una mujer en Comodoro Rivadavia. Sucedió hace mucho, antes aun de que surgiera aquella inesperada consecuencia de la espera de siglos que atraería a los hombres de lugares apartados para erigir las torres negras contra el cielo limpio. Sí, fue antes del petróleo; bastante antes; fue en la época aquella en que la soledad de estas tierras era empujada por el blanco vellón que un chico de tres años hubiera podido patear por el suelo y aun levantar sobre su cabeza y, sin embargo, con peso suficiente como para desarraigar definitivamente de algún lugar de Europa a los padres de ese chico, o como para desplazar el virginal, indefinido e injustificable desierto contra la cordillera y contra el mar, en un continuo trajinar de los seres gregarios cuyo balido impotente y desolado se perdería entre el viento de los cañadones y cuyas huellas definidas y trascendentales marcarían los sinuosos caminos hacia las aguadas y los dormideros. A unas treinta leguas de Comodoro Rivadavia vivió el hombre aquel, en un paraje denominado Pampa Fría, con la mujer aquella que había conocido en una de sus idas periódicas al pueblo, con sus dos caballos cargueros y sus innumerables perros y el escarceo casi elegante de su mula zaina, que él utilizaba de sillera por no haber podido enseñarle a cabrestear. La conoció ahí, contra la puerta de esa casa, en aquella calle que más tarde se llamaría San Martín, y por la cual él marcharía tres o cuatro veces por año a buscar su bolsa de fariña, o de yerba, y la provisión de víveres y vicios, y más adelante harina y hasta azúcar y, por último, un día a la mujer aquella que, después de aquel breve trocar de miradas y tal vez algún ceremonioso estrechar de manos, iniciaría esa especie de idilio, acuerdo, o simple afinidad, que haría a los vecinos de Comodoro Rivadavia levantar la vista una mañana y contemplar la desaliñada figura del “búlgaro” en su mula zaina, rodeado por sus perros, con sus caballos cargueros aplastados de bolsas y maletas y, encima de ellos, a la mujer tomando rumbo hacia el oeste. Vivieron allí en la “Pampa Fría” esas dos personas, luchando siempre contra los elementos fuertes, cocinando la misma comida y lavando a veces la misma ropa gruesa, saliendo juntos a caballo a repuntar la majada o a tirar leña, o a limpiar aguadas, notándose sólo la diferencia de sexos en las abrigadas noches sobre los cueros tendidos en el piso de la cocina, con los ásperos camisones que ambos usaban, y las caricias torpes y primitivas que coronaban a veces los fatigosos días mientras todavía duraban las brasas en el brasero de lata y afuera los perros junto a los recados toreaban a la noche. Y las mañanas aquellas en que el mate caliente, sostenido entre los dedos sucios y la bombilla plateada y dos veces soldada, era desplazado de uno hacia otro durante la larga y silenciosa hora en que esperaban el amanecer, sentados en los toscos banquitos de madera que por fin él abandonaría para salir de la cocina, insensible al frío en su saco de cuero, sintiendo el crujir de la helada bajo sus alpargatas deformes, llevando la cabezada con el freno brillante, sostenida en el brazo izquierdo, balanceando su cuerpo en la misma forma como lo habría hecho seguramente su padre, y tal vez su abuelo, con el balde de leche o el farol pesado, en las mañanas brumosas de su lejana e irrecordada Bulgaria. Y después, él volviendo hacia la cocina ahora sin la cabezada, a buscar el rebenque, y volviendo a salir, mientras ella, inclinada sobre una lata, vaciaba el mate de yerba vieja, sin percibirse de parte de él ni de ella la menor palabra o gesto que denotara una despedida, una señal, un algo que indicara la separación por cuatro, cinco o seis horas, de aquellas dos personas unidas por esa fuerza, a veces superior al amor o a la amistad, que consiste en la identificación, el reflejo, cómoda adaptabilidad o simple y desesperada unión de subsistencia. Él volvía pasado el medio día preguntando entonces: –¿Pusiste el asado? –Sí. De nuevo los mates, uno tras otro, en el silencio descansado interrumpido por alguna frase. –¿Te aguantó el “Corbata”? –Tuvo que traerlo por delante, se cansó aguada Sauce. –Sí, es muy cachorro, el perro ese se te va a morir algún día. –Yo conozco, yo también ser chico, yo también correr, yo nunca morirme. De nuevo el silencio, mientras seguían los mates y él sacaba la asadera del horno y daba vuelta la carne. –¿Vas a trabajar hoy en el pozo? –Sí, trabajar pozo. El pozo aquel había sido iniciado años atrás en la durísima arcilla de detrás de la casa, en una tozuda, cerrada e implacable intentona de encontrar agua, desde el día en que vio en ese lugar unas plantitas de junquillo, y cuyas consecuencias fueron meses y meses de agotadores golpes de piqueta y de improductivos movimientos de pala; y más adelante, ayudado por su mujer y la yegua mansa, que él había hecho caballa y después de pecho, en interminables viajes de roldana hasta llegar a una profundidad de veinte metros sin que la menor muestra de agua, o siquiera de humedad, coronasen sus esfuerzos. –Vas a tener que hacerte ayudar, si no no vas a terminar nunca. –Semana que viene venir don Couyido a ayudar pozo. Así fue en efecto; ocho días más tarde, entre el furioso torear de los perros, se lo vio venir al chileno Couyido, dibujado apenas en la lontananza ventosa, identificado por los galgos barcinos, el cojudo moro y la manta castilla recortada contra el cielo. Desmontó, entonces, con la coordinada serie de movimientos de su pesada agilidad, saludó al “búlgaro” con un “buenas” parsimonioso, mientras ajustaba el gruesísimo cabestro a la mata de molle junto a la entrada, y su paso oscilante y pendular parecía buscar apoyo en el gastado rebenque que colgaba de su muñeca, mientras el opaco tintineo de su única espuela se aplastaba en el polvo de la entrada de la cocina. Le dio la mano a la mujer con el brazo rígido y los dedos duros y la mirada desviada con respetuosa inclinación bajo la visera grasienta de su gorra inglesa. Fueron días de duro trabajo, los dos hombres dentro del pozo, y la mujer con la yegua mansa, haciendo interminables viajes de roldana y vaciando luego el balde de la amarillenta arcilla, con la compleja cantidad de parcos movimientos y un número de palabras seguramente menor a las que pudiesen contarse con los dedos de una mano, y los sonidos secos de tierra y de distancia que desde el fondo del pozo indicaban el rítmico desplazar de la pala y la aguda penetración de la piqueta, que se detendrían de tanto en tanto, mientras el chillido de la rueda de la roldana indicaba el parsimonioso alejar de la yegua y la lenta subida del balde contra el circular, intenso y nitidísimo azul, que los bordes del pozo recortaban contra el cielo. Y al terminar el lento, improductivo y penoso trabajo diario, ataban las herramientas a los costados del balde, que subía entonces para ser desenganchado por la mujer, que bajaba después la soga por donde subiría primero el chileno, y después el búlgaro, sudorosos y sucios para ir a lavarse a la cocina, mientras ella desensillaba la yegua y entraba en la casa a esperar su turno, junto a la palangana enlozada y la toalla amarilla. Se lavaba ella las manos y los antebrazos, y también la cara, terminando la operación con una humedecida de su cabeza fuerte, echándola hacia atrás y pasándose las manos por el pelo áspero, en una forma masculina y perentoria, mientras sus facciones duras se reflejaban en el pedazo de espejo que colgaba de un clavo, al lado de la jabonera vacía y el almanaque viejo con la mujer sonriente, en la desolada y sucia pared de la cocina. Y ahora, el diálogo pesado y sin motivo, como complemento del mate, con las palabras apenas necesarias para expresar una idea que giraría seguramente alrededor de animales, o cosas, o de hechos concretos y pasados, de fácil y cómoda exposición, y luego los silencios llenos de vacíos pensamientos, mientras las miradas opacas de cansancio y las caras brillantes de trabajo, en la inmóvil tensión de esas sencillísimas vidas, se aflojaban de tanto en tanto ante la suave contemplación de las brasas de la cocina, o de los breves juegos y movimientos de la gata negra junto al sucio cajoncito de Cooper debajo de la mesa. Vivieron las tres personas aquellas durante varios días, siempre juntas, comiendo, trabajando y descansando juntas, y hasta durmiendo también en el mismo piso de la cocina abrigada, levantándose antes del amanecer, y sólo separándose cuando el “búlgaro” salía a buscar capones para carnear, o a picar leña, quedándose entonces la mujer con el chileno Couyido en su silenciosa y compartida sociabilidad, cambiándose a veces una que otra mirada en una audaz, atrevida y casi curiosa incursión a través de las barreras delimitadas por la diferencia de sexos. Una vez se quedaron los dos mirándose sobre la mesa donde ella preparaba la masa de las tortas, solazándose ambos en aquel tosco, elemental y primario flirteo, que continuó después varias veces, durante esos días y días subsiguientes hasta que una tarde, aprovechando la ausencia momentánea del “búlgaro” él la abrazó contra la pared de la cocina, en una simple e inconfundible manifestación de sentimientos que ella contestó con un leve movimiento de su mano hacia la cara del hombre, como una especie de tenue caricia, o casi curiosa constatación; y luego se besaron ásperamente para separarse en seguida, y luego volver a besarse, con la torpe vehemencia de su inexperta, pero no inocente, novedad. El le dijo esa vez: –¿Querís venirte conmigo? –¿Adónde? –Tengo mil pesos en el tirador, los gané en la señalada de los “Menucos”. –¿Y el “búlgaro”? –Dejámelo a mí. –¿Qué vas hacer? –Ya lo tengo pensado; mañana después de doce cuando terminemos el trabajo, atamos las herramientas al balde y vos lo subís. Después bajás la soga y subo yo primero como siempre. Después no bajamos más la soga y nos vamos. Total aquí no pasa nunca nadie. Se va a quedar sequito ahí en el fondo, y si alguien lo encuentra alguna vez va a creer que fue un accidente. –No, no puedo hacer eso; si es un hombre muy bueno. –¿Te querís quedar toda la vida acá con el “búlgaro” ese? –No, eso tampoco. –Y bueno, entonces algo hay que hacer. –Y sí, algo hay que hacer. Llegó más tarde el “búlgaro” con el montón de leña que acababa de cortar, que tiró en un cajón mientras decía: –Don Couyido, le voy dejar pangaré de nochero para que mañana temprano usted carnear. –Está bien. –Por el cerrito bayo va a encontrar capones. Tenga cuidado perros; yo andar poniendo veneno. –¿Mucho zorro este año? –Sí, bastante. –¿Cuántos cueros tiene ya? –Diez y nueve. –Está bueno. Y esa mañana siguiente cuando, antes del amanecer, salió Couyido con el cuello de su poncho levantado, recortándose momentáneamente en la puerta de la cocina, y cuando el crujir de sus pasos por la helada se fue perdiendo en la madrugada oscura, el “búlgaro” se sentó bruscamente y sacudió a la mujer. –Despertá, despertá. –¿Qué? ¿Qué hay? ¿Qué pasa? –Tiene como mil pesos en tirador. –¿Quién? ¿Qué te pasa? ¿Qué decís? –Don Couyido tiene como mil pesos en tirador. –¿Y de hay? –Más tarde dejamos en pozo. Vos subís primero herramientas; después yo esta vez subir primero y él quedar dentro. Nosotros guardar mil pesos. –Pero ¿cómo vamos a hacer eso? –Con mil pesos poblar campo en otro lado con buen agua, si no quedarnos toda vida en este lugar. Algo hay que hacer. –Y sí, algo hay que hacer. Fue esa tarde entonces que reanudaron su tarea los tres miembros de aquel doble complot, cuya culminación definitiva dependería de la mujer cuyos pasos, seguros y breves junto a la yegua mansa, iban dejando en la arena del suelo las huellas de alpargatas y herraduras que, en su continuo ir y venir, se confundían superpuestas, mientras los hombres, ahí abajo, inclinados con sus herramientas, sin mirarse siquiera, trabajando ambos, no ahora en la búsqueda del agua lejana, sino en el aumento de unos pocos centímetros de esa tumba donde moriría de hambre y de sed el dueño de lo que cada uno codiciaba, sin odio, sin desesperación, sin pasión de lujuria o de codicia, sino con el simple principio de tomar lo necesario, con la tremenda lógica que el desierto imponía, y cuyas consecuencias, vistas, suavizadas y casi perdonadas ahora a través del tiempo y la distancia nos hacen comprender la fuerza aquella que permitió a la Nación Argentina colonizar, poblar, e incluso civilizar, esa inmensa extensión llamada Patagonia. Y llegó la hora de terminar el trabajo; llenaron por última vez el balde de arcilla amarillenta, y ataron la pala y la piqueta a la misma soga, que subió despacio hasta la negra roldana, y se quedó muy quieta, allí junto al cielo. Y los hombres miraron arriba, y esperaron  y esperaron. Y después los pasos de la yegua mansa. Y después el silencio de la tierra sola.

viernes, 31 de julio de 2020

"Los nueve minutos de Claudia" de Dalmiro Sáenz


Esa mujer —la que bajó del ómnibus después del último de los pasajeros, cuando los ociosos de la ciudad-pueblo creíamos que ya no bajaría nadie más— se llamaba Claudia.
No la voy a describir, porque casi ni la vimos durante los contados segundos que tardó en cruzar la calle en dirección al hotel, pero tampoco importa mucho, porque ésta no es su historia, ni tampoco es la de Crespo, el comprador de caballos, ni tampoco es la nuestra, sino que es la historia de una fracción de tiempo, de aquella fuerza indetenible e incontrolable, que podremos medir mecánicamente con el aparato prolijo y cromado, que marcará las unidades de medida, de aquello que precisamente no tiene medida y aseguramos su medición con los movimientos rítmicos y concentrados del pulgar y del índice sobre la cuerda del reloj, sentados en el borde de la cama, con el pijama azul o el de las rayas verticales, o incluso podemos archivar o despreciar, con un descuidado movimiento de mano, arrancando la hoja vieja del almanaque familiar sobre la pared de la cocina, o también desafiar parcialmente con el heroico esperar de los santos o la tenacidad valerosa del ateo, pero nunca dejar de pertenecer a él, ni que él nos pertenezca, porque es parte y esencia de nosotros mismos, porque toda nuestra persona está formada por ese borbotón de momentos, por ese tropel de instantes, cuyos orígenes están en el Verbo mismo, y cuyo final quizá sabremos en el instante aquel del principio y fin de la vida.
La miramos bajar del ómnibus, desde la vereda de enfrente, apoyadas nuestras espaldas y uno de nuestros pies en la pared asoleada y blanca, junto a la caterva aquella bulliciosa y activa y ferozmente infantil de diarieros y lustrabotas, y uno o dos perros dormidos en su alerta descuido sobre la vereda de baldosas tibias, en aquel fresco octubre de año pasado.
Algunos de ustedes recordarán a Crespo, el extraño individuo aquel que llegó a la ciudad-pueblo hacía más de cuarenta años, en un caballo chileno de magnífica boca y marca desconocida y sin ningún papel que acreditase su propiedad, y un bulto chico en la cintura, en donde asomaba a veces la culata, pequeña, femenina, atildada, de un treinta y dos corto, de cachas de nácar, de caño absurdamente recortado, en un país donde el calibre treinta y ocho entraba ya con fuerza avasalladora para convertirse prácticamente en arma nacional, y un tirador de carpincho con bordes de charol y hebilla entrerriana, y ese gesto en la cara del que nunca ha mandado, a pesar de haber nacido para ello, y que impresionó enormemente al gerente de La Anónima, a través del mostrador de la caja, en la que pidió fiado para víveres y vicios por un año, sin otra garantía que esa violencia innata que rodeaba a su persona, que no abandonó, ni siquiera un año más tarde, cuando el mismo gerente le dio a su hija en matrimonio, con las mismas dudas e incertidumbres como cuando le otorgara su primer crédito, pero al mismo tiempo, con cierta secreta, paterna, comercial e intuitiva esperanza en la bondad de su elección.
Y la chica aquella, cuya frágil e indomable femineidad dejaría de verse tras los vidrios empañados de la casa materna, para aparecer ahora entre un marco de voiles nuevos y una escasa fila de flores en el interior de la ventana de su casa propia, y tanto ella como las flores, y también las Cortines de voile, separadas por el vidrio de la nieve, del frío, de la hosca naturaleza patagónica, viviendo una vida falsa y artificial en medio del calor producido por la salamandra inglesa, y ese halo de comida, naftalina, tabaco o talco o de humana presencia, de todo aquello que representa, o por lo menos acompaña, la vida familiar; aunque en este caso el cincuenta por ciento de esta familia se encontraba a muchos días de marcha, enhorquetado en el caballo chileno de magnífica boca trayendo enormes yeguadas de la cordillera a Comodoro —viajes que repetiría una y otra vez durante el transcurso de esos primeros años—, mientras ella seguía tras los vidrios de la ventana, en un principio esperando verlo llegar, y más adelante cerciorándose que no volvería, como efectivamente sucedió, cuando en la caja de La Anónima pagó él hasta el último centavo de su deuda, comprendiéndose entonces que lo que quedaba tras los vidrios y la escasa fila de flores y las cortinas de voile, no eran otra cosa que la prenda, garantía, base de aquella respetabilidad que Crespo necesitó para iniciar su fortuna, y que ahora devolvía, no ya de frágil e indomable femineidad, sino con la férrea y endurecida virginidad frustrada y ese leve matiz de orgullo y belleza que deja el odio originado por la esperanza del amor.
Ella murió años después, o simplemente dejó de existir entre un continuo trajinar de familiares oscuros alrededor del médico impotente y un cuchicheo de frases lapidarias y condenatorias como: “el sinvergüenza la mató” o “la pobrecita murió de pena”, entre suspiros y llantos, un mariposeo de murmullos infructuosos y el solemne dolor de la gente simple ante la sencillez de la muerte.
La fortuna de Crespo aumentaba años a año, tenía el prestigio que da el dinero y la envergadura suficiente como para mantenerlo; poco a poco sus viajes a la cordillera se fueron espaciando, y pronto las riendas trabajadas y el caballo grueso dejaron de ocupar su lugar habitual en la férrea, cobriza y traspirada mano que ahora apretaba a veces el volante del coche y, años más tarde, el cubilete de dados o las cartas francesas en interminables noches de pocker en el club social.
Y fue la ciudad entonces la que lo transformó, la ciudad-pueblo aquella, con sus calles horribles y sus veredas ausentes, y los pedazos de cielo recortados por las feísimas casas, y todo aquel confort, real o imaginario; y pronto la frente aquella, arrugada de escrutar el horizonte y medir la lejanía en las extensiones inmensas de sus viajes, suavizó sus líneas ante la contemplación ambigua del sifón de soda, la botella de vermouth o de fernet, y la breve apretada cintura, ceñida bajo el tirador de carpincho, aumentó considerablemente de tamaño, y su misma voz, enronquecida de tierra y de distancia sobre las ancas redondas de sus tropas, se tornó pausada y discreta, con una intensidad apenas suficiente como para llamar al mozo pidiendo otro café o para decir “paso” en la mesa de juego, o simplemente para gruñir una afirmación o negativa en las discusiones de negocios o en el mostrador del Banco.
Bueno, estábamos con él, ese día, con Crespo y algunos otros y, como decía, la vimos cruzar la calle, pero no supimos quién era hasta unos días más tarde, mirando el libro de registro del Hotel Colón, en que figuraba Claudia, con un apellido extranjero como Holtz o Haltz; pero para nosotros fue simplemente Claudia, como si fuera una prostituta, o una modista, o una santa, o cualquiera de esas personas que pierden inexplicablemente su apellido por el elemental hecho de que un conjunto de sílabas son pronunciadas por un gran número de personas, y éstas con cierta dependencia de todas hacia ella, como una jerarquización de lo simple, de lo sencillo, como la aceptación del hombre en considerar, como máximo título, su título de hombre, instituido por Aquél, que después mandaría a su Hijo a restaurar esta jerarquización con el simplísimo hecho terminado, con primaria violencia, sobre aquellas maderas cruzadas, y empezando, treinta y cuatro años antes, cuando la más pura de las mujeres aceptó la Pureza misma, y la hizo carne de su carne al pronunciar el elemental, sempiterno, y sublime fiat en ese polvoriento atardecer en las colinas de Nazareth.
Hablamos de Claudia ese día; hablamos un rato, con esa sabia noción de las mujeres que tienen los hombres que han vivido lejos de ellas, sin ser influenciados por ese falso matiz de femineidad que adquieren éstas en ese perentorio intercambio de intimidades; porque nadie entiende más a las mujeres que los maricas, o los sacerdotes, o los teóricos individuos de los pueblos chicos que para poseer una mujer pagan sus servicios en algún rancho, o en un prostíbulo, o en el Registro Civil, quedando saldada entonces esa parte preamorosa en que los hombres y las mujeres se miran mutuamente como en un espejo, pensando en el efecto que cada uno de ellos causa en la otra persona, sin tener tiempo entonces de dedicarse más que a la fascinante tarea de apreciarse a uno mismo.
No sé quién hizo el primer comentario, habrá sido Santander supongo, o algún otro.
—Es la del otro día, che, se llama Claudia, vieron.
Estábamos sentados, recuerdo, en una de las mesas del bar del hotel; creo que fue Crespo el que dijo:
—No está mal.
—¿Qué estará haciendo? —dijo alguien.
—Irá de viaje; seguramente vendrá a pasar días en alguna estancia.
—No, a las mujeres cuando van al campo no les alcanza con una sola valija; llevan toda su ropa de ciudad, más la ropa de campo, más un montón de ropa vieja por lo que pudiera pasar.
—Sí —dijo Crespo—. Esta mujer viene por negocios, ha decidido su viaje a último momento, seguramente es demasiado impaciente para escuchar los consejos de su abogado y ha venido a cerciorarse ella misma de cómo andan sus cosas.
Tal vez esté en pleito con alguien, no hay nada más incompatible que una mujer y la justicia, y a pesar de eso las mujeres creen en la justicia, se olvidan que las madres de los jueces han sido mujeres.
—No —dije yo—, la Claudia esa no va a ningún lado; seguramente viene de algún lado, se está alejando de algo, un hombre seguramente. Las mujeres saben manejar las distancias, casi diría que es el arma que utilizan con más eficiencia.
Seguimos hablando un rato; recuerdo que nos habíamos sentado a las doce porque recién empezaba el noticioso. En eso Crespo golpeó en la mesa y dijo:
—¡Mi avión!
Me fijé en la hora; eran las doce y nueve minutos.
—Maldita sea la Claudia ésta, ¡me ha hecho perder mi avión! ¿Me lleva, che? Si se ha retrasado en salir puede ser que lo alcance.
—Bueno, vamos; mi coche está afuera.
Cuando llegamos al aeródromo el avión todavía estaba, pero habían cerrado la puerta y sacado la escalera. Crespo se acercó corriendo, agitando el talonario del pasaje, pero ya los motores estaban en marcha y todo fue inútil.
Subió lentamente, con su rugir constante y la metálica y aplomada firmeza con que el hombre desafía las más primaria de las leyes naturales, y en el cielo muy azul lo vimos empequeñecerse de lejanía, hasta el momento aquel de la explosión terrible. Algunos de ustedes seguramente se acordarán del accidente en que murieron los treinta y nueve pasajeros y los dos pilotos.
Crespo, a mi lado, con el pasaje estrujado en su mano quieta, miraba el punto aquel en el firmamento inmenso, en donde ya la elemental simpleza del infinito celeste ocupaba el lugar de lo que ya había sido, de lo que ya había pasado, y lo oí entonces murmurar aquello de:
—¡Dios, carajo, Dios!
Lo dijo paladeando las palabras, con una especie de unción caballeresca, como alguien que acepta, o reconoce, o simplemente observa la acción de alguien que hasta ese momento no había considerado, y me dijo:
—Vamos, quiere, che.
No habló durante el viaje de vuelta; lo dejé en su casa y quedó en comer conmigo esa noche en el hotel.
Murió esa tarde aplastado por un camión arenero en la calle Belgrano antes de llegar a Ameghino, a la vuelta de la iglesia, y a dos cuadras de lo de Lola, su querida; murió en el acto, con la cara hundida en el suelo duro y los brazos abiertos, como abrazando la tierra que había sostenido su humana presencia durante de más de sesenta años, y que él abandonaba ahora, cinco horas más tarde de lo que acaso debió haber sido el momento de sus muerte.
Nunca supe más nada de Claudia; quizá ella lea alguna vez estas líneas y se entere entonces que prolongó durante cinco horas la vida de un hombre. Lo que probablemente nunca habrá es lo que hizo este hombre durante esas cinco horas. ¿Quién sabe qué importancia tuvieron para Crespo esos nueve minutos que Claudia Holtz robó de su tiempo? ¿Quién sabe qué importancia tuvieron para nosotros, los ociosos de la ciudad-pueblo, esos nueve minutos que también Claudia despojó de nuestras vidas? ¿Y para usted lector, cuya mano lejana y desconocida sostiene este libro, y que ha dedicado también unos nueve minutos para leer este relato? Nueve minutos de su vida limitada. Nueve minutos de su eternidad inmensa.

Dalmiro Sáenz (1926 – 2016), escritor argentino.