su soledad maúlla
ceros y ceros
vertiente de olores ingenuos
retina ante desconocido
las brisas sonantes
retornan picando
su ser de sonrisas
y dientes abiertos
reír en la noche soleada
del vigoroso participio
Cuando las poesías asaltan el alma, susurra una voz que dice "un poema o la vida". Un espacio donde habitan los consagrados y los enamorados de la escritura. Si tenés poesías o cuentos propios envíalos junto a una reseña de tus datos personales y tendrás un lugar permanente en este blog, para que los visitantes puedan conocer y leer tus obras.
su soledad maúlla
ceros y ceros
vertiente de olores ingenuos
retina ante desconocido
las brisas sonantes
retornan picando
su ser de sonrisas
y dientes abiertos
reír en la noche soleada
del vigoroso participio
mis pupilas negras sin ineluctables chispitas
mis pupilas grandes polen lleno de abejas
mis pupilas redondas disco rayado
mis pupilas graves sin quiebro absoluto
mis pupilas rectas sin gesto innato
mis pupilas llenas pozo bien oliente
mis pupilas coloreadas agua definida
mis pupilas sensibles rigidez de lo desconocido
mis pupilas salientes callejón preciso
mis pupilas terrestres remedos cielinos
mis pupilas oscuras piedras caídas
no llegará lejos el día de raro verdor
en que cantaré a la luna odiada que da luz a mi espesa cabeza cortada
a la navaja
que da luz a los vientos brutales
a las flores agudas que arden en los dedos bajo las curitas benignas
a la estrella que se oculta cuando se la llama
a la lluvia húmeda contoneándose en su desnudez repulsiva
el sol amarillo que traspasa las pieles marcando oscuras huellas
el relojito enviado desde el infierno interruptor de los bellos sueños
a los mares helados arrastrando basuras olas cintillos dorados ardores
en los ojos
(al conejito que se
comía las uñas)
costura desclavada en mi caos humor diario
repiqueo infinito arpa rayada
cadáveres llorosos mar salino
tu opacidad quitará fuentes de verde jabón
banderines colorados
en mano derecha de uñas comidas
Viernes 15 de febrero
Para rendir pasablemente en la oficina, tengo que obligarme a no pensar que
el ocio está relativamente cerca. De lo contrario, los dedos se me crispan y la
letra redonda con que debo escribir los rubros primarios me sale quebrada y sin
elegancia. La redonda es uno de mis mejores prestigios como funcionario.
Además, debo confesarlo, me provoca placer el trazado de algunas letras como
la M may úscula o la b minúscula, en las que me he permitido algunas
innovaciones. Lo que menos odio es la parte mecánica, rutinaria, de mi trabajo:
el volver a pasar un asiento que y a redacté miles de veces, el efectuar un
balance de saldos y encontrar que todo está en orden, que no hay diferencias a
buscar. Ese tipo de labor no me cansa, porque me permite pensar en otras cosas
y hasta (¿por qué no decírmelo a mí mismo?) también soñar. Es como si me
dividiera en dos entes dispares, contradictorios, independientes, uno que sabe de
memoria su trabajo, que domina al máximo sus variantes y recovecos, que está
seguro siempre de dónde pisa, y otro soñador y febril, frustradamente
apasionado, un tipo triste que, sin embargo, tuvo, tiene y tendrá vocación de
alegría, un distraído a quien no le importa por dónde corre la pluma ni qué cosas
escribe la tinta azul que a los ocho meses quedará negra.
En mi trabajo, lo insoportable no es la rutina; es el problema nuevo, el pedido
sorpresivo de ese Directorio fantasmal que se esconde detrás de actas,
disposiciones y aguinaldos, la urgencia con que se reclama un informe o un
estado analítico o una previsión de recursos. Entonces sí, como se trata de algo
más que rutina, mis dos mitades deben trabajar para lo mismo, y a no puedo
pensar en lo que quiero, y la fatiga se me instala en la espalda y en la nuca,
como un parche poroso. ¿Qué me importa la ganancia probable del rubro Pernos
de Pistón en el segundo semestre del penúltimo ejercicio? ¿Qué me importa el
modo más práctico de conseguir el abatimiento de los Gastos Generales?
Hoy fue un día feliz, sólo rutina.
Puede una gota de lodo
sobre un diamante caer;
puede también de este modo
su fulgor oscurecer;
pero aunque el diamante todo
se encuentre de fango lleno,
el valor que lo hace bueno
no perderá ni un instante,
y ha de ser siempre diamante
por más que lo manche el cieno.