Quinquela Martín

viernes, 2 de octubre de 2020

“El libro de arena” de Jorge Luis Borges


La línea consta de un número infinito de puntos; el plano, de un número infinito de líneas; el volumen, de un número infinito de planos; el hipervolumen, de un número infinito de volúmenes… No, decididamente no es este, more geométrico, el mejor modo de iniciar mi relato. Afirmar que es verídico es ahora una convención de todo relato fantástico; el mío, sin embargo, es verídico.
Yo vivo solo, en un cuarto piso de la calle Belgrano. Hará unos meses, al atardecer, oí un golpe en la puerta. Abrí y entró un desconocido. Era un hombre alto, de rasgos desdibujados. Acaso mi miopía los vio así. Todo su aspecto era de pobreza decente. Estaba de gris y traía una valija gris en la mano. En seguida sentí que era extranjero. Al principio lo creí viejo; luego advertí que me había engañado su escaso pelo rubio, casi blanco, a la manera escandinava. En el curso de nuestra conversación, que no duraría una hora, supe que procedía de las Orcadas.
Le señalé una silla. El hombre tardó un rato en hablar. Exhalaba melancolía, como yo ahora.
–Vendo biblias –me dijo.
No sin pedantería le contesté:
–En esta casa hay algunas biblias inglesas, incluso la primera, la de John Wiclif. Tengo asimismo la de Cipriano de Valera, la de Lutero, que literariamente es la peor, y un ejemplar latino de la Vulgata. Como usted ve, no son precisamente biblias lo que me falta.
Al cabo de un silencio me contestó:
–No solo vendo biblias. Puedo mostrarle un libro sagrado que tal vez le interese. Lo adquirí en los confines de Bikanir.
Abrió la valija y lo dejó sobre la mesa. Era un volumen en octavo, encuadernado en tela. Sin duda había pasado por muchas manos. Lo examiné; su inusitado peso me sorprendió. En el lomo decía Holy Writ y abajo Bombay.
–Será del siglo diecinueve –observé.
–No sé. No lo he sabido nunca –fue la respuesta.
Lo abrí al azar. Los caracteres me eran extraños. Las páginas, que me parecieron gastadas y de pobre tipografía, estaban impresas a dos columnas a la manera de una biblia. El texto era apretado y estaba ordenado en versículos. En el ángulo superior de las páginas había cifras arábigas. Me llamó la atención que la página par llevara el número (digamos) 40.514 y la impar, la siguiente, 999. La volví; el dorso estaba numerado con ocho cifras. Llevaba una pequeña ilustración, como es de uso en los diccionarios: un ancla dibujada a la pluma, como por la torpe mano de un niño.
Fue entonces que el desconocido me dijo:
–Mírela bien. Ya no la verá nunca más.
Había una amenaza en la afirmación, pero no en la voz.
Me fijé en el lugar y cerré el volumen. Inmediatamente lo abrí. En vano busqué la figura del ancla, hoja tras hoja. Para ocultar mi desconcierto, le dije:
–Se trata de una versión de la Escritura en alguna lengua indostánica, ¿no es verdad?
–No –me replicó.
Luego bajó la voz como para confiarme un secreto:
–Lo adquirí en un pueblo de la llanura, a cambio de unas rupias y de la Biblia. Su poseedor no sabía leer. Sospecho que en el Libro de los Libros vio un amuleto. Era de la casta más baja; la gente no podía pisar su sombra, sin contaminación. Me dijo que su libro se llamaba el Libro de Arena, porque ni el libro ni la arena tienen ni principio ni fin.
Me pidió que buscara la primera hoja.
Apoyé la mano izquierda sobre la portada y abrí con el dedo pulgar casi pegado al índice. Todo fue inútil: siempre se interponían varias hojas entre la portada y la mano. Era como si brotaran del libro.
–Ahora busque el final.
También fracasé; apenas logré balbucear con una voz que no era la mía:
–Esto no puede ser.
Siempre en voz baja el vendedor de biblias me dijo:
–No puede ser, pero es. El número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna la última. No sé por qué están numeradas de ese modo arbitrario. Acaso para dar a entender que los términos de una serie infinita admiten cualquier número.
Después, como si pensara en voz alta:
–Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo.
Sus consideraciones me irritaron. Le pregunté:
–¿Usted es religioso, sin duda?
–Sí, soy presbiteriano. Mi conciencia está clara. Estoy seguro de no haber estafado al nativo cuando le di la Palabra del Señor a trueque de su libro diabólico.
Le aseguré que nada tenía que reprocharse, y le pregunté si estaba de paso por estas tierras. Me respondió que dentro de unos días pensaba regresar a su patria. Fue entonces cuando supe que era escocés, de las islas Orcadas. Le dije que a Escocia yo la quería personalmente por el amor de Stevenson y de Hume.
–Y de Robbie Burns –corrigió.
Mientras hablábamos yo seguía explorando el libro infinito. Con falsa indiferencia le pregunté:
–¿Usted se propone ofrecer este curioso espécimen al Museo Británico?
–No. Se lo ofrezco a usted –me replicó, y fijó una suma elevada.
Le respondí, con toda verdad, que esa suma era inaccesible para mí y me quedé pensando. Al cabo de unos pocos minutos había urdido mi plan.
–Le propongo un canje –le dije–. Usted obtuvo este volumen por unas rupias y por la Escritura Sagrada; yo le ofrezco el monto de mi jubilación, que acabo de cobrar, y la Biblia de Wiclif en letra gótica. La heredé de mis padres.
–A black letter Wiclif –murmuró.
Fui a mi dormitorio y le traje el dinero y el libro. Volvió las hojas y estudió la carátula con fervor de bibliófilo.
–Trato hecho –me dijo.
Me asombró que no regateara. Solo después comprendería que había entrado en mi casa con la decisión de vender el libro. No contó los billetes, y los guardó.
Hablamos de la India, de las Orcadas y de los jarls noruegos que las rigieron. Era de noche cuando el hombre se fue. No he vuelto a verlo ni sé su nombre.
Pensé guardar el Libro de Arena en el hueco que había dejado el Wiclif, pero opté al fin por esconderlo detrás de unos volúmenes descabalados de Las mil y una noches.
Me acosté y no dormí. A las tres o cuatro de la mañana prendí la luz. Busqué el libro imposible, y volví las hojas. En una de ellas vi grabada una máscara. El ángulo llevaba una cifra, ya no sé cuál, elevada a la novena potencia.
No mostré a nadie mi tesoro. A la dicha de poseerlo se agregó el temor de que lo robaran, y después el recelo de que no fuera verdaderamente infinito. Esas dos inquietudes agravaron mi ya vieja misantropía. Me quedaban unos amigos; dejé de verlos. Prisionero del Libro, casi no me asomaba a la calle. Examiné con una lupa el gastado lomo y las tapas, y rechacé la posibilidad de algún artificio. Comprobé que las pequeñas ilustraciones distaban dos mil páginas una de otra.
Las fui anotando en una libreta alfabética, que no tardé en llenar. Nunca se repitieron. De noche, en los escasos intervalos que me concedía el insomnio, soñaba con el libro.
Declinaba el verano, y comprendí que el libro era monstruoso. De nada me sirvió considerar que no menos monstruoso era yo, que lo percibía con ojos y lo palpaba con diez dedos con uñas. Sentí que era un objeto de pesadilla, una cosa obscena que infamaba y corrompía la realidad.
Pensé en el fuego, pero temí que la combustión de un libro infinito fuera parejamente infinita y sofocara de humo al planeta.
Recordé haber leído que el mejor lugar para ocultar una hoja es un bosque. Antes de jubilarme trabajaba en la Biblioteca Nacional, que guarda novecientos mil libros; sé que a mano derecha del vestíbulo una escalera curva se hunde en el sótano, donde están los periódicos y los mapas. Aproveché un descuido de los empleados para perder el Libro de Arena en uno de los húmedos anaqueles. Traté de no fijarme a qué altura ni a qué distancia de la puerta.
Siento un poco de alivio, pero no quiero ni pasar por la calle México.



“Anushka” de Susana De Divitiis


Cuando llegó, el resto del equipo estaba esperándolo, todos con barbijos. Un vecino había llamado a la policía por el olor fétido que se desprendía de ese departamento. Era un olor denso y penetrante que se adhería a las paredes y la piel. Que obturaba las fosas nasales con un aire saturado de partículas en descomposición. Que revolvía las entrañas e impelía a vomitar.

“¿Fue Sartre el que escribió La náusea? −pensó Ignacio−, creo que se refería a lo absurdo de la vida. La vida es absurda pero la muerte es nauseabunda. ¡No!, no todas”.
Recordó, como hacía siempre en estos casos, aquella cara a la que la muerte le había dado una paz radiante.

Como médico forense conocía los procesos de descomposición posteriores a la muerte y sus distintos rostros. Pero no podía acostumbrarse al que tenía frente a él. “¿Qué mensaje habría en esas diferencias?”

Por los policías del equipo supo que se trataba de un hombre mayor que vivía solo, sin ningún familiar o amigo a quién avisar. “Vivía en una soledad vacía sin lazos de afecto, vivía muerto antes de morir”,  concluyó Ignacio. Le resonó la palabra soledad. Él tenía amigos pero a los treinta años  vivía solo. No, vivía con “ella”.

Hacía apenas dos años que era forense cuando lo llamaron para aquel caso. Le extrañó el silencio respetuoso de los policías. El departamento, de un ambiente en un edificio modesto cerca de Tribunales, estaba amueblado con lo imprescindible.

En la cama de una plaza, parecía dormida, tapada todavía con la sábana y la manta. Nunca había visto una cara de mujer tan hermosa, con ese algo de ángel que le daba la muerte. Nadie la había tocado, esperando su llegada. Él la contempló largo rato. Cuando la destapó a simple vista parecía no haber signos de violencia ni de que hubieran manipulado el cadáver. Tenía los ojos cerrados y  la posición de alguien que duerme plácidamente. Al abrirle los párpados vio unas enormes pupilas  de azul profundo sin ese atisbo de pánico que a veces perdura. Una y otra vez buscó signos de vida hasta que se dio cuenta de que no podía aceptar que estuviera muerta.

Un frasco abierto y vacío de sedantes sobre la mesa de luz, convenció a todos de un suicidio. A todos menos a él. Desde el primer instante sintió una conexión especial con esa muchacha desconocida y no sabía por qué, pensó en un suicidio inducido, es decir, en un homicidio. Carlos, su amigo detective, compartía sus dudas. Una vecina la descubrió  porque la puerta del departamento estaba abierta, ¿quién la habría dejado abierta, para qué?

Más tarde, en la sala de autopsias comprobó que el cuerpo tenía la misma belleza armoniosa del rostro. Tendría poco más de dieciocho años y era virgen. No entendió por qué a más de seis horas de la posible data de muerte, no presentaba ningún signo post mortem, ni siquiera rigidez cadavérica en el maxilar inferior.


A pesar de que en los pasos siguientes de la autopsia confirmó que los sedantes habían sido la causa de la muerte, él seguía pensando en un homicidio.

Su amigo se abocó de lleno a la investigación del caso. “¿Le pasaría lo mismo que a él?”, pensó.

Pronto Carlos comprobó que su verdadero nombre era Ana Novokok y que había ingresado al país  desde Francia, con su hermano mayor Sergei, ambos con pasaportes falsos y nombres cambiados. El rastreo lo llevó a Rusia, pero un hermetismo total sólo le permitió averiguar que el padre, Dimitri Novokok, era un periodista muy conocido que un día desapareció con su familia. Averiguó luego que habían huido a París y que allí el padre publicó un extenso y detallado trabajo de investigación sobre un fraude multimillonario en el Ministerio de  Hidrocarburos, Energía e Industria de Rusia.  El artículo causó conmoción ya que había varios países implicados.

Como era previsible, al padre lo mataron poco tiempo después. Fue un golpe muy duro para la familia, en especial para la madre. Ana y Sergei se apoyaron mutuamente para seguir adelante. A Carlos le asombró que Ana, que había llegado a París con doce años, logró aprender el idioma en un año, entrar al Liceo y recibirse a los dieciocho. Sergei consiguió entrar en la Sorbona para estudiar Sociología.

La madre murió a causa de la depresión cuando Ana estaba cursando tercer año. “Esa muchacha debió ser un bocho y con temple de hierro, porque a pesar de todo siguió estudiando y se recibió con notas excelentes. No entiendo la razón por la cual volvieron a huir. Supongo que el hermano la convenció de que era peligroso, no sé con qué argumentos, o tal vez para tener una familia, ya que la hermana del padre, Katherina, vive aquí con su marido e hijos, desde hace muchos años”, le comentó Carlos. 

Gracias a esta averiguación la familia pudo dar a Ana cristiana sepultura en un cementerio privado.

Ignacio conoció a los tíos en el entierro y ellos, que habían averiguado lo sucedido después de la muerte de su sobrina, le agradecieron el trato especial que él había tenido con ella y le dieron la dirección y teléfono para que fuera a visitarlos.

Al amigo detective lo sorprendió  que  Sergei, apenas su hermana se mudó,  se fue a Paraguay y  ahí se  perdió su rastro.

Carlos se dio cuenta de la obsesión con que Ignacio seguía cada paso de la historia, la ansiedad cuando no tenía información para darle. “Es, era, se corrigió, alguien especial, de una belleza increíble. Lo entiendo, ya se le pasará”, pensó.

Pero en  Ignacio la obsesión crecía. Ana le provocaba ternura y también una excitación sexual que lo avergonzaba. La imaginaba yendo al Liceo y se preguntaba cómo peinaría su pelo de seda, cómo brillarían sus ojos azules cuando sonreía. Y un día comprendió. Comenzó a asistir a muestras de pintores pero eran pocos los retratistas y esos pocos no le gustaban. En una exposición en un club barrial, vio un retrato que le impactó, el pintor le había dado algo que trascendía las formas, que trascendía lo real. Le mostró las fotos que le había sacado a Ana y le explicó qué necesitaba.

Quedó encantado con el cuadro y lo colgó en el mejor lugar del living. Era la belleza en estado puro. Una muchacha tendida sobre un colchón de hojas secas de oro y cobre, el cabello suelto, confundido su color con el de las hojas, y dos ojos de azul profundo mirando al que estuviera mirándola.

Un día Ignacio llamó a los tíos para visitarlos. Ellos lo recibieron con gusto ya que querían  conocer todo lo posible sobre lo que para ellos era incomprensible. Igor, el tío, le dijo que hacía casi treinta años que vivían en Argentina y que habían dejado su país por razones políticas.

−Dimitri al principio no estaba de acuerdo con mi oposición al régimen. Hizo una brillante carrera como periodista y tenía acceso a mucha información privada. Cuando descubrió el fraude no sólo cambió de opinión, sino que también arriesgó su vida, más aún, enfrentó la muerte −calló emocionado.     

La tía le contó que sus sobrinos estuvieron en su casa más de un mes y que les llamó la atención el silencio de Sergei y su evidente incomodidad cuando le preguntaban sobre el tiempo en que vivieron en París.

−Anushka en cambio parecía necesitar hablar, por supuesto hablábamos en ruso −sonrió Katherina−. Hablaba sobre la época en Rusia  cuando el padre preparaba la huida sin decir nada a su familia y sin dejar indicios para el gobierno. Contó la discusión tremenda cuando les dijo que tenía todo preparado para ir él a París y que ellos vinieran aquí, donde estarían seguros  con nosotros. Me acuerdo que me impresionaron las palabras de Anushka que dijo  que todos sabían que la del padre era una muerte anunciada y que la de ellos podría serlo también, pero que no iban a dejarlo solo –calló un momento−. A él, que era mi único hermano −la tía secó sus ojos con un pañuelo.

−Creo que Anushka no tenía miedo a la muerte −Igor también tenía un pañuelo en sus manos.

−Ella adoraba a su padre y sentía una admiración tan profunda, que no le importaba estar también en riesgo. Lloraba cuando hablaba de los días después de la publicación del artículo, de su angustia cuando mi hermano tenía que dar entrevistas poniéndose en evidencia. A la noche, cuando le oía abrir la puerta de la casa, ella corría a abrazarlo y le decía al oído “papito, papito”.

Se hizo un silencio de lágrimas. Ignacio apenas podía contener las suyas.

−No entiendo por qué decidieron huir otra vez cuando parecía haber pasado el peligro y estar ellos bien afincados −pensó Ignacio en voz alta.
−Nosotros tampoco. Tenían un buen pasar con el dinero que recibieron por el artículo del padre −confesó Igor.

−¿Podría Sergei tener algo que ver? −se animó a preguntar Ignacio.

−Podría ser, no lo sabemos. No los conocíamos, cuando vinimos aquí, ellos no habían nacido.

−¿Piensan que Ana se suicidó?

−¡No! −gritaron al mismo tiempo.

−Anushka tenía la fortaleza de una mujer, había soportado todo sin claudicar −la voz de Igor sonaba a orgullo−. Era una luchadora y tenía proyectos para su futuro, después de aprender castellano iba a seguir la carrera del padre y algún día escribiría su historia. Alguien así no se suicida.

−Me confesó que estaba preocupada por el hermano, lo veía distinto, lejano −dijo Katherina, pensativa−. Siempre lo habían afrontado todo apoyándose uno en el otro. Cuando Ana le preguntaba en qué estaba, él le respondía como lo hacía con nosotros, con silencio. A ella la inquietaba el cambio de Sergei después de la muerte del padre. Estaba taciturno y resentido,  con mucho odio enquistado. Anushka me dijo −continuó Katherina− que pensaba que él no había podido llorar. Ella también había sentido un odio inmenso al principio, pero cuando pensaba en el padre lloraba, lloraba  hasta agotar las lágrimas. Le quedaba después un dolor que sabía que no se iría, que formaría parte de su ser y que algún día le serviría para reparar la figura de su padre.


Otra vez ese silencio contenido.

−Me arrepiento de haberles recomendado que invirtieran parte del dinero que tenían en la compra de un departamento −dijo Igor−. Anushka no quería ser una carga para nosotros, quería ser independiente, trabajar haciendo traducciones del ruso al francés y viceversa, y cuando manejara el idioma estudiar periodismo, como ya le dije. Sergei no estaba de acuerdo en que viviera sola, tenía miedo por su hermana pero ella era cabeza dura,  no pudo convencerla. Él tenía que viajar, no sabía por cuánto tiempo y nos pidió que la llamáramos todos los días para saber cómo estaba.

−Yo la llamaba todas las noches a las diez −dijo la tía.

−Entonces, ¿la llamó esa noche? −preguntó Ignacio, las manos frías y transpiradas−. ¿Notó algo inusual?

−No, estaba cansada pero contenta con sus avances en el idioma.

–¡Era tan inteligente! −interrumpió Igor.

−Y había conseguido bastantes traducciones en una agencia rusa –terminó Katherina.

−¿Una agencia rusa? ¿Saben cómo se llama, cuál es la dirección? −la voz de Ignacio temblaba.

−No pudimos encontrarla, como si hubiese desaparecido −contestó Igor, apenado.

A todos los enmudeció la rabia y la frustración. Ignacio sintió que sería imposible descubrir la verdad, aunque igual se lo comentaría a Carlos.

La única verdad es que ella estaba muerta.

−Anushka era un ángel y sé que está en paz −dijo al fin la tía−, ¡pero cómo nos gustaría tenerla con nosotros! −Ella e Igor se abrazaron llorando− Usted la vio ¿tenía marcas, estaba desfigurada?      

−No, parecía realmente un ángel.

Cuando se despidieron, Ignacio caminó  rápido hasta el coche para llorar a solas.

La visita aumentó su obsesión, Ana ya no era una desconocida, ahora la conocía, la admiraba, no podía dejar de pensar en ella.

A pesar de la bronca de saber que nunca podría descubrir quién la asesinó y por qué,  por primera vez comprendió la paradoja de que si no la hubiesen matado él no la hubiera conocido, no la habría amado. La muerte, ese gran interrogante con el que se enfrentaba todos los días, los había unido. 

Todas las noches llegaba impaciente a su casa, sacaba comida hecha del freezer, la calentaba en el microondas e iba al living a cenar con “ella”. Se quedaba de sobremesa hasta la medianoche, con un vaso de whisky, contemplándola en el cuadro e imaginando historias de amor en la que ellos eran los protagonistas. 

Él había estado de novio dos veces pero nunca verdaderamente enamorado. Lo demás habían sido salidas que no dejaron huellas.

Un día Carlos lo invitó a tomar un café. Le dijo que estaba preocupado, que había esperado para decírselo pero cada vez el cambio en su conducta era más evidente, 

−Por favor Ignacio creo que tenés que pedir ayuda profesional, A veces uno no se da cuenta, pero los amigos sí. Ya no te reunís con nosotros, no salís con mujeres, estás aislado, lejano, inaccesible −después de una larga pausa pudo decirle− Esas obsesiones pueden ser peligrosas.

Ignacio comprendió pero tenía miedo de perderla. Al fin comenzó el tratamiento.

Le llevó tiempo dejar el hábito de cenar con ella pero le daba paz  contemplarla cuando llegaba y pasaba por el living.

Comenzó a salir con mujeres. Conoció a Esther, una abogada atractiva y de conversación amena e inteligente.

Cuando la llevó a su casa observó su reacción al pasar frente al cuadro. Ella lo miró de reojo y sin detenerse se apoltronó en el sillón haciéndole señas para que se sentara a su lado. Ignacio sintió que había despreciado lo más valioso que tenía. Le costó continuar la velada y la relación pronto terminó.

En el lapso de seis meses salió con otras dos mujeres que le presentaron sus amigos, todas inteligentes y encantadoras, pero el final era el mismo. Se dio cuenta que usaba la reacción de ellas frente al cuadro como una prueba, no sabía de qué. Entendió, preocupado, que no podía separarse de Ana, que tal vez ninguna mujer podría reemplazarla.      

Carlos y su esposa lo invitaron a cenar a su casa “con dos o tres amigos”, le había dicho. Ignacio fue a pesar de que se sentía observado y cuestionado, y eso le molestaba.


Entre los invitados estaba Silvina, que había vuelto hacía poco de París. Había ido a hacer su maestría en Sociología con un trabajo sobre el aumento inmigratorio en Europa y el impacto en los emigrados, según el motivo por el que emigraban, el país de origen y el medio social y cultural al que pertenecían. Carlos los sentó juntos y al principio a Ignacio ella no le interesó. La había observado apenas y no le pareció linda. Sus rasgos eran armónicos pero el  pelo y los ojos de color castaño los hacían uniformes, sólo un lunar pequeño arriba de su boca, rompía la monotonía. Pero sin darse cuenta su conversación lo atrapó. Ella había hecho una investigación brillante pero lo comentaba con  naturalidad exenta por completo de soberbia,  Su sonrisa le daba a los ojos brillo de canela, la risa, espontánea y franca,  contagiaba una visión optimista de la vida. 

−¿Cómo hacés para, a pesar de  haber visto tanto sufrimiento, conservar esa risa fresca?
−Hice esa investigación para ayudar, para denunciar. No es nuevo el drama de los inmigrantes pero cada vez es peor, Hay sordidez, manipulación, engaño. He sentido en mi piel ese dolor que quiebra a muchos y hacen lo que sea para sobrevivir −Silvina lo miró y sonrió.

“Qué extraña esa sonrisa, qué dulce tristeza”, pensó Ignacio.

−Sentir el dolor también te hace sentir viva, y si pensás que al menos a alguien podrás ayudar, el dolor se hace esperanza, se hace vida.

Quedaron en verse nuevamente. Ignacio recordaba a menudo aquella sonrisa de dulce tristeza, aquellas risas contagiosas, aquellas palabras. Una noche la invitó a cenar en su casa. Estaba expectante de la reacción de Silvina al ver el cuadro.

Al pasar por el living ella se detuvo a contemplarlo.

−¡Hermoso! Es increíble como el artista pudo reflejar la perfección de la belleza, hacerla trascendente. ¿Es conocido?

−No. Era desconocido hasta este cuadro. Se lo presto cuando hace una muestra pero me confesó que nunca más logró ese plus de irrealidad.

 −Seguro se lo trasmitió la modelo, es bellísima, es perfecta. ¿Quién es?

−Se llamaba Ana, había muerto cuando la pintó. Lo hizo en base a fotografías.

−¿Vos la conociste?

−Yo tampoco pude conocerla viva −Ignacio no quiso decirle toda la verdad, tal vez algún día.  Para desviar la conversación preguntó−, ¿habría hecho feliz a alguien que se hubiera enamorado de ella?

−No lo sé. Es casi imposible vivir día a día con la perfección, soportar la angustia de que nunca la vas a alcanzar.

−Podría enloquecerte −se escuchó decir Ignacio−. Miró al cuadro y los ojos de Ana le sonrieron. “La muerte tiene distintos rostros y distintos mensajes”, sintió paz al pensarlo.
Llevó a Silvina a conocer el departamento. Luego le prepararía una cena especial.  

“La dignidad del Arte” de Eduardo Galeano


Yo escribo para quienes no pueden leerme.
Los de abajo,
los que esperan desde hace siglos en la cola de la historia,
no saben leer o no tienen con qué.
Cuando me viene el desánimo,
me hace bien recordar una lección de dignidad del arte que recibí hace años,
en un teatro de Asís, en Italia.
Habíamos ido con Helena a ver un espectáculo de pantomima, y no había nadie.
Ella y yo éramos los únicos espectadores.
Cuando se apagó la luz, se nos sumaron el acomodador y la boletera.
Y, sin embargo, los actores, más numerosos que el público,
trabajaron aquella noche
como si estuvieran viviendo la gloria de un estreno a sala repleta.
Hicieron su tarea entregándose enteros,
con todo, con alma y vida; y fue una maravilla.
Nuestros aplausos retumbaron en la soledad de la sala.
Nosotros aplaudimos hasta despellejarnos las manos.

“Primeros amores” de Osvaldo Soriano


Siempre que voy a emprender un largo viaje recuerdo algunas cosas mías de cuando
todavía no soñaba con escribir novelas de madrugada ni subir a los aviones ni dormir en
hoteles lejanos. Esas imágenes van y vienen como una hamaca vacía: mi primera novia y mi
primer gol. Mi primera novia era una chica de pelo muy negro, tímida, que ahora estará
casada y tendrá hijos en edad de rocanrol. Fue con ella que hice por primera vez el amor, un
lunes de 1958, a la hora de la siesta, en una fila de butacas rotas de un cine vacío.

Antes de llegar a eso, otro día de invierno, su madre nos sorprendió en la penumbra
de la boletería con la ropa desabrochada y ahí nomás le pegó dos bofetadas que todavía me
suenan, lejanas y dolorosas, en el eco de aquellos años de frondicismo y resistencia peronista.
Su padre era un tipo sin pelo, de pocas pulgas, que masticaba cigarros y me saludaba de mal
humor porque ya tenía bastantes problemas con otra hija que volvía al amanecer y en coche
ajeno. Mi novia y yo teníamos quince años. Al caer la tarde, como el cine no daba función, nos
sentábamos en la plaza y nos hacíamos mimos hasta que aparecía el vigilante de la esquina.

No había gran cosa para divertirse en aquel pueblo. Las calles eran de tierra y para
ver el asfalto había que salir hasta la ruta que corría recta, entre bardas y chacras, desde
General Roca hasta Neuquén. Cualquier cosa que llegara de Buenos Aires se convertía en un
acontecimiento. Eran treinta y seis horas de tren o un avión semanal carísimo y peligroso, de
manera que sólo recuerdo la visita de un boxeador en decadencia que fue a Roca, al equipo de
Banfield, que llegó exhausto a Neuquén y a unos tipos que se hacían pasar por el trío Los
Panchos y llenaban el salón de fiestas del club Cipolletti. Los diarios de la Capital tardaban
tres días en llegar y no había ni una sola librería ni un lugar donde escuchar música o
representar teatro. Recuerdo un club de fotógrafos aficionados y la banda del regimiento que
una vez por mes venía a tocarle retretas a la patria. Entonces sólo quedaban el fútbol y las
carreras de motos, que empezaban a ponerse de moda.

Cuando su madre le dio aquella bofetada a mi novia, yo estaba en la Escuela
Industrial y todavía no había convertido mi primer gol. Jugaba en una de esas canchitas
hechas por los chicos del barrio, y de vez en cuando acertaba a meterla en el arco, pero esos
goles no contaban porque todos pensábamos hacer otros mejores, con público y con nuestras
novias temblando de admiración. Con toda seguridad éramos terriblemente machistas
porque crecíamos en un tiempo y en un mundo que eran así sin cuestionarse. Un mundo de
milicos levantiscos y jerarquías consagradas, de varones prostibularios y chicas hacendosas,
sobre el que pronto iba a caer como un aluvión el furioso jolgorio de los años sesenta.

Pero a fines de los cincuenta queríamos madurar pronto y triunfar en alguna cosa
viril y estúpida como las carreras de motos o los partidos de fútbol. Yo me di varios
coscorrones antes de convencerme de que no tenía ningún talento para las pistas. Mi padre
solía acompañarme para tocar el carburador o calibrar el encendido de la Tehuelche, pero mi
madre sufría demasiado y a mí las curvas y los rebajes me dejaban frío. La pelota era otra
cosa: yo tenía la impresión de ganarme unos segundos en el cielo cada vez que entraba al
área y me iba entre dos desesperados que presumían de carniceros y asesinos.

Me acuerdo de un número 2 viejo como de veintiséis años, de vincha y medalla de la Virgen,
que para asustar a los delanteros les contaba que debía una muerte en la provincia de La
Pampa. Lo recuerdo con cierto cariño, aunque me arruinó una pierna, porque era él quien me
marcaba el día que hice mi primer gol. Pegaba tanto el tipo, y con tanto entusiasmo que, como
al legendario Rubén Marino Navarro, lo llamaban Hacha Brava. Jugaba inamovible en la
Selección del Alto Valle y en ese lugar y en aquellos años pocos eran los árbitros que
arriesgaban la vida por una expulsión.

Mi novia no iba a los partidos. Estudiaba para maestra y todavía la veo con el
guardapolvo a la salida del colegio, buscándome con la mirada. Un día que mis padres
estaban de viaje le exigí que viniera a casa, pero todo fue un fracaso con llantos, reproches y
enojos. Tal vez leerá estas líneas y recordará el perfume de las manzanas de marzo, su miedo
y mi torpeza inaudita.

Por un par de meses, antes de que yo la conociera, ella había sido la novia de nuestro
zaguero central y alguien me dijo que el tipo se vanagloriaba de haberle puesto una mano
debajo de la blusa. Eso me lo hacía insoportable. Tan celoso estaba de aquella imagen del
pasado que casi dejé de saludarlo. El chico era alto, bastante flaco y pateaba como un caballo.
Yo me mordía los labios, allá arriba, en la soledad del número 9, cuando me fauleaban y él se
llevaba la gloria del tiro libre puesto en un ángulo como un cañonazo. Si lo nombro hoy,
todavía receloso, es porque participó de aquella victoria memorable y porque sin su gol el
mío no habría tenido la gloria que tiene.

Mi novia admitía haberlo besado, pero negaba que el odioso personaje le hubiera
puesto la mano en el escote. A veces yo me resignaba a creerle y otras sentía como si una
aguja me atravesara las tripas. Escuchábamos a Billy Cafaro y quizás a Eddie Pequenino pero
yo no iba a bailar porque eso me parecía cosa de blandos. En realidad nunca me animé y si
más tarde, ya en Tandil, caí en algún asalto o en una fiesta del club Independiente, fue porque
estaba completamente borracho y perseguía a una rubia inabordable.

Pasábamos el tiempo en el cine, acariciándonos por debajo del tapado que nos cubría
las piernas, y creíamos que su padre no se enteraba. Tal vez era así: andaba inclinado,
ausente, masticando el charuto apagado, neurótico por el humo y el calor de la cabina de
proyección. Pero la madre no nos sacaba el ojo de encima y aquella desgraciada tarde de
invierno irrumpió en la boletería y empezó a darle de cachetadas a mi novia.

Después supe que hacíamos el amor todos los días, pero en aquel entonces suponía
que había una sola manera posible y que si ella la aceptaba, el más glorioso momento de la
existencia habría ocurrido al fin. Y ese instante, en una vida vulgar, sólo es comparable a otro
instante, cuando la pelota entra en un arco de verdad por primera vez, y no hay Dios más
feliz que ese tipo que festeja con los brazos abiertos gritándole al cielo.

Ese tipo, hace treinta años, soy yo. Todavía voy, en un eterno replay, a buscar los
abrazos y escucho en sordina el ruido de la tribuna. Sé que estas confesiones contribuyen a mi
desprestigio en la alta torre de los escritores, pero ahí sigo, al acecho entre el 5 que me empuja
y Hacha Brava que me agarra de la camiseta mientras estamos empatados y un wing de jopo
a la brillantina tira un centro rasante, al montón, a lo que pase. Se me ha cortado la
respiración pero estoy lúcido y frío como un asesino a sueldo. Nuestro zaguero central acaba
de empatar con un terrible disparo de treinta metros que he festejado sin abrazarlo y en este
contragolpe, casi sobre el final, intuyo secretamente que mi vida cambiará para siempre.

El miedo de perderme en la maraña de piernas, en el infierno de gritos y codazos, ya
pasó. El 10, que es un veterano de mil batallas, llega en diagonal y pifia porque la pierna
derecha sólo le sirve para tenerse parado. Inexorablemente, ese gesto fallido descoloca a toda
la defensa y la pelota sale dando vueltas a espaldas del 5 que gira desesperado para
empujarla al córner. Entonces aparezco yo, como el muchachito de la película, ahuecando el
pie para que el tiro no se levante y le pego fuerte, cruzado, y aunque parezca mentira aquella
imagen todavía perdura en mí, cualquiera sea el hotel donde esté.

Igual que la otra, a la hora de la siesta, en una butaca rota del cine desierto. Nos
besamos y sin buscarlo, porque las cachetadas todavía le arden en la cara, mi primera novia
se abandona por fin y me recibe mientras sus pechos que alguna vez consintieron la caricia de
nuestro despreciable zaguero central tiritan y trotan, brincan y broncan, hoy que nuestras
vidas están junto a otros y mi hotel queda tan lejos del suyo.

“Adios” de Valentina Aguirre


Ayer me visitó un pequeño picaflor,
el viento susurro su mensaje.
Y me dio a entender
que nunca me abandonaría.

Que estaría en algún lugar del universo.
Porque básicamente no era un picaflor.
Era su alma que me visitó,
para decirme que no llore más.

Para dejarme su último adiós.
Era la persona que amaba,
era mi persona favorita
que se había despedido.

Valentina Aguirre, poeta argentina.

“Te he buscado en la entraña de tu nombre” de Margarita Carrera


Te he buscado
en la entraña de tu nombre
Guatemala.
He buscado
tu génesis
y tus dioses de maíz
y de vegetales alientos.

Te he buscado
en tu distancia
y en mi ausencia
en tu súbito llanto
y en tu sangre derramada.

Te he buscado
en tu dolor moreno
y en tu recia mirada de obsidiana.
En tus ríos
y en tus peces.
En los ángeles que arrastran
inmisericordes
las madréporas y los caracoles esforzados.