Quinquela Martín

viernes, 7 de agosto de 2020

“Liliana” de Julio Cortázar


Menos mal que es Ramos y no otro médico, con él siempre hubo un pacto, yo sabía que llegado el momento me lo iba a decir o por lo menos me dejaría comprender sin decírmelo del todo. Le ha costado al pobre, quince años de amistad y noches de póquer y fines de semana en el campo, el problema de siempre; pero es así, a la hora de la verdad y entre hombres esto vale más que las mentiras de consultorio coloreadas como las pastillas o el líquido rosa que gota a gota me va entrando en las venas.

Tres o cuatro días, sin que me lo diga sé que él se va a ocupar que no haya eso que llaman agonía, dejar morir despacio al perro, para qué; puedo confiar en él, las últimas pastillas serán siempre verdes o rojas pero adentro habrá otra cosa, el gran sueño que desde ya le agradezco mientras Ramos se me queda mirando a los pies de la cama, un poco perdido porque la verdad lo ha vaciado, pobre viejo. No le digas nada a Liliana, por qué la vamos a hacer llorar antes de lo necesario, no te parece. A Alfredo sí, a Alfredo podés decírselo para que se vaya haciendo un hueco en el trabajo y se ocupe de Liliana y de mamá. Che, y decile a la enfermera que no me joda cuando escribo, es lo único que me hace olvidar el dolor aparte de tu eminente farmacopea, claro. Ah, y que me traigan un café cuando lo pido, esta clínica se toma las cosas tan en serio.

Es cierto que escribir me calma de a ratos, será por eso que hay tanta correspondencia de condenados a muerte, vaya a saber. Incluso me divierte imaginar por escrito cosas que solamente pensadas en una de esas se te atoran en la garganta, sin hablar de los lagrimales; me veo desde las palabras como si fuera otro, puedo pensar cualquier cosa siempre que enseguida lo escriba, deformación profesional o algo que se empieza a ablandar en las meninges. Solamente me interrumpo cuando viene Liliana, con los demás soy menos amable, como no quieren que hable mucho los dejo a ellos que cuenten si hace frío o si Nixon le va a ganar a McGovern, con el lápiz en la mano los dejo hablar y hasta Alfredo se da cuenta y me dice que siga nomás, que haga como si él no estuviera, tiene el diario y se va a quedar todavía un rato. Pero mi mujer no merece eso, a ella la escucho y le sonrío y me duele menos, le acepto ese beso un poquito húmedo que vuelve una y otra vez aunque cada día me canse más que me afeiten y debo lastimarle la boca, pobre querida. Hay que decir que el coraje de Liliana es mi mejor consuelo, verme ya muerto en sus ojos me quitaría este resto de fuerza con que puedo hablarle y devolverle alguno de sus besos, con que sigo escribiendo apenas se ha ido y empieza la rutina de las inyecciones y las palabritas simpáticas. Nadie se atreve a meterse con mi cuaderno, sé que puedo guardarlo bajo la almohada o en la mesa de noche, es mi capricho, hay que dejarlo puesto que el doctor Ramos, claro que hay que dejarlo, pobrecito, así se distrae.

O sea que el lunes o el martes, y el lugarcito en la bóveda el miércoles o el jueves. En pleno verano la Chacarita va a ser un horno y los muchachos la van a pasar mal, lo veo al Pincho con esos sacos cruzados y con hombreras que tanto lo divierten a Acosta, que por su parte se tendrá que trajear aunque le cueste, el rey de la campera poniéndose corbata y saco para acompañarme, eso va a ser grande. Y Fernandito, el trío completo, y también Ramos, claro, hasta el final, y Alfredo llevando del brazo a Liliana y a mamá, llorando con ellas. Y será de veras, sé cómo me quieren, cómo les voy a faltar; no irán como fuimos al entierro del gordo Tresa, la obligación partidaria y algunas vacaciones compartidas, cumplir rápido con la familia y mandarse mudar de vuelta a la vida y al olvido. Claro que tendrán un hambre bárbara, sobre todo Acosta que a tragón no le gana nadie; aunque les duela y maldigan este absurdo de morirse joven y en plena carrera, hay la reacción que todos hemos conocido, el gusto de volver a entrar en el subte o en el auto, de pegarse una ducha y comer con hambre y vergüenza a la vez, cómo negar el hambre que sigue a las trasnochadas, al olor de las flores del velorio y los interminables cigarrillos y los paseos por la vereda, una especie de desquite que siempre se siente en esos momentos y que yo nunca me negué porque hubiera sido hipócrita. Me gusta pensar que Fernandito, el Pincho y Acosta se van a ir juntos a una parrilla, seguro que van a ir juntos porque también lo hicimos cuando el gordo Tresa, los amigos tienen que seguir un rato, beberse un litro de vino y acabar con unas achuras; carajo, como si los estuviera viendo, Fernandito va a ser el primero en hacer un chiste y tragárselo de costado con medio chorizo, arrepentido pero ya tarde, y Acosta lo mirará de reojo pero el Pincho ya habrá soltado la risa, es una cosa que no sabe aguantar, y entonces Acosta que es un pan de dios se dirá que no tiene por qué pasar por un ejemplo delante de los muchachos y se reirá también antes de prender un cigarrillo. Y hablarán largo de mí, cada uno se acordará de tantas cosas, la vida que nos fue juntando a los cuatro aunque como siempre llena de huecos, de momentos que no todos compartimos y que asomarán en el recuerdo de Acosta o del Pincho, tantos años y broncas y amoríos, la barra. Les va a costar separarse después del almuerzo porque es entonces que volverá lo otro, la hora de irse a sus casas, el último, definitivo entierro. Para Alfredo va a ser distinto y no porque no sea de la barra, al contrario, pero Alfredo va a ocuparse de Liliana y de mamá y eso ni Acosta ni los demás pueden hacerlo, la vida va creando contactos especiales entre los amigos, todos han venido siempre a casa pero Alfredo es otra cosa, esa cercanía que siempre me hizo bien, su placer de quedarse largo charlando con mamá de plantas y remedios, su gusto por llevarlo al Pocho al zoológico o al circo, el solterón disponible, paquete de masitas y siete y medio cuando mamá no estaba bien, su confianza tímida y clara con Liliana, el amigo de los amigos que ahora tendrá que pasar esos dos días tragándose las lágrimas, a lo mejor llevándolo al Pocho a su quinta y volviendo enseguida para estar con mamá y Liliana hasta lo último. Al fin y al cabo le va a tocar ser el hombre de la casa y aguantarse todas las complicaciones empezando por la funeraria, esto tenía que pasar justo cuando el viejo anda por México o Panamá, vaya a saber si llega a tiempo para aguantarse el sol de las once en Chacarita, pobre viejo, de manera que será Alfredo el que lleve a Liliana porque no creo que la dejen ir a mamá, a Liliana del brazo, sintiéndola temblar contra su propio temblor, murmurándole todo lo que yo le habré murmurado a la mujer del gordo Tresa, la inútil necesaria retórica que no es consuelo ni mentira ni siquiera frases coherentes, un simple estar ahí, que es tanto.

También para ellos lo peor va a ser la vuelta, antes hay la ceremonia y las flores, hay todavía contacto con esa cosa inconcebible llena de manijas y dorados, el alto frente a la bóveda, la operación limpiamente ejecutada por los del oficio, pero después es el auto de remise y sobre todo la casa, volver a entrar en casa sabiendo que el día va a estancarse sin teléfono ni clínica, sin la voz de Ramos alargando la esperanza para Liliana, Alfredo hará café y le dirá que el Pocho está contento en la quinta, que le gustan los petisos y juega con los peoncitos, habrá que ocuparse de mamá y de Liliana pero Alfredo conoce cada rincón de la casa y seguro que se quedará velando en el sofá de mi escritorio, ahí mismo donde una vez lo tendimos a Fernandito víctima de un póquer en el que no había visto una, sin hablar de los cinco coñacs compensatorios. Hace tantas semanas que Liliana duerme sola que tal vez el cansancio pueda más que ella, Alfredo no se olvidará de darles sedantes a Liliana y a mamá, estará la tía Zulema repartiendo manzanilla y tilo, Liliana se dejará ir poco a poco al sueño en ese silencio de la casa que Alfredo habrá cerrado concienzudamente antes de ir a tirarse en el sofá y prender otro de los cigarros que no se atreve a fumar delante de mamá por el humo que la hace toser.

En fin, hay eso de bueno, Liliana y mamá no estarán tan solas o en esa soledad todavía peor que es la parentela lejana invadiendo la casa del duelo; habrá la tía Zulema que siempre ha vivido en el piso de arriba, y Alfredo que también ha estado entre nosotros como si no estuviera, el amigo con llave propia; en las primeras horas tal vez será menos duro sentir irrevocablemente la ausencia que soportar un tropel de abrazos y de guirnaldas verbales, Alfredo se ocupará de poner distancias, Ramos vendrá un rato para ver a mamá y a Liliana, las ayudará a dormir y le dejará pastillas a la tía Zulema. En algún momento será el silencio de la casa a oscuras, apenas el reloj de la iglesia, una bocina a lo lejos porque el barrio es tranquilo. Es bueno pensar que va a ser así, que abandonándose de a poco a un sopor sin imágenes, Liliana va a estirarse con sus lentos gestos de gata, una mano perdida en la almohada húmeda de lágrimas y agua colonia, la otra junto a la boca en una recurrencia pueril antes del sueño. Imaginarla así hace tanto bien, Liliana durmiendo, Liliana al término del túnel negro, sintiendo confusamente que el hoy está cesando para volverse ayer, que esa luz en los visillos no será ya la misma que golpeaba en pleno pecho mientras la tía Zulema abría las cajas de donde iba saliendo lo negro en forma de ropa y de velos mezclándose sobre la cama con un llanto rabioso, una última, inútil protesta contra lo que aún tenía que venir. Ahora la luz de la ventana llegaría antes que nadie, antes que los recuerdos disueltos en el sueño y que sólo confusamente se abrirían paso en la última modorra. A solas, sabiéndose realmente a solas en esa cama y en esa pieza, en ese día que empezaba en otra dirección, Liliana podría llorar abrazada a la almohada sin que vinieran a calmarla, dejándola agotar el llanto hasta el final, y sólo mucho después, con un semisueño de engaño reteniéndola en el ovillo de las sábanas, el hueco del día empezaría a llenarse de café, de cortinas corridas, de la tía Zulema, de la voz del Pocho telefoneando desde la quinta con noticias sobre los girasoles y los caballos, un bagre pescado después de ruda lucha, una astilla en la mano pero no era grave, le habían puesto el remedio de don Contreras que era lo mejor para esas cosas. Y Alfredo esperando en el living con el diario en la mano diciéndole que mamá había dormido bien y que Ramos vendría a las doce, proponiéndole ir por la tarde a verlo al Pocho, con ese sol valía la pena correrse hasta la quinta y en una de esas hasta podían llevarla a mamá, le haría bien el aire del campo, a lo mejor quedarse el fin de semana en la quinta, y por qué no todos, con el Pocho que estaría tan contento teniéndolos allí. Aceptar o no daba lo mismo, todos lo sabían y esperaban las respuestas que las cosas y el paso de la mañana iban dando, entrar pasivamente en el almuerzo o en un comentario sobre las huelgas de los textiles, pedir más café y contestar el teléfono que en algún momento habían tenido que conectar, el telegrama del suegro en el extranjero, un choque estrepitoso en la esquina, gritos y pitadas, la ciudad ahí afuera, las dos y media, irse con mamá y Alfredo a la quinta porque en una de esas la astilla en la mano, nunca se sabe con los chicos, Alfredo tranquilizándolas en el volante, don Contreras era más seguro que un médico para esas cosas, las calles de Ramos Mejía y el sol como un jarabe hirviendo hasta el refugio en las grandes piezas encaladas, el mate de las cinco y el Pocho con su bagre que empezaba a oler pero tan lindo, tan grande, qué pelea sacarlo del arroyo, mamá, casi me corta el hilo, te juro, mirá qué dientes. Como estar hojeando un álbum o viendo una película, las imágenes y las palabras una tras otra rellenando el vacío, ahora va a ver lo que es el asado de tira de la Carmen, señora, livianito y tan sabroso, una ensalada de lechuga y ya está, no hace falta más, con este calor más vale comer poco, traé el insecticida porque a esta hora los mosquitos. Y Alfredo ahí callado pero el Pocho, su mano palmeándolo al Pocho, vos viejo sos el campeón de la pesca, mañana vamos juntos tempranito y en una de esas quién te dice, me contaron de un paisano que pescó uno de dos kilos. Aquí bajo el alero se está bien, mamá puede dormir un rato en la mecedora si quiere, don Contreras tenía razón, ya no tenés nada en la mano, mostranos cómo lo montas al petiso tobiano, mirá mamá, mirame cuando galopo, por qué no venís con nosotros a pescar mañana, yo te enseño, vas a ver, el viernes con un sol rojo y los bagrecitos, la carrera entre el Pocho y el chico de don Contreras, el puchero a mediodía y mamá ayudando despacito a pelar los choclos, aconsejando sobre la hija de la Carmen que estaba con esa tos rebelde, la siesta en las piezas desnudas que olían a verano, la oscuridad contra las sábanas un poco ásperas, el atardecer bajo el alero y la fogata contra los mosquitos, la cercanía nunca manifiesta de Alfredo, esa manera de estar ahí y ocuparse del Pocho, de que todo fuera cómodo, hasta el silencio que su voz rompía siempre a tiempo, su mano ofreciendo un vaso de refresco, un pañuelo, encendiendo la radio para escuchar el noticioso, las huelgas y Nixon, era previsible, qué país.

El fin de semana y en la mano del Pocho apenas una marca de la astilla, volvieron a Buenos Aires el lunes muy temprano para evitar el calor, Alfredo los dejó en la casa para irse a recibir al suegro, Ramos también estaba en Ezeiza y Fernandito, que ayudó en esas horas del encuentro porque era bueno que hubiera otros amigos en la casa, Acosta a las nueve con su hija que podía jugar con el Pocho en el piso de la tía Zulema, todo se iba dando más amortiguado, volver atrás pero de otra manera, con Liliana obligándose a pensar en los viejos más que en ella, controlándose, y Alfredo entre ellos con Acosta y Fernandito desviando los tiros directos, cruzándose para ayudar a Liliana, para convencerlo al viejo de que descansara después de tamaño viaje, yéndose de a uno hasta que solamente Alfredo y la tía Zulema, la casa callada, Liliana aceptando una pastilla, dejándose llevar a la cama sin haber aflojado una sola vez, durmiéndose casi de golpe como después de algo cumplido hasta lo último. Por la mañana eran las carreras del Pocho en el living, arrastrar de las zapatillas del viejo, la primera llamada telefónica, casi siempre Clotilde o Ramos, mamá quejándose del calor o la humedad, hablando del almuerzo con la tía Zulema, a las seis Alfredo, a veces el Pincho con su hermana o Acosta para que el Pocho jugara con su hija, los colegas del laboratorio que reclamaban a Liliana, había que volver a trabajar y no seguir encerrada en la casa, que lo hiciera por ellos, estaban faltos de químicos y Liliana era necesaria, que viniera medio día en todo caso hasta que se sintiera con más ánimo; Alfredo la llevó la primera vez, Liliana no tenía ganas de manejar, después no quiso ser molesta y sacó el auto, a veces salía con el Pocho por la tarde, lo llevaba al zoológico o al cine, en el laboratorio le agradecían que les diera una mano con las nuevas vacunas, un brote epidémico en el litoral, quedarse hasta tarde trabajando, tomándole gusto, una carrera en equipo contra el reloj, veinte cajones de ampollas a Rosario, lo hicimos, Liliana, te portaste, vieja. Ver irse el verano en plena tarea, el Pocho en el colegio y Alfredo protestando, a estos chicos les enseñan de otra manera la aritmética, me hace cada pregunta que me deja tieso, y los viejos con el dominó, en nuestros tiempos todo era diferente, Alfredo, nos enseñaban caligrafía y mire la letra que tiene este chico, adónde vamos a parar. La recompensa silenciosa de mirarla a Liliana perdida en un sofá, una simple ojeada por encima del diario y verla sonreír, cómplice sin palabras, dándole la razón a los viejos, sonriéndole desde lejos casi como una chiquilina. Pero por primera vez una sonrisa de verdad, desde adentro como cuando fueron al circo con el Pocho que había mejorado en el colegio y lo llevaron a tomar helados, a pasear por el puerto. Empezaban los grandes fríos, Alfredo iba menos seguido a la casa porque había problemas sindicales y tenía que viajar a las provincias, a veces venía Acosta con su hija y los domingos el Pincho o Fernandito, ya no importaba, todo el mundo tenía tanto que hacer y los días eran cortos, Liliana volvía tarde del laboratorio y le daba una mano al Pocho perdido en los decimales y la cuenca del Amazonas, al final y siempre Alfredo, los regalitos para los viejos, esa tranquilidad nunca dicha de sentarse con él cerca del fuego ya tarde y hablar en voz baja de los problemas del país, de la salud de mamá, la mano de Alfredo apoyándose en el brazo de Liliana, te cansás demasiado, no tenés buena cara, la sonrisa agradecida negando, un día iremos a la quinta, este frío no puede durar toda la vida, nada podía durar toda la vida aunque Liliana lentamente retirara el brazo y buscara los cigarrillos en la mesita, las palabras casi sin sentido, los ojos encontrándose de otra manera hasta que de nuevo la mano resbalando por el brazo, las cabezas juntándose y el largo silencio, el beso en la mejilla.

No había nada que decir, había ocurrido así y no había nada que decir. Inclinándose para encenderle el cigarrillo que le temblaba entre los dedos, simplemente esperando sin hablar, acaso sabiendo que no habría palabras, que Liliana haría un esfuerzo para tragar el humo y lo dejaría salir con un quejido, que empezaría a llorar ahogadamente, desde otro tiempo, sin separar la cara de la cara de Alfredo, sin negarse y llorando callada, ahora solamente para él, desde todo lo otro que él comprendería. Inútil murmurar cosas tan sabidas, Liliana llorando era el término, el borde desde donde iba a empezar otra manera de vivir. Si calmarla, si devolverla a la tranquilidad hubiera sido tan simple como escribirlo con las palabras alineándose en un cuaderno como segundos congelados, pequeños dibujos del tiempo para ayudar el paso interminable de la tarde, si solamente fuera eso pero la noche llega y también Ramos, increíblemente la cara de Ramos mirando los análisis apenas terminados, buscándome el pulso, de golpe otro, incapaz de disimular, arrancándome las sábanas para mirarme desnudo, palpándome el costado, con una orden incomprensible a la enfermera, un lento, incrédulo reconocimiento al que asisto como desde lejos, casi divertido, sabiendo que no puede ser, que Ramos se equivoca y que no es verdad, que sólo era verdad lo otro, el plazo que no me había ocultado, y la risa de Ramos, su manera de palparme como si no pudiera admitirlo, su absurda esperanza, esto no me lo va a creer nadie, viejo, y yo forzándome a reconocer que a lo mejor es así, que en una de esas vaya a saber, mirándolo a Ramos que se endereza y se vuelve a reír y suelta órdenes con una voz que nunca le había oído en esa penumbra y esa modorra, teniendo que convencerme poco a poco de que sí, de que entonces voy a tener que pedírselo, apenas se vaya la enfermera voy a tener que pedirle que espere un poco, que espere por lo menos a que sea de día antes de decírselo a Liliana, antes de arrancarla a ese sueño en el que por primera vez no está más sola, a esos brazos que la aprietan mientras duerme.

"Darse cuenta" de Susana De Divitiis


Estaba cursando el segundo año de Psicología cuando vi en la cartelera de la Facultad un aviso donde pedían voluntarios para una experimentación llamada Psicomanteum.
Averigüé si alguno de mis compañeros había concurrido y cuáles eran sus comentarios. Algunos decían, tal vez para despertar interés, que se trataba de una experiencia que tenía cierta similitud con la de los antiguos oráculos. También supe que unos no soportaron el encierro, que otros sí pero no pudieron relajarse ni ver nada, y que algunos visualizaron muy pocas imágenes, la mayoría desagradables.
Igual me interesó y cuando fui a averiguar la psicóloga me dijo que se trataba de una pantalla de proyección del inconsciente como las de cualquier test proyectivo. Mi interés aumentó, porque esa zona oculta de la mente me parecía fascinante e inaccesible. Acordé ir la semana siguiente.
La secretaria me condujo hasta el recinto del Psicomanteum. Debía permanecer adentro media hora y en caso de que no resistiera el encierro podría pulsar un botón de llamada. Era una cámara rectangular con gruesas cortinas negras que bloqueaban hasta la más ínfima entrada de luz. Un espejo cubría todo el frente. En el centro había un sillón muy cómodo, reclinable y con apoyapiés, para mirarlo sin reflejarme en él. Una pequeña luz lo transformaba en una pantalla.
Me recosté en el sillón. Alrededor, oscuridad absoluta y silencio. Me relajé de inmediato.
Sobre el espejo-pantalla comenzaron a danzar círculos concéntricos de diversos colores: verde, azul, rojo, naranja, seguramente vestigios de luz en mi retina. Me agradaba esa penumbra que eliminaba toda forma a mi alrededor para dejar una sola presencia excluyente, esa superficie de luz enfrente mío, que de pronto comenzó a alejarse a una velocidad vertiginosa hasta el fondo de un túnel, como un faro lejano. Comprendí por qué algunos de los que hicieron la prueba habían hecho referencia a ese efecto de túnel, como el que algunos dicen haber visualizado en situaciones próximas a la muerte.
Después del vértigo sentí un extraño sosiego. Apareció entonces una imagen borrosa que se fue haciendo cada vez más nítida.
Por el juego de luces y oscuridad, era el atardecer. A la izquierda, una playa pequeña que iluminada parecía de tiza. A la derecha el mar rompía contra los acantilados. En lo alto se erguía un castillo y debajo de él se agrupaban las casas de un pequeño pueblo. No sé por qué la imagen me pareció tan agradable y tan real, como si fuera yo quien estaba arribando a esa playa.
En una entrada de las rocas, algo destellante me atrajo. Presté atención y vi que se trataba de una cruz de plata, grande y trabajada, como la que usan ciertos clérigos.
Hice un gran esfuerzo para conservar la imagen pero finalmente todo se desvaneció en la pantalla. Cuando me avisaron que ya había transcurrido media hora me di cuenta de que había perdido la noción del tiempo.

Llegué a casa y le comenté a mamá lo que había visto y le describí la cruz de plata, su superficie labrada y pulida y sus brazos anchos terminados en tres semicírculos que hacían de cada punta una pequeña flor. No tenía idea de que a qué orden religiosa podía pertenecer.
Mi madre quedó pensativa.
−¡Qué raro! −dijo al fin− la descripción de la playa y del pueblo se parece al lugar de Italia donde nacieron mis bisabuelos. Y la cruz −hizo una pausa prolongada−, esa cruz nunca la vi pero puede tener que ver con algo que siempre quedó como una tremenda duda, es más, te diría como un secreto de familia. Eso que todos saben pero nadie dice. Circulaba la versión de que ese tal bisabuelo había sido sacerdote pero que se enamoró hasta el punto de dejarlo todo, los hábitos, su pueblo y su buen nombre. Llegó a estas tierras con su amada, con otro nombre y, como era instruido, con la profesión de maestro y profesor de latín. A pesar de esa historia nunca confirmada, ellos eran muy religiosos y siempre la negaron. Se ofendían si alguien la mencionaba, como si fuera una calumnia, y les estaba prohibido a los hijos hablar de ese tema. Creo que una vez mi abuelo Pascual les contó algo a sus amigos, para darse importancia, y recibió como castigo una gran paliza y que no lo dejaran salir a jugar por una semana.

Papá llegó tarde, como de costumbre, pero mamá siempre lo esperaba para comer juntos. Habían sido una linda pareja, él alto y delgado, ahora con una calvicie que sólo dejaba una franja de pelo bordeando las orejas y la nuca. Mamá apenas le llegaba a los hombros, pero conservaba una linda silueta y un hermoso pelo dorado.
En la cena ella comentó lo que habíamos hablado. Papá no demostró ningún interés, cosa frecuente ya que parecía estar siempre preocupado por su trabajo. Hacía poco que se había independizado, pasando de empleado a tener su propio negocio. Me molestaba la tolerancia de mamá con el desinterés constante de él. Ella lo justificaba por las nuevas presiones del trabajo, pero yo sentía que había algo más.

−¿Sabías esa historia, papá? −es probable que mi tono mostrara mi enojo.
−No sé por qué elegiste esa carrera, que llena la cabeza de estupideces.

Sentada nuevamente en el cómodo sillón frente a la pantalla, esta vez sentía curiosidad por lo que llegaría a ver y también cierto temor. Casi de inmediato comenzaron a danzar los círculos de colores a los que siguieron el túnel oscuro con un foco de luz en el fondo. Luego, la pantalla quedó ensombrecida por lo que parecían nubarrones de tormenta. De la parte inferior izquierda se fue dibujando algo como una ruta, iluminada por focos de una luz muy intensa que avanzaban rápidamente, trazando el camino que ascendía hacia el margen superior derecho de la pantalla. Desde allí, aparecieron de pronto otros focos de luz que venían en dirección contraria. Me aferré a los brazos del sillón. En ese momento se produjo una explosión de luz y la pantalla se ensombreció otra vez.
Apreté el botón de llamada y salí.

Al llegar a casa mamá me preguntó, interesada, por la experiencia que había tenido esta vez. Por suerte yo estaba más calmada y se la conté sin dramatismos. Ella quedó otra vez pensativa, parecía hacer esfuerzos para recordar.
−Puede tener que ver con tu abuelo paterno −la voz era pausada y grave−. Iba en un coche nuevo a Santa Fe, parece que a demasiada velocidad, cuando chocó de frente con otro coche que venía en sentido contrario. Él quedó hemipléjico y el otro conductor murió. Nunca se aclaró, al menos para nosotros, si iba con algún acompañante. En ese momento él tenía mucho dinero y se sospechó que iba con una mujer que resultó ilesa, de la que nunca se supo la identidad. Eso sí, él cambió mucho, se hizo alcohólico, perdió su fortuna y al final la esposa, o sea la madre de tu papá, lo dejó.
En la cena mamá preguntó:
−Alberto, ¿qué edad tenías cuando tu papá tuvo el accidente?
−¿Es otro de tus hallazgos con ese juguete nuevo? ¿Estás jugando al detective o estudiando en serio? Aunque no sé qué se puede estudiar en serio en esa carrera −no contesté y eso enfureció más a mi padre−. ¡Te prohíbo que sigas con esta tontería! Y no me canses más, que también te voy a prohibir que sigas con esa carrera inservible.
Cuando iba a mi cuarto mamá me dijo en voz baja.
−Isabel, yo también pienso que es mejor que no sigas yendo.
−Está bien mamá. La próxima será la última.

En esa tercera vez todo ocurrió al comienzo como hasta entonces. Los colores, el túnel, la luz al final. Estaba tensa, más expectante que nunca.
La pantalla quedó en sombras, como si se estuviera haciendo de noche. Apareció luego algo, en la mitad, como una calle solitaria con dibujos difusos de casas y árboles. Sobre la derecha me pareció ver una silueta oscura que caminada por ella hacia la izquierda. A medida que avanzaba pude verla más nítida. Era un hombre de negro, que caminaba con dificultad, lento y encorvado. Había recorrido más de la mitad, o sea estaba más cerca del borde izquierdo, cuando una luz muy potente iluminó unas vías de ferrocarril. El hombre siguió avanzando como si no viera nada y cruzó las vías justo cuando la luz estalló en miles de haces que lo envolvieron.
Cerré los ojos y continué cerrándolos hasta que, cumplida la hora, me llamaron. Me costaba moverme y hubiera preferido quedarme allí, a oscuras y sola.

No fui a clase después de la experiencia. Me senté en una plaza para disfrutar del tibio sol de otoño y pensar qué iba a decir en casa. También pensé en el informe escrito que tenía que hacer después de cada experiencia, porque no quería relatar lo que vi. ¿Sería este otro de los secretos guardados en mi familia? Si era así, ¿por qué yo tenía que descubrirlos?
Mamá me miró preocupada.
−¿Qué viste esta vez?
−Algo que parecía el suicidio de un hombre en las vías del tren −dije en tono neutro.
−No sé qué está pasando pero prometeme que no vas a ir más ¡No me mires así! –continuó al ver que yo no hablaba−. Está bien, te lo digo, con la promesa de que quedará entre nosotras −aspiró aire y dijo en voz baja−. Sí, tu abuelo paterno se suicidó así. Tu papá nunca quiso hablar de eso ni de nada que se refiera a su padre. Por favor no digas lo que viste. No digas siquiera que volviste a ese lugar.
La miré, como si fuera una extraña y no le contesté.
−No es bueno ocultar cosas del pasado, lo sé −continuó después de un silencio incómodo entre las dos−, pero ya lo aprenderás en tu carrera, se necesita un espacio adecuado y alguien que te guíe en cómo hacerlo −ante mi silencio suplicó−, ¡Por favor, no vuelvas, ya tendrás tiempo de averiguar todo lo que necesites!

Pero yo tenía necesidad de saber y ya no tenía miedo. Me propuse que sería la última vez que haría la experiencia.
De nuevo colores y la luz vertiginosa que iba hasta el final del túnel. Me acomodé para ver lo mejor posible. No aparecía nada nuevo en la pantalla. Seguía aquella luz, debilitándose poco a poco. Me pesaban los párpados, me quedé dormida, creo que fueron unos minutos.
Cuando desperté había en el centro de la pantalla una zona más clara, rodeada de sombras. Dos figuras se acercaban y al encontrarse se abrazaron. Parecían un hombre y una mujer. Esforcé mis ojos para verlos mejor. Él era alto y delgado, y se destacaba en la cabeza el brillo de su calvicie en contraste con un borde oscuro por encima de las orejas y la nuca. Ella era casi tan alta como él y tenía cabello oscuro.
Cerré los ojos y me recosté en el sillón. Tardé en darme cuenta que caían lágrimas de mi cara.

 Mamá me esperaba ansiosa.
−¿Volviste a ir? −era triste su mirada y sus ojos estaban húmedos.
−No, mamá, no fui ni volveré nunca más.


“La jaula” de Alejandra Pizarnik


Afuera hay sol.
No es más que un sol
pero los hombres lo miran
y después cantan.

Yo no sé del sol.
Yo sé la melodía del ángel
y el sermón caliente
del último viento.
Sé gritar hasta el alba
cuando la muerte se posa desnuda
en mi sombra.

Yo lloro debajo de mi nombre.
Yo agito pañuelos en la noche
y barcos sedientos de realidad
bailan conmigo.
Yo oculto clavos
para escarnecer a mis sueños enfermos.

Afuera hay sol.
Yo me visto de cenizas.

“Me gusta, triste, soñar por la tarde, cuando tañe la hora” de Victoria Ocampo


Me gusta, triste, soñar por la tarde, cuando tañe la hora,
Sea con el céfiro perfumado de la primavera
o de un invierno helado la brisa monótona
que de las campanas me trae un sonido claro y vibrante.
Me gusta imaginarme en una playa bretona
Con su arena de oro y el océano inmenso
Y la queja sin fin de las olas que resuena,
Esas olas de tono glauco y espaldas de espuma.
Amo esos días de verano donde el sol cálido brilla,
el pájaro vuela borracho de luz y gorjea,
las flores perfumadas lo embalsaman todo y el prado es tan verde!
Pero lo que llega más a mi alma sensitiva,
lo que la hace llorar y la cautiva
es escuchar, oh Rostand, cantar su alma en verso.
Victoria Ocampo (1890 – 1979), escritora argentina.

“Me da lástima de las estrellas” de Fernando Pessoa


Me da lástima de las estrellas
luciendo hace tanto tiempo,
hace tanto tiempo...
Me da lástima de ellas.

¿No habrá un cansancio
de las cosas,
de todas las cosas,
como de las piernas o de un brazo?

Un cansancio de existir,
de ser,
sólo de ser,
el ser triste brillar o sonreír...

¿No habrá, en fin,
para las cosas que son,
no la muerte, mas sí
otra suerte de fin,
o una gran razón—
cualquier cosa así
como un perdón?

“La prisionera” de Juan Eduardo Zúñiga


Estoy en el jardín de un antiguo palacio que no sé de quién fue ni cuál es hoy su dueño. La tarde es húmeda y otoñal el ocaso; en el blanco suelo las hojas mueren adheridas al barro. No hace viento, no oigo ningún ruido entre los árboles que forman paseos en los que mudas estatuas, sobre pedestales de hiedra, alzan su desnudez.

Quisiera recorrer este extraño jardín, pero estoy quieto. Nadie lo visita, nadie hace crujir el puentecillo de madera sobre el constante arroyo. Nadie se apoya en las balaustradas del parterre ante la fila de bustos que la intemperie enmascaró con manchas verdinegras.

Estoy ante la gran fachada cubierta de ventanas que termina en altas chimeneas sobre el oscuro alero del tejado. Todo en ella muestra haber sufrido los ataques del tiempo pero estos rigores no dañaron a la única ventana que yo miro. Cada día, tras los cristales, aparece ella, su delicada silueta, y aparta la cortina de tul y largamente pasea su mirada por los senderos que se alejan hacia el río. Vestida de color violeta, siempre seria, eternamente bella, conserva su rostro juvenil, su gesto de candor, atenta a la llegada de alguien que ella espera. Inmóvil, tras el cristal, no habla, no muestra si acepta mi presencia, acaso no me ve. Resignada se dobla mi cabeza sobre el hombro mordido por las lluvias; desearía que sus dedos la rozasen antes de que su mano se haga transparencia. Desfallece mi cabeza enamorada; tras mis ojos vacíos atesoré palabras y palabras de amor dedicadas a ella. Acaso un día logren mover mis labios de durísima piedra.