Quinquela Martín

viernes, 12 de febrero de 2021

El hermano menor de “Mario Vargas Llosa”

 

Al lado del camino había una enorme piedra y, en ella, un sapo; David le apuntaba cuidadosamente.

-No dispares -dijo Juan.

David bajó el arma y miró a su hermano, sorprendido.

-Puede oír los tiros -dijo Juan.

-¿Estás loco? Faltan cincuenta kilómetros para la cascada.

-A lo mejor no está en la cascada -insistió Juan-, sino en las grutas.

-No -dijo David-. Además, aunque estuviera, no pensará nunca que

somos nosotros.

El sapo continuaba allí, respirando calmadamente con su inmensa

bocaza abierta, y, detrás de sus lagañas, observaba a David con cierto aire malsano. 

David volvió a levantar el revólver, apuntó con lentitud y disparó.

-No le diste -dijo Juan

-Sí le di.

Se acercaron a la piedra. Una manchita verde delataba el lugar donde

había estado el sapo.

-¿No le di?

-Sí -dijo Juan-, sí le diste.

Caminaron hacía los caballos. Soplaba el mismo viento frío y punzante que los había escoltado durante el trayecto, pero el paisaje comenzaba a cambiar, el sol se hundía tras los cerros, al pie de una montaña una imprecisa sombra disimulaba los sembríos, las nubes enroscadas en las cumbres más próximas habían adquirido el color gris oscuro de las rocas. David echó sobre sus hombros la manta que había extendido en la tierra para descansar y luego, maquínalmente, reemplazó en su revólver la bala disparada. 

A hurtadillas, Juan observó las manos de David cuando cargaban el arma y la arrojaban a su funda; sus dedos no parecían obedecer a una voluntad, sino actuar solos.

-¿Seguimos? -dijo David.

Juan asíntió.

El camino era una angosta cuesta y los animales trepaban con dificultad, resbalando constantemente en las piedras, húmedas aún por las lluvias de los últimos días. Los hermanos iban silenciosos. Una delicada e invisible garúa les salió al encuentro a poco de partir, pero cesó pronto. Oscurecía cuando avistaron las grutas, el cerro chato y estirado como una lombriz que todos conocen con el nombre de Cerro de los Ojos.

-¿Quieres que veamos si está ahí? –preguntó Juan.

-No vale la pena. Estoy seguro que no se ha movido de la cascada. El

sabe que por aquí podrían verlo, siempre pasa alguien por el camino.

-Como quieras -dijo Juan.

Y un momento después preguntó:

-¿Y si hubiera mentido el tipo ese?

-¿Quién?

-El que nos dijo que lo vio.

-¿Leandro? No, no se atrevería a mentirme a mí. Dijo que está escondido en la cascada y es seguro que ahí está. Ya verás.

Continuaron avanzando hasta entrada la noche. Una sábana negra los envolvió y, en la oscuridad, el desamparo de esa solitaria región sin árboles ni hombres era visible sólo en el silencio que se fue acentuando hasta convertirse en una presencia semicorpórea. Juan, inclinado sobre el pescuezo de su cabalgadura, procuraba distinguir la incierta huella del sendero. Supo que habían alcanzado la cumbre cuando, inesperadamente, se hallaron en terreno plano. David indicó que debían continuar a pie. Desmontaron, amarraron-los animales a unas rocas. El hermano mayor tiró de las crines de su caballo, lo palmeó varias veces en el lomo y murmuró a su oído:

-Ojalá no te encuentre helado, mañana.

-¿Vamos a bajar ahora? -preguntó Juan.

-Sí -repuso David-. ¿No tienes frío? Es preferible esperar el día en el desfiladero. Allá descansaremos. ¿Te da miedo bajar a oscuras?

-No. Bajemos, si quieres.

Iniciaron el descenso de inmediato. David iba adelante, llevaba una

pequeña linterna y la columna de luz oscilaba entre sus pies y los de

Juan, el círculo dorado se detenía un instante en el sitio que debía pisar el hermano menor. A los pocos minutos, Juan transpiraba abundantemente y las rocas ásperas de la ladera habían llenado sus manos de rasguños. Sólo veía el disco iluminado frente a él, pero sentía

la respiración de su hermano y adivinaba sus movimientos: debía avanzar sobre el resbaladizo declive muy seguro de sí mismo, sortear los obstáculos sin dificultad. El, en cambio, antes de cada paso, tanteaba la solidez del terreno y buscaba un apoyo al que asírse; aun así, en varias ocasíones estuvo a punto de caer. Cuando llegaron a la sima, Juan pensó que el descenso tal vez había demorado varias horas. Estaba exhausto y, ahora, oía muy cerca el ruido de la cascada. Esta era una grande y majestuosa cortina de agua que se precipitaba desde lo alto, retumbando como los truenos, sobre una laguna que alimentaba un riachuelo. Alrededor de la laguna había musgo y hierbas todo el año y esa era la única  egetación en veinte kilómetros a la redonda. 

-Aquí podemos descansar -dijo David.

Se sentaron uno junto al otro. La noche estaba fría, el aire húmedo,

el cielo cubierto. Juan encendió un cigarrillo. Se hallaba fatigado, pero sin sueño. Sintió a su hermano estirarse y bostezar; poco después dejaba de moverse, su respiración era más suave y metódica, de cuando en cuando emitía una especie de murmullo. A su vez, Juan trató de dormir. Acomodó su cuerpo lo mejor que pudo sobre las piedras e intentó despejar su cerebro, sin conseguirlo. Encendió otro cigarrillo. Cuando había llegado a la hacienda, tres meses atrás, hacía dos años que no veía a sus hermanos. David era el mismo hombre que aborrecía y admiraba desde niño, pero Leonor había cambiado, ya no era aquella criatura que se asomaba a las ventanas de La Mugre para arrojar piedras a los indios castigados, sino una mujer alta, de gestos primitivos, y su belleza tenía, como la naturaleza que la rodeaba, algo de brutal. En sus ojos había aparecido un intenso fulgor. Juan sentía un mareo que empañaba sus ojos, un vacío en el estómago, cada vez que asociaba la imagen de aquel que buscaban al recuerdo de su hermana, y como arcadas de furor. En la madrugada de ese día, sin embargo, cuando vio a Camilo cruzar el descampado que separaba la casa-hacienda de las cuadras, para alistar los caballos, había vacilado.

-Salgamos sin hacer ruido -había dicho David-. No conviene que la pequeña se despierte.

Estuvo con una extraña sensación de ahogo, como en el punto más alto de la cordillera, mientras bajaba en puntas de pie las gradas de la casa-hacienda y en el abandonado camino que flanqueaba los sembríos; casi no sentía la maraña zumbona de mosquitos que se arrojaban atrozmente sobre él, y herían, en todos los lugares descubiertos, su piel de hombre de ciudad. Al iniciar el ascenso de la montaña, el ahogo desapareció. No era un buen jinete y el precipicio, desplegado como una tentación terrible al borde del sendero que parecía una delgada serpentina, lo absorbió. Estuvo todo el tiempo vigilante, atento a cada paso de su cabalgadura y concentrando su voluntad contra el vértigo que creía inminente.

-¡Mira!

Juan se estremeció.

-Me has asustado -dijo-. Creía que dormías.

-¡Cállate! Mira.

-¿Qué?

-Allá. Mira.

A ras de tierra, allí donde parecía nacer el estruendo de la cascada,

había una lucecita titilante.

-Es una fogata -dijo David-. Juro que es él. Vamos.

-Esperemos que amanezca –susurró Juan: de golpe su garganta se había secado y le ardía-. Si se echa a correr, no lo vamos a alcanzar nunca en estas tinieblas.

-No puede oírnos con el ruido salvaje del agua -respondió David, con voz firme, tomando a su hermano del brazo-. Vamos.

Muy despacio, el cuerpo inclinado como para saltar, David comenzó a deslizarse pegado al cerro. Juan iba a su lado, tropezando, los ojos clavados en la luz que se empequeñecía y agrandaba como si alguien estuviese abanicando la llama. A medida que los hermanos se acercaban, el resplandor de la fogata les iban descubriendo el terreno inmediato, pedruscos, matorrales, el borde de la laguna, pero no una forma humana. Juan estaba seguro ahora, sin embargo, que aquel que perseguían estaba allí, hundido en esas sombras, en un lugar muy próximo a la luz.

-Es él -dijo David-. ¿Ves?

Un instante, las frágiles lenguas de fuego habían iluminado un perfil oscuro y huidizo que buscaba calor.

-¿Qué hacemos? -murmuró Juan, deteniéndose. Pero David no estaba ya a su lado, corría hacía el lugar donde había surgido ese rostro fugaz.

Juan cerró los ojos, imaginó al indio en cuclillas, sus manos alargadas hacía el fuego, sus pupilas irritadas por el chisporroteo de la hoguera: de pronto algo le caía encima y atinaba a pensar en un animal, cuando sentía dos manos violentas cerrándose en su cuello y comprendía. Debió sentir un infinito terror ante esa agresión inesperada que provenía de la sombra, seguro que ni siquiera intentó defenderse, a lo más se encogería como un caracol para hacer menos vulnerable su cuerpo y abriría mucho los ojos, esforzándose por ver en las tinieblas al asaltante. Entonces, reconocería su voz: "¿qué has hecho, canalla? ", "¿qué has hecho, perro? ". Juan oía a David y se daba cuenta que lo estaba pateando, a veces sus puntapiés parecían estrellarse no contra el indio sino en las piedras de la ribera; eso debía encolerizarlo más. Al principio, hasta Juan llegaba un gruñido lento, como si el indio hiciera gárgaras, pero después sólo oyó la voz enfurecida de David, sus amenazas, sus insultos. De pronto, Juan descubrió en su mano derecha el revólver, su dedo presionaba ligeramente el gatillo. Con estupor pensó que si disparaba podía matar también a su hermano, pero no guardó el arma y, al contrario, mientras avanzaba hacía la fogata, sintió una gran serenidad.

-¡Basta, David! -gritó-. Tírale un balazo. Ya no le pegues.

No hubo respuesta. Ahora Juan no los veía, el indio y su hermano, abrazados, habían rodado fuera del anillo iluminado por la hoguera.

No los veía, pero escuchaba el ruido seco de los golpes y, a ratos, una injuria o un hondo resuello.

-David -gritó Juan-, sal de ahí. Voy a disparar.

Presa de intensa agitación, segundos después repitió.

-Suéltalo, David. Te juro que voy a disparar.

Tampoco hubo respuesta.

Después de disparar el primer tiro, Juan quedó un instante estupefacto, pero de inmediato continuó disparando, sin apuntar, hasta sentir la vibración metálica del percutor al golpear la cacerina vacía.

Permaneció inmóvil, no sintió que el revólver se desprendía de sus manos y caía a sus pies. El ruido de la cascada había desaparecido, un temblor recorría todo su cuerpo, su piel estaba bañada de sudor, apenas respiraba. De pronto gritó:

-¡David!

-Aquí estoy, animal -contestó a su lado, una voz asustada y colérica-.

¿Te das cuenta que has podido balearme a mí también? ¿Te has vuelto loco?

Juan giró sobre sus talones, las manos extendidas y abrazó a su hermano. Pegado a él, balbuceaba cosas incomprensibles, gemía y no parecía entender las palabras de David, que trataba de calmarlo.

Juan estuvo un rato largo repitiendo incoherencias, sollozando.

Cuando se calmó, recordó al indio:

-¿Y ese, David?

-¿Ese? -David había recobrado su aplomo, hablaba con voz firme-.

¿Cómo crees que está?

La hoguera continuaba encendida, pero alumbraba muy débilmente.

Juan cogió el leño más grande y buscó al indio. Cuando lo encontró, estuvo observando un momento con ojos fascinados y luego el leño cayó a tierra y se apagó.

-¿Has visto, David?

-Sí, he visto. Vámonos de aquí.

Juan estaba rígido y sordo, como en un sueño sintió que David lo arrastraba hacía el cerro. La subida les tomó mucho tiempo. David sostenía con una mano la linterna y con la otra a Juan, que parecía de trapo: resbalaba aún en las piedras más firmes y se escurría hasta el suelo, sin reaccionar. En la cima se desplomaron, agotados. Juan hundió la cabeza en sus brazos y permaneció tendido, respirando a grandes bocanadas. Cuando se incorporó, vio a su hermano, que lo examinaba a la luz de la linterna.

-Te has herido -dijo David-. Voy a vendarte.

Rasgó en dos su pañuelo y con cada uno de los retazos vendó las rodillas de Juan, que asomaban a través de los desgarrones del pantalón, bañadas en sangre.

-Esto es provisional -dijo David-. Regresemos de una vez. Puede infectarse. No estás acostumbrado a trepar cerros. Leonor te curará.

Los caballos tiritaban y sus hocicos estaban cubiertos de espuma azulada. David los limpió con su mano, los acarició en el lomo y en las ancas, chasqueó tiernamente la lengua junto a sus orejas. "Ya vamos a entrar en calor", les susurró.

Cuando montaron, amanecía. Una claridad débil abarcaba el contorno de los cerros y una laca blanca se extendía por el entrecortado horizonte, pero los abismos continuaban sumidos en la oscuridad. Antes de partir, David tomó un largo trago de su cantimplora y la alcanzó a Juan, que no quiso beber. Cabalgaron toda la mañana por un paisaje hostil, dejando a los animales imprimir a su capricho el ritmo de la marcha. Al mediodía, se detuvieron y  repararon café. David comió algo del queso y las habas que Camilo había colocado en las alforjas.

Al anochecer avistaron dos maderos que formaban un aspa. Colgaba de ellos una tabla donde se leía: La Aurora. Los caballos relincharon: reconocían la señal que marcaba el límite de la hacienda.

-Vaya -dijo David-. Ya era hora. Estoy rendido. ¿Cómo van esas rodillas?

Juan no contestó.

-¿Te duelen? -insistió David.

-Mañana me largo a Lima -dijo Juan.

-¿Qué cosa?

-No volveré a la hacienda. Estoy harto de la sierra. Viviré siempre en la ciudad. No quiero saber nada con el campo.

Juan miraba al frente, eludía los ojos de David que lo buscaban.

-Ahora estás nervioso -dijo David-. Es natural. Ya hablaremos después.

-No -dijo Juan-. Hablaremos ahora.

-Bueno -dijo David, suavemente-. ¿Qué te pasa?

Juan se volvió hacía su hermano, tenía el rostro demacrado, la voz hosca.

-¿Qué me pasa? ¿Te das cuenta de lo que dices? ¿Te has olvidado del tipo de la cascada? Si me quedo en la hacienda voy a terminar creyendo que es normal hacer cosas así.

Iba a agregar "como tú", pero no se atrevió.

-Era un perro infecto -dijo David-. Tus escrúpulos son absurdos.

¿Acaso te has olvidado lo que le hizo a tu hermana?

El caballo de Juan se plantó en ese momento y comenzó a corcovear y alzarse sobre las patas traseras.

-Se va a desbocar, David -dijo Juan.

-Suéltale las ríendas. Lo estás ahogando.

Juan aflojó las ríendas y el animal se calmó.

-No me has respondido -dijo David-. ¿Te has olvidado por qué fuimos a buscarlo?

-No -contestó Juan-. No me he olvidado.

Dos horas después llegaban a la cabaña de Camilo, construida sobre un promontorio, entre la casa-hacienda y las cuadras. Antes que los hermanos se detuvieran, la puerta de la cabaña se abrió y en el umbral apareció Camilo. El sombrero de paja en la mano, la cabeza respetuosamente inclinada, avanzó hacía ellos y se paró entre los dos caballos, cuyas ríendas sujetó.

-¿Todo bien? -dijo David.

Camilo movió la cabeza negativamente.

-La niña Leonor. . .

-¿Que le ha pasado a Leonor? -lo interrumpió Juan, incorporándose en los estribos.

En su lenguaje pausado y confuso, Camilo explicó que la niña Leonor, desde la ventana de su cuarto, había visto partir a los hermanos en la madrugada y que, cuando ellos se hallaban apenas a unos mil metros de la casa, había aparecido en el descampado, con botas y pantalón de montar, ordenando a gritos que le prepararan su caballo.

Camilo, siguiendo las instrucciones de David, se negó a obedecerla.

Ella misma, entonces, entró decididamente a las cuadras y, como un hombre, alzó con sus brazos la montura, las mantas y los aperos sobre  el Colorado, el más pequeño y nervioso animal de La Aurora que era su preferido.

Cuando se disponía a montar, las sirvientas de la casa y el propio Camilo la habían sujetado; durante mucho rato soportaron los insultos y los golpes de la niña, que, exasperada, se debatía y suplicaba y exigía que la dejaran marchar tras sus hermanos.

-¡Ah, me las pagará! -dijo David-. Fue Jacinta, estoy seguro. Nos oyó hablar esa noche con Leandro, cuando servía la mesa. Ella ha sido. La niña había quedado muy impresionada, continuó Camilo. Luego de injuriar y arañar a las criadas y a él mismo, comenzó a llorar a grandes voces, y regresó a la casa. Allí permanecía, desde entonces, encerrada en su cuarto.

Los hermanos abandonaron los caballos a Camilo y se dirigieron a la casa.

-Leonor no debe saber una palabra -dijo Juan.

-Claro que no -dijo David-. Ni una palabra.

Leonor supo que habían llegado por el ladrido de los perros. Estaba

semidormida cuando un ronco gruñido cortó la noche y bajo su ventana pasó, como una exhalación, un animal acezante. Era Spoky, advirtió su carrera frenética y sus inconfundibles aullidos. En seguida escuchó el trote perezoso y el sordo rugido de Domitila, la perrita preñada. La agresividad de los perros terminó bruscamente, a los ladridos sucedió el jadeo afanoso con que recibían siempre a David. Por una rendija vio a sus hermanos acercarse a la casa y oyó el ruido de la puerta principal que se abría y cerraba. Esperó que subieran la escalera y llegaran a su cuarto. Cuando abrió, Juan estiraba la mano para tocar.

-Hola, pequeña -dijo David.

Dejó que la abrazaran y les alcanzó la frente, pero ella no los besó.

Juan encendió la lámpara.

-¿Por qué no me avisaron? Han debido decirme. Yo quería alcanzarlos, pero Camilo no me dejó. Tienes que castigarlo, David, si vieras cómo me agarraba, es un insolente y un bruto. Yo le rogaba que me soltara y él no me hacía caso.

Había comenzado a hablar con energía, pero su voz se quebró. Tenía los cabellos revueltos y estaba descalza. David y Juan trataban de calmarla, le acariciaban los cabellos, le sonreían, la llamaban pequeñita.

-No queríamos inquietarte -explicaba David-. Además, decidimos partir a última hora. Tú dormías ya.

-¿Qué ha pasado? -dijo Leonor.

Juan cogió una manta del lecho y con ella cubrió a su hermana. Leonor había dejado de llorar. Estaba pálida, tenía la boca entreabierta y su mirada era ansiosa.

-Nada -dijo David-. No ha pasado nada. No lo encontramos.

La tensión desapareció del rostro de Leonor, en sus labios hubo una expresión de alivio.

-Pero lo encontraremos -dijo David. Con un gesto vago indicó a Leonor que debía acostarse. Luego dio media vuelta.

-Un momento, no se vayan -dijo Leonor.

Juan no se había movido.

-¿Sí? -dijo David-. ¿Qué pasa, chiquita?

-No lo busquen más a ese.

-No te preocupes -dijo David-, olvídate de eso. Es un asunto de hombres. Déjanos a nosotros.

Entonces Leonor rompió a llorar nuevamente, esta vez con grandes aspavientos. Se llevaba las manos a la cabeza, todo su cuerpo parecía electrizado, y sus gritos alarmaron a los perros, que comenzaron a ladrar al pie de la ventana. David le indicó a Juan con un gesto que interviniera, pero el hermano menor permaneció silencioso e inmóvil.

-Bueno, chiquita -dijo David-. No llores. No lo buscaremos.

-Mentira. Lo vas a matar. Yo te conozco.

-No lo haré -dijo David-. Si crees que ese miserable no merece un castigo. . .

-No me hizo nada -dijo Leonor, muy rápido, mordiéndose los labios.

-No pienses más en eso -insistió David-. Nos olvidaremos de él.

Tranquilízate, pequeña.

Leonor seguía llorando, sus mejillas y sus labios estaban mojados y la manta había rodado al suelo.

-No me hizo nada -repitió-. Era mentira.

-¿Sabes lo que dices? -dice David.

-Yo no podía soportar que me siguiera a todas partes -balbuceaba Leonor-. Estaba tras de mí todo el día, como una sombra.

-Yo tengo la culpa -dijo David, con amargura-. Es peligroso que una mujer ande suelta por el campo. Le ordené que te cuidara. No debí fiarme de un indio. Todos son iguales.

-No me hizo nada, David -clamó Leonor-. Créeme, te estoy diciendo la verdad. Pregúntale a Camilo, él sabe que no pasó nada. Por eso lo ayudó a escaparse. ¿No sabías eso? Sí, él fue. Yo se lo dije. Sólo quería librarme de él, por eso inventé esa historia. Camilo sabe todo, pregúntale.

Leonor se secó las mejillas con el dorso de la mano. Levantó la manta y la echó sobre sus hombros. Parecía haberse librado de una pesadilla.

-Mañana hablaremos de eso -dijo David-. Ahora estamos cansados.

Hay que dormir.

-No -dijo Juan.

Leonor descubrió a su hermano muy cerca de ella: había olvidado que Juan también se hallaba allí. Tenía la frente llena de arrugas, las aletas de su nariz palpitaban como el hociquito de Spoky.

-Vas a repetir ahora mismo lo que has dicho -le decía Juan, de un modo extraño-. Vas a repetir cómo nos mentiste.

-Juan -dijo David-. Supongo que no vas a creerle. Ahora es que trata de engañarnos.

-He dicho la verdad -rugió Leonor; miraba alternativamente a los

hermanos-. Ese día le ordené que me dejara sola y no quiso. Fui hasta el río y él detrás de mí. Ni siquiera podía bañarme tranquila. Se quedaba parado, mirándome torcido, como los animales. Entonces vine y les conté eso.

-Espera, Juan -dijo David-. ¿Dónde vas? Espera.

Juan había dado media vuelta y se dirigía hacía la puerta; cuando David trató de detenerlo, estalló. Como un endemoniado comenzó a proferir improperios: trató de puta a su hermana y a su hermano de canalla y de déspota, dio un violento empujón a David que quería cerrarle el paso, y abandonó la casa a saltos, dejando un reguero de injurias. Desde la ventana, Leonor y David lo vieron atravesar el descampado a toda carrera, vociferando como un loco, y lo vieron entrar a las cuadras y salir poco después montando a pelo el Colorado. El mañoso caballo de Leonor siguió dócilmente la dirección que le indicaban los inexpertos puños que tenían sus ríendas; caracoleando con elegancia, cambiando de paso y agitando las crines rubias de la cola como un abanico, llegó hasta el borde del camino que conducía, entre montañas, desfiladeros y extensos arenales, a la ciudad. Allí se rebeló. Se irguió de golpe en las patas traseras relinchando, giró como una bailarina y regresó al descampado, velozmente.

-Lo va a tirar -dijo Leonor.

-No -dijo David, a su lado-. Fíjate. Se sostiene.

Muchos indios habían salido a las puertas de las cuadras y contemplaban, asombrados, al hermano menor que se mantenía increíblemente seguro sobre el caballo y a la vez taconeaba con ferocidad sus ijares y le golpeaba la cabeza con uno de sus puños. Exasperado por los golpes, el Colorado iba de un lado a otro, encabritado, brincaba, emprendía vertiginosas y brevísimas carreras y se plantaba de golpe, pero el jinete parecía soldado a su lomo. Leonor y David lo veían aparecer y desaparecer, firme como el más avezado de los domadores, y estaban mudos, pasmados. De pronto, el Colorado se rindió: su esbelta cabeza colgando hacía el suelo, como avergonzado, se quedó quieto, respirando fatigosamente. En ese momento creyeron que regresaba; Juan dirigió el animal hacía la casa y se detuvo ante la puerta, pero no desmontó. Como si recordara algo, dio media vuelta y a trote corto marchó derechamente hacía esa construcción que llamaban La Mugre. Allí bajó de un brinco. La puerta estaba cerraba y Juan hizo volar el candado a puntapiés. Luego indicó a gritos a los indios que estaban adentro, que salieran, que había terminado el castigo para todos. Después volvió a la casa, caminando lentamente.

En la puerta lo esperaba David. Juan parecía sereno; estaba empapado de sudor y sus ojos mostraban orgullo. David se aproximó a él y lo llevó al interior tomado del hombro.

-Vamos -le decía-. Tomaremos un trago mientras Leonor te cura las rodillas.

Brazo Sin Cuerpo Blandiendo Un Gladio de “Fernando Pessoa”

 

Entre el árbol y el verlo,

¿Dónde está el sueño?

¿Qué arco del puente más vela

Dios?...Me entristece

No saber si esa curva del puente

Es la curva del horizonte.

 

Entre el que vive y la vida,

¿Hacia qué lado va el río?

Árbol vestido por hojas,

Entre eso y Árbol ¿hay un hilo?

Palomas volando, el palomar

¿Está siempre a su derecha, o es real?

 

Dios es un gran Intervalo,

pero, ¿entre qué y qué?...

Entre lo que digo y callo,

¿Existo? ¿Quién es el que me ve?

Errar de mí...Y el palomar alto,

¿Envuelve a la paloma, o está a un lado?

"Al amor" de Ignacio Ramírez

 

¿Por qué, Amor, cuando expiro desarmado,

de mí te burlas? Llévate esa hermosa

doncella tan ardiente y tan graciosa

que por mi oscuro asilo has asomado.

 

En tiempo más feliz, yo supe osado

extender mi palabra artificiosa

como una red, y en ella, temblorosa,

más de una de tus aves he cazado.

 

Hoy de mí mis rivales hacen juego,

cobardes atacándome en gavilla,

y libre yo mi presa al aire entrego.

 

Al inerme león el asno humilla...

Vuélveme, Amor, mi juventud, y luego

tú mismo a mi rivales acaudilla.

 

Ignacio Ramírez, poeta mexicano.

Carta a Rubén de “Rafael Alcides Pérez”

 

Hijo mío,

harina, ternura

de mis ternuras,

ángel más leve que los ángeles:

desde hoy en adelante

eres el exiliado,

el que bajo otros cielos

organiza su cama y su mesa

donde puede,

el que en la alta noche

despierta asustado y presuroso

corre por la mañana

a buscar debajo de la puerta

la posible carta

que por un instante

le devuelva el barrio,

la calle, la casa

por donde pasaba la dicha como un río,

el perro, el gato,

el olor de los almuerzos del domingo,

todo lo bueno y eterno,

lo único eterno,

cuanto quedó perdido

allá atrás, muy lejos

cuando el avión como un pájaro triste

se fue diciendo adiós.

El que deambula y sueña

lejos de la patria, el extraño,

el tolerado -y, a veces,

con suerte, el protegido

al que se le regalan abrigos

y los zapatos que se iban a botar.

Pero nosotros,

nosotros los solos,

los tristes,

los luctuosos,

los que medio muertos

hemos visto partir el avión

-sin saber si volverá

ni si estaríamos entonces-,

nosotros, esos desventurados

que fuman y envejecen

y consumen barbitúricos,

esperando al cartero,

nosotros, ¿dónde,

adónde,

en qué patria estamos ahora?

¿La patria, lejos de lo que se ama…?

¿La patria, donde falta un cubierto a la mesa,

donde siempre sobra una cama…?

Dios y yo y el sinsonte

que cantaba en la ventana

lo sabemos, niño mío, que fuiste a dar tan lejos:

donde se vive entre paredones y cerrojos

también es el exilio, y así,

con anillos de diamantes

o martillo en la mano,

todos los de acá

somos exiliados. Todos.

Los que se fueron

y los que se quedaron.

Y no hay, no hay

palabras en la lengua

ni películas en el mundo

para hacer la acusación:

millones de seres mutilados

intercambiando besos, recuerdos y suspiros

por encima de la mar.

Telefonea,

hijo. Escribe.

Mándame una foto.

Balada de los últimos amores de “Rafael Arévalo Martínez”

 

Ya tengo medio siglo y sin embargo

los ojos se me van tras las muchachas.

 

 

He seguido a mis hiijas en la calle

si no me dan la cara.

 

 

¿Qué hacemos, corazón, porque envejezcas?

¿Cuándo envejeces, alma?

 

 

He amado sucesivas floraciones

del mismo tronco o de la misma rama

y dirigí cumplidos a las nietas

de las mujeres en un tiempo amadas.

 

 

Pues soy como la tierra: nunca viejo

y muy capaz a todas de guardarlas.

 

 

Siento el influjo de la primvavera

como si fuera el suelo de mi patria.

 

 

Ya tengo medio siglo y sin embargo

los ojos se me van tras las muchachas.

viernes, 5 de febrero de 2021

“Sí me tocaras el corazón” de Isabel Allende

 

Amadeo Peralta se crió en la pandilla de su padre y llegó a ser un matón, como todos

los hombres de su familia. Su padre opinaba que los estudios son para maricones, no

se requieren libros para triunfar en la vida, sino cojones y astucia, decía, por eso formó

a sus hijos en la rudeza. Con el tiempo, sin embargo, comprendió que el mundo estaba

cambiando muy rápido y que sus negocios necesitaban consolidarse sobre bases más

estables. La época del pillaje desenfadado había sido reemplazada por la corrupción y

el despojo solapado, era hora de administrar la riqueza con criterio moderno y mejorar

su imagen. Reunió a sus hijos y les impuso la tarea de hacer amistad con personas

influyentes y aprender asuntos legales, para que siguieran prosperando sin peligro de

que les fallara la impunidad. También les encomendó buscar novias entre los apellidos

más antiguos de la región, a ver si lograban lavar el nombre de los Peralta de tanta

salpicadura de barro y de sangre. Para entonces Amadeo había cumplido treinta y dos

años y tenía muy arraigado el hábito de seducir muchachas para luego abandonarlas,

de modo que la idea del matrimonio no le gustó nada, pero no se atrevió a

desobedecer a su padre. Comenzó a cortejar a la hija de un hacendado cuya familia

había vivido en el mismo lugar por seis generaciones. A pesar de la turbia fama del

pretendiente, ella lo aceptó, porque era muy poco agraciada y temía quedarse soltera.

Ambos iniciaron entonces uno de esos aburridos noviazgos de provincia. Incómodo en

su traje de lino blanco y sus botines lustrados, Amadeo la visitaba todos los días bajo

la mirada atenta de la futura suegra o de alguna tía, y mientras la señorita servía café

y pasteles de guayaba, él atisbaba el reloj calculando el momento oportuno de

despedirse.

Pocas semanas antes de la boda, Amadeo Peralta tuvo que hacer un viaje de negocios

por la provincia. Así llegó a Agua Santa, uno de esos lugares donde nadie se queda y

cuyo nombre los viajeros rara vez recuerdan. Pasaba por una calle angosta, a la hora

de la siesta, maldiciendo el calor y ese olor dulzón de mermelada de mangos que

agobiaban el aire, cuando escuchó un sonido cristalino como de agua deslizándose

entre piedras, que provenía de una casa modesta, con la pintura descascarada por el

sol y la lluvia, como casi todas por allí. A través de la reja divisó un zaguán de

baldosas oscuras y paredes encaladas, al fondo un patio y más allá la visión

sorprendente de una muchacha sentada en el suelo con las piernas cruzadas,

sosteniendo sobre las rodillas un salterio de madera rubia. Se quedó un rato

observándola.

-Ven, niña -la llamó, por último. Ella levantó la cara y a pesar de la distancia él

distinguió los ojos asombrados y la sonrisa incierta en un rostro todavía infantil-. Ven

conmigo -mandó, imploró Amadeo con la voz seca.

Ella vaciló. Las últimas notas quedaron suspendidas en el aire del patio como una

pregunta. Peralta la llamó de nuevo, ella se puso de pie y se acercó, él metió el brazo

entre los barrotes de la reja, corrió el, pestillo, abrió la puerta y la cogió de la mano,

mientras le recitaba todo su repertorio de galán, jurándole que la había visto en

sueños, que la había buscado toda su vida, que no podía dejarla ir y que era la mujer

destinada para él, todo lo cual podía haber omitido, porque la muchacha era simple de

espíritu y no comprendió el sentido de sus palabras, aunque tal vez la sedujo el tono

de la voz. Hortensia había cumplido recién quince años y su cuerpo estaba listo para el

primer abrazo, aunque ella no lo sabía ni podía darle un nombre a esas inquietudes y

temblores. Para él fue tan fácil llevarla hasta su coche y conducirla a un descampado,

que una hora después ya la había olvidado por completo. Tampoco pudo recordarla

cuando una semana más tarde ella apareció de súbito en su casa, a ciento cuarenta

kilómetros de distancia, vestida con un delantal de algodón amarillo y alpargatas de

lona, con su salterio bajo el brazo, encendida por la fiebre del amor.

Cuarenta y siete años más tarde, cuando Hortensia fue rescatada del foso donde había

permanecido sepultada y los periodistas viajaron de todas partes del país para

fotografiarla, ni ella misma sabía ya su nombre ni cómo llegó hasta allí.

-¿Por qué la tuvo encerrada como una bestia miserable? -acosaron los reporteros a

Amadeo Peralta.

-Porque se me dio la gana -replicó él calmadamente. Para entonces ya tenía ochenta

años y estaba tan lúcido como siempre, pero no comprendía aquel alboroto tardío por

algo ocurrido tanto tiempo atrás.

No estaba dispuesto a dar explicaciones. Era hombre de palabra autoritaria, patriarca y

bisabuelo, nadie se atrevía a mirarlo a los ojos y hasta los curas lo saludaban con la

cabeza inclinada. En su larga vida acrecentó la fortuna heredada de su padre, se

adueñó de todas las tierras desde las ruinas del fuerte español hasta los límites del

Estado y después se lanzó a una carrera política que lo convirtió en el cacique más

poderoso de la zona. Se casó con la hija fea del hacendado, con ella tuvo nueve

descendientes legítimos y con otras mujeres engendró un número impreciso de

bastardos, sin guardar recuerdos de ninguna porque tenía el corazón definitivamente

mutilado para el amor. A la única que no pudo descartar del todo fue a Hortensia,

porque se le quedó pegada en la conciencia como una persistente pesadilla. Después

del breve encuentro con ella entre las yerbas de un terreno baldío, regresó a su casa,

su trabajo y su desabrida novia de familia honorable. Fue Hortensia quien lo buscó

hasta encontrarlo, fue ella quien se le atravesó por delante y se aferró a su camisa con

una aterradora sumisión de esclava. Vaya lío, pensó él entonces, yo a punto de

casarme con pompa y fanfarria y esta niña desquiciada se me cruza en el camino.

Quiso deshacerse de ella, pero al verla con su vestido amarillo y sus ojos suplicantes le

pareció un desperdicio no aprovechar la oportunidad y decidió esconderla mientras se

le ocurría alguna solución.

Y así, casi por descuido, Hortensia fue a parar al sótano del antiguo ingenio de azúcar

de los Peralta, donde permaneció enterrada durante toda su vida. Era un recinto

amplio, húmedo, oscuro, asfixiante en verano y frío en algunas noches de la

temporada seca, amoblado con unos cuantos trastos y un jergón. Amadeo Peralta no

se dio tiempo para acomodarla mejor, a pesar de que algunas veces acarició la

fantasía de convertir a la muchacha en una concubina de cuentos orientales, envuelta

en tules leves y rodeada de plumas de pavo real, cenefas de brocado, lámparas de

vidrios pintados, muebles dorados de patas torcidas y alfombras peludas donde él

pudiera caminar descalzo. Tal vez lo habría hecho si ella le hubiera recordado sus

promesas, pero Hortensia era como un pájaro nocturno, uno de esos guácharos ciegos

que habitan al fondo de las cuevas, sólo necesitaba un poco de alimento y agua. El

vestido amarillo se le pudrió en el cuerpo y acabó desnuda.

-Él me quiere, siempre me ha querido -declaró, cuando la rescataron los vecinos. En

tantos años de encierro había perdido el uso de las palabras y la voz le salía a

sacudones, como un ronquido de moribundo.

Las primeras semanas Amadeo pasó mucho tiempo en el sótano con ella, saciando un

apetito que creyó inagotable. Temiendo que la descubrieran y celoso hasta de sus

propios ojos, no quiso exponerla a la luz natural y sólo dejó entrar un rayo tenue a

través de la claraboya de ventilación. En la oscuridad retozaron en el mayor desorden

de los sentidos, con la piel ardiente y el corazón convertido en un cangrejo

hambriento. Allí los olores y sabores adquirían una cualidad extrema. Al tocarse en las

tinieblas lograban penetrar en la esencia del otro y sumergirse en las intenciones más

secretas. En ese lugar sus voces resonaban con un eco repetido, las paredes les

devolvían ampliados los murmullos y los besos. El sótano se convirtió en un frasco

sellado donde se revolcaron como gemelos traviesos navegando en aguas amnióticas,

dos criaturas turgentes y aturdidas. Por un tiempo se extraviaron en una intimidad

absoluta que confundieron con el amor.

Cuando Hortensia se dormía, su amante salía a buscar algo de comer y antes de que

ella despertara regresaba con renovados bríos a abrazarla de nuevo. Así debieron

amarse hasta morir derrotados por el deseo, debieron devorarse el uno al otro o arder

como una antorcha doble; pero nada de eso ocurrió. En cambio, sucedió lo más

previsible y cotidiano, lo menos grandioso. Antes de un mes Amadeo Peralta se cansó

de los juegos, que ya empezaban a repetirse, sintió la humedad royéndole las

articulaciones y comenzó a pensar en todo lo que había al otro lado de aquel antro. Era

hora de volver al mundo de los vivos y recuperar las riendas de su destino.

-Espérame aquí, niña. Voy afuera a hacerme muy rico. Te traeré regalos, vestidos y

joyas de reina -le dijo al despedirse.

-Quiero hijos -dijo Hortensia. -Hijos no, pero tendrás muñecas. En los meses

siguientes Peralta se olvidó de los vestidos, las joyas y las muñecas. Visitaba a

Hortensia cada vez que se acordaba, no siempre para hace el amor, a veces sólo para

oírla tocar alguna melodía antigua en el salterio, le gustaba verla inclinada sobre el

instrumento pulsando las cuerdas. En ocasiones llevaba tanta prisa que no alcanzaba a

cruzar ni una palabra con ella, le llenaba los cántaros de agua, le dejaba una bolsa de

provisiones y partía. Cuando se olvidó de hacerlo por nueve días y la encontró

moribunda, comprendió la necesidad de conseguir alguien que lo ayudara a cuidar a su

prisionera, porque su familia, sus viajes, sus negocios y sus compromisos sociales lo

mantenían muy ocupado. Una india hermética le sirvió para ese fin. Ella guardaba la

llave del candado y entraba regularmente a limpiar el calabozo y raspar los líquenes

que le crecían a Hortensia en el cuerpo como una flora delicada y pálida, casi invisible

al ojo desnudo, olorosa a tierra removida y a cosa abandonada.

-¿No tuvo lástima de esa pobre mujer? -le preguntaron a la india cuando también a

ella se la llevaron detenida, acusada de complicidad en el secuestro, pero ella no

contestó y se limitó a mirar de frente con ojos impávidos y lanzar un escupitajo negro

de tabaco.

No, no tuvo lástima porque creyó que la otra tenía vocación de esclava y por lo mismo

era feliz siéndolo, o que era idiota de nacimiento y, como tantos en su condición,

mejor estaba encerrada que expuesta a las burlas y peligros de la calle. Hortensia no

contribuyó a cambiar la opinión que su carcelera tenía de ella, jamás manifestó alguna

curiosidad por el mundo, no intentó salir a respirar aire limpio ni se quejó de nada.

Tampoco parecía aburrida, su mente estaba detenida en algún momento de la infancia

y la soledad terminó por perturbarla del todo. En realidad se fue convirtiendo en una

criatura subterránea. En esa tumba se agudizaron sus sentidos y aprendió a ver lo

invisible, la rodearon alucinantes espíritus que la conducían de la mano por otros

universos. Mientras su cuerpo permanecía encogido en un rincón, ella viajaba por el

espacio sideral como una partícula mensajera, viviendo en un territorio oscuro, más

allá de la razón. Si hubiera tenido un espejo para mirarse se habría aterrado de su

propio aspecto, pero como no podía verse no percibió su deterioro, no supo de las

escamas que le brotaron en la piel, de los gusanos de seda que anidaron en su largo

cabello convertido en estopa, de las nubes plomizas que le cubrieron los ojos ya

muertos de tanto atisbar en la penumbra. No sintió cómo le crecían las orejas para

captar los sonidos externos, aun los más tenues y lejanos, como la risa de los niños en

el recreo de la escuela, la campanilla del vendedor de helados, los pájaros en vuelo, el

murmullo del río. Tampoco se dio cuenta de que sus piernas antes graciosas y firmes,

se torcieron para acomodarse a la necesidad de estar quieta y de arrastrarse, ni que

las uñas de los pies le crecieron como pezuñas de bestia, los huesos se le

transformaron en tubos de vidrio, el vientre se le hundió y le salió una joroba. Sólo las

manos mantuvieron su forma y tamaño, ocupadas siempre en el ejercicio del salterio,

aunque ya sus dedos no recordaban las melodías aprendidas y en cambio le

arrancaban al instrumento el llanto que no le salía del pecho. De lejos Hortensia

parecía un triste mono de feria y de cerca inspiraba una lástima infinita. Ella no tenía

conciencia alguna de esas malignas transformaciones, en su memoria guardaba intacta

la imagen de sí misma, seguía siendo la misma muchacha que vio reflejada por última

vez en el cristal de la ventana del automóvil de Amadeo Peralta, el día que la condujo

a su guarida. Se creía tan bonita como siempre y continuó actuando como si lo fuera,

de este modo el recuerdo de su belleza quedó agazapado en su interior y cualquiera

que se le aproximara lo suficiente podía vislumbrarla bajo su aspecto externo de enano

prehistórico.

Entretanto Amadeo Peralta, rico y temido, extendía por toda la región la red de su

poder. Los domingos se sentaba a la cabecera de una larga mesa, con sus hijos y

nietos varones, sus secuaces y cómplices, y con algunos invitados especiales, políticos

y jefes militares a quienes trataba con una cordialidad ruidosa, no exenta de la

altanería necesaria para que recordaran quién era el amo. A sus espaldas se

rumoreaba de sus víctimas, de cuántos dejó en la ruina o hizo desaparecer, de los

sobornos a las autoridades, de que la mitad de su fortuna provenía del contrabando;

pero nadie estaba dispuesto a buscar pruebas. Decían también que Peralta mantenía a

una mujer prisionera en un sótano. Esta parte de su leyenda negra se repetía con

mayor certeza que la de sus negocios ¡legítimos, en verdad muchos lo sabían y con el

tiempo se convirtió en un secreto a voces.

Una tarde de mucho calor, tres niños se escaparon de la escuela para bañarse en el

río. Pasaron un par de horas chapoteando en el lodo de la orilla y luego se fueron a

vagar cerca del antiguo ingenio de azúcar de los Peralta, cerrado desde hacía dos

generaciones, cuando la caña dejó de ser rentable. El lugar tenía fama de hechizado,

decían que se escuchaban ruidos de demonios y muchos habían visto por allí a una

bruja desgreñada invocando a las ánimas de los esclavos muertos. Exaltados por la

aventura, los muchachos se metieron en la propiedad y se acercaron al edificio de la

fábrica. Pronto se atrevieron a entrar en las ruinas, recorrieron los amplios cuartos de

anchas paredes de adobe y vigas roídas por el comején, sortearon la maleza crecida

del suelo, los cerros de basura y mierda de perro, las tejas podridas y los nidos de

culebras. Dándose valor a fuerza de bromas, empujándose, llegaron hasta la sala de

molienda, una habitación enorme abierta al cielo, con restos de máquinas

despedazadas, donde la lluvia y el sol habían creado un jardín imposible y donde

creyeron percibir un rastro penetrante de azúcar y sudor. Cuando empezaba a

quitárseles el susto, oyeron con toda claridad un canto monstruoso. Temblando,

trataron de retroceder, pero la atracción del horror pudo más que el miedo y se

quedaron agazapados escuchando hasta que la última nota se les clavó en la frente.

Poco a poco lograron vencer la inmovilidad, se sacudieron el espanto y empezaron a

buscar el origen de esos extraños sonidos, tan diferentes a cualquier música conocida,

y así dieron con una pequeña trampa a ras del suelo, cerrada con un candado que no

pudieron abrir. Sacudieron la plancha de madera que cerraba la entrada y un

indescriptible olor a fiera enjaulada les golpeó la cara. Llamaron, pero nadie respondió,

sólo oyeron al otro lado un sordo jadeo. Entonces partieron corriendo a avisar a gritos

que habían descubierto la puerta del infierno.

El barullo de los niños no pudo ser acallado y así los vecinos comprobaron finalmente

lo que sospechaban desde hacía décadas. Primero llegaron las madres detrás de sus

hijos a atisbar por las ranuras de la trampa, y ellas también escucharon las notas

terribles del salterio, muy diferentes a la melodía banal que atrajo a Amadeo Peralta al

detenerse en una callejuela de Agua Santa para secarse el sudor de la frente. Detrás

de ellas acudió un tropel de curiosos y por último, cuando ya se había juntado una

muchedumbre, aparecieron los policías y los bomberos, que hicieron saltar la puerta a

hachazos y se metieron al hoyo con sus lámparas y sus bártulos de incendio. En la

cueva encontraron a una criatura desnuda, con la piel fláccida colgando en pálidos

plieges, que arrastraba unos mechones grises por el suelo y gemía aterrorizada por el

ruido y la luz. Era Hortensia, brillando con fosforescencia de madreperla bajo las

linternas implacables de los bomberos, casi ciega, con los dientes gastados y las

piernas tan débiles que casi no podía tenerse de pie. La única señal de su origen

humano, era un viejo salterio apretado contra su regazo.

La noticia produjo indignación en todo el país. En las pantallas de televisión y en los

periódicos apareció la mujer rescatada del agujero donde pasó la vida, mal cubierta

por una manta que alguien le puso sobre los hombros. La indiferencia que durante casi

medio siglo rodeó a la prisionera, se convirtió en pocas horas en pasión por vengarla y

socorrerla. Los vecinos improvisaron piquetes para linchar a Amadeo Peralta, atacaron

su casa, lo sacaron a rastras y si la Guardia no llega a tiempo para quitárselo de las

manos, lo habrían despedazado en la plaza. Para callar la culpa de haberla ignorado

durante tanto tiempo, todo el mundo quiso ocuparse de Hortensia.

Se reunió dinero Para darle una pensión, se juntaron toneladas de ropa y

medicamentos que ella no necesitaba y varias organizaciones de beneficencia se dieron

a la tarea de rasparle la mugre, cortarle el cabello y vestirla de pies a cabeza, hasta

convertirla en una anciana común. Las monjas le prestaron una cama en el asilo de

indigentes y durante meses la tuvieron amarrada para que no se escapara de vuelta al

sótano, hasta que por fin se acostumbró a la luz del día y se resignó a vivir con otros

seres humanos.

Aprovechando el furor público atizado por la prensa, los numerosos enemigos de

Amadeo Peralta reunieron por fin el valor para lanzarse en picada en su contra. Las

autoridades, que durante años ampararon sus abusos, le cayeron encima con el

garrote de la ley. La noticia ocupó la atención de todos durante el tiempo suficiente

para conducir al viejo caudillo a la cárcel y luego se fue esfumando hasta desaparecer

del todo. Rechazado por sus familiares y amigos, convertido en símbolo de todo lo

abominable y abyecto, hostilizado por los guardianes y por sus compañeros de

infortunio, estuvo en prisión hasta que lo alcanzó la muerte. Permanecía en su celda,

sin salir nunca al patio con los otros reclusos. Desde allí podía oír’ los ruidos de la calle.

Cada día, a las diez de la mañana, Hortensia caminaba con su vacilante paso de loca

hasta el penal y le entregaba al vigilante de la puerta una marmita caliente para el

preso.

-Él casi nunca me dejó con hambre -le decía al portero en tono de excusa. Después se

sentaba en la calle a tocar el salterio, arrancándole unos gemidos de agonía imposibles

de soportar. En la esperanza de distraerla y hacerla callar, algunos pasantes le daban

una moneda.

Encogido al otro lado de los muros, Amadeo Peralta escuchaba ese sonido que parecía

provenir del fondo de la tierra y que le atravesaba los nervios. Ese reproche cotidiano

debía significar algo, pero no podía recordar. A veces sentía unos ramalazos de culpa,

pero enseguida le fallaba la memoria y las imágenes del pasado desaparecían en una

niebla densa. No sabía por qué estaba en esa tumba y poco a poco olvidó también el

mundo de la luz, abandonándose a la desdicha.