Quinquela Martín

jueves, 23 de septiembre de 2021

“Pierna silvestre” de Nicomedes Suárez Araúz

La pierna se lava y se raspa

el exceso de gordura que hubiera.

 

Se pone en una asadera al horno.

Una vez que larga un poco la gordura,

se cuece hasta secarse y se cubre

en azúcar y caldo de piña.

 

Se deja en horno fuerte

cociendo unos veinte minutos.

 

Al retirar del horno

se corta la pierna de indio formando rombos

colocando un clavo de olor

en cada uno.

 

Los rombos se comen

con yuca hervida

y una tajada de silencio. 

“Erótico” de Marguerite Yourcenar

 

Tú la avispa y yo la rosa;
Tú el mar, yo la escollera;
En la creciente radiosa
Tú el Fénix, yo la hoguera.
Tú el Narciso y yo la fuente,
En mis ojos tú brillando;
Tú el río y yo el puente;
Yo la onda en mí nadando.
Y tú el sol y la sal
Y en los labios el caudal
Del rumor meciendo el juego.
Yo el pájaro y el cielo

viernes, 10 de septiembre de 2021

“La Ingenua” de Luis Benítez

  

Ella creía que la reflejaban los espejos

que era esos dedos que hurgaban en el rostro

las lentas mutaciones

que era su pulóver sus zapatos

lo que recordaba y lo olvidado

que era una guirnalda detrás suyo

que era su cabeza

que era sus amigas sus trabajos

un hombre en una esquina. Una mañana.

Las casas que habitó sus cuatro barrios

que era las que era tras el portón borroso de los sueños

que alcanzaba para ella el gentilicio

y la historia de un país incierto

el hambre la sed

o lo que amaba

 

domingo, 5 de septiembre de 2021

“Lo más olvidado del olvido” de Isabel Allende

 

Ella se dejó acariciar, silenciosa, gotas de sudor en la cintura, olor a azúcar tostada en

su cuerpo quieto, como si adivinara que un solo sonido podía hurgar en los recuerdos y

echarlo todo a perder, haciendo polvo ese instante en que él era una persona como

todas, un amante casual que conoció en la mañana, otro hombre sin historia atraído

por su pelo de espiga, su piel pecosa o la sonajera profunda de sus brazaletes de

gitana, otro que la abordó en la calle y echó a andar con ella sin rumbo preciso,

comentando del tiempo o del tráfico y observando a la multitud, con esa confianza un

poco forzada de los compatriotas en tierra extraña; un hombre sin tristezas, ni

rencores, ni culpas, limpio como el hielo, que deseaba sencillamente pasar el día con

ella vagando por librerías y parques, tomando café, celebrando el azar de haberse

conocido, hablando de nostalgias antiguas, de cómo era la vida cuando ambos crecían

en la misma ciudad, en el mismo barrio, cuando tenía catorce años, te acuerdas, los

inviernos de zapatos mojados por la escarcha y de estufas de parafina, los veranos de

duraznos, allá en el país prohibido. Tal vez se sentía un poco sola o le pareció que era

una oportunidad de hacer el amor sin preguntas y por eso, al final de la tarde, cuando

ya no había más pretextos para seguir caminando, ella lo tomó de la mano y lo

condujo a su casa. Compartía con otros exiliados un apartamento sórdido, en un

edificio amarillo al final de un callejón lleno de tarros de basura. Su cuarto era

estrecho, un colchón en el suelo cubierto con una manta a rayas, unas repisas hechas

con tablones apoyados en dos hileras de ladrillos, libros, afiches, ropa sobre una silla,

una maleta en un rincón. Allí ella se quitó la ropa sin preámbulos con actitud de niña

complaciente.

Él trató de amarla. La recorrió con paciencia, resbalando por sus colinas y hondonadas,

abordando sin prisa sus rutas, amasándola, suave arcilla sobre las sábanas, hasta que

ella se entregó, abierta. Entonces él retrocedió con muda reserva. Ella se volvió para

buscarlo, ovillada sobre el vientre del hombre, escondiendo la cara, como empeñada

en el pudor, mientras lo palpaba, lo lamía, lo fustigaba. Él quiso abandonarse con los

ojos cerrados y la dejó hacer por un rato, hasta que lo derrotó la tristeza o la

vergüenza y tuvo que apartarla. Encendieron otro cigarrillo, ya no había complicidad,

se había perdido la anticipada urgencia que los unió durante ese día, y sólo quedaban

sobre la cama dos criaturas desvalidas, con la memoria ausente, flotando en el vacío

terrible de tantas palabras calladas. Al conocerse esa mañana no ambicionaron nada

extraordinario, no habían pretendido mucho, sólo algo de compañía y un poco de

placer, nada más, pero a la hora del encuentro los venció el desconsuelo. Estamos

cansados, sonrió ella, pidiendo disculpas por esa pesadumbre instalada entre los dos.

En un último empeño de ganar tiempo, él tomó la cara de la mujer entre sus manos y

le besó los párpados. Se tendieron lado a lado, tomados de la mano, y hablaron de sus

vidas en ese país donde se encontraban por casualidad, un lugar verde y generoso

donde sin embargo siempre serían forasteros. Él pensó en vestirse y decirle adiós,

antes de que la tarántula de sus pesadillas les envenenara el aire, pero la vio joven y

vulnerable y quiso ser su amigo. Amigo, pensó, no amante, amigo para compartir

algunos ratos de sosiego, sin exigencias ni compromisos, amigo para no estar solo y

para combatir el miedo. No se decidió a partir ni a soltarle la mano. Un sentímiento

cálido y blando, una tremenda compasión por sí mismo y por ella le hizo arder los ojos.

Se infló la cortina como una vela y ella se levantó a cerrar la ventana, imaginando que

la oscuridad podía ayudarlos a recuperar las ganas de estar juntos y el deseo de

abrazarse. Pero no fue así, él necesitaba ese retazo de luz de la calle, porque si no se

sentía atrapado de nuevo en el abismo de los noventa centímetros sin tiempo de la celda, 

fermentando en sus propios excrementos, demente. Deja abierta la cortina,

quiero mirarte, le mintió, porque no se atrevió a confiarle su terror de la noche,

cuando lo agobiaban de nuevo la sed, la venda apretada en la cabeza como una corona

de clavos, las visiones de cavernas y el asalto de tantos fantasmas. No podía hablarle

de eso, porque una cosa lleva a la otra y se acaba diciendo lo que nunca se ha dicho.

Ella volvió a la cama, lo acarició sin entusiasmo, le pasó los dedos por las pequeñas

marcas, explorándolas. No te preocupes, no es nada contagioso, son sólo cicatrices, rió

él casi en un sollozo. La muchacha percibió su tono angustiado y se detuvo, el gesto

suspendido, alerta. En ese momento él debió decirle que ése no era el comienzo de un

nuevo amor, ni siquiera de una pasión fugaz, era sólo un instante de tregua, un breve

minuto de inocencia, y que dentro de poco, cuando ella se durmiera, él se iría; debió

decirle que no habría planes para ellos, ni llamadas furtivas, no vagarían juntos otra

vez de la mano por las calles, ni compartirían juegos de amantes, pero no pudo hablar,

la voz se le quedó agarrada en el vientre, como una zarpa. Supo que se hundía. Trató

de retener la realidad que se le escabullía, anclar su espíritu en cualquier cosa, en la

ropa desordenada sobre la silla, en los libros apilados en el suelo, en el afiche de Chile

en la pared, en la frescura de esa noche caribeña, en el ruido sordo de la calle; intentó

concentrarse en ese cuerpo ofrecido y pensar sólo en el cabello desbordado de la

joven, en su olor dulce. Le suplicó sin voz que por favor lo ayudara a salvar esos

segundos, mientras ella lo observaba desde el rincón más lejano de la cama, sentada

como un faquir, sus claros pezones y el ojo de su ombligo mirándolo también,

registrando su temblor, el chocar de sus dientes, el gemido. El hombre oyó crecer el

silencio en su interior, supo que se le quebraba el alma, como tantas veces le ocurriera

antes, y dejó de luchar, soltando el último asidero al presente, echándose a rodar por

un despeñadero inacabable. Sintió las correas incrustadas en los tobillos y en las

muñecas, la descarga brutal, los tendones rotos, las voces insultando, exigiendo

nombres, los gritos inolvidables de Ana supliciada a su lado y de los otros, colgados de

los brazos en el patio.

¡Qué pasa, por Dios, qué te pasa!, le llegó de lejos la voz de Ana. No, Ana quedó

atascada en las ciénagas del Sur. Creyó percibir a una desconocida desnuda, que lo

sacudía y lo nombraba, pero no logró desprenderse de las sombras donde se agitaban

látigos y banderas. Encogido, intentó controlar las náuseas. Comenzó a llorar por Ana

y por los demás. ¿Qué te pasa?, otra vez la muchacha llamándolo desde alguna parte.

¡Nada, abrázame ... ! rogó y ella se acercó tímida y lo envolvió en sus brazos, lo

arrulló como a un niño, lo besó en la frente, le dijo llora, llora, lo tendió de espaldas

sobre la cama y se acostó crucificada sobre él.

Permanecieron mil años así abrazados, hasta que lentamente se alejaron las

alucinaciones y él regresó a la habitación, para descubrirse vivo a pesar de todo,

respirando, latiendo, con el peso de ella sobre su cuerpo, la cabeza de ella

descansando en su pecho, los brazos y las piernas de ella sobre los suyos, dos

huérfanos aterrados. Y en ese instante, como si lo supiera todo, ella le dijo que el

miedo es más fuerte que el deseo, el amor, el odio, la culpa, la rabia, más fuerte que

la lealtad. El miedo es algo total, concluyó, con las lágrimas rodándole por el cuello.

Todo se detuvo para el hombre, tocado en la herida más oculta. Presintió que ella no

era sólo una muchacha dispuesta a hacer el amor por conmiseración, que ella conocía

aquello que se encontraba agazapado más allá del silencio, de la completa soledad,

más allá de la caja sellada donde él se había escondido del Coronel y de su propia

traición, más allá del recuerdo de Ana Díaz y de los otros compañeros delatados, a

quienes fueron trayendo uno a uno con los ojos vendados. ¿Cómo puede saber ella

todo eso? La mujer se incorporó. Su brazo delgado se recortó contra la bruma clara de la 

ventana, buscando a tientas el interruptor. Encendió la luz y se quitó uno a uno los

brazaletes de metal, que cayeron sin ruido sobre la cama. El cabello le cubría a medias

la cara cuando le tendió las manos. También a ella blancas cicatrices le cruzaban las

muñecas. Durante un interminable momento él las observó inmóvil hasta

comprenderlo todo, amor, y verla atada con las correas sobre la parrilla eléctrica, y

entonces pudieron abrazarse y llorar, hambrientos de pactos y de confidencias, de

palabras prohibidas, de promesas de mañana, compartiendo, por fin, el más recóndito

secreto.

“Milonga de dos hermanos” de Jorge Luis Borges

 

Traiga cuentos la guitarra

de cuando el fierro brillaba,

cuentos de truco y de taba,

de cuadreras y de copas,

cuentos de la Costa Brava

y el Camino de las Tropas.

Venga una historia de ayer

que apreciarán los más lerdos;

el destino no hace acuerdos

y nadie se lo reprocha ya

estoy viendo que esta noche

vienen del Sur los recuerdos.

Velay, señores, la historia

de los hermanos Iberra,

hombres de amor y de guerra

y en el peligro primeros,

la flor de los cuchilleros

y ahora los tapan en tierra.

Suelen al hombre perder

la soberbia o la codicia;

también el coraje envicia

a quien le da noche y día;

el que era menor debía

más muertes a la justicia.

Cuando Juan Iberro vio

que el menor lo aventajaba,

la paciencia se le acaba

y le fue tendiendo un lazo.

Le dió muerte de un balazo,

allá por la Costa Brava.

Así de manera fiel

conté la historia hasta el fin;

es la historia de Caín

que sigue matando a Abel.

“Siempre tu palabra sencilla” de Joaquín Enrique Areta

  

Siempre tu palabra sencilla,

Tu palabra justa,

Tu preocupación profunda.

Siempre tu palabra llega

En la multitud de mis silencios,

Para despertarme.

Y en la confusión de mis bullicios

Para clarificarme el rumbo.

Siempre tu palabra, allí,

Francotirador perfecto,

Cazador de debilidades,

Juez de mi vida,

Asesina de mi ego.

Siempre tu palabra cerca

Para que el silencio diga

Te quiero mi amor.