Quinquela Martín
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viernes, 13 de noviembre de 2020

“Indianápolis” de Susana De Divitiis

 

La oficina de Correo estaba aún llena de gente. En la ventanilla de Franqueos, Raúl Sosa miró de soslayo el reloj de pared. Lo hacía todas las tardes 15 minutos antes del cierre. Pequeño, menudo, ojos huidizos y piel blanca casi lampiña. Tenía cara de niño viejo.

Era viernes, acababa de cobrar su sueldo y sentía que sería un día muy especial. Había recortado, hacía más de un mes, un aviso del diario: “Las aventuras más increíbles, aquellas que todos sueñan y pocos pueden realizar, están hoy a su alcance en Virtual Reality Center”.

Comenzaban los fríos de invierno y el ambo gris, lustroso de uso y plancha, no abrigaba lo suficiente. Tal vez por eso tiritaba mientras esperaba el colectivo. Jamás viajaba en subte por la endiablada  combinación de avalanchas, encierro y oscuridad.

El Virtual Reality Center ocupaba el primer piso de un moderno edificio.

Desdibujado en la amplia sala de espera, Raúl Sosa miró atentamente folletos que explicaban los distintos programas. Le costaba decidir entre la carrera de autos en Indianápolis y la hermosa modelo negra, luminosa y sensual.

Eligió el primero y postergó el segundo. En materia sexual su cuerpo estaba acostumbrado a postergaciones. Había empezado tarde porque no se animaba ni sabía cómo abordar a una mujer y además tenía miedo al contagio. Ni siquiera le había sido posible acceder a esos breves espacios de amor alquilado.

Hubiera seguido en su virginidad sin gloria de no haber sido por Mario, su compañero de trabajo, que lo convenció de ver a Ely. Ella tenía su propio departamento y trabajaba con pulcritud e higiene. Pasados los cuarenta canalizaba sus instintos maternales iniciando a jovencitos novatos e inhibidos.

Después de meses de cavilación Raúl Sosa hizo su debut.

Terminó tan rápido que de esa primera vez sólo le quedaron como recuerdo los pechos generosos de Ely, la temperatura de sus brazos y el tono condescendiente y cariñoso de su voz, tranquilizándolo.

Desde entonces se veían una vez por mes. Ely mantuvo siempre la misma preocupación cariñosa y el mismo empeño en enseñarle, a pesar del ritmo de infradotado hormonal de su cliente. No sabía qué aspecto de él la enternecía más, si su fragilidad, su piel de bebé o ese mirar asustado y triste, como si hubiera sido arrojado a este mundo por equivocación. O tal vez el orgullo de experimentar, por primera vez, la tierna vanidad de ser la única mujer en la vida de un hombre.

Una vez por mes dos soledades desterradas encendían al amor una vela de dos centavos.

 

Raúl Sosa entra en la cabina, pequeña y oscura, totalmente aislada de los ruidos del exterior. Una gran pantalla de computadora ilumina la oscuridad y el silencio.

Se sienta en un sillón anatómico, reclinable y semi-suspendido por flejes y correas elásticas. Le acomodan los brazos y piernas en apoyos especiales y le colocan un casco con auriculares y visor. Todos sus receptores sensoriales recibirán solamente los estímulos emitidos por la computadora.

Está en un Alfa Romeo en la línea de largada de la carrera de Indianápolis. Siente la presión del casco y la del cinturón de seguridad, sus muslos sobre el asiento, sus pies afirmados en los pedales, las manos tensas sobre el volante. Lo pone en marcha, escucha el rugido poderoso de su motor en contrapunto con los resoplidos de los otros motores.

Bajan el banderín de largada, su cuerpo se expande hasta la carcasa del coche, se afirma en la aceleración y cobra una realidad inusual. Tiene la tensión máxima del arco antes de disparar la flecha. Por delante la pista, el desafío máximo. Sólo siente un impulso, avanzar, avanzar y pasar, uno a uno a sus competidores.

Debe calcular sus movimientos con precisión para evitar el coletazo. Le cuesta, siente miedo cuando está cerca del otro auto e instintivamente aprieta el freno También lo hace al aproximarse a una curva. Llega último. A pesar del fracaso le dura la excitación y ahora tiene un propósito en su vida sin luces: ganar la carrera de Indianápolis.

 

Al salir Raúl flotaba en medio de sombras. Corrientes era una pista en las nubes. El venía de un afanoso viaje.

Llegó finalmente a su casa. Era el tercer departamento en un largo pasillo. Allí había nacido, allí había muerto su padre, allí seguía viviendo con Marta, su madre. Ella lo observó preocupada.

Raúl dijo que estaba muy cansado y fue a su habitación. A oscuras, de espaldas en la cama, revivió una y otra vez la carrera. Siguió en carrera todo el sueño.

Cuando despertó necesitó un largo tiempo para reconocer el cuarto. Esperó impaciente el almuerzo. Comió apenas.

Marta lo observaba, más preocupada que la noche anterior.

−¿Qué película viste?

−No fui al cine −después de un breve silencio agregó, antes del porqué que se aproximaba− fui a caminar por Corrientes.

 −¿Pasó algo en el trabajo?

−Nada, igual que siempre.

Lo oprimió la ansiedad pegajosa de Marta y ese algo melancólico que impregnaba las paredes y los muebles.

−¿Vas a caminar otra vez?

− Sí, no sé a qué hora vuelvo.

 

Raúl Sosa espera impaciente la largada.

Como el día anterior siente la tensión de cada músculo de su cuerpo y la excitación de ganar, pero sabe que le llevará tiempo, le molesta no saber cuánto.

Se siente un poco más seguro y aprende a tomar las curvas para no disminuir tanto la velocidad, las amplias por el borde interno y las cerradas por el externo. Pero le cuesta perder el miedo al choque y pasar a los otros coches. Llega en el décimo lugar.

 

A la salida le molestó que Corrientes, como era sábado, estuviera llena de gente. Al cruzar lo sobresaltó el chirrido de una frenada y los insultos del automovilista.

Llegó de madrugada a su casa. No contestó las preguntas de Marta que lo esperaba despierta.

El domingo se levantó al mediodía. Almorzó en silencio, llevando automáticamente la comida a la boca. A veces las palabras de su madre, insistentes, ruidosas, le hacían levantar la vista, pero no lograba entenderlas, venían de muy lejos, de otro tiempo.

Pasó toda la tarde y hasta la medianoche en el Virtual Reality Center. En la última carrera llegó séptimo. No pudo saborear sus avances porque al día siguiente empezaba una semana monótona y gris, como todas las de su vida.

No había ido a lo de Ely, como hacía cada mes cuando cobraba el sueldo. No la extrañó, en realidad no se había acordado.

El lunes a la mañana, por primera vez en diez años, Marta tuvo que despertarlo y por primera vez llegó tarde a su trabajo.

A partir de las dos de la tarde, comenzó a mirar, insistente, el reloj de pared. Varias veces la gente se impacientó frente a la ventanilla por su lentitud e ineficiencia. Mario lo observaba callado.

Fue recuperando de a poco el ritmo, pero se dio cuenta por primera vez cuánto odiaba su trabajo.

Por las noches se dormía tarde y en los sueños lo despertaba a menudo el estruendo de un choque en la pista y los pedazos de la carrocería del Alfa Romeo volando en el aire.

 

La semana se le hizo interminable. El jueves a la salida del Correo fue al Once y compró a crédito una campera de cuero negra, un buzo también negro, un jean, zapatillas y medias deportivas. En las bolsas de compra, dejó como al descuido, su desgastada ropa formal.

Se cortó el cabello a la americana y más tarde compró un aro que se hizo colocar en la oreja izquierda.

Después de la cena contó el dinero que tenía y se dio cuenta de que no le alcanzaba para pagar las sesiones del Realty Virtual Center, por lo menos las que creía necesitar hasta ganar la carrera de Indianápolis.

Esperó que Marta cayera en un sueño profundo y sacó todo el dinero que ella había ahorrado, escondido como él sabía, en una media en el placard. No era suficiente. Lleno de rabia y ansiedad, no pudo dormir.

Al día siguiente, en la oficina, Mario trató de ocultar su preocupación.

−¡Qué pinta! ¿En qué andás, macho?

Raúl Sosa lo miró fijo y no contestó. No oyó las bromas de sus compañeros ni vio las miradas puestas en él.

En silencio y más tenso que nunca, miraba con insistencia el reloj de pared.

Con el pretexto de una dificultad en el arqueo de su caja se quedó después de hora, como había hecho otras veces, y tomó lo recaudado.

Se propuso concentrarse y adquirir la habilidad necesaria para ganar la carrera el domingo a más tardar. Ese viernes estuvo en el Virtual Reality Center hasta que cerraron. Llegó quinto.

Estaba tan cansado que todo daba vueltas alrededor y tomó un taxi pues ya no había colectivos, o no lograba encontrarlos.

Por suerte Marta se estaba acostumbrando a esas salidas extrañas de su hijo y no lo esperó despierta. Pero cuando él se levantó al mediodía y ella le vio las ojeras, no pudo contenerse y le preguntó:

–¿Hijo, que te está pasando?

–¡Mamá! –contestó él a gritos– ¿De qué tengo que darte explicaciones? ¿Querés que te diga si me encamé con una mina?

Se levantó tirando la silla. Marta quedó con la boca abierta como para decir algo pero enmudeció espantada. Él se bañó y salió con su nuevo look de motoquero.

 

Raúl Sosa se dispone para la largada. Se siente distinto, como si el haber podido gritar y acostumbrarse a esa ropa le infundiera la seguridad que nunca había tenido. Sabe que si no es ese día el próximo va a ganar. Sucesivamente en las carreras salió tercero, cuarto, tercero y en la última, segundo.

Hubiera querido seguir pero el Reality Center cerró y él salió con mucha bronca. Para calmarse fue a una confitería a tomar una cerveza pero le molestó que hubiera tanta gente.

Cuando llegó a su casa, el cuarto de la madre estaba cerrado. Él no supo que ella lo aguardaba despierta. Al otro día se levantó, como ya era habitual, al mediodía. Comieron en silencio. Marta esperaba una disculpa que no llegó. Fue a su cuarto a llorar y no salió hasta que oyó que cerraba la puerta. Siguió llorando en el living.

 

Al entrar al Reality Center, Raúl Sosa recuerda que es domingo y tiene que ganar.

Sale dos veces segundo y casi primero en la tercera carrera. Como la noche anterior, para recuperarse del estrés que lo está agobiando va a tomar una cerveza. Le gusta mirar la avenida. Repasa mentalmente las mínimas fallas que tuvo. Vuelve para jugar lo que está seguro que será la última carrera.

Al bajar el banderín de largada no se queda atrás, acelera y comienza a pasar coches. No tiene miedo al choque ni a nada. Está cuarto. En la recta lo inunda la embriaguez de la aceleración. Tercero. Ahora está sobre una curva cerrada, disminuye apenas la velocidad. Segundo. Acelera otra vez en la recta y aparece una curva abierta. Saborea la perfección de la maniobra, la excitación del riesgo y acelera a fondo. Adelante, la cinta de llegada.

La aclamación del público lo envuelve con repiqueteo de gloria.

 

Exhausto, en el suntuoso baño del Virtual Reality Center, debió sostenerse de los mármoles del lavatorio, había perdido la gravitación.

Pasada la medianoche, en el frío de ese domingo de junio, Corrientes estaba desierta. Cruzaba Montevideo cuando vio a un hombre bajando de un Volvo último modelo. Rápido y ágil se puso atrás y le apuntó con la mano en el bolsillo de la campera. Con voz grave y perentoria le ordenó:

−Dame las llaves y no te hagás el piola que te agujereo.

Aceleró con un chirrido agudo y casi se sube a la vereda de enfrente porque le costaba dominar el coche. No entendía por qué el motor no rugía y el auto funcionaba tan distinto al que él manejaba en el Reality Center. En zigzag tomó la Nueve de Julio cruzándose varias veces de mano. A esa hora había muy poco tránsito pero los bocinazos aturdían.

El sonido de la sirena de un patrullero se oía cada vez más cerca. Trató de acelerar más y perdió el control del coche. La policía lo alcanzó. Le gritaron que se detenga. Sin saber cómo, pudo aflojar el acelerador y frenar.

Cuando el agente le preguntó su nombre él se quedó mirándolo sin saber qué responder.

viernes, 23 de octubre de 2020

“Souffle de queso” de Susana De Divitiis

 

Estela entró corriendo al departamento, arrojó el portafolio sobre el sillón del living y fue al dormitorio para cambiarse. Último día de una semana de balance en la empresa y justamente tenía que ser esa noche la reunión en lo de Pablo y Marisa. No tenía deseos de ir pero Marisa era su mejor amiga, o la única, tal vez, y estaba inaugurando su casa nueva.

Antes de que sus amigas se casaran solían encontrarse con frecuencia, pero desde que comenzaron a nacer los hijos y ella a escalar más alto en su trabajo y viajar, las salidas fueron desapareciendo.

Esa tarde había tenido una discusión con uno de los jefes de sección que, como la mayoría, no se comprometía demasiado. Ella, por el contrario, con su eficiencia obsesiva había logrado ser el CEO de la empresa y responder con éxito a las presiones de los accionistas.

Definitivamente no estaba de ánimo y menos aun pensando en todos los críos que habría, con sus llantos, mocos y berrinches. Era la única soltera de ese grupo en expansión a través de nacimientos en cadena. Justamente, Pablo y Marisa habían tenido su tercer hijo.

Miró con desgano la ropa en el placard, pero recordó que Marisa, con voz misteriosa, le había dicho que se pusiera linda porque Pablo había invitado a la reunión a un nuevo amigo del trabajo para presentárselo.

Estela estaba cerca de los cuarenta y mantenía un físico llamativo. Alta y delgada se imponía ir todos los días al gimnasio antes del trabajo. El pelo color chocolate, que le llegaba a los hombros, tenía un lacio brillante, mantenido todos los sábados en la peluquería con un tratamiento especial. Se maquillaba con los mejores productos para disimular imperfecciones de la piel y hacer resaltar sus ojos oscuros. Se vestía a la moda pero con sobriedad.

Podría pensarse que tanta dedicación a su imagen tenía como única finalidad la conquista masculina. Aunque quería tener una pareja, no pensaba en convivencias ni en una familia. Le fastidiaban los chicos y no podía imaginarse cambiando pañales y limpiando mocos.

Tanta dedicación era parte de su perfeccionismo y de su necesidad de destacarse. Lo lograba con su figura, tanto en la calle como en las reuniones. Allí, además, brillaba por su conversación amena, con innumerables anécdotas de sus viajes por el mundo, a las que les agregaba el condimento de cierto exotismo. Lo hacía con tanta naturalidad que encantaba a la audiencia.

Así había triunfado en su carrera. De inteligencia rápida y aguda y presencia contundente, su habilidad en las negociaciones, en su país o en el extranjero, con sus pares o con empresarios renombrados, le permitía lograr lo que se proponía. Si a eso agregamos su capacidad para soportar horas intensas de trabajo, su exigencia y no tolerancia a los errores, y un manejo severo pero justo con sus empleados, se podría decir que había nacido para ser la CEO perfecta.

“¿Qué defectos ocultos tenés? No podés ser tan perfecta”, le preguntó una vez el gerente comercial. Ella le contestó rápidamente que no sabría decirle cuáles, pero se quedó pensando que si los tenía le gustaría conocerlos para corregirlos.

 

A pesar del cansancio llegó espléndida a la reunión. Todos la miraron, los hombres por admiración, las mujeres para descubrir el secreto de su encanto.

Iván la miró sorprendido. Pablo le había dicho que le iba a presentar a una mujer muy interesante pero no imaginó que lo fuera tanto. No debía ser ella, pensó, pero confirmó que sí cuando su amigo los sentó juntos.

Él era gerente de Recursos Humanos y trabajaba en la misma empresa que Pablo. Hacía un tiempo la mujer que estuvo viviendo con él más de dos años lo había dejado por un trabajo muy bien remunerado en Canadá. Le costó recuperarse. No había vuelto a tener pareja porque no le gustaba ir a boliches para conocer a alguien.

Estela había ido sin ninguna expectativa ya que el marido de Marisa no era su tipo de hombre e imaginó que el amigo tampoco lo sería. Pero cuando Pablo los presentó le llamó la atención la mirada de Iván, como si sonriera con los ojos. Sin darse cuenta le fue desapareciendo el cansancio ya que él lograba que la charla fuera espontánea, interesante y divertida. Fueron descubriendo gustos en común y una forma parecida de pensar

−Me dicen que soy demasiado perfeccionista –dijo Estela− pero necesito que las cosas funcionen.

–Ya me lo advirtieron −sonrió Iván− casi podría decirte que me alertaron. Yo también lo soy pero cuido de no perder de vista el todo por las partes, de no arruinar los buenos momentos −agregó mirándola a los ojos.

Estela se sonrojó. Quedaron en salir a cenar al día siguiente.

 

Estaba yendo Iván a buscarla cuando comenzó a diluviar y, como suele suceder, casi al mismo tiempo su coche se descompuso y no hubo forma de que volviera a andar.

La tardanza impacientó a Estela. “Es la primera salida y todo mal”, pensó, irritada. Cuanto más le agradaba un hombre peor salían las cosas. No sabía por qué siempre se arruinaban. Iván llegó empapado pero sonriente. Tímidamente le propuso pedir comida y cenar allí. Estaba a punto de decir que sí, ya que ella lo hacía todas las noches, pero pensó que era una oportunidad para demostrar su capacidad y eficiencia. Además, él se ofrecería a ayudarla y cocinar juntos crearía un clima relajado. Entonces aceptó que se quedaran con la condición de que ella prepararía la cena.

Mientras lo decía se acordó de que la heladera estaba casi vacía. Lo comprobó al abrirla y ver que sólo tenía unas zanahorias, un tomate grande, cuatro huevos, medio sachet de leche y queso rallado. Buscó en la alacena y lo que vio era aún más desalentador: sólo un poco de harina, un poco de azúcar y menos de medio paquete de fideos secos que no alcanzarían para los dos.

−¡Merd! −dijo en voz baja. Siempre le pareció más contundente en francés, “¿casualidad o esa causalidad negativa que siempre se me encadena una tras otra?”. Trató de desechar este pensamiento que la estaba irritando otra vez.

Podría haber optado por la solución más fácil: ensalada de tomate y zanahoria, y con los huevos haber hecho un omelette a la pimienta. Pero no sería suficiente comida. Así que decidió preparar otro menú, utilizando todo lo que tenía. Sería un desafío y un poner a prueba su capacidad creativa. A Iván le divirtió la idea y ofreció ayudarla.

−Mirá que soy una chef muy exigente.

−Yo hoy estoy a sus pies, madame −dijo él haciendo una reverencia.

“¿Me habrá oído? No importa”. En ese momento decidió el menú: zanahorias glaseadas y souflé de queso.

Rápidamente peló las zanahorias, le pidió a Iván que las cortase por la mitad y las puso a hervir en una olla pequeña para cocinarlas antes del glaseado. Luego, reunió los ingredientes para el souffle.

−¡Manteca! −esta vez gritó.

−¿Qué pasa?

−Si no tengo manteca no puedo hacer el souflé.

−¿No podés reemplazarla por aceite?

−No es lo mismo –contestó, mientras volvía a revisar la heladera−. Aquí encontré un pedacito, no alcanza para las dos cosas pero te hago caso, la voy a mezclar con aceite –le dio un beso en la mejilla y su mejor sonrisa −sos un asistente de lujo. ¿Sabés cocinar?

−Algo, por eso estoy admirado de tu sincronización. Sos la mejor exponente de que sólo las mujeres pueden hacer varias cosas al mismo tiempo.

“Ahora las cosas marchan bien”, se alegró Estela.

−Ya que algo sabés cocinar te digo cómo preparar las zanahorias cuando estén cocidas −dijo mientras le alcanzaba una sartén con un trozo mínimo de manteca y una cucharada de aceite.

En la cocina pequeña, una y otra vez las manos y los cuerpos se rozaban.

Ella comenzó a preparar una salsa blanca bien espesa para el souffle. Puso en una cacerola el resto de la manteca con una cucharada y media de aceite, y apenas se derritió le agregó la harina, revolviendo enérgicamente para que no se hicieran grumos, y luego la leche. Mientras terminaba la preparación con el agregado de las yemas y el queso, le encargó a Iván que batiera las claras a punto de nieve.

Rieron mucho porque él nunca las había hecho y apagó la batidora un par de veces antes de alcanzar el punto adecuado. Cuando lo logró quedó contemplando esa dureza blanca y esponjosa.

−¡Qué bueno! Realmente parece nieve. ¡Sos una genia en la cocina! No imaginaba que una ejecutiva brillante como vos pudiera ser una cocinera tan creativa −dijo riendo y acercándose a ella.

La besó y se dejaron llevar por la pasión. Apoyados en la mesada tiraron al piso la batidora con las claras a punto de nieve. Estela gritó:

−¡Las claras! −y se desprendió bruscamente del abrazo.

−No te desesperes, la batidora cayó parada pero no se rompió y las claras se salvaron, sólo un poco cayó al piso −dijo Iván sereno.

Le hizo una caricia y la besó en la mejilla. Estela volvió a sonreír. Agregó las claras a la preparación anterior en forma envolvente, acompañando el movimiento del brazo con el de sus caderas. Sabía que tenía un físico armonioso y que eran la zona más llamativa. Se rio y le hizo un guiño pícaro a Iván, que se había agachado para limpiar el piso. Él pudo apreciar sus curvas desde abajo, y luego recorrer las caderas con sus manos cuando la abrazó. Ella le sonrió pero siguió revolviendo. Empezaba a impacientarse pensando en que, si no ponía enseguida el suffle en el horno, no levantaría lo suficiente. Iván se dio cuenta.

−No hagas ese mohín de enojo, te voy conociendo. Terminá tranquila, mientras yo busco música para bailar ¿puedo?

La cocción en horno moderado llevaría un poco más de treinta minutos.

Él puso música, apagó las luces del living y encendió un velón que estaba sobre una mesa ratona.

−En media hora tengo que ver cómo va, ¿me hacés acordar? −dijo ella, apretándose al cuerpo de él.

Más que bailar se movían abrazados, besándose, sobre un pequeño rectángulo del piso. Se desnudaron sobre la alfombra. Fogosidad, ternura, torrente de pasión deteniendo el tiempo.

Estaban llegando al éxtasis cuando un humo áspero inundó el living. De un salto Estela se desprendió de los brazos de Iván y corrió a la cocina. Cuando abrió la puerta del horno los restos carbonizados del suffle aún humeaban.

Estela, temblando, el rostro desencajado gritó:

−Se arruinó.

Iván la contempló desolado. La sonrisa había desaparecido de sus ojos.

−Se arruinó −repitió como un eco inaudible.

Para cuando Estela se calmó Iván se había ido.

viernes, 2 de octubre de 2020

“Anushka” de Susana De Divitiis


Cuando llegó, el resto del equipo estaba esperándolo, todos con barbijos. Un vecino había llamado a la policía por el olor fétido que se desprendía de ese departamento. Era un olor denso y penetrante que se adhería a las paredes y la piel. Que obturaba las fosas nasales con un aire saturado de partículas en descomposición. Que revolvía las entrañas e impelía a vomitar.

“¿Fue Sartre el que escribió La náusea? −pensó Ignacio−, creo que se refería a lo absurdo de la vida. La vida es absurda pero la muerte es nauseabunda. ¡No!, no todas”.
Recordó, como hacía siempre en estos casos, aquella cara a la que la muerte le había dado una paz radiante.

Como médico forense conocía los procesos de descomposición posteriores a la muerte y sus distintos rostros. Pero no podía acostumbrarse al que tenía frente a él. “¿Qué mensaje habría en esas diferencias?”

Por los policías del equipo supo que se trataba de un hombre mayor que vivía solo, sin ningún familiar o amigo a quién avisar. “Vivía en una soledad vacía sin lazos de afecto, vivía muerto antes de morir”,  concluyó Ignacio. Le resonó la palabra soledad. Él tenía amigos pero a los treinta años  vivía solo. No, vivía con “ella”.

Hacía apenas dos años que era forense cuando lo llamaron para aquel caso. Le extrañó el silencio respetuoso de los policías. El departamento, de un ambiente en un edificio modesto cerca de Tribunales, estaba amueblado con lo imprescindible.

En la cama de una plaza, parecía dormida, tapada todavía con la sábana y la manta. Nunca había visto una cara de mujer tan hermosa, con ese algo de ángel que le daba la muerte. Nadie la había tocado, esperando su llegada. Él la contempló largo rato. Cuando la destapó a simple vista parecía no haber signos de violencia ni de que hubieran manipulado el cadáver. Tenía los ojos cerrados y  la posición de alguien que duerme plácidamente. Al abrirle los párpados vio unas enormes pupilas  de azul profundo sin ese atisbo de pánico que a veces perdura. Una y otra vez buscó signos de vida hasta que se dio cuenta de que no podía aceptar que estuviera muerta.

Un frasco abierto y vacío de sedantes sobre la mesa de luz, convenció a todos de un suicidio. A todos menos a él. Desde el primer instante sintió una conexión especial con esa muchacha desconocida y no sabía por qué, pensó en un suicidio inducido, es decir, en un homicidio. Carlos, su amigo detective, compartía sus dudas. Una vecina la descubrió  porque la puerta del departamento estaba abierta, ¿quién la habría dejado abierta, para qué?

Más tarde, en la sala de autopsias comprobó que el cuerpo tenía la misma belleza armoniosa del rostro. Tendría poco más de dieciocho años y era virgen. No entendió por qué a más de seis horas de la posible data de muerte, no presentaba ningún signo post mortem, ni siquiera rigidez cadavérica en el maxilar inferior.


A pesar de que en los pasos siguientes de la autopsia confirmó que los sedantes habían sido la causa de la muerte, él seguía pensando en un homicidio.

Su amigo se abocó de lleno a la investigación del caso. “¿Le pasaría lo mismo que a él?”, pensó.

Pronto Carlos comprobó que su verdadero nombre era Ana Novokok y que había ingresado al país  desde Francia, con su hermano mayor Sergei, ambos con pasaportes falsos y nombres cambiados. El rastreo lo llevó a Rusia, pero un hermetismo total sólo le permitió averiguar que el padre, Dimitri Novokok, era un periodista muy conocido que un día desapareció con su familia. Averiguó luego que habían huido a París y que allí el padre publicó un extenso y detallado trabajo de investigación sobre un fraude multimillonario en el Ministerio de  Hidrocarburos, Energía e Industria de Rusia.  El artículo causó conmoción ya que había varios países implicados.

Como era previsible, al padre lo mataron poco tiempo después. Fue un golpe muy duro para la familia, en especial para la madre. Ana y Sergei se apoyaron mutuamente para seguir adelante. A Carlos le asombró que Ana, que había llegado a París con doce años, logró aprender el idioma en un año, entrar al Liceo y recibirse a los dieciocho. Sergei consiguió entrar en la Sorbona para estudiar Sociología.

La madre murió a causa de la depresión cuando Ana estaba cursando tercer año. “Esa muchacha debió ser un bocho y con temple de hierro, porque a pesar de todo siguió estudiando y se recibió con notas excelentes. No entiendo la razón por la cual volvieron a huir. Supongo que el hermano la convenció de que era peligroso, no sé con qué argumentos, o tal vez para tener una familia, ya que la hermana del padre, Katherina, vive aquí con su marido e hijos, desde hace muchos años”, le comentó Carlos. 

Gracias a esta averiguación la familia pudo dar a Ana cristiana sepultura en un cementerio privado.

Ignacio conoció a los tíos en el entierro y ellos, que habían averiguado lo sucedido después de la muerte de su sobrina, le agradecieron el trato especial que él había tenido con ella y le dieron la dirección y teléfono para que fuera a visitarlos.

Al amigo detective lo sorprendió  que  Sergei, apenas su hermana se mudó,  se fue a Paraguay y  ahí se  perdió su rastro.

Carlos se dio cuenta de la obsesión con que Ignacio seguía cada paso de la historia, la ansiedad cuando no tenía información para darle. “Es, era, se corrigió, alguien especial, de una belleza increíble. Lo entiendo, ya se le pasará”, pensó.

Pero en  Ignacio la obsesión crecía. Ana le provocaba ternura y también una excitación sexual que lo avergonzaba. La imaginaba yendo al Liceo y se preguntaba cómo peinaría su pelo de seda, cómo brillarían sus ojos azules cuando sonreía. Y un día comprendió. Comenzó a asistir a muestras de pintores pero eran pocos los retratistas y esos pocos no le gustaban. En una exposición en un club barrial, vio un retrato que le impactó, el pintor le había dado algo que trascendía las formas, que trascendía lo real. Le mostró las fotos que le había sacado a Ana y le explicó qué necesitaba.

Quedó encantado con el cuadro y lo colgó en el mejor lugar del living. Era la belleza en estado puro. Una muchacha tendida sobre un colchón de hojas secas de oro y cobre, el cabello suelto, confundido su color con el de las hojas, y dos ojos de azul profundo mirando al que estuviera mirándola.

Un día Ignacio llamó a los tíos para visitarlos. Ellos lo recibieron con gusto ya que querían  conocer todo lo posible sobre lo que para ellos era incomprensible. Igor, el tío, le dijo que hacía casi treinta años que vivían en Argentina y que habían dejado su país por razones políticas.

−Dimitri al principio no estaba de acuerdo con mi oposición al régimen. Hizo una brillante carrera como periodista y tenía acceso a mucha información privada. Cuando descubrió el fraude no sólo cambió de opinión, sino que también arriesgó su vida, más aún, enfrentó la muerte −calló emocionado.     

La tía le contó que sus sobrinos estuvieron en su casa más de un mes y que les llamó la atención el silencio de Sergei y su evidente incomodidad cuando le preguntaban sobre el tiempo en que vivieron en París.

−Anushka en cambio parecía necesitar hablar, por supuesto hablábamos en ruso −sonrió Katherina−. Hablaba sobre la época en Rusia  cuando el padre preparaba la huida sin decir nada a su familia y sin dejar indicios para el gobierno. Contó la discusión tremenda cuando les dijo que tenía todo preparado para ir él a París y que ellos vinieran aquí, donde estarían seguros  con nosotros. Me acuerdo que me impresionaron las palabras de Anushka que dijo  que todos sabían que la del padre era una muerte anunciada y que la de ellos podría serlo también, pero que no iban a dejarlo solo –calló un momento−. A él, que era mi único hermano −la tía secó sus ojos con un pañuelo.

−Creo que Anushka no tenía miedo a la muerte −Igor también tenía un pañuelo en sus manos.

−Ella adoraba a su padre y sentía una admiración tan profunda, que no le importaba estar también en riesgo. Lloraba cuando hablaba de los días después de la publicación del artículo, de su angustia cuando mi hermano tenía que dar entrevistas poniéndose en evidencia. A la noche, cuando le oía abrir la puerta de la casa, ella corría a abrazarlo y le decía al oído “papito, papito”.

Se hizo un silencio de lágrimas. Ignacio apenas podía contener las suyas.

−No entiendo por qué decidieron huir otra vez cuando parecía haber pasado el peligro y estar ellos bien afincados −pensó Ignacio en voz alta.
−Nosotros tampoco. Tenían un buen pasar con el dinero que recibieron por el artículo del padre −confesó Igor.

−¿Podría Sergei tener algo que ver? −se animó a preguntar Ignacio.

−Podría ser, no lo sabemos. No los conocíamos, cuando vinimos aquí, ellos no habían nacido.

−¿Piensan que Ana se suicidó?

−¡No! −gritaron al mismo tiempo.

−Anushka tenía la fortaleza de una mujer, había soportado todo sin claudicar −la voz de Igor sonaba a orgullo−. Era una luchadora y tenía proyectos para su futuro, después de aprender castellano iba a seguir la carrera del padre y algún día escribiría su historia. Alguien así no se suicida.

−Me confesó que estaba preocupada por el hermano, lo veía distinto, lejano −dijo Katherina, pensativa−. Siempre lo habían afrontado todo apoyándose uno en el otro. Cuando Ana le preguntaba en qué estaba, él le respondía como lo hacía con nosotros, con silencio. A ella la inquietaba el cambio de Sergei después de la muerte del padre. Estaba taciturno y resentido,  con mucho odio enquistado. Anushka me dijo −continuó Katherina− que pensaba que él no había podido llorar. Ella también había sentido un odio inmenso al principio, pero cuando pensaba en el padre lloraba, lloraba  hasta agotar las lágrimas. Le quedaba después un dolor que sabía que no se iría, que formaría parte de su ser y que algún día le serviría para reparar la figura de su padre.


Otra vez ese silencio contenido.

−Me arrepiento de haberles recomendado que invirtieran parte del dinero que tenían en la compra de un departamento −dijo Igor−. Anushka no quería ser una carga para nosotros, quería ser independiente, trabajar haciendo traducciones del ruso al francés y viceversa, y cuando manejara el idioma estudiar periodismo, como ya le dije. Sergei no estaba de acuerdo en que viviera sola, tenía miedo por su hermana pero ella era cabeza dura,  no pudo convencerla. Él tenía que viajar, no sabía por cuánto tiempo y nos pidió que la llamáramos todos los días para saber cómo estaba.

−Yo la llamaba todas las noches a las diez −dijo la tía.

−Entonces, ¿la llamó esa noche? −preguntó Ignacio, las manos frías y transpiradas−. ¿Notó algo inusual?

−No, estaba cansada pero contenta con sus avances en el idioma.

–¡Era tan inteligente! −interrumpió Igor.

−Y había conseguido bastantes traducciones en una agencia rusa –terminó Katherina.

−¿Una agencia rusa? ¿Saben cómo se llama, cuál es la dirección? −la voz de Ignacio temblaba.

−No pudimos encontrarla, como si hubiese desaparecido −contestó Igor, apenado.

A todos los enmudeció la rabia y la frustración. Ignacio sintió que sería imposible descubrir la verdad, aunque igual se lo comentaría a Carlos.

La única verdad es que ella estaba muerta.

−Anushka era un ángel y sé que está en paz −dijo al fin la tía−, ¡pero cómo nos gustaría tenerla con nosotros! −Ella e Igor se abrazaron llorando− Usted la vio ¿tenía marcas, estaba desfigurada?      

−No, parecía realmente un ángel.

Cuando se despidieron, Ignacio caminó  rápido hasta el coche para llorar a solas.

La visita aumentó su obsesión, Ana ya no era una desconocida, ahora la conocía, la admiraba, no podía dejar de pensar en ella.

A pesar de la bronca de saber que nunca podría descubrir quién la asesinó y por qué,  por primera vez comprendió la paradoja de que si no la hubiesen matado él no la hubiera conocido, no la habría amado. La muerte, ese gran interrogante con el que se enfrentaba todos los días, los había unido. 

Todas las noches llegaba impaciente a su casa, sacaba comida hecha del freezer, la calentaba en el microondas e iba al living a cenar con “ella”. Se quedaba de sobremesa hasta la medianoche, con un vaso de whisky, contemplándola en el cuadro e imaginando historias de amor en la que ellos eran los protagonistas. 

Él había estado de novio dos veces pero nunca verdaderamente enamorado. Lo demás habían sido salidas que no dejaron huellas.

Un día Carlos lo invitó a tomar un café. Le dijo que estaba preocupado, que había esperado para decírselo pero cada vez el cambio en su conducta era más evidente, 

−Por favor Ignacio creo que tenés que pedir ayuda profesional, A veces uno no se da cuenta, pero los amigos sí. Ya no te reunís con nosotros, no salís con mujeres, estás aislado, lejano, inaccesible −después de una larga pausa pudo decirle− Esas obsesiones pueden ser peligrosas.

Ignacio comprendió pero tenía miedo de perderla. Al fin comenzó el tratamiento.

Le llevó tiempo dejar el hábito de cenar con ella pero le daba paz  contemplarla cuando llegaba y pasaba por el living.

Comenzó a salir con mujeres. Conoció a Esther, una abogada atractiva y de conversación amena e inteligente.

Cuando la llevó a su casa observó su reacción al pasar frente al cuadro. Ella lo miró de reojo y sin detenerse se apoltronó en el sillón haciéndole señas para que se sentara a su lado. Ignacio sintió que había despreciado lo más valioso que tenía. Le costó continuar la velada y la relación pronto terminó.

En el lapso de seis meses salió con otras dos mujeres que le presentaron sus amigos, todas inteligentes y encantadoras, pero el final era el mismo. Se dio cuenta que usaba la reacción de ellas frente al cuadro como una prueba, no sabía de qué. Entendió, preocupado, que no podía separarse de Ana, que tal vez ninguna mujer podría reemplazarla.      

Carlos y su esposa lo invitaron a cenar a su casa “con dos o tres amigos”, le había dicho. Ignacio fue a pesar de que se sentía observado y cuestionado, y eso le molestaba.


Entre los invitados estaba Silvina, que había vuelto hacía poco de París. Había ido a hacer su maestría en Sociología con un trabajo sobre el aumento inmigratorio en Europa y el impacto en los emigrados, según el motivo por el que emigraban, el país de origen y el medio social y cultural al que pertenecían. Carlos los sentó juntos y al principio a Ignacio ella no le interesó. La había observado apenas y no le pareció linda. Sus rasgos eran armónicos pero el  pelo y los ojos de color castaño los hacían uniformes, sólo un lunar pequeño arriba de su boca, rompía la monotonía. Pero sin darse cuenta su conversación lo atrapó. Ella había hecho una investigación brillante pero lo comentaba con  naturalidad exenta por completo de soberbia,  Su sonrisa le daba a los ojos brillo de canela, la risa, espontánea y franca,  contagiaba una visión optimista de la vida. 

−¿Cómo hacés para, a pesar de  haber visto tanto sufrimiento, conservar esa risa fresca?
−Hice esa investigación para ayudar, para denunciar. No es nuevo el drama de los inmigrantes pero cada vez es peor, Hay sordidez, manipulación, engaño. He sentido en mi piel ese dolor que quiebra a muchos y hacen lo que sea para sobrevivir −Silvina lo miró y sonrió.

“Qué extraña esa sonrisa, qué dulce tristeza”, pensó Ignacio.

−Sentir el dolor también te hace sentir viva, y si pensás que al menos a alguien podrás ayudar, el dolor se hace esperanza, se hace vida.

Quedaron en verse nuevamente. Ignacio recordaba a menudo aquella sonrisa de dulce tristeza, aquellas risas contagiosas, aquellas palabras. Una noche la invitó a cenar en su casa. Estaba expectante de la reacción de Silvina al ver el cuadro.

Al pasar por el living ella se detuvo a contemplarlo.

−¡Hermoso! Es increíble como el artista pudo reflejar la perfección de la belleza, hacerla trascendente. ¿Es conocido?

−No. Era desconocido hasta este cuadro. Se lo presto cuando hace una muestra pero me confesó que nunca más logró ese plus de irrealidad.

 −Seguro se lo trasmitió la modelo, es bellísima, es perfecta. ¿Quién es?

−Se llamaba Ana, había muerto cuando la pintó. Lo hizo en base a fotografías.

−¿Vos la conociste?

−Yo tampoco pude conocerla viva −Ignacio no quiso decirle toda la verdad, tal vez algún día.  Para desviar la conversación preguntó−, ¿habría hecho feliz a alguien que se hubiera enamorado de ella?

−No lo sé. Es casi imposible vivir día a día con la perfección, soportar la angustia de que nunca la vas a alcanzar.

−Podría enloquecerte −se escuchó decir Ignacio−. Miró al cuadro y los ojos de Ana le sonrieron. “La muerte tiene distintos rostros y distintos mensajes”, sintió paz al pensarlo.
Llevó a Silvina a conocer el departamento. Luego le prepararía una cena especial.  

viernes, 11 de septiembre de 2020

“Pato empetrolado” de Susana De Divitiis

La muerte navega
en islotes negros
por el mar azul.
                                                          
Por el mar azul
un pato, confiado,
viaja a la Nada.
                                                                                                                       
Su memoria genética
no sabe de estas muertes
sin forma
sentido o razón.

Y queda empetrolado
estatua sin rumbo
suspendida por siempre
en una muerte banal.      

viernes, 4 de septiembre de 2020

“Ecos” de Susana De Divitiis


Esta tarde el silencio se llena de ecos. Los ecos de aquellas, nuestras voces de niños.
−Traer agua del río le toca a Pablo −gritaba  Juan, y el eco repetía “Pablooo… Pablooo…”.
−Juntar ramas secas le toca a Juan −contestaba yo y el “Juaaan” se prolongaba en una cadencia extraña que el aire  hacía sonar en las rocas.  
Ese verano, en los descansos del campamento trepábamos sobre la curva del río, donde la quebrada se estrecha, y gritábamos  nuestros nombres para que quedaran suspendidos en el tiempo y cabalgaran felices en el eco invisible.
Hace tiempo ya que se apagaron los ecos y aquel experimentar confiado en inmortalidades efímeras.
Juan y yo vivimos  construyendo, persiguiendo y alcanzando cosas, como todos.  Alcanzándolas y sosteniéndolas sobre nuestras espaldas, como entonces sosteníamos la mochila cuando subíamos la cuesta.
Sosteniendo tantas, en este mundo de cosas, que no nos dimos cuenta del agobio.
En aquel entonces, cuando el peso nos doblaba y no podíamos ver el cielo ni las nubes, sólo las piedras que cubrían el camino, cuando sentíamos el cansancio, el hambre, la sed, las piedras duras, recordábamos. Recordábamos el fogón, las canciones, el agua fresca del río, el calor suave del duvé y el fuego.
Recordábamos que un poco más allá, sólo un poco, envuelto en la noche que se anunciaba nos aguardaba el cielo, un cielo nuevo, distinto, que volveríamos a mirar, sentados uno al lado del otro junto al fogón, cantando uno al lado del otro, para ahuyentar el miedo de tanta noche.
Pasaron muchos veranos y caminamos por otras cuestas tan llenas de piedras, que caminar se hizo tan sólo mirar y sortear piedras. Y olvidamos el fogón, las canciones, las estrellas y los sueños. Y olvidamos, o quisimos olvidar, la soledad, el miedo y el asombro.

En el silencio de esta tarde dejo caer un puñado de tierra que se desliza de mis manos como lágrimas secas y quemantes.
Cierro los ojos para ver otra vez la quebrada y el río, para sentir que juntos cabalgamos en los ecos invisibles.
Y digo muy quedo “Juan” para que tu nombre se sostenga en una añorada inmortalidad, robada al tiempo.




viernes, 28 de agosto de 2020

“Ser” de Susana De Divitiis


Ser, arrojados al Tiempo, 
un instante más fugaz

que la luz del rayo al caer.
Más fugaz que un latido,                           
que un adiós
que una palabra.
                                   
Ser un grano de arena
en ese reloj que pretende
medir la eternidad. 
Ser una gota de agua
en  el río que es                                               
el mismo
y distinto,
en su continuo fluir.
                         
Ser, en el espacio infinito,                     
el punto invisible del cruce
de invisibles coordenadas.
                            
Aún así,
solo un punto
invisible y fugaz,
en la soledad del universo
soy,      
estoy siendo y seré
mientras  alguien
me espeje en su mirada,
mientras  una caricia
me haga consciente de mi piel
y de mi forma.
Mientras  alguien me dé un nombre

y  me llame.