Quinquela Martín

domingo, 8 de agosto de 2021

“María la boba” de Isabel Allende

  

María, la boba, creía en el amor. Eso la convirtió en una leyenda viviente. A su entierro

acudieron todos los vecinos, hasta los policías y el ciego del quiosco, quien rara vez

abandonaba su negocio. La calle República quedó vacía, y en señal de duelo colgaron

cintas negras en los balcones y apagaron los faroles rojos de las casas. Cada persona

tiene su historia y en ese barrio son casi siempre tristes, historias de pobrezas e

injusticias acumuladas, de violencias padecidas, de hijos muertos antes de nacer y de

amantes que se van, pero la de María era diferente, tenía un brillo elegante que

echaba a volar la imaginación ajena. Se las arregló para ejercer su oficio sola,

administrándose sin bulla, discretamente. Nunca tuvo la menor curiosidad por el

alcohol ni por las drogas, ni siquiera le interesaban los consuelos de cinco pesos que

vendían las adivinas y las profetas del vecindario. Parecía a salvo de los tormentos de

la esperanza, protegida por la calidad de su amor inventado. Era una mujercita de

aspecto inofensivo, de corta estatura, facciones y gestos finos, toda mansedumbre y

suavidad, pero las veces que algún chulo intentó ponerle la mano encima se encontró

con una fiera babeante, puras garras y colmillos, dispuesta a devolver cada golpe, así

se le fuera la vida. Aprendieron a dejarla en paz. Mientras las otras mujeres pasaban

su existencia escondiendo moretones bajo espesas capas de maquillaje barato, ella

envejecía respetada, con un cierto aire de reina en harapos. No tenía ninguna

conciencia del prestigio de su nombre ni de la leyenda que habían bordado a costa de

ella. Era una prostituta vieja con alma de doncella.

En sus recuerdos figuraban con insistencia un baúl asesino y un hombre moreno con

olor a mar, y así sus amigas descubrieron uno a uno los retazos de su vida y los

unieron con paciencia, agregando lo que faltaba con recursos de fantasía, hasta

reconstruirle un pasado. No era, desde luego, como las demás mujeres de ese lugar.

Venía de un mundo remoto, donde la piel es más pálida y el castellano tiene un acento

rotundo, de consonantes duras. Nació para gran dama, eso deducían las otras mujeres

por su forma rebuscada de hablar y por sus modales extraños, y si alguna duda cabía,

al morir la disipó. Se fue con la dignidad intacta. No padecía ninguna enfermedad

conocida, no estaba asustada ni respiraba por los oídos como los moribundos

comunes, simplemente anunció que ya no soportaba más el tedio de estar viva, se

colocó su vestido de fiesta, se pintó los labios de rojo y abrió las cortinas de hule que

daban acceso a su cuarto, para que todos pudieran acompañarla.

-Ahora me llegó el tiempo de morir -fue su única explicación.

Se recostó en su cama, con la espalda apoyada sobre tres almohadones, con fundas

almidonadas para la ocasión, y se bebió sin respirar una jarra grande de chocolate

espeso. Las otras mujeres se rieron, pero cuando cuatro horas después no hubo

manera de despertarla comprendieron que su decisión era absoluta y echaron a correr

la voz por el barrio. Algunos acudieron sólo por curiosidad, pero la mayoría se presentó

con verdadera aflicción, quedándose allí para acompañarla. Sus amigas colaron café

para ofrecer a las visitas, porque les pareció de mal gusto servir licor, no fueran a

confundir aquello con una celebración. A eso de las seis de la tarde, María sufrió un

estremecimiento, abrió los párpados, miró a su alrededor sin distinguir los rostros y

enseguida abandonó este mundo.

Eso fue todo. Alguien sugirió que tal vez había tragado veneno con el chocolate, en

cuyo caso todos serían culpables por no haberla llevado a tiempo al hospital, pero

nadie prestó atención a tales maledicencias.

-Si María decidió partir, estaba en su derecho, porque no tenía hijos ni padres que

cuidar -sentenció la señora de la casa.

No quisieron velarla en un establecimiento funerario, porque la quietud premeditada de

su muerte fue un suceso solemne en la calle República y era justo que sus últimas

horas antes de bajar a la tierra transcurrieran en el ambiente donde había vivido y no

como una extranjera de cuyo duelo nadie quiere hacerse cargo. Hubo opiniones sobre

si velar muertos en esa casa atraería mala suerte para el alma de la difunta o las de

los clientes, y por si acaso quebraron un espejo para rodear el ataúd y trajeron agua

bendita de la capilla del Seminario, para salpicar por los rincones. Esa noche no se

trabajó en el local, no hubo música ni risas, pero tampoco hubo llantos. Instalaron el

cajón sobre una mesa en la sala, los vecinos prestaron sillas y allí se acomodaron los

visitantes a tomar café y conversar en voz baja. En el centro estaba María con la

cabeza apoyada sobre un cojín de raso, las manos cruzadas y la foto de su niño

muerto sobre el pecho. En el transcurso de la noche le fue cambiando el tono de la

piel, hasta acabar oscura como el chocolate.

Me enteré de la historia de María durante esas largas horas en que velamos su ataúd.

Sus compañeras contaron que nació en tiempos de la Primera Guerra, en una provincia

al sur del continente, donde los árboles pierden las hojas en la mitad del año y el frío

cala los huesos. Era hija de una soberbia familia de emigrantes españoles. Al revisar su

pieza encontraron en una caja de galletas algunos papeles quebradizos y amarillos,

entre ellos un certificado de nacimiento, fotografías y cartas. Su padre fue propietario

de una hacienda y, según un recorte de periódico desteñido por el tiempo, su madre

había sido pianista antes de casarse. Cuando María tenía doce años, atravesó distraída

un cruce de ferrocarril y la atropelló un tren de carga. La rescataron entre los rieles sin

daños aparentes, tenía sólo algunos rasguños y había perdido el sombrero. Sin

embargo, al poco tiempo, todos pudieron comprobar que el impacto había

transportado a la niña a un estado de inocencia del cual ya nunca regresaría. Olvidó

hasta los rudimentos escolares aprendidos antes del accidente, apenas recordaba

algunas lecciones de piano y el uso de la aguja de coser, y cuando le hablaban se

quedaba como ausente. Lo que no olvidó, en cambio, fueron las normas de urbanidad,

que conservó intactas hasta su último día.

El golpe de la locomotora dejó a María incapacitada para el razonamiento, la atención o

el rencor. Estaba, por lo tanto, bien equipada para la felicidad, pero no fue ésa su

suerte. Al cumplir dieciséis años, sus padres, deseosos de pasarle a otro la carga de

esa hija algo retardada, decidieron casarla antes de que se le marchitara la belleza, y

escogieron a un tal doctor Guevara, hombre de vida retirada y mal dispuesto para el

matrimonio, pero que les debía algún dinero y no pudo negarse cuando le sugirieron el

enlace. Ese mismo año se celebró la boda en privado, como correspondía a una novia

lunática y a un novio varias décadas mayor.

María llegó al lecho matrimonial con la mente de una criatura, aunque su cuerpo había

madurado y ya era el de una mujer. El tren arrasó con su curiosidad natural, pero no

pudo destruir la impaciencia de sus sentidos. Sólo contaba con lo aprendido al

observar los animales en la hacienda, sabía que el agua fría es buena para separar a

los perros que se quedan pegados durante el coito y que el gallo esponja las plumas y

cacarea cuando quiere pisar a la gallina, pero no encontró uso adecuado para esos

datos. En su noche de bodas vio avanzar en su dirección a un vejete tembloroso con

una bata de franela, abierta, y algo imprevisto bajo el ombligo. La sorpresa le produjo

un estreñimiento del cual no se atrevió a hablar y cuando empezó a hincharse como un

globo, se bebió un frasco de Agua de la Margarita -remedio antiescrufuloso y

reconstituyente, que en gran cantidad servía de purga- a causa de lo cual pasó

veintidós días sentada en la bacinilla, tan descompuesta que casi pierde algunos

órganos vitales, pero eso no tuvo la facultad de desinflarla. Pronto ya no pudo

en cama, alimentándose con caldo de gallina y dos litros de leche diarios, se levantó

más fuerte y lúcida de lo que nunca estuvo en su vida. Parecía curada de su estado de

sonambulismo perenne y hasta tuvo el ánimo para comprarse ropa elegante; sin

embargo, no alcanzó a lucir su nuevo ajuar, porque el señor Guevara sufrió un ataque

fulminante y murió sentado en el comedor, con la cuchara de sopa en la mano. María

se resignó a usar trajes de luto y sombreros con velo, enterrada en una tumba de

trapos. Así pasó dos años de negro, tejiendo chalecos para los pobres, entretenida con

sus perros falderos y con su hijo, a quien peinaba con rizos y vestía de niña, tal como

aparece en uno de los retratos encontrados en la caja de galletas, donde se lo puede

ver sentado sobre una piel de oso e iluminado por un rayo sobrenatural.

Para la viuda el tiempo se detuvo en un instante perpetuo, el aire de los cuartos

permaneció inmutable, con el mismo olor vetusto que dejó su marido. Siguió viviendo

en la misma casa, cuidada por sirvientes leales y vigilada de cerca por sus padres y

hermanos, que se turnaban para visitarla a diario, supervisar sus gastos y tomar hasta

las menores decisiones. Pasaban las estaciones, caían las hojas de los árboles en el

jardín y volvían a aparecer los colibríes del verano, sin cambios en su rutina. A veces

se preguntaba la causa de sus vestidos negros, porque había olvidado al decrépito

esposo que en un par de ocasiones la abrazara débilmente entre las sábanas de lino,

para luego, arrepentido de su lujuria, arrojarse a los pies de la Madona y azotarse con

una fusta de caballo. De vez en cuando abría el armario para sacudir los vestidos y no

resistía la tentación de despojarse de sus ropajes oscuros y probarse a escondidas los

trajes bordados de pedrerías, las estolas de piel, los zapatos de raso y los guantes de

cabritilla. Se miraba en la triple luna del espejo y saludaba a esa mujer ataviada para

un baile en la cual le costaba mucho reconocerse.

A los dos años de soledad el rumor de la sangre bullendo en su cuerpo se le hizo

intolerable. Los domingos en la puerta de la iglesia se retrasaba para ver pasar a los

hombres, atraída por el ronco sonido de sus voces, sus mejillas afeitadas y el aroma

del tabaco. Con disimulo levantaba el velo del sombrero y les sonreía. Su padre y sus

hermanos no tardaron en advertirlo y, convencidos de que esa tierra americana

corrompía hasta la decencia de las viudas, decidieron en consejo de familia enviarla

donde unos tíos en España, donde sin duda estaría a salvo de las tentaciones frívolas,

protegida por las sólidas tradiciones y el poder de la Iglesia. Así empezó el viaje que

cambiaría el destino de María, la boba.

Sus padres la embarcaron en un transatlántico acompañada por su hijo, una sirvienta

y los perros falderos. El complicado equipaje incluía, además de los muebles de la

habitación de María y su piano, una vaca que iba en la cala del barco, para proveer de

leche fresca al niño. Entre muchas maletas y cajas de sombrero, también llevaba un

enorme baúl con cantos y remaches de bronce, que contenía los vestidos de fiesta

rescatados de la naftalina. La familia no pensaba que en casa de los tíos María tuviera

oportunidad alguna de usarlos, pero no quisieron contrariarla. Los tres primeros días la

viajera no pudo abandonar su litera, vencida por el mareo, pero finalmente se

acostumbró al bamboleo del barco y consiguió levantarse. Entonces llamó a la sirvienta

para que le ayudara a desempacar la ropa para la larga travesía.

La existencia de María estuvo marcada por desgracias súbitas, como ese tren que le

arrebató el espíritu y la lanzó de vuelta a una infancia irreversible. Estaba ordenando

los vestidos en el armario de su cabina, cuando el niño se asomó al baúl abierto. En

ese instante un sacudón de la nave cerró de golpe la pesada tapa y el filo metálico le

dio a la criatura en el cuello, desnucándola. Se necesitaron tres marineros para

desprender a la madre del baúl maldito y una dosis de láudano capaz de tumbar a un

atleta para impedir que se arrancara el pelo a mechones y se destrozara la cara con las

uñas. Pasó horas aullando y luego entró en un estado crepuscular, meciéndose de lado

a lado, como en los tiempos en que ganó fama de idiota. El capitán del buque anunció

la infausta nueva por un altoparlante, leyó un breve responso y luego ordenó envolver

el pequeño cadáver con una bandera y lanzarlo por la borda, porque ya estaban en

medio del océano y no tenía cómo preservarlo hasta el próximo puerto.

Varios días después de la tragedia, María salió con paso incierto a tomar aire por

primera vez en la cubierta. Era una noche tibia y del fondo del mar subía un olor

inquietante de algas, de mariscos, de buques sumergidos, que le entró por las narices

y le recorrió las venas con el efecto de una sacudida telúrica. Se encontraba mirando el

horizonte, con la mente en blanco y la piel erizada desde los talones hasta la nuca,

cuando escuchó un silbido insistente y al dar media vuelta descubrió dos pisos más

abajo una silueta alumbrada por la luna, haciéndole señas. Bajó las escalerillas en

trance, se aproximó al hombre moreno que la llamaba, sumisa se dejó quitar los velos

y los ropones de luto y lo acompañó detrás de un rollo de cuerdas. Vapuleada por un

impacto similar al del tren, aprendió en menos de tres minutos la diferencia entre un

marido anciano, acabado por el temor a Dios, y un insaciable marinero griego ardiendo

por la penuria de varias semanas de castidad oceánica. Deslumbrada, la mujer

descubrió sus propias posibilidades, se secó el llanto y le pidió más. Pasaron parte de

la noche conociéndose y sólo se separaron cuando oyeron la sirena de emergencia, un

terrible bramido de naufragio que alteró el silencio de los peces. Pensando que la

inconsolable madre se había arrojado al mar, la sirvienta había dado la voz de alarma

y toda la tripulación, menos el griego, la buscaba.

María se reunió con su amante detrás de las cuerdas cada noche, hasta que el buque

se aproximó a las costas del Caribe y el perfume dulzón de flores y frutos que

arrastraba la brisa acabó de perturbarle los sentidos. Aceptó entonces la proposición

de su compañero de abandonar la nave, donde penaba el fantasma del niño muerto y

donde había tantos ojos espiándolos, se metió el dinero del viaje en los refajos y se

despidió de su pasado de señora respetable. Descolgaron un bote y desaparecieron al

amanecer, dejando a bordo a la sirvienta, los perritos, la vaca y el baúl asesino. El

hombre remó con sus gruesos brazos de navegante hacia un puerto estupendo, que

surgió ante sus ojos a la luz del alba como una aparición de otro mundo, con sus

ranchos, sus palmeras y sus pájaros variopintos. Allí se instalaron los dos fugitivos

mientras les duró la reserva de dinero.

El marinero resultó pendenciero y bebedor. Hablaba una jerizonga incomprensible para

María y para los habitantes de ese lugar, pero conseguía comunicarse con morisquetas

y sonrisas. Ella sólo se despabilaba cuando él aparecía para practicar con ella las

maromas aprendidas en todos los lupanares desde Singapur hasta Valparaíso, y el

resto del tiempo permanecía atontada por una languidez mortal. Bañada por los

sudores del clima, la mujer inventó el amor sin compañero, aventurándose sola en

territorios alucinantes, con la audacia de quien no conoce los riesgos. El griego carecía

de intuición para adivinar que había abierto una compuerta, que él mismo no era sino

el instrumento de una revelación, y fue incapaz de valorar el regalo ofrecido por esa

mujer. Tenía a su lado a una criatura preservada en el limbo de una inocencia

invulnerable, decidida a explorar sus propios sentidos con la juguetona disposición de

un cachorro, pero él no supo seguirla. Hasta entonces ella no había conocido el

desenfado del placer, ni siquiera lo había imaginado, aunque siempre estuvo en su

sangre como el germen de una fiebre calcinante. Al descubrirlo supuso que se trataba

de la dicha celestial que las monjas del colegio le prometían a las niñas buenas en el

Más Allá. Sabía muy poco del mundo y era incapaz de mirar un mapa para ubicarse en

dispuso a gozarlo. Allí nadie la conocía, estaba a sus anchas por primera vez, lejos de

su casa, de la tutela inexorable de sus padres y hermanos, de las presiones sociales y

de los velos de misa, libre al fin para saborear el torrente de emociones que nacía en

su piel y penetraba por cada filamento hasta sus cavernas más profundas, donde se

volcaba en cataratas, dejándola exhausta y feliz.

La falta de malicia de María, su impermeabilidad al pecado o la humillación, acabaron

por aterrorizar al marinero. Las pausas entre cada abrazo se hicieron más largas, las

ausencias del hombre más frecuentes, creció el silencio entre los dos. El griego trató

de escapar de esa mujer con rostro de niña que lo llamaba sin cesar, húmeda,

turgente, abrasada, convencido de que la viuda a quien sedujo en alta mar se había

transformado en una perversa araña dispuesta a devorarlo como a una mosca en el

tumulto de la cama. En vano buscó alivio para su virilidad apabullada retozando con

las prostitutas, batiéndose a cuchillo y puñetazos con los chulos y apostando en peleas

de gallos el sobrante de sus juergas. Cuando se encontró con los bolsillo vacíos, se

aferró a esa excusa para desaparecer del todo. María lo esperó con paciencia durante

varias semanas. Por la radio se enteraba a veces de que algún marinero francés,

desertor de un barco británico, o un holandés escapado de una nave portuguesa, había

sido asesinado a navajazos en los barrios bravos del puerto, pero ella escuchaba la

noticia sin alterarse, porque aguardaba a un griego fugado de un transatlántico

italiano. Cuando ya no pudo seguir soportando la calentura de los huesos y la ansiedad

del alma, salió a pedir consuelo al primer hombre que pasaba. Lo cogió de la mano y le

pidió de la forma más gentil y educada, que le hiciera el favor de desnudarse para ella.

El desconocido vaciló un poco ante esa joven que en nada se parecía a las

profesionales del vecindario, pero cuya proposición era muy clara, a pesar del lenguaje

desusado. Calculó que podía distraer diez minutos de su tiempo con ella y la siguió, sin

sospechar que se vería sumergido en el torbellino de una pasión sincera. Asombrado y

conmovido, se fue a contárselo a todo el mundo, dejándole a María un billete sobre la

mesa. Pronto llegaron otros, atraídos por la murmuración de que había una mujer

capaz de vender por un rato la ilusión del amor. Todos los clientes se fueron

satisfechos. Así se convirtió María en la prostituta más célebre del puerto, cuyo nombre

los marineros se llevaron tatuado en los brazos para darlo a conocer en otros mares,

hasta que la leyenda le dio la vuelta al planeta.

El tiempo, la pobreza y el esfuerzo de burlar al desencanto destruyeron la frescura de

María. La piel se le volvió pardusca, adelgazó hasta los huesos y para mayor

comodidad se cortó el pelo como un preso, pero mantuvo sus modales elegantes y el

mismo entusiasmo por cada encuentro con un hombre, porque no veía en ellos a

sujetos anónimos, sino el reflejo de sí misma en brazos de su amante imaginario.

Confrontada con la realidad, no era capaz de percibir la sórdida urgencia del

compañero de turno, porque cada vez se entregaba con el mismo irrevocable amor,

adelantándose, como una novia atrevida, a los deseos del otro. Con la edad se le

desordenó la memoria, hablaba cosas disparatadas y para la época en que se trasladó

a la capital y se instaló en la calle República, no se acordaba de que alguna vez fue la

musa inspiradora de tantos versos improvisados por navegantes de todas las razas y

se quedaba perpleja cuando alguno viajaba desde el puerto hasta la ciudad, sólo para

comprobar si aún existía aquella de quien había oído en un lugar de Asia. Al hallarse

frente a ese mísero saltamontes, ese montón de huesos patéticos, esa mujercita de

nada, y ver la leyenda reducida a escombros, muchos daban media vuelta y se

marchaban desconcertados, pero otros se quedaban por lástima. Éstos recibían un

premio inesperado. María cerraba su cortina de hule y al punto cambiaba la calidad del

muchacha mitológica y no la de la anciana lastimosa que creyó ver en un principio.

A María se le fue borrando el pasado -su único recuerdo nítido era el terror de trenes y

baúles- y si no hubiera sido por la tenacidad de sus compañeras de oficio, nadie habría

conocido su historia. Vivió esperando el instante en que se abriera la cortina de su

habitación para dar paso al marinero griego, o a cualquier otro fantasma nacido de su

fantasía, quien la recogería en el círculo preciso de sus brazos para devolverle el

deleite compartido en la cubierta de un buque en alta mar, buscando siempre la

antigua ilusión en cada hombre de paso, iluminada por un amor imaginario, engañando

a las sombras con abrazos fugaces, con chispazos que se consumían antes de arder, y

cuando se aburrió de aguardar en vano y sintió que también el alma se le cubría de

escamas, decidió que era mejor dejar este mundo. Y con la misma delicadeza y

consideración de todos sus actos, recurrió entonces a la jarra de chocolate.

“Amorosa anticipación” de Jorge Luis Borges

 

Ni la intimidad de tu frente clara como una fiesta

ni la privanza de tu cuerpo, aún misterioso y

tácito de niña,

ni la sucesión de tu vida situándose en palabras o

acallamiento

serán favor tan misterioso

como mirar tu sueño implicado

en la vigilia de mis brazos.

Virgen milagrosamente otra vez por la virtud

absolutoria del sueño,

quieta y resplandeciente como una dicha en la

selección del recuerdo,

me darás esa orilla de tu vida que tú misma no

tienes.

Arrojado a quietud,

divisaré esa playa última de tu ser

y te veré por primera vez, quizá,

como Dios ha de verte,

desbaratada la ficción del tiempo,

sin el amor, sin mí.

“Los cachorros” de Mario Vargas Llosa

 III

El primero en tener enamorada fue Lalo, cuando andábamos en Tercero

de Media. Entró una noche al Cream Rica, muy risueño, ellos

qué te pasa y él, radiante, sobrado como un pavo real: le caí a Chabuca

Molina, me dijo que sí. Fuimos a festejarlo al Chasqui y, al segundo

vaso de cerveza, Lalo, qué le dijiste en tu declaración, Cuéllar

comenzó a ponerse nerviosito, ¿le había agarrado la mano?, pesadito,

qué había hecho Chabuca, Lalo, y preguntón ¿la besaste, di?

El nos contaba, contento, y ahora les tocaba a ellos, salud, hecho un

caramelo de felicidad, a ver si nos apurábamos a tener enamorada y

Cuéllar, golpeando la mesa con su vaso, cómo fue, qué dijo, qué le

dijiste, qué hiciste. Pareces un cura, Pichulita, decía Lalo, me estás

confesando y Cuéllar cuenta, cuenta, qué más. Se tomaron tres Cristales

y, a medianoche, Pichulita se zampó. Recostado contra un poste,

en plena Avenida Larco, frente a la Asistencia Pública, vomitó: cabeza

de pollo, le decíamos, y también qué desperdicio, botar así la

cerveza con lo que costó, qué derroche. Pero él, nos traicionaste, no

estaba con ganas de bromear, Lalo traidor, echando espuma, te adelantaste,

buitreándose la camisa, caerle a una chica, el pantalón, y ni

siquiera contarnos que la siriaba, Pichulita, agáchate un poco, te

estás manchando hasta el alma, pero él nada, eso no se hacía, qué te

importa que me manche, mal amigo, traidor. Después, mientras lo

limpiábamos, se le fue la furia y se puso sentimental: ya nunca más

te veríamos, Lalo. Se pasaría los domingos con Chabuca y nunca más

nos buscarás, maricón. Y Lalo qué ocurrencia, hermano, la hembrita

y los amigos eran dos cosas distintas pero no se oponen, no había

que ser celoso, Pichulita, tranquilízate, y ellos dense la mano pero

Cuéllar no quería, que Chabuca le diera la mano, yo no se la doy. Lo

acompañamos hasta su casa y todo el camino estuvo murmurando

cállate viejo y requintando, ya llegamos, entra despacito, despacito,

pasito a paso como un ladrón, cuidadito, si haces bulla tus papis se

despertarán y te pescarán. Pero él comenzó a gritar, a ver, a patear

la puerta de su casa, que se despertaran y lo pescaran y qué iba a

pasar, cobardes, que no nos fuéramos, él no les tenía miedo a sus

viejos, que nos quedáramos y viéramos. Se ha picado, decía Mañuco,

mientras corríamos hacia la Diagonal, dijiste le caí a Chabuca y mi

cumpa cambió de cara y de humor, y Choto era envidia, por eso se

emborrachó y Chingolo sus viejos lo iban a matar. Pero no le hicieron

nada. ¿Quién te abrió la puerta?, mi mamá y ¿qué pasó?, le decíamos,

¿te pegó? No, se echó a llorar, corazón, cómo era posible,

cómo iba a tomar licor a su edad, y también vino mi viejo y lo riñó,

nomás, ¿no se repetiría nunca?, no papá, ¿le daba vergüenza lo que

había hecho?, sí. Lo bañaron, lo acostaron y a la mañana siguiente

les pidió perdón. También a Lalo, hermano, lo siento, ¿la cerveza se

me subió, no?, ¿te insulté, te estuve fundiendo, no? No, qué adefesio,

cosa de tragos, choca esos cinco y amigos. Pichulita, como antes,

no pasó nada.

Pero pasó algo: Cuéllar comenzó a hacer locuras para llamar la atención.

Lo festejaban y le seguíamos la cuerda, ¿a que me robo el carro

del viejo y nos íbamos a dar curvas a la Costanera, muchachos?, a

que no hermano, y él se sacaba el Chevrolet de su papá y se iban a

la Costanera; ¿a que bato el récord de Boby Lozano?, a que no hermano,

y él vsssst por el Malecón vsssst desde Benavides hasta la

Quebrada vsssst en dos minutos cincuenta, ¿lo batí?, si y Mañuco se

persignó, lo batiste, y tú qué miedo tuviste, rosquetón; ¿a que nos

invitaba al Oh, qué bueno y hacíamos perro muerto?, a que no hermano,

y ellos iban al Oh, qué bueno, nos atragantábamos de hamburguers

y de milkshakes, partían uno por uno y desde la Iglesia del

Santa María veíamos a Cuéllar hacerle un quite al mozo y escapar

¿qué les dije? ; ¿a que me vuelo todos los vidrios de esa casa con la

escopeta de perdigones de mi viejo?, a que no, Pichulita, y él se los

volaba. Se hacía el loco para impresionar, pero también para viste,

viste? sacarle cachita a Lalo, tú no te atreviste y yo sí me atreví. No

le perdona lo de Chabuca, decíamos, qué odio le tiene. En Cuarto de

Media, Choto le cayó a Fina Salas y le dijo que sí, y Mañuco a Pusy

Lañas y también que sí. Cuéllar se encerró en su casa un mes y en el

Colegio apenas si los saludaba, oye, qué te pasa, nada, ¿por qué no

nos buscaba, por qué no salía con ellos?, no le provocaba salir. Se

hace el misterioso, decían, el interesante, el torcido, el resentido. Pero

poco a poco se conformó y volvió al grupo. Los domingos, Chingolo

y él se iban solos a la matiné (solteritos, les decíamos, viuditos), y

después mataban el tiempo de cualquier manera, aplanando calles,

sin hablar o apenas vamos por aquí, por allá, las manos en los bolsillos,

oyendo discos en casa de Cuéllar, leyendo chistes o jugando

naipes, y a las nueve se caían por el Parque Salazar a buscar a los

otros, que a esa hora ya estábamos despidiendo a las enamoradas.

¿Tiraron buen plan?, decía Cuéllar, mientras nos quitábamos los sacos,

se aflojaban las corbatas y nos remangábamos los puños en el

Billar de la Alameda Ricardo Palma, ¿un plancito firme, muchachos?,

la voz enferma de pica, envidia y malhumor, y ellos cállate, juguemos,

¿mano, lengua?, pestañeando como si el humo y la luz de los

focos le hincaran los ojos, y nosotros ¿le daba cólera, Pichulita?,

¿por qué en vez de picarse no se conseguía una hembrita y paraba

de fregar?, y él ¿se chupetearon?, tosiendo y escupiendo como un

borracho, ¿hasta atorarse?, taconeando, ¿les levantaron la falda, les

metimos el dedito?, y ellos la envidia lo corroía, Pichulita, ¿bien riquito,

bien bonito?, lo enloquecía, mejor se callaba y empezaba. Pero él

seguía, incansable, ya, ahora en serio, ¿qué les habíamos hecho?,

¿las muchachas se dejaban besar cuánto tiempo?, ¿otra vez, hermano?,

cállate, ya se ponía pesado, y una vez Lalo se enojó: mierda, iba

a partirle la jeta, hablaba como si las enamoradas fueran cholitas de

plan. Los separamos y los hicieron amistar, pero Cuéllar no podía,

era más fuerte que él, cada domingo con la misma vaina: a ver

¿cómo les fue?, que contáramos, ¿rico el plan?

En Quinto de Media, Chingolo le cayó a la Bebe Romero y le dijo que

no, a la Tula Ramírez y que no, a la China Saldivar y que sí: a la tercera

va la vencida, decía, el que la sigue la consigue, feliz. Lo festejamos

en el barcito de los cachascanistas de la calle San Martín. Mudo, encogido, triste en su silla del rincón, Cuéllar se aventaba capitán

tras capitán: no pongas esa cara, hermano, ahora le tocaba a él. Que

se escogiera una hembrita y le cayera, le decíamos, te haremos el

bajo, lo ayudaríamos y nuestras enamoradas también. Si., sí, ya escogería,

capitán tras capitán, y de repente, chau, se paró: estaba

cansado, me voy a dormir. Si se quedaba iba a llorar, decía Mañuco;

y Choto estaba que se aguantaba las ganas, y Chingolo si no lloraba

le daba una pataleta como la otra vez. Y Lalo: había que ayudarlo, lo

decía en serio, le conseguiríamos una hembrita aunque fuera feíta, y

se le quitaría el complejo. Sí, sí, lo ayudaríamos, era buena gente, un

poco fregado a veces pero en su caso cualquiera, se le comprendía,

se le perdonaba, se le extrañaba, se le quería, tomemos a su salud,

Pichulita, choquen los vasos, por ti.

Desde entonces, Cuéllar se iba solo a la matiné los domingos y días

feriados lo veíamos en la oscuridad de la platea, sentadito en las filas

de atrás, encendiendo pucho tras pucho, espiando a la disimulada a

las parejas que tiraban plan, y se reunía con ellos nada más que en

las noches, en el Billar, en el Bransa, en el Cream Rica, la cara amarga,

¿qué tal domingo?, y la voz ácida, él muy bien y ustedes me imagino

que requetebién ¿no? Pero en el verano ya se le había pasado el

colerón; íbamos juntos a la playa -a La Herradura, ya no a Miraflores-

, en el auto que sus viejos le habían regalado por Navidad, un Ford

convertible que tenía el escape abierto, no respetaba los semáforos y

ensordecía, asustaba a los transeúntes. Mal que mal, se había hecho

amigo de las chicas y se llevaba bien con ellas, a pesar de que siempre,

Cuéllar, lo andaban fundiendo con la misma cosa: ¿por qué no le

caes a alguna muchacha de una vez? Así serían cinco parejas y

saldríamos en patota todo el tiempo y estarían para arriba y para

abajo juntos ¿por qué no lo haces? Cuéllar se defendía bromeando,

no porque entonces ya no cabrían todos en el poderoso Ford y una de

ustedes sería la sacrificada, despistando, ¿acaso nueve no íbamos

apachurrados? En serio, decía Pusy, todos tenían enamorada y él no,

¿no te cansas de tocar violín? Que le cayera a la flaca Gamio, se

muere por ti, se los había confesado el otro día, donde la China, jugando

a la berlina, ¿no te gusta? Cáele, le haríamos corralito, lo

aceptaría, decídete. Pero él no quería tener enamorada y ponía cara

de forajido, prefiero mi libertad, y de conquistador, solterito se estaba

mejor. Tu libertad, para qué, decía la China, ¿para hacer barbaridades?,

y Chabuca ¿para irse de plancito y Pusy ¿con huachafitas?, y

él cara de misterioso, a lo mejor, de cafiche, a lo mejor y de vicioso:

podía ser, ¿Por qué ya nunca vienes a nuestras fiestas?, decía Fina,

antes venías a todas y eras tan alegre y bailabas tan bien, ¿qué te

pasó, Cuéllar? y Chabuca que no fuera aguado, ven y así un día encontrarás

una chica que te guste y le caerás.

“Las voces del silencio” de Costas Axelos

 

Por fin la energía atómica se ha liberado y ha destruido toda vida humana sobre el planeta. Solo se ha escapado un habitante de un rascacielos de Chicago. Después de haber comido y bebido todo lo que tenía en su heladera, leído, visto, mirado y escuchado su biblioteca ideal, su museo imaginario y su discoteca real, desesperado al ver que no se moría, decide suprimirse y se tira al vacío desde el piso cuarenta. Justo en el momento en que pasa por el departamento del primer piso, oye sonar el teléfono.

“Sur viejo” por Dalmiro Sáenz

 

Me lo contó una mujer en Comodoro Rivadavia. Sucedió hace mucho, antes aun de que surgiera aquella inesperada consecuencia de la espera de siglos que atraería a los hombres de lugares apartados para erigir las torres negras contra el cielo limpio. Sí, fue antes del petróleo; bastante antes; fue en la época aquella en que la soledad de estas tierras era empujada por el blanco vellón que un chico de tres años hubiera podido patear por el suelo y aun levantar sobre su cabeza y, sin embargo, con peso suficiente como para desarraigar definitivamente de algún lugar de Europa a los padres de ese chico, o como para desplazar el virginal, indefinido e injustificable desierto contra la cordillera y contra el mar, en un continuo trajinar de los seres gregarios cuyo balido impotente y desolado se perdería entre el viento de los cañadones y cuyas huellas definidas y trascendentales marcarían los sinuosos caminos hacia las aguadas y los dormideros. A unas treinta leguas de Comodoro Rivadavia vivió el hombre aquel, en un paraje denominado Pampa Fría, con la mujer aquella que había conocido en una de sus idas periódicas al pueblo, con sus dos caballos cargueros y sus innumerables perros y el escarceo casi elegante de su mula zaina, que él utilizaba de sillera por no haber podido enseñarle a cabrestear. La conoció ahí, contra la puerta de esa casa, en aquella calle que más tarde se llamaría San Martín, y por la cual él marcharía tres o cuatro veces por año a buscar su bolsa de fariña, o de yerba, y la provisión de víveres y vicios, y más adelante harina y hasta azúcar y, por último, un día a la mujer aquella que, después de aquel breve trocar de miradas y tal vez algún ceremonioso estrechar de manos, iniciaría esa especie de idilio, acuerdo, o simple afinidad, que haría a los vecinos de Comodoro Rivadavia levantar la vista una mañana y contemplar la desaliñada figura del “búlgaro” en su mula zaina, rodeado por sus perros, con sus caballos cargueros aplastados de bolsas y maletas y, encima de ellos, a la mujer tomando rumbo hacia el oeste. Vivieron allí en la “Pampa Fría” esas dos personas, luchando siempre contra los elementos fuertes, cocinando la misma comida y lavando a veces la misma ropa gruesa, saliendo juntos a caballo a repuntar la majada o a tirar leña, o a limpiar aguadas, notándose sólo la diferencia de sexos en las abrigadas noches sobre los cueros tendidos en el piso de la cocina, con los ásperos camisones que ambos usaban, y las caricias torpes y primitivas que coronaban a veces los fatigosos días mientras todavía duraban las brasas en el brasero de lata y afuera los perros junto a los recados toreaban a la noche. Y las mañanas aquellas en que el mate caliente, sostenido entre los dedos sucios y la bombilla plateada y dos veces soldada, era desplazado de uno hacia otro durante la larga y silenciosa hora en que esperaban el amanecer, sentados en los toscos banquitos de madera que por fin él abandonaría para salir de la cocina, insensible al frío en su saco de cuero, sintiendo el crujir de la helada bajo sus alpargatas deformes, llevando la cabezada con el freno brillante, sostenida en el brazo izquierdo, balanceando su cuerpo en la misma forma como lo habría hecho seguramente su padre, y tal vez su abuelo, con el balde de leche o el farol pesado, en las mañanas brumosas de su lejana e irrecordada Bulgaria. Y después, él volviendo hacia la cocina ahora sin la cabezada, a buscar el rebenque, y volviendo a salir, mientras ella, inclinada sobre una lata, vaciaba el mate de yerba vieja, sin percibirse de parte de él ni de ella la menor palabra o gesto que denotara una despedida, una señal, un algo que indicara la separación por cuatro, cinco o seis horas, de aquellas dos personas unidas por esa fuerza, a veces superior al amor o a la amistad, que consiste en la identificación, el reflejo, cómoda adaptabilidad o simple y desesperada unión de subsistencia. Él volvía pasado el medio día preguntando entonces: –¿Pusiste el asado? –Sí. De nuevo los mates, uno tras otro, en el silencio descansado interrumpido por alguna frase. –¿Te aguantó el “Corbata”? –Tuvo que traerlo por delante, se cansó aguada Sauce. –Sí, es muy cachorro, el perro ese se te va a morir algún día. –Yo conozco, yo también ser chico, yo también correr, yo nunca morirme. De nuevo el silencio, mientras seguían los mates y él sacaba la asadera del horno y daba vuelta la carne. –¿Vas a trabajar hoy en el pozo? –Sí, trabajar pozo. El pozo aquel había sido iniciado años atrás en la durísima arcilla de detrás de la casa, en una tozuda, cerrada e implacable intentona de encontrar agua, desde el día en que vio en ese lugar unas plantitas de junquillo, y cuyas consecuencias fueron meses y meses de agotadores golpes de piqueta y de improductivos movimientos de pala; y más adelante, ayudado por su mujer y la yegua mansa, que él había hecho caballa y después de pecho, en interminables viajes de roldana hasta llegar a una profundidad de veinte metros sin que la menor muestra de agua, o siquiera de humedad, coronasen sus esfuerzos. –Vas a tener que hacerte ayudar, si no no vas a terminar nunca. –Semana que viene venir don Couyido a ayudar pozo. Así fue en efecto; ocho días más tarde, entre el furioso torear de los perros, se lo vio venir al chileno Couyido, dibujado apenas en la lontananza ventosa, identificado por los galgos barcinos, el cojudo moro y la manta castilla recortada contra el cielo. Desmontó, entonces, con la coordinada serie de movimientos de su pesada agilidad, saludó al “búlgaro” con un “buenas” parsimonioso, mientras ajustaba el gruesísimo cabestro a la mata de molle junto a la entrada, y su paso oscilante y pendular parecía buscar apoyo en el gastado rebenque que colgaba de su muñeca, mientras el opaco tintineo de su única espuela se aplastaba en el polvo de la entrada de la cocina. Le dio la mano a la mujer con el brazo rígido y los dedos duros y la mirada desviada con respetuosa inclinación bajo la visera grasienta de su gorra inglesa. Fueron días de duro trabajo, los dos hombres dentro del pozo, y la mujer con la yegua mansa, haciendo interminables viajes de roldana y vaciando luego el balde de la amarillenta arcilla, con la compleja cantidad de parcos movimientos y un número de palabras seguramente menor a las que pudiesen contarse con los dedos de una mano, y los sonidos secos de tierra y de distancia que desde el fondo del pozo indicaban el rítmico desplazar de la pala y la aguda penetración de la piqueta, que se detendrían de tanto en tanto, mientras el chillido de la rueda de la roldana indicaba el parsimonioso alejar de la yegua y la lenta subida del balde contra el circular, intenso y nitidísimo azul, que los bordes del pozo recortaban contra el cielo. Y al terminar el lento, improductivo y penoso trabajo diario, ataban las herramientas a los costados del balde, que subía entonces para ser desenganchado por la mujer, que bajaba después la soga por donde subiría primero el chileno, y después el búlgaro, sudorosos y sucios para ir a lavarse a la cocina, mientras ella desensillaba la yegua y entraba en la casa a esperar su turno, junto a la palangana enlozada y la toalla amarilla. Se lavaba ella las manos y los antebrazos, y también la cara, terminando la operación con una humedecida de su cabeza fuerte, echándola hacia atrás y pasándose las manos por el pelo áspero, en una forma masculina y perentoria, mientras sus facciones duras se reflejaban en el pedazo de espejo que colgaba de un clavo, al lado de la jabonera vacía y el almanaque viejo con la mujer sonriente, en la desolada y sucia pared de la cocina. Y ahora, el diálogo pesado y sin motivo, como complemento del mate, con las palabras apenas necesarias para expresar una idea que giraría seguramente alrededor de animales, o cosas, o de hechos concretos y pasados, de fácil y cómoda exposición, y luego los silencios llenos de vacíos pensamientos, mientras las miradas opacas de cansancio y las caras brillantes de trabajo, en la inmóvil tensión de esas sencillísimas vidas, se aflojaban de tanto en tanto ante la suave contemplación de las brasas de la cocina, o de los breves juegos y movimientos de la gata negra junto al sucio cajoncito de Cooper debajo de la mesa. Vivieron las tres personas aquellas durante varios días, siempre juntas, comiendo, trabajando y descansando juntas, y hasta durmiendo también en el mismo piso de la cocina abrigada, levantándose antes del amanecer, y sólo separándose cuando el “búlgaro” salía a buscar capones para carnear, o a picar leña, quedándose entonces la mujer con el chileno Couyido en su silenciosa y compartida sociabilidad, cambiándose a veces una que otra mirada en una audaz, atrevida y casi curiosa incursión a través de las barreras delimitadas por la diferencia de sexos. Una vez se quedaron los dos mirándose sobre la mesa donde ella preparaba la masa de las tortas, solazándose ambos en aquel tosco, elemental y primario flirteo, que continuó después varias veces, durante esos días y días subsiguientes hasta que una tarde, aprovechando la ausencia momentánea del “búlgaro” él la abrazó contra la pared de la cocina, en una simple e inconfundible manifestación de sentimientos que ella contestó con un leve movimiento de su mano hacia la cara del hombre, como una especie de tenue caricia, o casi curiosa constatación; y luego se besaron ásperamente para separarse en seguida, y luego volver a besarse, con la torpe vehemencia de su inexperta, pero no inocente, novedad. El le dijo esa vez: –¿Querís venirte conmigo? –¿Adónde? –Tengo mil pesos en el tirador, los gané en la señalada de los “Menucos”. –¿Y el “búlgaro”? –Dejámelo a mí. –¿Qué vas hacer? –Ya lo tengo pensado; mañana después de doce cuando terminemos el trabajo, atamos las herramientas al balde y vos lo subís. Después bajás la soga y subo yo primero como siempre. Después no bajamos más la soga y nos vamos. Total aquí no pasa nunca nadie. Se va a quedar sequito ahí en el fondo, y si alguien lo encuentra alguna vez va a creer que fue un accidente. –No, no puedo hacer eso; si es un hombre muy bueno. –¿Te querís quedar toda la vida acá con el “búlgaro” ese? –No, eso tampoco. –Y bueno, entonces algo hay que hacer. –Y sí, algo hay que hacer. Llegó más tarde el “búlgaro” con el montón de leña que acababa de cortar, que tiró en un cajón mientras decía: –Don Couyido, le voy dejar pangaré de nochero para que mañana temprano usted carnear. –Está bien. –Por el cerrito bayo va a encontrar capones. Tenga cuidado perros; yo andar poniendo veneno. –¿Mucho zorro este año? –Sí, bastante. –¿Cuántos cueros tiene ya? –Diez y nueve. –Está bueno. Y esa mañana siguiente cuando, antes del amanecer, salió Couyido con el cuello de su poncho levantado, recortándose momentáneamente en la puerta de la cocina, y cuando el crujir de sus pasos por la helada se fue perdiendo en la madrugada oscura, el “búlgaro” se sentó bruscamente y sacudió a la mujer. –Despertá, despertá. –¿Qué? ¿Qué hay? ¿Qué pasa? –Tiene como mil pesos en tirador. –¿Quién? ¿Qué te pasa? ¿Qué decís? –Don Couyido tiene como mil pesos en tirador. –¿Y de hay? –Más tarde dejamos en pozo. Vos subís primero herramientas; después yo esta vez subir primero y él quedar dentro. Nosotros guardar mil pesos. –Pero ¿cómo vamos a hacer eso? –Con mil pesos poblar campo en otro lado con buen agua, si no quedarnos toda vida en este lugar. Algo hay que hacer. –Y sí, algo hay que hacer. Fue esa tarde entonces que reanudaron su tarea los tres miembros de aquel doble complot, cuya culminación definitiva dependería de la mujer cuyos pasos, seguros y breves junto a la yegua mansa, iban dejando en la arena del suelo las huellas de alpargatas y herraduras que, en su continuo ir y venir, se confundían superpuestas, mientras los hombres, ahí abajo, inclinados con sus herramientas, sin mirarse siquiera, trabajando ambos, no ahora en la búsqueda del agua lejana, sino en el aumento de unos pocos centímetros de esa tumba donde moriría de hambre y de sed el dueño de lo que cada uno codiciaba, sin odio, sin desesperación, sin pasión de lujuria o de codicia, sino con el simple principio de tomar lo necesario, con la tremenda lógica que el desierto imponía, y cuyas consecuencias, vistas, suavizadas y casi perdonadas ahora a través del tiempo y la distancia nos hacen comprender la fuerza aquella que permitió a la Nación Argentina colonizar, poblar, e incluso civilizar, esa inmensa extensión llamada Patagonia. Y llegó la hora de terminar el trabajo; llenaron por última vez el balde de arcilla amarillenta, y ataron la pala y la piqueta a la misma soga, que subió despacio hasta la negra roldana, y se quedó muy quieta, allí junto al cielo. Y los hombres miraron arriba, y esperaron  y esperaron. Y después los pasos de la yegua mansa. Y después el silencio de la tierra sola.

“La noche del cuerpo” de David Huerta

 

En la noche del cuerpo se preparan

los alimentos de Dios,

la cena carmesí de los esclavos, el místico bocado

de los turbios amantes-

sudor, lágrimas, mierda-

el humus lento, el óvalo marchito,

el resto náufrago del visionario,

el regalo sedente

que se posa en la tierra-

un vapor de Demonios

rodea los Testimonios.

 

En la noche del cuerpo

se preparan de nuevo

para sus explosiones

diurnas, para el momento

en que habrán de salir

entre el humo feroz de su estallido.