Quinquela Martín
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viernes, 12 de febrero de 2021

Carta a Rubén de “Rafael Alcides Pérez”

 

Hijo mío,

harina, ternura

de mis ternuras,

ángel más leve que los ángeles:

desde hoy en adelante

eres el exiliado,

el que bajo otros cielos

organiza su cama y su mesa

donde puede,

el que en la alta noche

despierta asustado y presuroso

corre por la mañana

a buscar debajo de la puerta

la posible carta

que por un instante

le devuelva el barrio,

la calle, la casa

por donde pasaba la dicha como un río,

el perro, el gato,

el olor de los almuerzos del domingo,

todo lo bueno y eterno,

lo único eterno,

cuanto quedó perdido

allá atrás, muy lejos

cuando el avión como un pájaro triste

se fue diciendo adiós.

El que deambula y sueña

lejos de la patria, el extraño,

el tolerado -y, a veces,

con suerte, el protegido

al que se le regalan abrigos

y los zapatos que se iban a botar.

Pero nosotros,

nosotros los solos,

los tristes,

los luctuosos,

los que medio muertos

hemos visto partir el avión

-sin saber si volverá

ni si estaríamos entonces-,

nosotros, esos desventurados

que fuman y envejecen

y consumen barbitúricos,

esperando al cartero,

nosotros, ¿dónde,

adónde,

en qué patria estamos ahora?

¿La patria, lejos de lo que se ama…?

¿La patria, donde falta un cubierto a la mesa,

donde siempre sobra una cama…?

Dios y yo y el sinsonte

que cantaba en la ventana

lo sabemos, niño mío, que fuiste a dar tan lejos:

donde se vive entre paredones y cerrojos

también es el exilio, y así,

con anillos de diamantes

o martillo en la mano,

todos los de acá

somos exiliados. Todos.

Los que se fueron

y los que se quedaron.

Y no hay, no hay

palabras en la lengua

ni películas en el mundo

para hacer la acusación:

millones de seres mutilados

intercambiando besos, recuerdos y suspiros

por encima de la mar.

Telefonea,

hijo. Escribe.

Mándame una foto.

viernes, 16 de octubre de 2020

“Canción para los dos” de Rafael Alcides Pérez

Eres tan frágil

que me gustaría

darte la comida

yo mismo,

lavarte la cabeza

yo mismo,

con una mano muy limpia

peinarte

yo mismo

y de ser posible

(si se pudiera),

morirme en tu lugar.

 

Oh extraña

flor desvalida,

criatura que hasta el viento

de una tarde azul

pudiera arrastrar,

y sin la cual

ya voy siendo

bastante menos

que

nada.

 

Rafael Alcides Pérez, poeta cubano.