Quinquela Martín

sábado, 13 de noviembre de 2021

“Yo” de Pilar Adón

 

Yo. Lo sé. Tengo ese miserable aspecto
del que va demandando cariño por las puertas.
'Quiéreme un poco. Quiéreme un poco'
Los ojos nostálgicos hacia el coche que se aleja
y la espalda estrecha que se detiene por última vez para decir adiós

Yo.
Lo sé. Persigo la mirada comprensiva de todas las madres
y a veces las manos grandes de cada padre.
El susurro al teléfono que me diga: 'todo está bien'
mientras la niña del pañuelo negro gira
y gira esperando la llegada del sosiego.
El apaciguamiento de la marea oscura que sube.
Y sube a la boca desde el alma que se creía ya aliviada
pero que no. Porque el alma, aunque se suponga el éxito sobre ella, cuando es dolorosa y cuando tiene la tez de la angustia,
sobrevive.

Yo.
Lo sé. Me estoy ahogando y no entiendo nada.
Dejé que tomara mi mano y me arrastrara hasta la orilla.
'Vas a ver un milagro', me dijo.
Y la niña de los zapatos negros con lacito
me miraba a la cara y me mostraba sus dientes de conejito.
'Perdón. Perdón. Perdón.' Parecía suplicar. 'Yo no fui. No fui yo
'

Yo.
Ahora cuento las varillas azules que se insertan
en aquel jarrón transparente y me pregunto:
(uno, dos tres
)
¿Por qué lo haces?

Pilar Adón, escritora española.

“Tríptico de la noche (II)” de Teófilo Cid

  

Cuantos vienen a mirarte te miran desde un solio de egoísmo bajo el cual una cisterna brota que embrida a los astros.

No pueden suponer que el día nace de tus sombras, el día que concede su luz a cualquier hombre y que también nos sirve para odiarnos.

En ti yo encuentro los semblantes más amados, el de una ciudad que invierte sus tejados en el agua y el de un puente de salud sobre dolencias pálidas. (Recuerdo como aludes de agua fresca, viejos recuerdos donde las diarias preocupaciones crean fútiles regatas.)

Por eso a ti recurro, ¡oh noche!, para impetrar tu sombra, tu mano enguantada de negro, tu dominó de olvido, porque ellos, los paseantes que ahora llegan de la mano, puedan quedar prendidos como jíbaros de espuma al primitivo silencio de tus astros extasiados. ¡Oh emblema nupcial! ¡Oh dulce acorde transpirado! La noche tiene ahora escudo de armas como reina, dos miradas, dos alientos, dos palabras que el silencio crispa en un augurio de cemento eternizado.

 

“Analiza tu vida” de Vidaluz Meneses


Analiza tu vida
que ya está programada.
A lo mejor ya vieja, las canas te pesen
y te hagan bajar la cabeza
porque tu herencia será lastre
y tus descendientes,
indefensos insectos adheridos.

 


domingo, 31 de octubre de 2021

“El Aleph” de Jorge Luis Borges

 

I

Que yo recuerde, mis trabajos empezaron en un jardín de Tebas Hekatómpylos, cuando

Diocleciano era emperador. Yo había militado (sin gloria) en las recientes guerras

egipcias, yo era tribuno de una legión que estuvo acuartelada en Berenice, frente al Mar

Rojo: la fiebre y la magia consumieron a muchos hombres que codiciaban magnánimos

el acero. Los mauritanos fueron vencidos; la tierra que antes ocuparon las ciudades

rebeldes fue dedicada eternamente a los dioses plutónicos; Alejandría, debelada,

imploró en vano la misericordia del César; antes de un año las legiones reportaron el

triunfo, pero yo logré apenas divisar el rostro de Marte. Esa privación me dolió y fue tal

vez la causa de que yo me arrojara a descubrir, por temerosos y difusos desiertos, la

secreta Ciudad de los Inmortales.

Mis trabajos empezaron, he referido, en un jardín de Tebas. Toda esa noche no dormí,

pues algo estaba combatiendo en mi corazón. Me levanté poco antes del alba; mis

esclavos dormían, la luna tenía el mismo color de la infinita arena. Un jinete rendido y

ensangrentado venía del oriente. A unos pasos de mí, rodó del caballo. Con una tenue

voz insaciable me preguntó en latín el nombre del río que bañaba los muros de la

ciudad. Le respondí que era el Egipto, que alimentan las lluvias. Otro es el río que

persigo, replicó tristemente, el río secreto que purifica de la muerte a los hombres.

Oscura sangre le manaba del pecho. Me dijo que su patria era una montaña que está al

otro lado del Ganges y que en esa montaña era fama que si alguien caminara hasta el

occidente, donde se acaba el mundo, llegaría al río cuyas aguas dan la inmortalidad.

Agregó que en la margen ulterior se eleva la Ciudad de los Inmortales, rica en baluartes

y anfiteatros y templos. Antes de la aurora murió, pero yo determiné descubrir la ciudad

y su río. Interrogados por el verdugo, algunos prisioneros mauritanos confirmaron la

relación del viajero; alguien recordó la llanura elísea, en el término de la tierra, donde la

vida de los hombres es perdurable; alguien, las cumbres donde nace el Pactolo, cuyos

moradores viven un siglo. En Roma, conversé con filósofos que sintieron que dilatar la

vida de los hombres era dilatar su agonía y multiplicar el número de sus muertes. Ignoro

si creí alguna vez en la Ciudad de los Inmortales: pienso que entonces me bastó la tarea

de buscarla. Flavio, procónsul de Getulia, me entregó doscientos soldados para la

empresa. También recluté mercenarios, que se dijeron conocedores de los caminos y

que fueron los primeros en desertar.

Los hechos ulteriores han deformado hasta lo inextricable el recuerdo de nuestras

primeras jornadas. Partimos de Arsinoe y entramos en el abrasado desierto.

Atravesamos el país de los trogloditas, que devoran serpientes y carecen del comercio

de la palabra; el de los garamantas, que tienen las mujeres en común y se nutren de

leones; el de los augilas, que sólo veneran el Tártaro. Fatigamos otros desiertos, donde

es negra la arena; donde el viajero debe usurpar las horas de la noche, pues el fervor del

día es intolerable. De lejos divisé la montaña que dio nombre al Océano: en sus laderas

crece el euforbio, que anula los venenos; en la cumbre habitan los sátiros, nación de

hombres ferales y rústicos, inclinados a la lujuria. Que esas regiones bárbaras, donde la

tierra es madre de monstruos, pudieran albergar en su seno una ciudad famosa, a todos

nos pareció inconcebible. Proseguimos la marcha, pues hubiera sido una afrenta

retroceder. Algunos temerarios durmieron con la cara expuesta a la luna; la fiebre los

ardió; en el agua depravada de las cisternas otros bebieron la locura y la muerte.

Entonces comenzaron las deserciones; muy poco después, los motines. Para reprimirlos,

no vacilé ante el ejercicio de la severidad. Procedí rectamente, pero un centurión me advirtió que los sediciosos (ávidos de vengar la crucifixión de uno de ellos) maquinaban

mi muerte. Huí del campamento, con los pocos soldados que me eran fieles. En el

desierto los perdí, entre los remolinos de arena y la vasta noche. Una flecha cretense me

laceró. Varios días erré sin encontrar agua, o un solo enorme día multiplicado por el sol,

por la sed y por el temor de la sed. Dejé el camino al arbitrio de mi caballo. En el alba,

la lejanía se erizó de pirámides y de torres. Insoportablemente soñé con un exiguo y

nítido laberinto: en el centro había un cántaro; mis manos casi lo tocaban, mis ojos lo

veían, pero tan intrincadas y perplejas eran las curvas que yo sabía que iba a morir antes

de alcanzarlo.

“A la mañana siguiente” de Nacho Buzón

  

tenía el tiempo metido

en una botella de vino

lo agitaba

lo emborrachaba

después me lo bebía

y me sentía mejor

 

tenía mi vida metida

en una botella de vino

la agitaba

la emborrachaba

después me la bebía

y me sentía peor

(a la mañana siguiente

claro)

“Último brindis” de Nicanor Parra

  

Lo queramos o no
Sólo tenemos tres alternativas:
El ayer, el presente y el mañana.

Y ni siquiera tres
Porque como dice el filósofo
El ayer es ayer
Nos pertenece sólo en el recuerdo:
A la rosa que ya se deshojó
No se le puede sacar otro pétalo.

Las cartas por jugar
Son solamente dos:
El presente y el día de mañana.

Y ni siquiera dos
Porque es un hecho bien establecido
Que el presente no existe
Sino en la medida en que se hace pasado
Y ya pasó...,
como la juventud.

En resumidas cuentas
Sólo nos va quedando el mañana:
Yo levanto mi copa
Por ese día que no llega nunca
Pero que es lo único
De lo que realmente disponemos.