Quinquela Martín

domingo, 18 de abril de 2021

"Cápsulas de amor mientras se viaja" de Sabeli Ceballos Franco

 

"Sí lo volvería a hacer"
pienso
y te acaricio la ausente Patagonia
que llevas en la frente
sé que no querías hacer el viaje
sonríes al parabrisas
(no es bueno distraerse mientras se maneja)
pero tu pupila derecha me arrincona
suficiente para sentirme más importante que el volante
el reporte meteorológico decía ayer
que hoy estaría nuboso y soleado
está ambos
nosotros también

II

"Ponéte los anteojos que no ves bien"
dices bromeando
no sé por qué te hago caso a veces
como si fueras mi padre
a quien sólo por amor alguna vez hice caso,
en definitiva me quedo contigo
de nuevo, insisto
mientras una lágrima nacida en la guerrilla
de mi garganta
se lanza por la ventana del carro
vamos a ciento veinte kilómetros por hora
Mérida cincuenta y uno dice una señal
aminoras
un tráiler se volcó en la carretera
cero heridos
sólo un susto te rebasó por la izquierda
porque en otras palabras te repito
que para mí no hay sufragio efectivo
te re elijo
aceleras

III

voy a besarte de nuevo
lo haría en el dedo gordo de tu pie
pero mi orgullo es orgulloso
y mi sentido práctico lo encuentra incómodo
además
es más fácil tirarte petardos de ignorancia
o de reproche
y consolarte después
no hard feelings
(tú también lo haces)

IV

Llevamos más de mil días probando suerte
tú renunciaste al tarot
yo a mi cordón umbilical
los augurios
cruz cruz
hay que acallarlos a bofetadas
cerremos los ojos y gritemos su nombre
que el circo romano aún no acaba
tú y yo
podríamos ser nuestros leones

V

"centro histórico"
cómo te lo digo ahora
con cuarenta grados centígrados
si empiezas a agonizar después de los veinticinco
en el medio de la ciudad
este pucho tráfico
y el motor recalentado
dices "parar, hay que parar"
olvidé mi alerta escribiendo poemas
no te pasé a tiempo la herramienta
ahora me tocan los petardos
grito en silencio "No!"
alegrándome de saber algo de maya
mientras se te salen los "boludo!" entre boca y lengua
"mamita querida"
(pienso)
amo tu idiosincrasia hasta que la detesto
y viceversa

VI

deberías estar enfurecido
yo escribiendo poemitas
mientras tú hurgas en el cofre
jalas pinchas conectas y vociferas
pobre motor qué fastidio
arrancó de nuevo y logré el indulto
no todo está tan mal después de todo
pero que no se me ocurra decirte
"estamos juntos seamos felices"
porque eso sería una hijueputada
con tanto calor
las manos negras de aceite
y el carro desmayado

VII

llegamos al capítulo siete de esta pequeña historia
de nuevo tu pupila derecha
esta vez mirando inquisitiva a mi libreta
"¿qué tanto escribe?" pensarás
mas ya lo sabes
pero quieres que te lo diga
o que lo siga escribiendo

VIII

no me fui a porto fino
ni a Grecia
ando a tres patadas de ah kin pech
donde la diversión está en la hamaca
me paseo oronda en un shopping mall
con los cabellos erizados
polvorientos y calva de peine
me miras como si nada
"a ver si se atreve a besarme" reto
y me besas
es hora de tomar tu mano
para subir las escaleras eléctricas
(me hace sentir como el primer día de escuela)
el paraíso existe
y no es como dicen en los cuentos
ni en las telenovelas

IX

el hambre aprieta y carece de fantasía
decidimos comer
dos hamburguesas
dos sobrecitos de mostaza
dos de catsup
somos dos
yo quería más catsup
"toma el mío" dices
(primera señal de buena voluntad)
mas yo me niego
"anda" insistes
(sé que no tomarás tu catsup para que lo tome yo)
no
si tú no lo comes
yo tampoco
al final sobraron dos sobres de catsup
voy a llevármelos a ambos
como muestras de amor
(si caben
tengo el bolso repleto de ellas)

X

ayer hablábamos de casas Euzkera y yo
por las voces de rosario de pita y de Cecilia
ellas decían "mi casa soy yo y yo soy mía"
"qué mujerones" dijimos
pero yo no soy mi casa
mi casa eres tú Daniel
donde estás tú
está mi casa

XI

ya te estás sacudiendo de impaciencia
pero estoy ocupada redactando
mi testamento de amor para ti
no molestes
te amo
es todo lo que he querido decirte
y es todo lo que te dejo
si me dejas terminarlo


XII

te lego en vida mi único bien
que es el amor
si te lo llevas a la tumba antes que yo
viviré agonizando lentamente
por favor
cuídame de la muerte


XIII

es hora de dormir
y de oración
gracias señor
por habernos (re)unido
ahora somos un rompecabezas
bien parido
ayúdanos a conservar
intactas nuestras piezas
amén


XIV

si no te gustó este poema
cómetelo
tengo suficientes sobres de aderezo
en la maleta
(tendré que aprender varios idiomas
nunca sé cómo decirte que te quiero)

XV

quizá si te beso intermitentemente
en una vida
pueda convencerte
o vencerte con mi amor
a la mexicana
(como la chinaca a Pantaleón)
soy tan leal y revoltosa
que hubiera enamorado
al che Guevara

"Cuando ella pasa" de Fernando Pessoa

 

Sentado junto a la ventana,
A través de los cristales, empañados por la nieve,
Veo su adorable imagen, la de ella, mientras
Pasa… pasa… pasa de largo…


Sobre mí, la aflicción ha arrojado su velo:
Una criatura menos en este mundo
Y un ángel más en el cielo.


Sentado junto a la Ventana,
A través de los cristales, empañados por la nieve,
Pienso que Veo su imagen, la de ella,
Que no pasa ahora… que no pasa de largo…

"Entre mi amor y yo han de levantarse…" de Jorge Luis Borges

 

Entre mi amor y yo han de levantarse
trescientas noches como trescientas paredes
y el mar será una magia entre nosotros.


No habrá sino recuerdos.
Oh tardes merecidas por la pena,
noches esperanzadas de mirarte,
campos de mi camino, firmamento
que estoy viendo y perdiendo…
Definitiva como un mármol
entristecerá tu ausencia otras tardes.

"Cien años de soledad" de Gabriel García Márquez

 Capítulo I

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y caña brava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarías con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquiades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades. 

«Las cosas, tienen vida propia -pregonaba el gitano con áspero acento-, todo es cuestión de despertarles el ánima.» José Arcadio Buendía, cuya desaforada imaginación iba siempre más lejos que el ingenio de la naturaleza, y aun más allá del milagro y la magia, pensó que era posible servirse de aquella invención inútil para desentrañar el oro de la tierra. Melquíades, que era un hombre honrado, le previno: «Para eso no sirve.» Pero José Arcadio Buendía no creía en aquel tiempo en la honradez de los gitanos, así que cambió su mulo y una partida de chivos por los dos lingotes imantados. Úrsula Iguarán, su mujer, que contaba con aquellos animales para ensanchar el desmedrado patrimonio doméstico, no consiguió disuadirlo. 

«Muy pronto ha de sobrarnos oro para empedrar la casa», replicó su marido. Durante varios meses se empeñó en demostrar el acierto de sus conjeturas. Exploró palmo a palmo la región, inclusive el fondo del río, arrastrando los dos lingotes de hierro y recitando en voz alta el conjuro de Melquíades. Lo único que logró desenterrar fue una armadura del siglo xv con todas sus partes soldadas por un cascote de óxido, cuyo interior tenía la resonancia hueca de un enorme calabazo lleno de piedras. Cuando José Arcadio Buendía y los cuatro hombres de su expedición lograron desarticular la armadura, encontraron dentro un esqueleto calcificado que llevaba colgado en el cuello un relicario de cobre con un rizo de mujer. 

En marzo volvieron los gitanos. Esta vez llevaban un catalejo y una lupa del tamaño de un tambor, que exhibieron como el último descubrimiento de los judíos de Amsterdam. Sentaron una gitana en un extremo de la aldea e instalaron el catalejo a la entrada de la carpa. Mediante el pago de cinco reales, la gente se asomaba al catalejo y veía a la gitana al alcance de su mano. 

«La ciencia ha eliminado las distancias», pregonaba Melquíades. 

«Dentro de poco, el hombre podrá ver lo que ocurre en cualquier lugar de la tierra, sin moverse de su casa.» Un mediodía ardiente hicieron una asombrosa demostración con la lupa gigantesca: pusieron un montón de hierba seca en mitad de la calle y le prendieron fuego mediante la concentración de los rayos solares. José Arcadio Buendía, que aún no acababa de consolarse por el fracaso de sus imanes, concibió la idea de utilizar aquel invento como un arma de guerra. Melquíades, otra vez, trató de disuadirlo. Pero terminó por aceptar los dos lingotes imantados y tres piezas de dinero colonial a cambio de la lupa. Úrsula lloró de consternación. Aquel dinero formaba parte de un cofre de monedas de oro que su padre había acumulado en toda una vida de privaciones, y que ella había enterrado debajo de la cama en espera de una buena ocasión para invertirías. 

José Arcadio Buendía no trató siquiera de consolarla, entregado por entero a sus experimentos tácticos con la abnegación de un científico y aun a riesgo de su propia vida. Tratando de demostrar los efectos de la lupa en la tropa enemiga, se expuso él mismo a la concentración de los rayos solares y sufrió quemaduras que se convirtieron en úlceras y tardaron mucho tiempo en sanar. Ante las protestas de su mujer, alarmada por tan peligrosa inventiva, estuvo a punto de incendiar la casa. Pasaba largas horas en su cuarto, haciendo cálculos sobre las posibilidades estratégicas de su arma novedosa, hasta que logró componer un manual de una asombrosa claridad didáctica y un poder de convicción irresistible. Lo envió a las autoridades acompañado de numerosos testimonios sobre sus experiencias y de varios pliegos de dibujos explicativos, al cuidado de un mensajero que atravesó la sierra, y se extravió en pantanos desmesurados, remontó ríos tormentosos y estuvo a punto de perecer bajo el azote de las fieras, la desesperación y la peste, antes de conseguir una ruta de enlace con las mulas del correo. 

A pesar de que el viaje a la capital era en aquel tiempo poco menos que imposible, José Arcadio Buendia prometía intentarlo tan pronto como se lo ordenara el gobierno, con el fin de hacer demostraciones prácticas de su invento ante los poderes militares, y adiestrarlos personalmente en las complicadas artes de la guerra solar. Durante varios años esperó la respuesta. Por último, cansado de esperar, se lamentó ante Melquíades del fracaso de su iniciativa, y el gitano dio entonces una prueba convincente de honradez: le devolvió los doblones a cambio de la lupa, y le dejó además unos mapas portugueses y varios instrumentos de navegación. De su puño y letra escribió una apretada síntesis de los estudios del monje Hermann, que dejó a su disposición para que pudiera servirse del astrolabio, la brújula y el sextante. 

José Arcadio Buendía pasó los largos meses de lluvia encerrado en un cuartito que construyó en el fondo de la casa para que nadie perturbara sus experimentos. Habiendo abandonado por completo las obligaciones domésticas, permaneció noches enteras en el patio vigilando el curso de los astros, y estuvo a punto de contraer una insolación por tratar de establecer un método exacto para encontrar el mediodía. Cuando se hizo experto en el uso y manejo de sus instrumentos, tuvo una noción del espacio que le permitió navegar por mares incógnitos, visitar territorios deshabitados y trabar relación con seres espléndidos, sin necesidad de abandonar su gabinete. Fue ésa la época en que adquirió el hábito de hablar a solas, paseándose por la casa sin hacer caso de nadie, mientras Úrsula y los niños se partían el espinazo en la huerta cuidando el plátano y la malanga, la yuca y el ñame, la ahuyama y la berenjena. De pronto, sin ningún anuncio, su actividad febril se interrumpió y fue sustituida por una especie de fascinación. Estuvo varios días como hechizado, repitiéndose a sí mismo en voz baja un sartal de asombrosas conjeturas, sin dar crédito a su propio entendimiento.

 Por fin, un martes de diciembre, a la hora del almuerzo, soltó de un golpe toda la carga de su tormento. Los niños habían de recordar por el resto de su vida la augusta solemnidad con que su padre se sentó a la cabecera de la mesa, temblando de fiebre, devastado por la prolongada vigilia y por el encono de su imaginación, y les reveló su descubrimiento. -La tierra es redonda como una naranja. Úrsula perdió la paciencia. 

«Si has de volverte loco, vuélvete tú solo - gritó-. Pero no trates de inculcar a los niños tus ideas de gitano.» José Arcadio Buendía, impasible, no se dejó amedrentar por la desesperación de su mujer, que en un rapto de cólera le destrozó el astrolabio contra el suelo. Construyó otro, reunió en el cuartito a los hombres del pueblo y les demostró, con teorías que para todos resultaban incomprensibles, la posibilidad de regresar al punto de partida navegando siempre hacia el Oriente. Toda la aldea estaba convencida de que José Arcadio Buendía había perdido el juicio, cuando llegó Melquíades a poner las cosas en su punto. Exaltó en público la inteligencia de aquel hombre que por pura especulación astronómica había construido una teoría ya comprobada en la práctica, aunque desconocida hasta entonces en Macondo, y como una prueba de su admiración le hizo un regalo que había de ejercer una influencia terminante en el futuro de la aldea: un laboratorio de alquimia.

Para esa época, Melquíades había envejecido con una rapidez asombrosa. En sus primeros viajes parecía tener la misma edad de José Arcadio Buendia. Pero mientras éste conservaba su fuerza descomunal, que le permitía derribar un caballo agarrándolo por las orejas, el gitano parecía estragado por una dolencia tenaz. Era, en realidad, el resultado de múltiples y raras enfermedades contraídas en sus incontables viajes alrededor del mundo. Según él mismo le contó a José Arcadio Buendia mientras lo ayudaba a montar el laboratorio, la muerte lo seguía a todas partes, husmeándole los pantalones, pero sin decidirse a darle el zarpazo final. Era un fugitivo de cuantas plagas y catástrofes habían flagelado al género humano. Sobrevivió a la pelagra en Persia, al escorbuto en el archipiélago de Malasia, a la lepra en Alejandría, al beriberi en el Japón, a la peste bubónica en Madagascar, al terremoto de Sicilia y a un naufragio multitudinario en el estrecho de Magallanes. Aquel ser prodigioso que decía poseer las claves de Nostradamus, era un hombre lúgubre, envuelto en un aura triste, con una mirada asiática que parecía conocer el otro lado de las cosas. Usaba un sombrero grande y negro, como las alas extendidas de un cuervo, y un chaleco de terciopelo patinado por el verdín de los siglos. Pero a pesar de su inmensa sabiduría y de su ámbito misterioso, tenía un peso humano, una condición terrestre que lo mantenía enredado en los minúsculos problemas de la vida cotidiana. Se quejaba de dolencias de viejo, sufría por los más insignificantes percances económicos y había dejado de reír desde hacía mucho tiempo, porque el escorbuto le había arrancado los dientes. 

El sofocante mediodía en que reveló sus secretos, José Arcadio Buendía tuvo la certidumbre de que aquél era el principio de una grande amistad. Los niños se asombraron con sus relatos fantásticos. Aureliano, que no tenía entonces más de cinco años, había de recordarlo por el resto de su vida como lo vio aquella tarde, sentado contra la claridad metálica y reverberante de la ventana, alumbrando con su pro-funda voz de órgano los territorios más oscuros de la imaginación, mientras chorreaba por sus sienes la grasa derretida por el calor. José Arcadio, su hermano mayor, había de transmitir aquella imagen maravillosa, como un recuerdo hereditario, a toda su descendencia. Úrsula, en cambio, conservó un mal recuerdo de aquella visita, porque entró al cuarto en el momento en que Melquíades rompió por distracción un frasco de bicloruro de mercurio. 

-Es el olor del demonio -dijo ella. 

-En absoluto -corrigió Melquíades-. Está comprobado que el demonio tiene propiedades sulfúricas, y esto no es más que un poco de solimán. Siempre didáctico, hizo una sabia exposición sobre las virtudes diabólicas del cinabrio, pero Úrsula no le hizo caso, sino que se llevó los niños a rezar. Aquel olor mordiente quedaría para siempre en su memoria, vinculado al recuerdo de Melquíades. El rudimentario laboratorio -sin contar una profusión de cazuelas, embudos, retortas, filtros y coladores- estaba compuesto por un atanor primitivo; una probeta de cristal de cuello largo y angosto, imitación del huevo filosófico, y un destilador construido por los propios gitanos según las descripciones modernas del alambique de tres brazos de María la judía. Además de estas cosas, Melquíades dejó muestras de los siete metales correspondientes a los siete planetas, las fórmulas de Moisés y Zósimo para el doblado del oro, y una serie de apuntes y dibujos sobre los procesos del Gran Magisterio, que permitían a quien supiera interpretarlos intentar la fabricación de la piedra filosofal. 

Seducido por la simplicidad de las fórmulas para doblar el oro, José Arcadio Buendía cortejó a Úrsula durante varias semanas, para que le permitiera desenterrar sus monedas coloniales y aumentarlas tantas veces como era posible subdividir el azogile. Úrsula cedió, como ocurría siempre, ante la inquebrantable obstinación de su marido. Entonces José Arcadio Buendía echó treinta doblones en una cazuela, y los fundió con raspadura de cobre, oropimente, azufre y plomo. Puso a hervir todo a fuego vivo en un caldero de aceite de ricino hasta obtener un jarabe espeso y pestilente más parecido al caramelo vulgar que al oro magnífico. 

En azarosos y desesperados procesos de destilación, fundida con los siete metales planetarios, trabajaba con el mercurio hermético y el vitriolo de Chipre, y vuelta a cocer en manteca de cerdo a falta de aceite de rábano, la preciosa herencia de Úrsula quedó reducida a un chicharrón carbonizado que no pudo ser desprendido del fondo del caldero. Cuando volvieron los gitanos, Úrsula había predispuesto contra ellos a toda la población. Pero la curiosidad pudo más que el temor, porque aquella vez los gitanos recorrieron la aldea haciendo un ruido ensordecedor con toda clase de instrumentos músicos, mientras el pregonero anunciaba la exhibición del más fabuloso hallazgo de los nasciancenos. De modo que todo el mundo se fue a la carpa, y mediante el pago de un centavo vieron un Melquíades juvenil, repuesto, desarrugado, con una dentadura nueva y radiante. 

Quienes recordaban sus encías destruidas por el escorbuto, sus mejillas fláccidas y sus labios marchitos, se estremecieron de pavor ante aquella prueba terminante de los poderes sobrenaturales del gitano. El pavor se convirtió en pánico cuando Melquíades se sacó los dientes, intactos, engastados en las encías, y se los mostró al público por un instante un instante fugaz en que volvió a ser el mismo hombre decrépito de los años anteriores y se los puso otra vez y sonrió de nuevo con un dominio pleno de su juventud restaurada. Hasta el propio José Arcadio Buendía consideró que los conocimientos de Melquíades habían llegado a extremos intolerables, pero experimentó un saludable alborozo cuando el gitano le explicó a solas el mecanismo de su dentadura postiza. Aquello le pareció a la vez tan sencillo y prodigioso, que de la noche a la mañana perdió todo interés en las investigaciones de alquimia; sufrió una nueva crisis de mal humor, no volvió a comer en forma regular y se pasaba el día dando vueltas por la casa. 

«En el mundo están ocurriendo cosas increíbles -le decía a Úrsula-. Ahí mismo, al otro lado del río, hay toda clase de aparatos mágicos, mientras nosotros seguimos viviendo como los burros.» Quienes lo conocían desde los tiempos de la fundación de Macondo, se asombraban de cuánto había cambiado bajo la influencia de Melquíades. Al principio, José Arcadio Buendía era una especie de patriarca juvenil, que daba instrucciones para la siembra y consejos para la crianza de niños y animales, y colaboraba con todos, aun en el trabajo físico, para la buena marcha de la comunidad. Puesto que su casa fue desde el primer momento la mejor de la aldea, las otras fueron arregladas a su imagen y semejanza. Tenía una salita amplia y bien iluminada, un comedor en forma de terraza con flores de colores alegres, dos dormitorios, un patio con un castaño gigantesco, un huerto bien plantado y un corral donde vivían en comunidad pacífica los chivos, los cerdos y las gallinas. Los únicos animales prohibidos no sólo en la casa, sino en todo el poblado, eran los gallos de pelea. 

La laboriosidad de Úrsula andaba a la par con la de su marido. Activa, menuda, severa, aquella mujer de nervios inquebrantables, a quien en ningún momento de su vida se la oyó cantar, parecía estar en todas partes desde el amanecer hasta muy entrada la noche, siempre perseguida por el suave susurro de sus pollerines de olán. Gracias a ella, los pisos de tierra golpeada, los muros de barro sin encalar, los rústicos muebles de madera construidos por ellos mismos estaban siempre limpios, y los viejos arcones donde se guardaba la ropa exhalaban un tibio olor de albahaca. 

José Arcadio Buendía, que era el hombre más emprendedor que se vería jamás en la aldea, había dispuesto de tal modo la posición de las casas, que desde todas podía llegarse al río y abastecerse de agua con igual esfuerzo, y trazó las calles con tan buen sentido que ninguna casa recibía más sol que otra a la hora del calor. En pocos años, Macondo fue una aldea más ordenada y laboriosa que cualquiera de las conocidas hasta entonces por sus 300 habitantes. Era en verdad una aldea feliz, donde nadie era mayor de treinta años y donde nadie había muerto. Desde los tiempos de la fundación, José Arcadio Buendía construyó trampas y jaulas. En poco tiempo llenó de turpiales, canarios, azulejos y petirrojos no sólo la propia casa, sino todas las de la aldea. El concierto de tantos pájaros distintos llegó a ser tan aturdidor, que Úrsula se tapó los oídos con cera de abejas para no perder el sentido de la realidad. La primera vez que llegó la tribu de Melquíades vendiendo bolas de vidrio para el dolor de cabeza, todo el mundo se sorprendió de que hubieran podido encontrar aquella aldea perdida en el sopor de la ciénaga, y los gitanos confesaron que se habían orientado por el canto de los pájaros. 

Aquel espíritu de iniciativa social desapareció en poco tiempo, arrastrado por la fiebre de los imanes, los cálculos astronómicos, los sueños de transmutación y las ansias de conocer las maravillas del mundo. De emprendedor y limpio, José Arcadio Buendía se convirtió en un hombre de aspecto holgazán, descuidado en el vestir, con una barba salvaje que Úrsula lograba cuadrar a duras penas con un cuchillo de cocina. No faltó quien lo considerara víctima de algún extraño sortilegio. Pero hasta los más convencidos de su locura abandonaron trabajo y familias para seguirlo, cuando se echó al hombro sus herramientas de desmontar, y pidió el concurso de todos para abrir una trocha que pusiera a Macondo en contacto con los grandes inventos. José Arcadio Buendía ignoraba por completo la geografía de la región. Sabía que hacia el Oriente estaba la sierra impenetrable, y al otro lado de la sierra la antigua ciudad de Riohacha, donde en épocas pasadas - según le había contado el primer Aureliano Buendía, su abuelo- sir Francis Drake se daba al deporte de cazar caimanes a cañonazos, que luego hacía remendar y rellenar de paja para llevárselos a la reina Isabel.

En su juventud, él y sus hombres, con mujeres y niños y animales y toda clase de enseres domésticos, atravesaron la sierra buscando una salida al mar, y al cabo de veintiséis meses desistieron de la empresa y fundaron a Macondo para no tener que emprender el camino de regreso. Era, pues, una ruta que no le interesaba, porque sólo podía conducirlo al pasado. Al sur estaban los pantanos, cubiertos de una eterna nata vegetal, y el vasto universo de la ciénaga grande, que según testimonio de los gitanos carecía de límites. La ciénaga grande se confundía al Occidente con una extensión acuática sin horizontes, donde había cetáceos de piel delicada con cabeza y torso de mujer, que perdían a los navegantes con el hechizo de sus tetas descomunales. 

Los gitanos navegaban seis meses por esa ruta antes de alcanzar el cinturón de tierra firme por donde pasaban las mulas del correo. De acuerdo con los cálculos de José Arcadio Buendía, la única posibilidad de contacto con la civilización era la ruta del Norte. De modo que dotó de herramientas de desmonte y armas de cacería a los mismos hombres que lo acompañaron en la fundación de Macondo; echó en una mochila sus instrumentos de orientación y sus mapas, y emprendió la temeraria aventura. Los primeros días no encontraron un obstáculo apreciable. Descendieron por la pedregosa ribera del río hasta el lugar en que años antes habían encontrado la armadura del guerrero, y allí penetraron al bosque por un sendero de naranjos silvestres. Al término de la primera semana, mataron y asaron un venado, pero se conformaron con comer la mitad y salar el resto para los próximos días. 

Trataban de aplazar con esa precaución la necesidad de seguir comiendo guacamayas, cuya carne azul tenía un áspero sabor de almizcle. Luego, durante más de diez días, no volvieron a ver el sol. El suelo se volvió blando y húmedo, como ceniza volcánica, y la vegetación fue cada vez más insidiosa y se hicieron cada vez más lejanos los gritos de los pájaros y la bullaranga de los monos, y el mundo se volvió triste para siempre. Los hombres de la expedición se sintieron abrumados por sus recuerdos más antiguos en aquel paraíso de humedad y silencio, anterior al pecado original, donde las botas se hundían en pozos de aceites humeantes y los machetes destrozaban lirios sangrientos y salamandras doradas.

Durante una semana, casi sin hablar, avanzaron como sonámbulos por un universo de pesadumbre, alumbrados apenas por una tenue reverberación de insectos luminosos y con los pulmones agobiados por un sofocante olor de sangre. No podían regresar, porque la trocha que iban abriendo a su paso se volvía a cerrar en poco tiempo, con una vegetación nueva que casi veían crecer ante sus ojos. 

«No importa -decía José Arcadio Buendía-. Lo esencial es no perder la orientación.» Siempre pendiente de la brújula, siguió guiando a sus hombres hacia el norte invisible, hasta que lograron salir de la región encantada. Era una noche densa, sin estrellas, pero la oscuridad estaba impregnada por un aire nuevo y limpio. Agotados por la prolongada travesía, colgaron las hamacas y durmieron a fondo por primera vez en dos semanas. Cuando despertaron, ya con el sol alto, se quedaron pasmados de fascinación. Frente a ellos, rodeado de helechos y palmeras, blanco y polvoriento en la silenciosa luz de la mañana, estaba un enorme galeón español. Ligeramente volteado a estribor, de su arboladura intacta colgaban las piltrafas escuálidas del velamen, entre jarcias adornadas de orquídeas. El casco, cubierto con una tersa coraza de rémora petrificada y musgo tierno, estaba firmemente enclavado en un suelo de piedras. Toda la estructura parecía ocupar un ámbito propio, un espacio de soledad y de olvido, vedado a los vicios del tiempo y a las costumbres de los pájaros. En el interior, que los expedicionarios exploraron con un fervor sigiloso, no había nada más que un apretado bosque de flores. El hallazgo del galeón, indicio de la proximidad del mar, quebrantó el ímpetu de José Arcadio Buendía. Consideraba como una burla de su travieso destino haber buscado el mar sin encontrarlo, al precio de sacrificios y penalidades sin cuento, y haberlo encontrado entonces sin buscarlo, atravesado en su camino como un obstáculo insalvable.

Muchos años después, el coronel Aureliano Buendía volvió a atravesar la región, cuando era ya una ruta regular del correo, y lo único que encontró de la nave fue el costillar carbonizado en medio de un campo de amapolas. Sólo entonces convencido de que aquella historia no había sido un engendro de la imaginación de su padre, se preguntó cómo había podido el galeón adentrarse hasta ese punto en tierra firme. Pero José Arcadio Buendía no se planteó esa inquietud cuando encontró el mar, al cabo de otros cuatro días de viaje, a doce kilómetros de distancia del galeón. Sus sueños terminaban frente a ese mar color de ceniza, espumoso y sucio, que no merecía los riesgos y sacrificios de su aventura. 

-¡Carajo! -gritó-. Macondo está rodeado de agua por todas partes. La idea de un Macondo peninsular prevaleció durante mucho tiempo, inspirada en el mapa arbitrario que dibujó José Arcadio Buendía al regreso de su expedición. Lo trazó con rabia, exagerando de mala fe las dificultades de comunicación, como para castigarse a sí mismo por la absoluta falta de sentido con que eligió el lugar. 

«Nunca llegaremos a ninguna parte -se lamentaba ante Úrsula-. Aquí nos hemos de pudrir en vida sin recibir los beneficios de la ciencia.» Esa certidumbre, rumiada varios meses en el cuartito del laboratorio, lo llevó a concebir el proyecto de trasladar a Macondo a un lugar más propicio. Pero esta vez, Úrsula se anticipó a sus designios febriles. En una secreta e implacable labor de hormiguita predispuso a las mujeres de la aldea contra la veleidad de sus hombres, que ya empezaban a prepararse para la mudanza. José Arcadio Buendía no supo en qué momento, ni en virtud de qué fuerzas adversas, sus planes se fueron enredando en una maraña de pretextos, contratiempos y evasivas, hasta convertirse en pura y simple ilusión. Úrsula lo observó con una atención inocente, y hasta sintió por él un poco de piedad, la mañana en que lo encontró en el cuartito del fondo comentando entre dientes sus sueños de mudanza, mientras colocaba en sus cajas originales las piezas del laboratorio. Lo dejó terminar. Lo dejó clavar las cajas y poner sus iniciales encima con un hisopo entintado, sin hacerle ningún reproche, pero sabiendo ya que él sabía (porque se lo oyó decir en sus sordos monólogos) que los hombres del pueblo no lo secundarían en su empresa. Sólo cuando empezó a desmontar la puerta del cuartito, Úrsula se atrevió a preguntarle por qué lo hacía, y él le contestó con una cierta amargura: 

«Puesto que nadie quiere irse, nos iremos solos.» Úrsula no se alteró. 

-No nos iremos -dijo-. Aquí nos quedamos, porque aquí hemos tenido un hijo. 

-Todavía no tenemos un muerto -dijo él-. Uno no es de ninguna parte mientras no tenga un muerto bajo la tierra. Úrsula replicó, con una suave firmeza: -Si es necesario que yo me muera para que se queden aquí, me muero. José Arcadio Buendía no creyó que fuera tan rígida la voluntad de su mujer. Trató de seducirla con el hechizo de su fantasía, con la promesa de un mundo prodigioso donde bastaba con echar unos líquidos mágicos en la tierra para que las plantas dieran frutos a voluntad del hombre, y donde se vendían a precio de baratillo toda clase de aparatos para el dolor. Pero Úrsula fue insensible a su clarividencia. 

-En vez de andar pensando en tus alocadas novelerías, debes ocuparte de tus hijos -replicó-. Míralos cómo están, abandonados a la buena de Dios, igual que los burros. José Arcadio Buendía tomó al pie de la letra las palabras de su mujer. Miró a través de la ventana y vio a los dos niños descalzos en la huerta soleada, y tuvo la impresión de que sólo en aquel instante habían empezado a existir, concebidos por el conjuro de Úrsula. Algo ocurrió entonces en su interior; algo misterioso y definitivo que lo desarraigó de su tiempo actual y lo llevó a la deriva por una región inexplorada de los recuerdos. Mientras Úrsula seguía barriendo la casa que ahora estaba segura de no abandonar en el resto de su vida él permaneció contemplando a los niños con mirada absorta hasta que los ojos se le humedecieron y se los secó con el dorso de la mano, y exhaló un hondo suspiro de resignación. 

-Bueno -dijo-. Diles que vengan a ayudarme a sacar las cosas de los cajones. José Arcadio, el mayor de los niños, había cumplido catorce años. Tenía la cabeza cuadrada, el pelo hirsuto y el carácter voluntarioso de su padre. Aunque llevaba el mismo impulso de crecimiento y fortaleza física, ya desde entonces era evidente que carecía de imaginación. Fue concebido y dado a luz durante la penosa travesía de la sierra, antes de la fundación de Macondo, y sus padres dieron gracias al cielo al comprobar que no tenía ningún órgano de animal. Aureliano, el primer ser humano que nació en Macondo, iba a cumplir seis años en marzo. Era silencioso y retraído. Había llorado en el vientre de su madre y nació con los ojos abiertos.

Mientras le cortaban el ombligo movía la cabeza de un lado a otro reconociendo las cosas del cuarto, y examinaba el rostro de la gente con una curiosidad sin asombro. Luego, indiferente a quienes se acercaban a conocerlo, mantuvo la atención concentrada en el techo de palma, que parecía a punto de derrumbarse bajo la tremenda presión de la lluvia. Úrsula no volvió a acordarse de la intensidad de esa mirada hasta un día en que el pequeño Aureliano, a la edad de tres años, entró a la cocina en el momento en que ella retiraba del fogón y ponía en la mesa una olla de caldo hirviendo. El niño, perplejo en la puerta, dijo: 

«Se va a caer.» La olla estaba bien puesta en el centro de la mesa, pero tan pronto como el niño hizo el anuncio, inició un movimiento irrevocable hacia el borde, como impulsada por un dinamismo interior, y se despedazó en el suelo. Úrsula, alarmada, le contó el episodio a su marido, pero éste lo interpretó como un fenómeno natural. Así fue siempre, ajeno a la existencia de sus hijos, en parte porque consideraba la infancia como un período de insuficiencia mental, y en parte porque siempre estaba demasiado absorto en sus propias especulaciones quiméricas. Pero desde la tarde en que llamó a los niños para que lo ayudaran a desempacar las cosas del laboratorio, les dedicó sus horas mejores. En el cuartito apartado, cuyas paredes se fueron llenando poco a poco de mapas inverosímiles y gráficos fabulosos, les enseñó a leer y escribir y a sacar cuentas, y les habló de las maravillas del mundo no sólo hasta donde le alcanzaban sus conocimientos, sino forzando a extremos increíbles los límites de su imaginación. Fue así como los niños terminaron por aprender que en el extremo meridional del África había hombres tan inteligentes y pacíficos que su único entretenimiento era sentarse a pensar, y que era posible atravesar a pie el mar Egeo saltando de isla en isla hasta el puerto de Salónica. Aquellas alucinantes sesiones quedaron de tal modo impresas en la memoria de los niños, que muchos años más tarde, un segundo antes de que el oficial de los ejércitos regulares diera la orden de fuego al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía volvió a vivir la tibia tarde de marzo en que su padre interrumpió la lección de física, y se quedó fascinado, con la mano en el aire y los ojos inmóviles, oyendo a la distancia los pífanos y tambores y sonajas de los gitanos que una vez más llegaban a la aldea, pregonando el último y asombroso descubrimiento de los sabios de Memphis. 

Eran gitanos nuevos. Hombres y mujeres jóvenes que sólo conocían su propia lengua, ejemplares hermosos de piel aceitada y manos inteligentes, cuyos bailes y músicas sembraron en las calles un pánico de alborotada alegría, con sus loros pintados de todos los colores que recitaban romanzas italianas, y la gallina que ponía un centenar de huevos de oro al son de la pandereta, y el mono amaestrado que adivinaba el pensamiento, y la máquina múltiple que servía al mismo tiempo para pegar botones y bajar la fiebre, y el aparato para olvidar los malos recuerdos, y el emplasto para perder el tiempo, y un millar de invenciones más, tan ingeniosas e insólitas, que José Arcadio Buendía hubiera querido inventar la máquina de la memoria para poder acordarse de todas. 

En un instante transformaron la aldea. Los habitantes de Macondo se encontraron de pronto perdidos en sus propias calles, aturdidos por la feria multitudinaria. Llevando un niño de cada mano para no perderlos en el tumulto, tropezando con saltimbanquis de dientes acorazados de oro y malabaristas de seis brazos, sofocado por el confuso aliento de estiércol y sándalo que exhalaba la muchedumbre, José Arcadio Buendía andaba como un loco buscando a Melquíades por todas partes, para que le revelara los infinitos secretos de aquella pesadilla fabulosa. Se dirigió a varios gitanos que no entendieron su lengua. Por último llegó hasta el lugar donde Melquíades solía plantar su tienda, y encontró un armenio taciturno que anunciaba en castellano un jarabe para hacerse invisible. Se había tomado de un golpe una copa de la sustancia ambarina, cuando José Arcadio Buendía se abrió paso a empujones por entre el grupo absorto que presenciaba el espectáculo, y alcanzó a hacer la pregunta. El gitano le envolvió en el clima atónito de su mirada, antes de convertirse en un charco de alquitrán pestilente y humeante sobre el cual quedó flotando la resonancia de su respuesta: 

«Melquíades murió.» Aturdido por la noticia, José Arcadio Buendía permaneció inmóvil, tratando de sobreponerse a la aflicción, hasta que el grupo se dispersó reclamado por otros artificios y el charco del armenio taciturno se evaporó por completo. Más tarde, otros gitanos le confirmaron que en efecto Melquíades había sucumbido a las fiebres en los médanos de Singapur, y su cuerpo había sido arrojado en el lugar más profundo del mar de Java. A los niños no les interesó la noticia. Estaban obstinados en que su padre los llevara a conocer la portentosa novedad de los sabios de Memphis, anunciada a la entrada de una tienda que, según decían, perteneció al rey Salomón. 

Tanto insistieron, que José Arcadio Buendía pagó los treinta reales y los condujo hasta el centro de la carpa, donde había un gigante de torso peludo y cabeza rapada, con un anillo de cobre en la nariz y una pesada cadena de hierro en el tobillo, custodiando un cofre de pirata. Al ser destapado por el gigante, el cofre dejó escapar un aliento glacial. Dentro sólo había un enorme bloque transparente, con infinitas agujas internas en las cuales se despedazaba en estrellas de colores la claridad del crepúsculo. Desconcertado, sabiendo que los niños esperaban una explicación inmediata, José Arcadio Buendía se atrevió a murmurar: 

-Es el diamante más grande del mundo. 

-No -corrigió el gitano-. Es hielo. José Arcadio Buendía, sin entender, extendió la mano hacia el témpano, pero el gigante se la apartó. «Cinco reales más para tocarlo», dijo. José Arcadio Buendía los pagó, y entonces puso la mano sobre el hielo, y la mantuvo puesta por varios minutos, mientras el corazón se le hinchaba de temor y de júbilo al contacto del misterio. Sin saber qué decir, pagó otros diez reales para que sus hijos vivieran la prodigiosa experiencia. El pequeño José Arcadio se negó a tocarlo. Aureliano, en cambio, dio un paso hacia adelante, puso la mano y la retiró en el acto. 

«Está hirviendo», exclamó asustado. Pero su padre no le prestó atención. Embriagado por la evidencia del prodigio, en aquel momento se olvidó de la frustración de sus empresas delirantes y del cuerpo de Melquíades abandonado al apetito de los calamares. Pagó otros cinco reales, y con la mano puesta en el témpano, como expresando un testimonio sobre el texto sagrado, exclamó: -Éste es el gran invento de nuestro tiempo.  

sábado, 10 de abril de 2021

"Tosca" de Isabel Allende

 

Su padre la sentó al piano a los cinco años y a los diez Maurizia Rugieri dio su primer

recital en el Club Garibaldi, vestida de organza rosada y botines de charol, ante un

público benévolo, compuesto en su mayoría por miembros de la colonia italiana. Al

término de la presentación pusieron varios ramos de flores a sus pies y el presidente

del club le entregó una placa conmemorativa y una muñeca de loza, adornada con

cintas y encajes.


-Te saludamos, Maurizia Rugieri, como a un genio precoz, un nuevo Mozart. Los

grandes escenarios del mundo te esperan -declamó.

La niña aguardó que se callara el aplauso y, por encima del llanto orgulloso de su

madre, hizo oír su voz con una altanería inesperada.

-Ésta es la última vez que toco el piano. Lo que yo quiero es ser cantante -anunció y

salió de la sala arrastrando a la muñeca por un pie.

Una vez que se repuso del bochorno, su padre la colocó en clases de canto con un

severo maestro, quien por cada nota falsa le daba un golpe en las manos, lo cual no

logró matar el entuasiasmo de la niña por la ópera. Sin embargo, al término de la

adolescencia se vio que tenía una voz de pájaro, apenas suficiente para arrullar a un

infante en la cuna, de modo que debió de cambiar sus pretensiones de soprano por un

destino más banal. A los diecinueve años se casó con Ezio Longo, inmigrante de

primera generación en el país, arquitecto sin título y constructor de oficio, quien se

había propuesto fundar un imperio sobre cemento y acero y a los treinta y cinco años

ya lo tenía casi consolidado.


Ezio Longo se enamoró de Maurizia Rugieri con la misma determinación empleada en

sembrar la capital con sus edificios. Era de corta estatura, sólidos huesos, un cuello de

animal de tiro y un rostro enérgico y algo brutal, de labios gruesos y ojos negros. Su

trabajo lo obligaba a vestirse con ropa rústica y de tanto estar al sol tenía la piel

oscura y cruzada de surcos, como cuero curtido. Era de carácter bonachón y generoso,

reía con facilidad y gustaba de la música popular y de la comida abundante y sin

ceremonias. Bajo esa apariencia algo vulgar se encontraba un alma refinada y una

delicadeza que no sabía traducir en gestos o palabras. Al contemplar a Maurizia a

veces se le llenaban los ojos de lágrimas y el pecho de una oprimente ternura, que él

disimulaba de un manotazo, sofocado de vergüenza. Le resultaba imposible expresar

sus sentimientos y creía que cubriéndola de regalos y soportando con estoica paciencia

sus extravagantes cambios de humor y sus dolencias imaginarias, compensaría las

fallas de su repertorio de amante. Ella provocaba en él un deseo perentorio, renovado

cada día con el ardor de los primeros encuentros, la abrazaba exacerbado, tratando de

salvar el abismo entre los dos, pero toda su pasión se estrellaba contra los remilgos de

Maurizia, cuya imaginación permanecía afiebrada por lecturas románticas y discos de

Verdi y Puccini. Ezio se dormía vencido por las fatigas del día, agobiado por pesadillas

de paredes torcidas y escaleras en espiral, y despertaba al amanecer para sentarse en

la cama a observar a su mujer dormida con tal atención que aprendió a adivinarle los

sueños. Hubiera dado la vida por que ella respondiera a sus sentimientos con igual

intensidad. Le construyó una desmesurada mansión sostenida por columnas, donde la

mezcolanza de estilos y la profusión de adornos confundían el sentido de orientación, y

donde cuatro sirvientes trabajaban sin descanso sólo para pulir bronces, sacar brillo a

los pisos, limpiar las pelotillas de cristal de las lámparas y sacudir los muebles de patas

doradas y las falsas alfombras persas importadas de España. La casa tenía un pequeño

anfiteatro en el jardín, con altoparlantes y luces de escenario mayor, en el cual

Maurizia Rugieri solía cantar para sus invitados. Ezio no habría admitido ni en trance

para no poner en evidencia las lagunas de su cultura, sino sobre todo por respeto a las

inclinaciones artísticas de su mujer. Era un hombre optimista y seguro de sí mismo,

pero cuando Maurizia anunció llorando que estaba encinta, a él le vino de golpe una

incontrolable aprensión, sintió que el corazón se le partía como un melón, que no había

cabida para tanta dicha en este valle de lágrimas. Se le ocurrió que alguna catástrofe

fulminante desbarataría su precario paraíso y se dispuso a defenderlo contra cualquier

interferencia.


La catástrofe fue un estudiante de medicina con quien Maurizia se tropezó en un

tranvía. Para entonces había nacido el niño -una criatura tan vital como su padre, que

parecía inmune a todo daño, inclusive al mal de ojo- y la madre ya había recuperado la

cintura. El estudiante se sentó junto a Maurizia en el trayecto al centro de la ciudad, un

joven delgado y pálido, con perfil de estatua romana. Iba leyendo la partitura de Tosca

y silbando entre dientes un aria del último acto. Ella sintió que todo el sol del mediodía

se le eternizaba en las mejillas y un sudor de anticipación le empapaba el corpiño. Sin

poder evitarlo tarareó las palabras del infortunado Mario saludando al amanecer, antes

de que el pelotón de fusilamiento acabara con sus días. Así, entre dos líneas de la

partitura, comenzó el romance. El joven se llamaba Leonardo Gómez y era tan

entusiasta del bel canto como Maurizia.


Durante los meses siguientes el estudiante obtuvo su título de médico y ella vivió una

por una todas las tragedias de la ópera y algunas de la literatura universal, la mataron

sucesivamente don José, la tuberculosis, una tumba egipcia, una daga y veneno, amó

cantando en italiano, francés y alemán, fue Aída, Carmen y Lucía de Lamermoor, y en

cada ocasión Leonardo Gómez era el objeto de su pasión inmortal. En la vida real

compartían un amor casto, que ella anhelaba consumar sin atreverse a tomar la

iniciativa, y que él combatía en su corazón por respeto a la condición de casada de

Maurizia. Se vieron en lugares públicos y algunas veces enlazaron sus manos en la

zona sombría de algún parque, intercambiaron notas firmadas por Tosca y Mario y

naturalmente llamaron Scarpia a Ezio Longo, quien estaba tan agradecido por el hijo,

por su hermosa mujer y por los bienes otorgados por el cielo, y tan ocupado

trabajando para ofrecerle a su familia toda la seguridad posible, que de no haber sido

por un vecino que vino a contarle el chisme de que su esposa paseaba demasiado en

tranvía, tal vez nunca se habría enterado de lo que ocurría a sus espaldas.


Ezio Longo se había preparado para enfrentar la contingencia de una quiebra en sus

negocios, una enfermedad y hasta un accidente de su hijo, como imaginaba en sus

peores momentos de terror supersticioso, pero no se le había ocurrido que un melifluo

estudiante pudiera arrebatarle a su mujer delante de las narices. Al saberlo estuvo a

punto de soltar una carcajada, porque de todas las desgracias, ésa le parecía la más

fácil de resolver, pero después de ese primer impulso, una rabia ciega le trastornó el

hígado. Siguió a Maurizia hasta una discreta pastelería, donde la sorprendió bebiendo

chocolate con su enamorado. No pidió explicaciones. Cogió a su rival por la ropa, lo

levantó en vilo y lo lanzó contra la pared en medio de un estrépito de loza rota y

chillidos de la clientela. Luego tomó a su mujer por un brazo y la llevó hasta su coche,

uno de los últimos Mercedes Benz importados al país, antes de que la Segunda Guerra

Mundial arruinara las relaciones comerciales con Alemania. La encerró en casa y puso

dos albañiles de su empresa al cuidado de las puertas. Maurizia pasó dos días llorando

en la cama, sin hablar y sin comer. Entretanto Ezio Longo había tenido tiempo de

meditar y la ira se le había transformado en una frustración sorda que le trajo a la

memoria el abandono de su infancia, la pobreza de su juventud, la soledad de su

existencia y toda esa inagotable hambre de cariño que lo acompañaron hasta que

conoció a Maurizia Rugieri y creyó haber conquistado a una diosa. Al tercer día no

aguantó más y entró en la pieza de su mujer.


-Por nuestro hijo, Maurizia, debes sacarte de la cabeza esas fantasías. Ya sé que no

soy muy romántico, pero si me ayudas, puedo cambiar. Yo no soy hombre para

aguantar cuernos y te quiero demasiado para dejarte ir. Si me das la oportunidad, te

haré feliz, te lo juro.

Por toda respuesta ella se volvió contra la pared y prolongó su ayuno dos días más. Su

marido regresó.

-Me gustaría saber qué carajo es lo que te falta en este mundo, a ver si puedo dártelo

-le dijo, derrotado.

-Me falta Leonardo. Sin él me voy a morir. -Está bien. Puedes ir con ese mequetrefe si

quieres, pero no volverás a ver a nuestro hijo nunca más.

Ella hizo sus maletas, se vistió de muselina, se puso un sombrero con un velo y llamó

a un coche de alquiler. Antes de partir besó al niño sollozando y le susurró al oído que

muy pronto volvería a buscarlo. Ezio Longo -quien en una semana había perdido seis

kilos y la mitad del cabello- le quitó a la criatura de los brazos.


Maurizia Rugieri llegó a la pensión donde vivía su enamorado y se encontró con que

éste se había ido hacía dos días a trabajar como médico en un campamento petrolero,

en una de esas provincias calientes, cuyo nombre evocaba indios y culebras. Le costó

convencerse de que él había partido sin despedirse, pero lo atribuyó a la paliza recibida

en la pastelería, concluyó que Leonardo era un poeta y que la brutalidad de su marido

debió desconcertarlo. Se instaló en un hotel y en los días siguientes mandó telegramas

a todos los puntos imaginables. Por fin logró ubicar a Leonardo Gómez para anunciarle

que por él había renunciado a su único hijo, desafiado a su marido, a la sociedad y al

mismo Dios y que su decisión de seguirlo en su destino, hasta que la muerte los

separara, era absolutamente irrevocable.


El viaje fue una pesada expedición en tren, en camión y en algunas partes por vía

fluvial. Maurizia jamás había salido sola fuera de un radio de treinta cuadras alrededor

de su casa, pero ni la grandeza del paisaje ni las incalculables distancias pudieron

atemorizarla. Por el camino perdió un par de maletas y su vestido de muselina quedó

convertido en un trapo amarillo de polvo, pero llegó por fin al cruce del río donde debía

esperarla Leonardo. Al bajarse del vehículo vio una piragua en la orilla y hacia allá

corrió con los jirones del velo volando a su espalda y su largo cabello escapando en

rizos del sombrero. Pero en vez de su Mario, encontró a un negro con casco de

explorador y dos indios melancólicos con los remos en las manos. Era tarde para

retroceder. Aceptó la explicación de que el doctor Gómez había tenido una emergencia

y se subió al bote con el resto de su maltrecho equipaje, rezando para que aquellos

hombres no fueran bandoleros o caníbales. No lo eran, por fortuna, y la llevaron sana

y salva por el agua a través de un extenso territorio abrupto y salvaje, hasta el lugar

donde la aguardaba su enamorado. Eran dos villorrios, uno de largos dormitorios

comunes donde habitaban los trabajadores; y otro, donde vivían los empleados, que

consistía en las oficinas de la compañía, veinticinco casas prefabricadas traídas en

avión desde los Estados Unidos, una absurda cancha de golf y una pileta de agua

verde que cada mañana amanecía llena de enormes sapos, todo rodeado de un cerco

metálico con un portón custodiado por dos centinelas. Era un campamento de hombres

de paso, allí la existencia giraba en torno de ese lodo oscuro que emergía del fondo de

la tierra como un inacabable vómito de dragón. En aquellas soledades no había más

mujeres que algunas sufridas compañeras de los trabajadores; los gringos y los

capataces viajaban a la ciudad cada tres meses para visitar a sus familias. La llegada

de la esposa del doctor Gómez, como la llamaron, trastornó la rutina por unos días,

hasta que se acostumbraron a verla pasear con sus velos, su sombrilla y sus zapatos

de baile, como un personaje escapado de otro cuento.


Maurizia Rugieri no permitió que la rudeza de esos hombres o el calor de cada día la

vencieran, se propuso vivir su destino con grandeza y casi lo logró. Convirtió a

Leonardo Gómez en el héroe de su propio melodrama, adornándolo con virtudes

utópicas y exaltando hasta la demencia la calidad de su amor, sin detenerse a medir la

respuesta de su amante para saber si él la seguía al mismo paso en esa desbocada

carrera pasional. Si Leonardo Gómez daba muestras de quedarse muy atrás, ella lo

atribuía a su carácter tímido y su mala salud, empeorada por ese clima maldito. En

verdad, tan frágil parecía él, que ella se curó definitivamente de todos sus antiguos

malestares para dedicarse a cuidarlo. Lo acompañaba al primitivo hospital y aprendió

los menesteres de enfermera para ayudarlo. Atender víctimas de malaria o curar

horrendas heridas de accidentes en los pozos le parecía mejor que permanecer

encerrada en su casa, sentada bajo un ventilador, leyendo por centésima vez las

mismas revistas añejas y novelas románticas. Entre jeringas y apósitos podía

imaginarse a sí misma como una heroína de la guerra, una de esas valientes mujeres

de las películas que veían a veces en el club del campamento. Se negó con una

determinación suicida a percibir el deterioro de la realidad, empeñada en embellecer

cada instante con palabras, ante la imposibilidad de hacerlo de otro modo. Hablaba de

Leonardo Gómez -a quien siguió llamando Mario- como de un santo dedicado al

servicio de la humanidad, y se impuso la tarea de mostrarle al mundo que ambos eran

los protagonistas de un amor excepcional, lo cual acabó por desalentar a cualquier

empleado de la Compañía que pudiera haberse sentido inflamado por la única mujer

blanca del lugar. A la barbarie del campamento, Maurizia la llamó contacto con la

naturaleza e ignoró los mosquitos, los bichos venenosos, las iguanas, el infierno del

día, el sofoco de la noche y el hecho de que no podía aventurarse sola más allá del

portón. Se refería a su soledad, su aburrimiento y su deseo natural de recorrer la

ciudad, vestirse a la moda, visitar a sus amigas e ir al teatro, como una ligera

nostalgia. A lo único que no pudo cambiarle el nombre fue a ese dolor animal que la

doblaba en dos al recordar a su hijo, de modo que optó por no mencionarlo jamás.

Leonardo Gómez trabajó como médico del campamento durante más de diez años,

hasta que las fiebres y el clima acabaron con su salud. Llevaba mucho tiempo dentro

del cerco protector de la Compañía Petrolera, no tenía ánimo para iniciarse en un

medio más agresivo y, por otra parte, aún recordaba la furia de Ezio Longo cuando lo

reventó contra la pared, así que ni siquiera consideró la eventualidad de volver a la

capital. Buscó otro puesto en algún rincón perdido donde pudiera seguir viviendo en

paz, y así llegó un día a Agua Santa con su mujer, sus instrumentos de médico y sus

discos de ópera. Era la década de los cincuenta y Maurizia Rugieri se bajó del autobús

vestida a la moda, con un estrecho traje a lunares y un enorme sombrero de paja

negra, que había encargado por catálogo a Nueva York, algo nunca visto por esos

lados. De todas maneras, los acogieron con la hospitalidad de los pueblos pequeños y

en menos de veinticuatro horas todos conocían la leyenda de amor de los recién

llegados. Los llamaron Tosca y Mario, sin tener la menor idea de quiénes eran esos

personajes, pero Maurizia se encargó de hacérselos saber. Abandonó sus prácticas de

enfermera junto a Leonardo, formó un coro litúrgico para la parroquia y ofreció los

primeros recitales de canto en la aldea. Mudos de asombro, los habitantes de Agua

Santa la vieron transformada en Madame Butterfly sobre un improvisado escenario en

la escuela, ataviada con una estrambótica bata de levantarse, unos palillos de tejer en

el peinado, dos flores de plástico en las orejas y la cara pintada con yeso blanco,

trinando con su voz de pájaro. Nadie entendió ni una palabra del cantó, pero cuando

se puso de rodillas y sacó un cuchillo de cocina amenazando con enterrárselo en la

barriga, el público lanzó un grito de horror y un espectador corrió a disuadirla, le

arrebató el arma de las manos y la obligó a ponerse de pie. Enseguida se armó una

larga discusión sobre las razones para la trágica determinación de la dama japonesa, y

todos estuvieron de acuerdo en que el marino norteamericano que la había

abandonado era un desalmado, pero no valía la pena morir por él, puesto que la vida

es larga y hay muchos hombres en este mundo. La representación terminó en holgorio

cuando se improvisó una banda que interpretó unas cumbias y la gente se puso a

bailar. A esa noche memorable siguieron otras similares: canto, muerte, explicación

por parte de la soprano del argumento de la ópera, discusión pública y fiesta final.

El doctor Mario y la señora Tosca eran dos miembros selectos de la comunidad, él

estaba a cargo de la salud de todos y ella de la vida cultural y de informar sobre los

cambios en la moda. Vivía en una casa fresca y agradable, la mitad de la cual estaba

ocupada por el consultorio. En el patio tenían una guacamaya azul y amarilla, que

volaba sobre sus cabezas cuando salían a pasear por la plaza. Se sabía por dónde

andaban el doctor o su mujer porque el pájaro los acompañaba siempre a dos metros

de altura, planeando silenciosamente con sus grandes alas de animal pintarrajeado. En

Agua Santa vivieron muchos años, respetados por la gente, que los señalaba como un

ejemplo de amor perfecto.


En uno de esos ataques el doctor se perdió en los caminos de la fiebre y ya no pudo

regresar. Su muerte conmovió al pueblo. Temieron que su mujer cometiera un acto

fatal, con, o tantos que había representado cantando, así es que se turnaron para

acompañarla de día y de noche durante las semanas siguientes. Maurizia Rugieri se

vistió de luto de pies a cabeza, pintó de negro todos los muebles de la casa y arrastró

su dolor como una sombra tenaz que le marcó el rostro con dos profundos surcos junto

a la boca, sin embargo no intentó poner fin a su vida. Tal vez en la intimidad de su

cuarto, cuando estaba sola en la cama, sentía un profundo alivio porque ya no tenía

que seguir tirando de la pesada carreta de sus sueños, ya no era necesario mantener

vivo al personaje inventado para representarse a sí misma, ni seguir haciendo

malabarismos para disimular las flaquezas de un amante que nunca estuvo a la altura

de sus ilusiones. Pero el hábito del teatro estaba demasiado enraizado. Con la misma

paciencia infinita con que antes se creó una imagen de heroína romántica, en la viudez

construyó la leyenda de su desconsuelo. Se quedó en Agua Santa, siempre vestida de

negro, aunque el luto ya no se usaba desde hacía mucho tiempo, y se negó a cantar

de nuevo, a pesar de las súplicas de sus amigos, quienes pensaban que la ópera podría

darle consuelo. El pueblo estrechó el círculo alrededor de ella, como un fuerte abrazo,

para hacerle la vida tolerable y ayudarla en sus recuerdos. Con la complicidad de

todos, la imagen del doctor Gómez creció en la imaginación popular. Dos años después

hicieron una colecta para fabricar un busto de bronce que colocaron sobre una columna

en la plaza, frente a la estatua de piedra del libertador.


Ese mismo año abrieron la autopista que pasó frente a Agua Santa, alterando para

siempre el aspecto y el ánimo del pueblo. Al comienzo la gente se opuso al proyecto,

creyendo que sacarían a los pobres reclusos del Penal de Santa María para ponerlos,

engrillados, a cortar árboles y picar piedras, como decían los abuelos que había sido

construida la carretera en tiempos de la dictadura del Benefactor, pero pronto llegaron

los ingenieros de la ciudad con la noticia de que el trabajo lo realizarían máquinas

modernas, en vez de los presos. Detrás de ellos vinieron los topógrafos y después las

cuadrillas de obreros con cascos anaranjados y chalecos que brillaban en la oscuridad.

Las máquinas resultaron ser unas moles de hierro del tamaño de un dinosaurio, según

cálculos de la maestra de escuela, en cuyos flancos estaba pintado el nombre de la

empresa, Ezio Longo e Hijo. Ese mismo viernes llegaron el padre y el hijo a Agua

Santa para revisar las obras y pagar a los trabajadores.


Al ver los letreros y las máquinas de su antiguo marido, Maurizia Rugieri se escondió

en su casa con puertas y ventanas cerradas, con la insensata esperanza de

mantenerse fuera del alcance de su pasado. Pero durante veintiocho años había

soportado el recuerdo de su hijo ausente, como un dolor clavado en el centro del

cuerpo, y cuando supo que los dueños de la compañía constructora estaban en Agua

Santa almorzando en la taberna, no pudo seguir luchando contra su instinto. Se miró

en el espejo. Era una mujer de cincuenta y un años, envejecida por el sol del trópico y

el esfuerzo de fingir una felicidad quimérica, pero sus rasgos aún mantenían la nobleza

del orgullo. Se cepilló el cabello y lo peinó en un moño alto, sin intentar disimular las

canas, se colocó su mejor vestido negro y el collar de perlas de su boda, salvado de

tantas aventuras, y en un gesto de tímida coquetería se puso un toque de lápiz negro

en los ojos y de carmín en las mejillas y en los labios. Salió de su casa protegiéndose

del sol con el paraguas de Leonardo Gómez. El sudor le corría por la espalda, pero ya

no temblaba.


A esa hora las persianas de la taberna estaban cerradas para evitar el calor del

mediodía, de modo que Maurizia Rugieri necesitó un buen rato para acomodar los ojos

a la penumbra y distinguir en una de las mesas del fondo a Ezio Longo y el hombre

joven que debía ser su hijo. Su marido había cambiado mucho menos que ella, tal vez

porque siempre fue una persona sin edad. El mismo cuello de león, el mismo sólido

esqueleto, las mismas facciones torpes y ojos hundidos, pero ahora dulcificados por un

abanico de arrugas alegres producidas por el buen humor. Inclinado sobre su plato,

masticaba con entusiasmo, escuchando la charla del hijo. Maurizia los observó de lejos.

Su hijo debía andar cerca de los treinta años. Aunque tenía los huesos largos y la piel

delicada de ella, los gestos eran los de su padre, comía con igual placer, golpeaba la

mesa para enfatizar sus palabras, se reía de buena gana, era un hombre vital y

enérgico, con un sentido categórico de su propia fortaleza, bien dispuesto para la

lucha. Maurizia miró a Ezio Longo con ojos nuevos y vio por primera vez sus macizas

virtudes masculinas. Dio un par de pasos al frente, conmovida, con el aire atascado en

el pecho, viéndose a sí misma desde otra dimensión, como si estuviera sobre un

escenario representando el momento más dramático del largo teatro que había sido su

existencia, con los nombres de su marido y su hijo en los labios y la mejor disposición

para ser perdonada por tantos años de abandono. En ese par de minutos vio los

minuciosos engranajes de la trampa donde se había metido durante tres décadas de

alucinaciones. Comprendió que el verdadero héroe de la novela era Ezio Longo, y quiso

creer que él había seguido deseándola y esperándola durante todos esos años con el

amor persistente y apasionado que Leonardo Gómez nunca pudo darle porque no

estaba en su naturaleza.


En ese instante, cuando un solo paso más la habría sacado de la zona de la sombra y

puesto en evidencia, el joven se inclinó, aferró la muñeca de su padre y le dijo algo

con un guiño simpático. Los dos estallaron en carcajadas, palmoteándose los brazos,

desordenándose mutuamente el cabello, con una ternura viril y una firme complicidad

de la cual Maurizia Rugieri y el resto del mundo estaban excluidos. Ella vaciló por un

momento infinito en la frontera entre la realidad y el sueño, luego retrocedió, salió de

la taberna, abrió su paraguas negro y volvió a su casa con la guacamaya volando

sobre su cabeza, como un estrafalario arcángel de calendario.