Quinquela Martín

jueves, 1 de abril de 2021

"Palabras" de Eduardo Galeano

 

Hace unos 15 millones de años, según dicen los entendidos, un huevo incandescente estalló en medio de la nada y dio nacimiento a los cielos y a las estrellas y a los mundos.

 

Hace unos 4 mil o 4 mil 500 millones de años, años más años menos, la primera célula bebió el caldo del mar, y le gustó, y se duplicó para tener a quien convidar el trago.

 

Hace unos dos millones de años, la mujer y el hombre, casi monos, se irguieron sobre sus patas y alzaron los brazos y se entraron, y por primera vez tuvieron la alegría y el pánico de verse, cara a cara, mientras estaban en eso.

 

 Hace unos 450 mil años, la mujer y el hombre frotaron dos piedras y encendieron el primer fuego, que los ayudo a defenderse del invierno.

 

Hace unos 300 mil años, la mujer y el hombre se dijeron las primeras palabras y creyeron que podían entenderse.

 

Y en eso estamos, todavía: queriendo ser dos, muertos de miedo, muertos de frío, buscando palabras....


"Gorilas" de Osvaldo Soriano

 

Nunca olvidaré aquellos lluviosos días de setiembre del 55. Aunque para mí fueron

de viento y de sol porque vivíamos en el Valle de Río Negro y los odios se atemperaban por

la distancia y la pesadumbre del desierto. Mandaba el General y a mí me resultaba

incomprensible que alguien se opusiera a su reino de duendes protectores. Mi padre, en

cambio, llevaba diez años de amargura corriendo por el país del tirano que no lo dejaba

crecer. Una vez me explicó que Frondizi había tenido que huir en calzoncillos al Uruguay

para salvarse de las hordas fascistas. Y se quedó mirándome a ver qué opinaba yo, que

tendría nueve o diez años. A mí me parecía cómico un tipo en calzoncillos a lunares nadando

por el río de la Plata, perseguido por comanches y bucaneros con el cuchillo entre los dientes.


No nos entendíamos. Mi peronismo, que duró hasta los trece o catorce años, era una

cachetada a la angustia de mi viejo, un sueño irreverente de los tiempos de Evita Capitana.

Años después me iba a anotar al lado de otros perdedores, pero aquel año en que empezó la

tragedia escuchaba por la radio la Marcha de la Libertad y las bravuconadas de ese miserable

que se animaba a levantarse contra la autoridad del General. El tipo todavía era

contraalmirante y no se sabía nada de él. Ni siquiera que había sido cortesano de Eva.

Todavía no había fusilado civiles ni prohibido a la mitad del país. Era apenas un fantasma de

anteojos negros que bombardeaba Puerto Belgrano y avanzaba en un triste barco de papel.

Era una fragata bien sólida, pero a mí me parecía que a la mañana siguiente, harto de tanta

insolencia, el General iba a hundirlo con sólo arrojar una piedra al mar.


Recuerdo a mi padre quemando cigarrillos, con la cabeza inclinada sobre la radio

enorme. Lo sobresaltaban los ruidos de las ondas cortas y quizás un vago temor de que

alguien le leyera el pensamiento. A ratos golpeaba la pared y murmuraba: "Cae el hijo de

puta, esta vez sí qué cae". Yo no quería irme a dormir sin estar seguro de qué el General

arrojaría su piedra al mar. Tres meses atrás la marina había bombardeado la Plaza de Mayo a

medio día, cuando la gente salía a comer, y el odio se nos metió entre las uñas, por los ojos y

para siempre. A mi padre por el fracaso y el bochorno, a mí porque era como si un intruso

viniera a robarme los chiches de lata. Me cuesta verme así: ¿qué era Perón para mí? ¿Una

figurita del álbum, la más repetida?, ¿los juguetes del correo?, ¿la voz de Evita que nos había

pedido cuidarlo de los traidores? Se me iba la edad de los Reyes Magos y no quería aceptar

las razones de mi padre ni los gritos de mi madre.


Creo que allá en el Valle no se suspendieron las clases. Una tarde vinieron unos 

milicos que destrozaron a martillazos la estatua de Evita. 

Al salir del colegio vi a un montón de gorilas que apedreaban una casa. 

Los chicos bajábamos la cabeza y caminábamos bien cerca de la pared. 

El día que Perón se refugió en la cañonera paraguaya mi madre preparó

ravioles y mi padre abrió una botella de vino bueno. "Lo voy a cagar a Domínguez", dijo, ya

un poco borracho, y buscó los ojos de mi madre. Domínguez era el capataz peronista que le

amargaba la existencia. El tipo que me dejaba subir a la caja del camión cuando salían a

instalar el agua. Creo que mamá le hizo una seña y el viejo me miró, afligido. "¿Por qué me

salió un hijo así?", dijo y me ordenó arrancar el retrato de Evita que tenía en mi pieza. Lonardi

hablaba por radio pero el héroe era Rojas. Para convencerme, mi padre me contaba de unos

comunistas asesinados y otra vez de Frondizi en calzoncillos. No les tenía simpatía a los

comunistas pero ya que estaban muertos, ¿por qué no acordarse de ellos? Yo no quise bajar el

retrato y mi padre no se atrevió a entrar en mi cuarto. "Está bien, pero deja la puerta cerrada,

que yo no lo vea", me gritó y fue a terminar el vino y comerse los ravioles.


Fue un año difícil. Terminé mal la primaria y empecé mal el industrial de Neuquén.

Hasta que Rodolfo Walsh publicó Operación Masacre no supimos de los fusilamientos

clandestinos de José León Suárez, ordenados por Rojas. Mi viejo seguía enojado con Perón

pero se amigó con el capataz Domínguez. Alguien vino a tentarlo en nombre de Balbín. En

ese entonces yo me había puesto del lado de Frondizi, tal vez por aquella imagen del tipo en

calzoncillos que se aleja nadando hacia la costa del Uruguay, y entonces mi padre se negó a

entrar en política.


En el verano del 58 empecé a trabajar en un galpón donde empacaban manzanas para

la exportación y en febrero se largó la huelga más terca de los tiempos de la Libertadora.

Largas jornadas en la calle, marchas, colectas y asados con fútbol mientras el sindicato

prolongaba la protesta. Un judío de traje polvoriento nos leía presuntos mensajes de Perón.

Un día cayó con un Geloso flamante y un carrete de cinta en el bolsillo. Le decían El Ruso;

tenía unos anteojos sin marco que dos por tres se le caían al suelo y había que alcanzárselos

porque sin ellos quedaba indefenso. Desde la cinta hablaba Perón, o alguien con voz parecida.

El General anunciaba un regreso inminente y los rojos ya no eran sus enemigos, decía. Al

final de la cinta nos hablaba al oído y decía que se le encogía el corazón al pensar en esa

heroica huelga nuestra ahí entre las bardas del desierto.


Alguien, un italiano charlatán, sospechó que el que hablaba no era el General. En

aquel tiempo no conocíamos los grabadores y la máquina que reproducía la voz parecía

demasiado sorprendente y perfecta para ser auténtica. El Ruso no tenía pinta de peronista y la

gente empezaba a desconfiarle. Mi padre y yo no nos hablábamos, o casi, pero si existía

alguien en aquellos parajes capaz de confirmar que la máquina y la voz eran confiables, ése

era él. Le conté lo que pasaba y en nombre de la asamblea le pedí que verificara si era

auténtico el Geloso del Ruso. Todavía lo veo llegar, levantando polvareda con la Tehuelche

que me había ayudado a comprar. Esquivó las barreras que habíamos colocado para cortar el

camino y se metió en un pajonal porque venía clandestino. Al principio todos lo miraron feo

por su aspecto de radical del pueblo. Un chileno bajito lo trató de profesor y eso contribuyó a

que se agrandara un poco. Se puso los anteojos, saludó al Ruso y pidió ver el aparato.

Era una joya. Apenas conocíamos el plástico y aquello era todo de plástico. Mi viejo lo

miraba como aturdido, con cara de no entender un pito de voces grabadas y perillas de

colores. El Ruso desenrolló un cable que había enchufado en la oficina tomada y colocó la

cinta con cuidado, como si agarrara un picaflor por las alas. Y Perón habló de nuevo.


Sinarquía, imperialismo, multinacionales, algo que hoy sonaría como una sarta de macanas.

El General recordó la Constitución justicialista, que impedía la entrega al capitalismo

internacional de los servicios públicos y las riquezas naturales. Todos miraban a mi padre que

escuchaba en silencio. Ensimismado, sacó los carretes y tocó la banda marrón con la punta de

la lengua. Después pidió un destornillador y desarmó el aparato. Yo sabía que estaba

deslumbrado y que alguna vez, en el taller del fondo, intentaría construir uno mejor. Pero esa

tarde, mientras el Ruso se sostenía los anteojos con un dedo, mi viejo levantó la vista hacia la

asamblea y murmuró: "Es Perón, no tengan duda". Rearmó el Geloso pieza por pieza

mientras escuchaba la ovación sonriente, como si fuera para él. Yo le miraba la corbata raída y

las uñas limpias. Aquel hombre podía reconocer la voz de Perón entre miles, con ruido de

fondo y bajo fuego de morteros. Tanto lo había odiado, admirado quizás.


Dos días después llegaron los cosacos y nos molieron a palos. Así era entonces la

vida. El Ruso perdió los lentes y el Geloso. Mientras corría no paraba de cantar La

Internacional. A mí me hicieron un tajo en la cabeza y a los chilenos los metieron presos por

agitadores. Al volver a casa, de madrugada, encontré a mi padre en su escritorio, dibujando

de memoria los circuitos del grabador. Me hizo señas de que fuera al lavadero para no

despertar a mi madre y puso agua a calentar. Allá en el patio, frente al taller en el que iba a

reinventar el Geloso, me ayudó a lavar la herida y me hizo un vendaje a la bartola, porque no

sabía de esas cosas. "Parece mentira —me dijo— antes cada cosa estaba en su lugar; ahora, en

cambio, me parece que son las cosas las que están en lugar nuestro." Y no me habló más del

asunto.


"El acercamiento a Almotásim" de Jorge Luis Borges

 

Philip Guedalla escribe que la novela The approach to Al-Mu’tasim del abogado Mir Bahadur Alí, de Bombay, «es una combinación algo incómoda (a rather uncomfortable combination) de esos poemas alegóricos del Islam que raras veces dejan de interesar a su traductor y de aquellas novelas policiales que inevitablemente superan a John H. Watson y perfeccionan el horror de la vida humana en las pensiones más irreprochables de Brighton». Antes, Mr. Cecil Roberts había denunciado en el libro de Bahadur «la doble, inverosímil tutela de Wilkie Collins y del ilustre persa del siglo XII, Ferid Eddin Attar» -tranquila observación que Guedalla repite sin novedad, pero en un dialecto colérico. Esencialmente, ambos escritores concuerdan: los dos indican el mecanismo policial de la obra, y su undercurrent místico. Esa hibridación puede movernos a imaginar algún parecido con Chesterton; ya comprobaremos que no hay tal cosa.

La editio princeps del Acercamiento a Almotásim apareció en Bombay, a fines de 1932. El papel era casi papel de diario; la cubierta anunciaba al comprador que se trataba de la primera novela policial escrita por un nativo de Bombay City: En pocos meses, el público agotó cuatro impresiones de mil ejemplares cada una. La Bombay Quarterly Review, la Bombay Gazette, la Calcutta Review, la Hindustan Review (de Alahabad) y el Calcutta Englishman, dispensaron su ditirambo. Entonces Bahadur publicó una edición ilustrada que tituló The conversation with the man called Al-Mu’tasim y que subtituló hermosamente: A game with shifting mirrors (Un juego con espejos que se desplazan). Esa edición es la que acaba de reproducir en Londres Víctor Gollancz, con prólogo de Dorothy L. Sayers y con omisión -quizá misericordiosa- de las ilustraciones. La tengo a la vista; no he logrado juntarme con la primera, que presiento muy superior. A ello me autoriza un apéndice, que resume la diferencia fundamental entre la versión primitiva de 1932 y la de 1934. Antes de examinarla -y de discutirla- conviene que yo indique rápidamente el curso general de la obra.

Su protagonista visible -no se nos dice nunca su nombre- es estudiante de derecho en Bombay. Blasfematoriamente, descree de la fe islámica de sus padres, pero al declinar la décima noche de la luna de muharram, se halla en el centro de un tumulto civil entre musulmanes e hindúes. Es noche de tambores e invocaciones: entre la muchedumbre adversa, los grandes palios de papel de la procesión musulmana se abren camino. Un ladrillo hindú vuela de una azotea; alguien hunde un puñal en un vientre; alguien ¿musulmán, hindú? muere y es pisoteado. Tres mil hombres pelean: bastón contra revólver, obscenidad contra imprecación, Dios el Indivisible contra los Dioses. Atónito, el estudiante librepensador entra en el motín. Con las desesperadas manos, mata (o piensa haber matado) a un hindú. Atronadora, ecuestre, semidormida, la policía del Sirkar interviene con rebencazos imparciales. Huye el estudiante, casi bajo las patas de los caballos. Busca los arrabales últimos. Atraviesa dos vías ferroviarias, o dos veces la misma vía. Escala el muro de un desordenado jardín, con una torre circular en el fondo. Una chusma de perros color de luna (a lean arad evil mob of mooncoloured hounds) emerge de los rosales negros. Acosado, busca amparo en la torre. Sube por una escalera de fierro -faltan algunos tramos- y en la azotea, que tiene un pozo renegrido en el centro, da con un hombre escuálido, que está orinando vigorosamente en cuclillas, a la luz de la luna. Ese hombre le confía que su profesión es robar los dientes de oro de los cadáveres trajeados de blanco que los parsis dejan en esa torre. Dice otras cosas viles y menciona que hace catorce noches que no se purifica con bosta de búfalo. Habla con evidente rencor de ciertos ladrones de caballos de Guzerat, «comedores de perros y de lagartos, hombres al cabo tan infames como nosotros dos». Está clareando: en el aire hay un vuelo bajo de buitres gordos. El estudiante, aniquilado, se duerme; cuando despierta, ya con el sol bien alto, ha desaparecido el ladrón. Han desaparecido también un par de cigarros de Trichinópoli y unas rupias de plata. Ante las amenazas proyectadas por la noche anterior, el estudiante resuelve perderse en la India. Piensa que se ha mostrado capaz de matar un idólatra, pero no de saber con certidumbre si el musulmán tiene más razón que el idólatra. El nombre de Guzerat no lo deja, y el de una malka-sansi (mujer de casta de ladrones) de Palanpur, muy preferida por las imprecaciones y el odio del despojador de cadáveres. Arguye que el rencor de un hombre tan minuciosamente vil importa un elogio. Resuelve -sin mayor esperanza- buscarla. Reza, y emprende con segura lentitud el largo camino. Así acaba el segundo capítulo de la obra.

Imposible trazar las peripecias de los diecinueve restantes. Hay una vertiginosa pululación de dramatis personae -para no hablar de una biografía que parece agotar los movimientos del espíritu humano (desde la infamia hasta la especulación matemática) y de la peregrinación que comprende la vasta geografía del Indostán-. La historia comenzada en Bombay sigue en las tierras bajas de Palanpur, se demora una tarde y una noche en la puerta de piedra de Bikanir, narra la muerte de un astrólogo ciego en un albañal de Benarés, conspira en el palacio multiforme de Katmandú, reza y fornica en el hedor pestilencial de Calcuta, en el Machua Bazar, mira nacer los días en el mar desde una escribanía de Madrás, mira morir las tardes en el mar desde un balcón en el estado de Travancor, vacila y mata en Indaptir y cierra su órbita de leguas y de años en el mismo Bombay, a pocos pasos del jardín de los perros color de luna. El argumento es este: Un hombre, el estudiante incrédulo y fugitivo que conocemos, cae entre gente de la clase más vil y se acomoda a ellos, en una especie de certamen de infamias. De golpe -con el milagroso espanto de Robinsón ante la huella de un pie humano en la arena- percibe alguna mitigación de esa infamia: una ternura, una exaltación, un silencio, en uno de los hombres aborrecibles. «Fue como si hubiera terciado en el diálogo un interlocutor más complejo.» Sabe que el hombre vil que está conversando con él es incapaz de ese momentáneo decoro; de ahí postula que este ha reflejado a un amigo, o amigo de un amigo. Repensando el problema, llega a una convicción misteriosa: En algún punto de la tierra hay un hombre de quien procede esa claridad; en algún punto de la tierra está el hombre que es igual a esa claridad. El estudiante resuelve dedicar su vida a encontrarlo.

Ya el argumento general se entrevé: la insaciable busca de un alma a través de los delicados reflejos que esta ha dejado en otras: en el principio, el tenue rastro de una sonrisa o de una palabra; en el fin, esplendores diversos y crecientes de la razón, de la imaginación y del bien. A medida que los hombres interrogados han conocido más de cerca a Almotásim, su porción divina es mayor, pero se entiende que son meros espejos. El tecnicismo matemático es aplicable: la cargada novela de Bahadur es una progresión ascendente, cuyo término final es el presentido «hombre que se llama Almotásim». El inmediato antecesor de Almotásim es un librero persa de suma cortesía y felicidad; el que precede a ese librero es un santo… Al cabo de los años, el estudiante llega a una galería «en cuyo fondo hay una puerta y una estera barata con muchas cuentas y atrás un resplandor». El estudiante golpea las manos una y dos veces y pregunta por Almotásim. Una voz de hombre -la increíble voz de Almotásim- lo insta a pasar. El estudiante descorre la cortina y avanza. En ese punto la novela concluye.

Si no me engaño, la buena ejecución de tal argumento impone dos obligaciones al escritor: una, la variada invención de rasgos proféticos; otra, la de que el héroe prefigurado por esos rasgos no sea una mera convención o fantasma. Bahadur satisface la primera; no sé hasta dónde la segunda. Dicho sea con otras palabras: el inaudito y no mirado Almotásim debería dejarnos la impresión de un carácter real, no de un desorden de superlativos insípidos. En la versión de 1932, las notas sobrenaturales ralean: «el hombre llamado Almotásim» tiene su algo de símbolo, pero no carece de rasgos idiosincrásicos, personales. Desgraciadamente, esa buena conducta literaria no perduró. En la versión de 1934 -la que tengo a la vista- la novela decae en alegoría: Almotásim es emblema de Dios y los puntuales itinerarios del héroe son de algún modo los progresos del alma en el ascenso místico. Hay pormenores afligentes: un judío negro de Kochín que habla de Almotásim, dice que su piel es oscura; un cristiano lo describe sobre una torre con los brazos abiertos; un lama rojo lo recuerda sentado «como esa imagen de manteca de yak que yo modelé y adoré en el monasterio de Tashilhunpo». Esas declaraciones quieren insinuar un Dios unitario que se acomoda a las desigualdades humanas. La idea es poco estimulante, a mi ver. No diré lo mismo de esta otra: la conjetura de que también el Todopoderoso está en busca de Alguien, y ese Alguien de Alguien superior (o simplemente imprescindible e igual) y así hasta el Fin -o mejor, el Sinfín- del Tiempo, o en forma cíclica. Almotásim (el nombre de aquel octavo Abbasida que fue vencedor en ocho batallas, engendró ocho varones y ocho mujeres, dejó ocho mil esclavos y reinó durante un espacio de ocho años, de ocho lunas y de ocho días) quiere decir etimológicamente «El buscador de amparo». En la versión de 1932, el hecho de que el objeto de la peregrinación fuera un peregrino, justificaba de oportuna manera la dificultad de encontrarlo; en la de 1934, da lugar a la teología extravagante que declaré. Mir Bahadur Alí, lo hemos visto, es incapaz de soslayar la más burda de las tentaciones del arte: la de ser un genio.

Releo lo anterior y temo no haber destacado bastante las virtudes del libro. Hay rasgos muy civilizados: por ejemplo, cierta disputa del capítulo diecinueve en la que se presiente que es amigo de Almotásim un contendor que no rebate los sofismas del otro, «para no tener razón de un modo triunfal».

*

Se entiende que es honroso que un libro actual derive de uno antiguo: ya que a nadie le gusta (como dijo Johnson) deber nada a sus contemporáneos. Los repetidos pero insignificantes contactos del Ulises de Joyce con la Odisea homérica, siguen escuchando -nunca sabré por qué- la atolondrada admiración de la crítica; los de la novela de Bahadur con el venerado Coloquio de los pájaros de Farid ud-din Attar, conocen el no menos misterioso aplauso de Londres, y aun de Alahabad y Calcuta. Otras derivaciones no faltan. Algún inquisidor ha enumerado ciertas analogías de la primera escena de la novela con el relato de Kipling On the City Wall; Bahadur las admite, pero alega que sería muy anormal que dos pinturas de la décima noche de muharram no coincidieran… Eliot, con más justicia, recuerda los setenta cantos de la incompleta alegoría The Faërie Queene en los que no aparece una sola vez la heroína, Gloriana -como lo hace notar una censura de Richard William Church. Yo, con toda humildad, señalo un precursor lejano y posible: el cabalista de Jerusalén, Isaac Luria, que en el siglo XVI propaló que el alma de un antepasado o maestro puede entrar en el alma de un desdichado, para confortarlo o instruirlo. Ibbür se llama esa variedad de la metempsicosis¹.

 

—————

1. En el decurso de esta noticia, me he referido al Mantiq al-Tayr (Coloquio de los pájaros) del místico persa Farid al-Din Abú Talib Muhámmad ben lbrahim Attar a quien mataron los soldados de Tule, hijo de Zingis Jan, cuando Nishapur fue expoliada. Quizá no huelgue resumir el poema. El remoto rey de los pájaros, el Simurg, deja caer en el centro de la China una pluma espléndida; los pájaros resuelven buscarlo, hartos de su antigua anarquía. Saben que el nombre de su rey quiere decir treinta pájaros; saben que su alcázar está en el Kaf, la montaña circular que rodea la tierra. Acometen la casi infinita aventura; superan siete valles, o mares; el nombre del penúltimo es «Vértigo»; el último se llama «Aniquilación». Muchos peregrinos desertan; otros perecen. Treinta, purificados por los trabajos, pisan la montaña del Simurg. Lo contemplan al fin: perciben que ellos son el Simurg y que el Simurg es cada uno de ellos y todos. (También Plotino -Enéodas,V 8, 4- declara una extensión paradisíaca del principio de identidad: Todo, en el cielo inteligible, está en todas partes. Cualquier cosa es todas las cosas. El sol es todas las estrellas, y cada estrella es todas las estrellas y el sol.) El Mantiq al-Tayr ha sido vertido al francés por Garcín de Tassy; al inglés por Edward FitzGerald; para esta nota, he consultado el décimo tomo de las 1001 noches de Burton y la monografa The Persion mystics: Attar (1932) de Margaret Smith.
Los contactos de ese poema con la novela de Mir Bahadur Alí no son excesivos. En el vigésimo capítulo, unas palabras atribuidas por un librero persa a Almotásim son, quizá, la magnificación de otras que ha dicho el héroe; esa y otras ambiguas analogías pueden significar la identidad del buscado y del buscador; pueden también significar que este influye en aquel. Otro capítulo insinúa que Almotásim es el «hindú» que el estudiante cree haber matado.

"Balada para dos locos" de Sabeli Ceballos Franco

 

mi corazón
para que en él escarbes
busques tesoros
entierres muertos
no estaba muerta
pero me vi nacer
en la primera cita
con tu cuerpo
tengo muy poco
pero te entrego todo
la margarita anciana
el pavimento
las cuerdas que me rodean
el cuello
no te pedí que aparecieras
mas llegaste
con tu medio melón en la cabeza
a beber de la ubre de mi alma
¡vení! ¡volá!
yo era treinta y dos árboles
subiéndose a los hombres
para atisbarse
me quieres-no me quieres
tú no me quieres, flaco
me lo dijo la flor casi jugando
¿Cuándo te marcharás
con mis pedazos?
te calzas mi corazón
te queda grande
somos dos muescas
en el timón de la locura
yo sí que estoy zafada
por quererte
tú sí que estás piantao
por quedarte

Sabeli Ceballos Franco, escritora mexicana

"Hombre, de qué nos sirven las noches" de Rosario Murillo

 

Hombre, de qué nos sirven las noches
si hemos abandonado el amor
solo a su propia suerte
mudo y arrinconado como una anciana guitarra
que dejó de cantar.
Para qué sirve la brisa, este amarillo que encendimos
los barquitos de papel sobre el estanque del parque
los chingorros brillantes que dejamos
sobre la misma pared donde claváramos, ilusionados,
los sueños.
De qué nos sirve este montón de esperanza entre las manos
a qué jugar con gotas de rocío que nos empapen el cuerpo
con tardes que nos enciendan el pelo
a qué, si hemos perdido la tierra
y la batalla.

"A la orilla de un pozo (II)" de Rosa Chacel

                                   A Rafael Alberti

Cuando la mar esté bajo tu almohada
¡Alegría de turbas infantiles!
¡Triunfo de los egregios, varoniles
pámpanos que estremece la alborada!

Frutos dará la náyade dorada
que llamea en los ínclitos candiles
y en sus perlas de amor claros abriles
hervirán al compás de tu mirada.

¡Qué ventura te aguarda en el impacto
si alcanzar logras la divina orquesta!
Tu frente surtirá con el contacto

de la escondida nuez templada y presta
que a trompa airada vibrará en el acto.
¡La vida es gracia y el reír no cuesta!


Rosa Chacel, escritora española